Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1)
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Me detuve frente a la puerta azul marino y miré hacia arriba, hacia nuestro nuevo hogar.
La brisa primaveral me agitaba el cabello y el fresco aroma del mar invadía mis sentidos.
Froté el llavero con forma de trébol que tenía en la mano, deseando que se me contagiara un poco de su suerte.
La casa tenía un pequeño jardín delantero muy bien cuidado.
Miré a mi hermana gemela y confié en que hubiéramos tomado la decisión correcta al mudarnos a Irlanda.
Cuando recibimos la carta del abogado de nuestro abuelo, nos quedamos impactadas. No teníamos ni idea de que existía. Nuestra madre nunca hablaba de nuestro padre y nosotras no le preguntábamos, porque siempre la entristecía.
Nuestro abuelo nos había dejado esa casa y su negocio, una librería en la calle principal de Shamrock Cove, un pueblo de Irlanda.
Hasta el momento, solo se podía decir que era un lugar mágico.
La situación y el pueblo eran como un sueño, y tenía que recordarme constantemente que eso estaba sucediendo de verdad.
La casa no resultó ser la choza destartalada que esperaba, sino una construcción de estilo Tudor, pintada de azul marino y con molduras blancas.
El jardín estaba bordeado por una cerca de madera, sobre la que trepaban rosas y otras flores.
La casa se erguía en una pequeña calle residencial de acceso restringido con varias casas más, todas muy bien cuidadas y con sus propios jardines.
No se veía ni una chispa de pintura desconchada en ellas.
Aunque todas las casas tenían el tejado de paja, cada una estaba pintada de un color diferente.
El número tres de Hidden Way Lane, con su hermoso jardín y su ambiente acogedor, parecía sacado de una postal.
Yo no tenía mano para la jardinería y mi gemela estaría ocupada con la librería que habíamos heredado junto con la casa.
No tenía ni idea de cómo íbamos a mantener el jardín, pero ya se nos ocurriría algo.
Me inquieté cuando el abogado nos dijo que no tenía ninguna foto de la casa donde había vivido nuestro abuelo. El abogado había estado en Galway y nuestro abuelo se había reunido con él allí para hacer los trámites, por lo que no conocía el pueblo en sí.
Soy escritora y me imaginé todo tipo de escenarios, desde una choza hasta un viejo edificio en ruinas.
La casa me encantó al instante, y no soy ese tipo de persona.
Lo normal es que me cueste un poco acostumbrarme a los lugares y a la gente.
Era todo lo contrario que mi hermana. Curiosamente, me sentí como en casa.
Y, viniendo de una neoyorquina empedernida como yo, eso era decir mucho.
Sin embargo, solo había una forma de averiguarlo, y tras apretar por última vez el llavero, se lo entregué a mi hermana y di un paso atrás, dejando que fuera ella quien abriera la puerta. Mientras contemplaba el acogedor vestíbulo con su reloj de pie de nogal americano, se oyó un grito desgarrador.
Se me encogió el estómago, lo dejé caer todo al suelo y corrí a salvar a mi hermana.
Mis zapatillas chirriaron sobre el suelo de madera y casi resbalé contra la barandilla. El cuerpo de Lizzie temblaba mientras permanecía de pie en la puerta a la derecha del vestíbulo. Sus ojos azul grisáceo estaban llenos de lágrimas.
—Lizzie, ¿estás bien? —grité.
Se giró hacia mí, con el rostro tan pálido que temí que se desmayara en cualquier momento, y señaló hacia el interior la habitación.
Corrí hacia ella y luego miré por encima de su hombro. Tragué saliva.
—Marca el 999 —le pedí con voz queda, y luego la aparté de la mujer de cabello blanco que yacía en el suelo—. No el 911 como en Estados Unidos. ¿De acuerdo? El 999, que es el número de emergencias de Irlanda.
Ella clavó la mirada al frente.
—Lizzie —le dije con firmeza. Giró la cabeza bruscamente hacia mí—. Llama al 999. Ve a sentarte en las escaleras. Iré enseguida.
Le di mi teléfono, que tenía en el bolsillo, y fui a ver cómo estaba la anciana que yacía en el suelo.
Tenía el pelo blanco perfectamente peinado y vestía un conjunto de jersey lavanda con pantalones a juego.
Aún estaba caliente y tenía pulso. Le acerqué un dedo a la nariz y sentí su aliento. Menos mal.
—Diles que está viva y que se den prisa.
No quería moverla si se había caído, pero cogí una manta que estaba doblada sobre uno de los sillones orejeros de piel color tabaco, frente a una gran chimenea de piedra gris, y le coloqué la tela verde azulada debajo de la cabeza.
Eché un vistazo a mi alrededor, encontré unos cojines a juego en el sofá de piel y se los puse debajo de las rodillas.
Por las profundas arrugas de su hermoso rostro, debía tener cerca de setenta años. Estaba bien conservada y el cabello le formaba un halo blanco sobre la cabeza. Aunque había recibido formación en reanimación cardiopulmonar, no sabía qué hacer con ella, ya que respiraba.
—Señora —le dije—, ¿me oye?
No se movió.
