Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 1 #2
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Nunca había conocido a nadie con narcolepsia.

Tendría que investigar sobre ello. Podría ser interesante darle ese rasgo a un personaje.

Mi mente de escritora de thrillers empezó a dar vueltas sobre un sospechoso de asesinato con narcolepsia que se quedaba dormido en la escena del crimen, pero no recordaba haber matado a nadie.

« Podría funcionar » .

—¿Verdad, Mercy? —Lizzie me dio un codazo.

Asentí, sin estar segura de lo que habían dicho. Había estado escribiendo en mi cabeza otra vez. Me pasaba mucho.

—Los residentes de Hidden Way Lane se reunirán en vuestra librería para celebrar vuestra llegada —anunció la señora O’Malley—, pero será algo sencillo.

Somos un grupo informal. Se espera un poco de lluvia esta noche y, cuando eso ocurre, solemos celebrar nuestras fiestas en la librería.

Espero que no os importe. Era una tradición de vuestro abuelo y pensé que estaría bien continuar con ella.

Además, os ayudará a familiarizaros con el lugar antes de reabrir la tienda.

No os importa, ¿verdad? Os prometo que será estupendo.

—No, está bien —dijo Lizzie.

Yo pensaba justo lo contrario, pero no expresé mi opinión porque Lizzie me lanzó una mirada que decía «más te vale comportarte».

—¿No habrá mucho polvo? —pregunté.

—No. Nuestro grupito se ha encargado de poner orden.

Todos los vecinos han limpiado el polvo y lo han adecentado todo en previsión de vuestra llegada.

Os hemos dejado a vosotras la tarea de colocar los libros nuevos en las estanterías, pero encontraréis el lugar limpio.

Estoy deseando que lo veáis. No tenéis que preocuparos por nada.

Usaré mi llave para prepararlo todo. Pero, si necesitáis algo antes de eso, estoy en el número seis de la plaza —dijo.

—¿Es la última casa? —pregunté.

La señora O’Malley asintió con la cabeza.

—Es preciosa —dijo Lizzie—. No tenía por qué tomarse tantas molestias.

—No es ninguna molestia —replicó ella.

—¿La plaza? —pregunté.

La señora O’Malley nos miró como si nos estuviera evaluando en ese momento. Lizzie era la simpática. Yo era desconfiada y a veces grosera, pero todos lo descubrirían pronto.

No es mi intención, pero tengo mente de escritora. A veces, me quedo mirando a las personas y no las veo porque mi mente está elaborando una historia.

—Todo el mundo en el pueblo llama a este grupo de casas la plaza. —Me miró—. No te preocupes. Los vecinos son de diferentes edades y no todos son viejos como yo.

—No es… —dijo Lizzie.

La señora O’Malley levantó una mano para interrumpirla. El perro gigante se inclinó hacia ella y Lolly le acarició la cabeza.

—No empieces con los cumplidos. Me encanta mi edad. Me he ganado cada arruga.

Decidí que era mejor cambiar de tema.

—¿Qué raza de perro es? —pregunté.

—Bernard es un sabueso irlandés. Aunque es pequeño para su raza.

«¿Pequeño?». Era tan alto como yo cuando se ponía sobre sus patas traseras y debía pesar al menos setenta kilos.

—Muy bien —dijo Lolly—. Pronto aprenderéis cómo funcionan las cosas aquí.

Seguro que estáis agotadas del viaje. No os olvidéis, a las seis en la librería.

Si necesitáis algo, os he dejado mi número y los números de los demás vecinos en la nevera.

Todos estaremos encantados de ayudaros a aclimataros.

No dudéis en pedirnos ayuda. No os imagináis lo emocionados que estamos de que hayáis venido a vivir a nuestro hermoso pueblo.

Ah, y recordad que os hemos llenado la despensa y la nevera.

—Qué amables, gracias —dijo Lizzie.

—No hay de qué.

