Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 1 #3
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Mi hermana era una de las mujeres más fuertes que había conocido. Supo sobrellevar la enfermedad de mamá y se aseguró de que tuviéramos bonitos recuerdos de esos últimos meses.

Pero la noche del accidente en el que se vio involucrada su futura nueva familia, algo se rompió dentro de ella. Todo lo que había hecho para que ese traslado se llevara a cabo había sido con la esperanza de recuperar a la antigua Lizzie. Haría cualquier cosa por mi hermana gemela.

Ella se soltó y me agarró de la mano.

—Venga, vamos a buscar nuestra habitación, como en los viejos tiempos. Ah, y yo elijo primero.

Lo había olvidado. Cada vez que nuestra madre recibía un ascenso, nos mudábamos a una casa más grande. Así fue hasta que compró el rancho. En cada nueva casa, competíamos por encontrar nuestras habitaciones favoritas, y mi gemela siempre ganaba.

Si tenía mis libros, no me importaba dónde estuviera mi cama, pero a ella le importaba mucho cómo era su espacio. Y siempre había sido más rápida corriendo.

En la planta baja, frente a la puerta principal, había dos salas de estar a la izquierda.

Una era más formal, donde habíamos encontrado a Lolly.

La segunda era una salita con un televisor de pantalla panorámica.

Estaba pintada de azul marino y tenía un ambiente acogedor, con mullidos cojines de punto en el sofá y cálidas mantas de felpa colgadas en el respaldo de los sillones de piel.

Los muebles eran tradicionales y atemporales, y nada parecía terriblemente anticuado, lo cual era una sorpresa.

Esperaba encontrar viejos sillones reclinables polvorientos y muebles de los años cincuenta. Y un montón de figuritas y recuerdos. El tipo de cosas que, erróneamente, creía que podría tener un anciano irlandés.

La casa era digna de aparecer en las redes sociales: estaba limpia, ordenada, era atemporal y hermosa. Me enamoraba más y más con cada puerta que abríamos.

La puerta debajo de las escaleras resultó ser un pasillo.

Había cuatro habitaciones en la planta baja de este lado.

Una era un estudio con chimenea y madera oscura en las paredes, lo que le daba un aire muy melancólico.

Había un escritorio bellamente tallado colocado de manera que se pudiera ver el jardín.

—No es tan elegante como el despacho de tu apartamento, pero ¿qué te parece? —Me miró con recelo, como si mi respuesta lo fuera todo—. No es exactamente la vista del Central Park desde tu ático.

—Me encanta —dije con sinceridad—. Es evocador y está hecho a medida para una escritora de novelas de misterio.

En cuanto entré, me sentí en paz. Como si pudiera contemplar esa vista durante muchos muchos años.

Mi hermana soltó un suspiro.

—Podemos pintarlo si quieres o arreglarlo como prefieras.

Había un asiento junto a la ventana que daba al jardín.

Era lo bastante amplio como para sentarme con un libro o mi portátil.

Los muebles, incluido el sofá estilo lounge situado frente a la chimenea, encajaban en el lugar a la perfección: eran grandes, cómodos y totalmente inesperados, como todo en esa casa de campo.

Un amigo diseñador había creado mi despacho en casa para que combinara con el resto del ático, pero nunca se ajustó a mi personalidad. Esa habitación sí.

—No. Quizá trabajar en un lugar tan diferente me ayude a despertar mi imaginación.

—Tiene un aire a Agatha Christie de los años 30 —dijo sonriendo—. Es un poco más antiguo que el resto de la casa.

Lizzie tenía razón y, a decir verdad, yo ya no estaba segura de qué era lo que me representaba. Había estado tan aturdida como ella durante los últimos meses.

—Quizá por eso me encanta. Tiene mucho carácter. Vamos a ver cómo son las otras habitaciones —propuse.

Al final del pasillo, a la derecha, había un dormitorio bien equipado, con un armario mucho más grande de lo que esperaba.

La cama era cómoda y las dos la probamos.

La puerta de la izquierda daba a un pequeño cuarto de baño.

Tenía una bañera con patas, un lavabo y un inodoro.

Y había una pequeña ducha separada. Los suelos eran de mármol, al igual que las paredes.

—Es un poco pequeño —dijo Lizzie.

—¿Te acuerdas de mi primer apartamento, con el inodoro y la ducha sin separación, al lado de la cocina? —dije riendo.

—La cara de mamá —resopló—. Nunca lo olvidaré, pensé que iba a sacarte de allí a rastras y llevarte de vuelta a casa.

Mamá no lo hizo. Pero tuve que llamarla tres veces al día para decirle que estaba viva. Estaba muy orgullosa de mí cuando vendí mi primer libro. Ella y Lizzie volaron a Nueva York para celebrarlo. Parece que fue hace una eternidad.

—La echo de menos. —Mi voz se quebró un poco.

—Yo también —susurró—. Vamos, había otra puerta en este pasillo.

Era como la puerta redonda de los hobbits de la librería. Habíamos mirado por las ventanas mientras buscábamos la entrada secreta a la plaza. Pero esta estaba pintada de un verde intenso. El picaporte estaba duro, pero, cuando lo empujé con fuerza, se abrió.

Solté un grito ahogado, al igual que mi hermana detrás de mí.

—No me lo puedo creer —dije, boquiabierta.