Por más que quería ir a ver cómo estaba mi hermana, sentí el deber de quedarme con la pobre mujer hasta que llegara la ayuda. Le puse la mano sobre el corazón. Los latidos eran fuertes y regulares, igual que su pulso.
Me senté y le cogí la mano. No sabía quién era ni por qué estaba en nuestro salón, pero me preocupaba por ella. Un perro ladró detrás de mí y la mujer abrió los ojos. Entonces se incorporó y gritó. Muy asustada, di un salto y le solté la mano.
Estaba en el suelo y el enorme perro se me acercó gruñendo. Bueno, era más bien un caballo. Se colocó entre la mujer y yo. Estaba tan concentrada en la anciana que no lo había visto al otro lado.
—Perrito bueno —dije, nerviosa, tratando de que mi ritmo cardiaco volviera a la normalidad.
—Dios mío, vaya susto me has dado —dijo la mujer.
—Lo mismo digo —respondí, y le tendí la mano para ayudarla a levantarse, pero ella me hizo un gesto para que me apartase.
—Estoy bien, estoy bien. Solo he tenido uno de mis ataques. Bernard me ha despertado. Quería asegurarme de que todo estuviera listo para vosotras aquí, en la casa.
«Bueno, no estoy segura de que darnos un susto de muerte sea la mejor forma de darnos la bienvenida».
Sonreí.
—No era mi intención darte un susto de muerte —dijo la mujer, como si me leyera el pensamiento, y sonrió—. Lo siento mucho. —Me dio una palmadita en la mano, como una abuela.
Me cayó bien.
—Vamos a levantarla de esta alfombra. —Intenté cogerla del brazo, pero el perro gruñó ferozmente.
—Bernard. Ella es de la familia —dijo la mujer.
El perro retrocedió unos centímetros y entonces juraría que sonrió.
—Estoy bien —insistió la anciana, haciéndome un gesto para que me apartase—.
Te pido disculpas de nuevo por asustarte.
Soy la señora O’Malley, una querida amiga de vuestro abuelo y vecina vuestra.
He venido para asegurarme de que la limpiadora ha hecho bien su trabajo en la casa.
Es buena chica, pero es joven. Tú debes ser Mercy —añadió—.
Te reconozco por la portada de tus libros. Aunque eres mucho más guapa en persona.
Mi mente aún estaba en modo «lucha o huida», y me llevó un minuto procesar todo lo que había dicho.
—Gracias.
—¿Dónde está tu hermana?
Lizzie probablemente estaría hecha un trapo.
Lo último que necesitaba era otro acontecimiento estresante.
En los últimos seis meses, habíamos pasado por la muerte de nuestra madre, así como la del prometido de Lizzie y la hija de este.
Irlanda era nuestro nuevo comienzo, pero ese no era exactamente el comienzo que esperaba.
—Disculpe —dije, y me fui. No estaba en las escaleras—. ¿Lizzie? —la llamé.
—Aquí —respondió.
Al menos, su voz no parecía temblorosa, eso ya era algo.
La encontré en la cocina, sentada con una taza de té delante. Me arrodillé junto a su silla y le cogí la mano.
—¿Estás bien?
Tenía los ojos llorosos, pero me apretó la mano.
—Ahora sí. Tengo una taza de té. La tetera ya estaba encendida.
La señora O’Malley entró y le acerqué una silla.
—Vaya, sois como dos gotas de agua. Excepto por el color del pelo y los ojos, sois idénticas.
Mi pelo era mucho más oscuro que el de mi hermana y solía llevarlo recogido en una coleta. A ella le gustaba más hacerse un moño desordenado.
—Nos lo dicen mucho —afirmé—. Somos lo bastante diferentes como para que la mayoría de la gente nos distinga, pero cuando éramos más jóvenes, antes de que mi pelo se oscureciera, éramos casi idénticas. ¿Seguro que estás bien? —le pregunté de nuevo.
—Estoy bien —contestó mi hermana—. Ve a sentarte y cancelaré la ambulancia.
Hice lo que me pidió. Más que nada porque me temblaban un poco las piernas. Habían pasado unas largas veinte horas desde que salimos de Estados Unidos y, hasta el momento, nos habíamos llevado un buen susto en Shamrock Cove. Ni siquiera eran las nueve de la mañana.
—Como ya le he dicho a tu hermana, soy la señora O’Malley —dijo mientras se inclinaba sobre la mesa para estrechar la mano de Lizzie—.
Todo el mundo me llama Lolly. He estado cuidando la casa desde que falleció vuestro abuelo.
Solo había venido a echar un vistazo. Y a traeros unas galletas y té. No pretendía asustaros —se disculpó.
—No pasa nada —respondió Lizzie.
Su sonrisa era sincera, pero me preocupaba el estado de sus nervios. ¿Era demasiado para ella? Los médicos habían dicho que aún estaba delicada, pero mi hermana era muy buena fingiendo que no era así. El ligero temblor de su mano mientras servía dos tazas más de té lo delataba.
—Tengo narcolepsia desde que era niña. Me quedo dormida en cualquier lugar, a veces incluso de pie. Nunca he podido conducir, aunque aquí tampoco hace falta. Es una de las razones por las que me quedé.
»Y es muy difícil despertarme si no se sabe cómo hacerlo. Los vecinos están acostumbrados, pero os pido mil disculpas por haberos asustado.