Después de terminar su té, la señora O’Malley se marchó.

Apoyé la cabeza en la mesa, gastada pero bonita.

—No puedo creer que vayan a dar una fiesta. Tenía pensado acostarme a las cinco —dije, cansada—. Quizá a las dos. O ahora. Ahora también está bien.

Me dio un empujón en el brazo.

—Creo que deberíamos explorar la casa y luego echarnos una siesta corta, para estar despiertas esta noche. Es la primera vez que veremos a los vecinos y no quiero tener la mente nublada.

—Podríamos alegar agotamiento —repliqué, desplomándome aún más en mi silla.

—Tendrás que aguantar, reina. Este es nuestro nuevo hogar y los vecinos están haciendo todo lo posible para darnos la bienvenida. Lo menos que podemos hacer es ir. Creo que vi una tienda de vinos en el pueblo. Deberíamos comprar algo para llevar. No quiero presentarme con las manos vacías.

Estaba emocionada y haciendo planes. Los médicos me habían dicho que eso era una buena señal. Después de la depresión que había sufrido, y con razón, no estaba segura de volver a verla así nunca más.

—No puedo creer que estemos en Irlanda —dijo aplaudiendo—.

¿Has visto esta cocina? Nuestro abuelo tenía buen gusto.

Solo esa cocina de hierro fundido es el sueño de cualquier cocinero.

Pero ten cuidado, porque siempre está encendida.

Espero que haya un manual de instrucciones de AGA. Siempre he querido cocinar en una.

Eché un vistazo. Aparte de que era del mismo color azul cerúleo que los armarios inferiores y tenía muchos quemadores, se me escapaba lo especial que era.

Pero, a diferencia de mi hermana, que era una cocinera maravillosa, yo comía fuera la mayor parte del tiempo.

Creo que nunca utilicé la cocina ni el horno de mi apartamento de Manhattan.

El microondas era la mejor opción para calentar las sobras.

Se levantó y se agachó para ayudarme a levantarme. Me abrazó con fuerza. La rodeé con mis brazos y le devolví el abrazo.

—Gracias por arriesgarte por mí —dijo—. Puede que no siempre lo demuestre, pero aprecio todo lo que has sacrificado para hacer esto.

—Haría cualquier cosa por ti. —Era cierto, y no era porque fuera la última persona en el mundo que me quería, aunque no siempre se lo pusiera fácil—. Además, esta aventura es tanto para mí como para ti. Te lo prometo.

Lo que había dejado atrás en Manhattan era una serie de malas relaciones y una soledad que ya no podía soportar. Ah, y un acosador que cada vez daba más miedo.

Antes de recibir la llamada sobre la enfermedad de mi madre, llevaba dos meses sin salir de mi apartamento.

Con la comida y la compra a domicilio, podía perderme durante días en mi escritura.

Y no tenía que preocuparme por el aterrador mundo fuera de las paredes de mi casa, donde un acosador me había seguido en el metro y me había enviado fotos como prueba.

Aunque tenía amigos en el departamento, la policía me dijo que no me preocupara.

Estaban seguros de que solo se trataba de un fan demasiado entusiasta. Yo no estaba tan segura.

Pero entonces recibí la llamada de Lizzie y mi mundo dio un vuelco. Cogí el primer avión a Texas. No fue hasta que llevé allí un mes cuando me di cuenta de lo mucho que echaba de menos el contacto humano y pasar tiempo con mi familia.

Y, gracias a un acosador, ya no me sentía segura en el lugar que más quería: Manhattan. Esa mudanza fue tanto por mí como por Lizzie.

Si no nos hubiéramos mudado a Irlanda, probablemente habría regresado a Texas, a pesar de que cuando me fui a la universidad, años atrás, juré que nunca volvería, excepto para pasar las vacaciones con la familia. Pero me había equivocado. Los necesitaba tanto como ellos a mí.