2
Más allá de la puerta redonda de color verde oscuro al final del pasillo se encontraba una de las bibliotecas privadas más bonitas que había visto nunca.
Todas las paredes de la enorme sala estaban cubiertas de estanterías, excepto una repisa y una chimenea en un extremo.
Había cómodos sillones dispuestos alrededor de una mesa redonda de lectura.
No podría haber diseñado una sala más perfecta.
—Mercy, es maravillosa —susurró Lizzie detrás de mí.
Sabía por qué susurraba. La hermosa habitación inspiraba una especie de reverencia.
Entonces me empujó suavemente para apartarme.
—Tiene… quiero decir, tenía un gusto increíble. —Pasó los dedos por los lomos de varios libros.
Había una gran ventana redonda en el lado norte de la habitación que daba al jardín trasero.
—¿Eso también es nuestro? —Señalé la ventana. No me había dado cuenta de que también había un jardín trasero.
Ella seguía acariciando los libros. Le puse las manos sobre los hombros y la acerqué a la ventana.
—¡Ostras! Este lugar es cada vez mejor. ¿Son gardenias? No pensaba que crecieran en Irlanda.
—Bueno, ahora tienes un jardín y una librería que cuidar. Vas a estar muy ocupada.
Lizzie sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Gracias, Mercy. Por todo esto. —Se sorbió la nariz.
Si lloraba, me rompería el corazón. No tenía ni idea de cuántos obstáculos había tenido que superar para que aquello fuera posible, y nunca lo sabría. Esperaba que esa sonrisa triste se convirtiera algún día en una sonrisa feliz.
—Te prometo que te ayudaré a regar, pero ya sabes que eso es lo máximo que puedo hacer en cuanto a jardinería. Soy como la malvada Hiedra Venenosa de los cómics de Batman , solo que yo mato plantas en lugar de personas.
Eso le hizo soltar una risita.
—Sí. Nada más que regar, y solo cuando yo te lo diga, ¿vale?
—Te lo prometo —dije, y la abracé—. Y gracias a ti también. No estaría aquí sin ti.
—Voy a subir a descansar una hora más o menos —dijo—. Luego, iré al pueblo a comprar el vino. Tú prepárate para el trabajo. Estaremos listas a las cinco y media, hora irlandesa, ¿vale? Ponte una alarma en el teléfono.
Lizzie era muy puntual, como nuestra madre. Por alguna razón, a mí no me había llegado ese gen. Nunca llegaba tarde a propósito, pero mi mente tendía a divagar y a menudo perdía la noción del tiempo.
—Sí, señora —contesté, haciendo un saludo militar—. Pero ¿podemos pasar primero por el pub ? Me vendría bien tomar algunos carbohidratos antes de acostarme.
—Es una idea estupenda —celebró Lizzie.
Fiel a mi palabra, estaba lista cuando ella bajó unas horas más tarde.
Por supuesto, había puesto tres alarmas para que así fuera.
Una para despertarme de la siesta. Otra para recordarme que saliera del baño y la última para asegurarme de estar en la sala de la parte delantera de la casa a las 5:29.
Como dije, cuando estoy trabajando en libros en mi cabeza, tengo que poner recordatorios para el mundo real.
Lizzie se había recogido el pelo en un moño desordenado y llevaba un bonito vestido boho , una cazadora vaquera y botas marrones hasta la rodilla.
Yo había optado por mi atuendo cliché de escritora, que era todo negro: vaqueros, botas y top.
La gente del mundillo literario neoyorquino viste mucho de negro.
Es práctico para una ciudad que a veces puede ser sucia y caótica.
En mi caso, era más bien porque así no tenía que pensar en qué ponerme.
Si todo era negro, prácticamente todo combinaba.
Pero también había encontrado un par de pendientes de botón de diamantes de mi madre. Quería que me acompañara esa noche.
—Estás guapísima, como siempre, pero vamos a introducir color en tu armario aquí en Irlanda —dijo mi hermana, frunciendo la nariz.
Mientras que ella se inclinaba por los tonos pastel y los colores primarios, a mí me gustaba mucho mi vestuario negro.
—Puedes intentarlo —resoplé.
—Venga —replicó con una sonrisa torcida—. Vamos a conocer a los vecinos.
Cerramos la puerta principal con llave y tomamos el camino que conducía al pueblo.
La plaza estaba rodeada por un enorme muro de piedra.
Esa mañana, de camino a la casa, habíamos dado varias vueltas antes de encontrar la entrada secreta desde el callejón que discurría por detrás de las tiendas de la calle principal.
Por ese lado, la entrada era más fácil de ver. Alguien había pintado un mural con flores alrededor de la verja.
Lizzie se detuvo y se volvió hacia la plaza.
—Los jardines son intimidantes —dijo—. No sé si seré capaz de mantenerlos. Ni siquiera sabía que algunas de estas flores crecían en el clima húmedo y frío de Irlanda.
Era primavera y hacía frío, así que incluso yo entendí lo que quería decir.
—Apuesto a que es por todos los cadáveres enterrados bajo las flores —apunté.
—Basta ya, escritora de novelas de misterio. —Se estremeció—. Ahora, no podré pensar en otra cosa. —Se rio para suavizar el tono de sus palabras.
Lloviznaba, y sostuve sobre nosotras un paraguas de seda, que habíamos encontrado en el paragüero junto a la puerta, mientras doblábamos la esquina hacia la calle principal. Al final de la calle, se vislumbraba el mar rocoso más allá de los acantilados.
La calle principal estaba bordeada por edificios de piedra y de colores pastel que probablemente llevaban allí cientos de años. Aunque estuvieran castigados por la intemperie, parecían recién pintados y limpios. Era un pueblo de cuento de hadas, digno de aparecer en una postal.
Llegamos a la librería y levanté la vista.
El letrero sobre la puerta de color cobalto, estilo hobbit, era negro con letras doradas.
Leabhair agus Seaniarsmaí . Lo había buscado antes de llegar y la traducción del gaélico era «Libros y antigüedades».
Un nombre un poco demasiado obvio, pero ¿quién era yo para juzgar los nombres en Irlanda?
Siempre me había encantado el olor de los libros, y eso fue lo primero que noté al entrar. Cuero y una nota de canela mezclada con limpiador de limón.
No era la pequeña y polvorienta librería que esperaba. Lizzie probablemente la describiría como mágica, y yo estaría de acuerdo. También vendían antigüedades y curiosidades, pero la mayor parte del espacio estaba lleno de libros, desde el techo hasta el suelo.
Las paredes estaban pintadas de azul celeste y las estanterías negras le daban al espacio un aire acogedor pero elegante. Las luces del techo y las lámparas de las mesas repartidas por el local le daban un suave resplandor. Era el tipo de tienda en la que uno podía perderse durante horas.
—Ahí están —dijo Lolly O’Malley al acercarse a nosotras.
Iba vestida de morado, desde la cinta del pelo hasta los zapatos planos.
Quizá era su color característico, ya que llevaba un conjunto de jersey y pantalones lavanda cuando la encontramos tendida en nuestro suelo—. Parecéis frescas como lechugas.
—Gracias. —Lizzie se inclinó para darle un beso falso en cada mejilla, y yo hice lo mismo.
—Venid, voy a presentaros a algunos de vuestros vecinos.
Habíamos llegado unos minutos antes de la hora, pero ya había bastante gente. Nos observaron acercarnos con diversas expresiones. Un señor mayor con una larga barba blanca mostró los dientes. Quizá fuese su intento de sonreír, pero no me lo pareció.
Daba la impresión de que solo algunos se alegraban de nuestra llegada.
—Estos son Rob y su pareja, Scott —dijo la señora O’Malley.
Se acercaron para estrecharnos la mano. Scott llevaba un sombrero fedora y una camisa hawaiana. Me cayó bien al instante, lo cual es mucho decir. Suelo desconfiar de la gente nueva.
—¿Qué tal? —preguntó Scott—. Nos alegramos mucho de que estéis aquí. Si necesitáis algo, solo tenéis que pedirlo. Estamos en el número dos, que es la casa de al lado a vuestra izquierda. Eso si miráis vuestra casa desde el jardín delantero.
—Y yo os he preparado comida para toda la semana —intervino Rob. Llevaba una camisa de vestir y vaqueros, y el pelo negro recogido en una coleta—. Ya me diréis cuándo os la puedo llevar. —Al igual que su pareja, su sonrisa era sincera.
Parecían tener entre treinta y tantos y cuarenta y pocos años. Se me daba fatal adivinar la edad de la gente.
—Ah, no tenías por qué hacerlo —dijo Lizzie—, pero es muy amable por tu parte.
—Ha sido un placer —contestó Rob—. Probablemente se nota que soy medio coreano, pero me encanta cocinar todo tipo de platos.
—Mi marido es chef gourmet —apuntó Scott—. Le encanta cocinar para todos.
—Qué amable —dije.
Eso significaba que Lizzie, que estaría ocupada con la tienda y el jardín, no tendría que cocinar durante un tiempo.
Le había ofrecido aprender mientras estábamos allí, pero mi hermana había probado comida preparada por mí y prefería encargarse ella misma de esa tarea.
Sus palabras exactas fueron: «Mercy, si no queda nada para comer en el planeta, entonces te agradeceré que cocines.
Hasta entonces, bueno, tienes muchas otras cualidades maravillosas».
No la culpé. No era exagerado decir que no sabía ni hervir agua. Culpé a mi mente de escritora, que a menudo se olvidaba de las tareas mundanas cuando estaba absorta en mi oficio.
La señora O’Malley nos llevó ante otro hombre, el de la barba. Tenía los hombros ligeramente encorvados por la edad y no parecía querer que nos acercáramos a él.
—Este es el juez Michael Pierce —dijo—. Nosotros lo llamamos simplemente juez o el juez. Vive en el número cinco, al lado de mi casa.
Él asintió con la cabeza.
—Encantada de conocerle, juez —saludó mi hermana, tendiéndole la mano, y él se quedó mirándola durante un momento antes de estrechársela.
—Vuestro abuelo nunca os mencionó hasta el final —dijo en tono áspero. Arqueó las cejas como si nos encontrara sospechosas—. Pensaba que se suponía que erais idénticas.
Lo éramos, salvo por una ligera diferencia en el color de los ojos y el pelo.
Lizzie abrió la boca y la volvió a cerrar.