Capítulo Dieciocho
Elizabeth apoyó la cabeza en el hueco de madera de la ventana del comedor, acunando la taza de té entre las manos; el té se había enfriado hacía mucho. La rebanada de pan tostado que había untado con mantequilla hacía media hora yacía abandonada en el plato.
—He traído té recién hecho, milady. —Sylvie dejó la bandeja sobre la mesa y cogió el plato—. Y esta tostada se ha quedado fría. Le pediré a la cocinera que prepare más, ¿ oui ?
—Gracias, Sylvie, pero de verdad que no es necesario. —Elizabeth se apartó de la ventana—. No tengo mucha hambre.
— Très bien , milady. —Sylvie recogió el servicio intacto de la cabecera de la mesa y lo puso en la bandeja, con la servilleta aún en el servilletero, y se lo llevó.
Elizabeth cruzó hasta la mesa y se sirvió una taza de té caliente, repasando en su mente los acontecimientos de la noche anterior.
Al final, su ausencia del salón de lady Davenport la noche anterior había pasado prácticamente desapercibida.
Al regresar, se había encontrado al doctor Lawson apremiando a la viuda para que se tomara un somnífero, y la excusa que había urdido con Oliver en la escalera de servicio sobre haberse perdido no había obtenido más que un asentimiento distraído por parte de Clemmi.
Eran cerca de las diez cuando Oliver hizo acto de presencia, y se quedó lo justo para intercambiar unas palabras con lady Davenport e interesarse por Clemmi antes de marcharse con el doctor Lawson.
Llegaron al apartamento de Clemmi poco después de las once, aunque fue mucho más allá de la una cuando cada cual se fue a dormir.
La preocupación de Clemmi había empezado por Cecily —¿cómo se las arreglaría?, ¿volvería aun así a Inglaterra?—, para luego centrarse, como Elizabeth se había temido, en Oliver.
Dos de sus colegas muertos con apenas unos días de diferencia. ¿Y si estaba pasando algo en la cancillería? ¿Y si Oliver corría algún tipo de peligro?
Elizabeth la había escuchado, tranquilizándola en lo posible, asegurándole a su amiga que no era más que una terrible coincidencia, a sabiendas de que no era nada de eso. Odiaba ocultarle cosas a Clemmi, pero era lo único que había hecho desde su llegada.
Incluso después de retirarse, permaneció despierta durante horas, su mente recreando una y otra vez la escena en el estudio de sir Conrad: el Webley bajo su mano, la nota perfectamente centrada en el secante.
Y cuando no era el estudio, era la habitación oculta, donde por un momento había estado convencida de que pretendían matarla y al siguiente le estaban exponiendo con toda calma su plan para desenmascarar al traidor.
El señor Julian Arbuthnot, el segundo de sir Conrad.
¡brRRING! ¡brRRING!
Sylvie pasó a toda prisa por delante del comedor, mascullando algo por lo bajo sobre el ruido que despertaría a madame Sterling.
—Es para usted, milady. —Sylvie se detuvo en el umbral—. Una mademoiselle Hughes.
—Gracias, Sylvie.
¿Se habría enterado Cybil de lo de sir Conrad? Elizabeth le dio vueltas mientras se dirigía al vestíbulo. Maggie ya estaría en el trabajo y se lo habría contado a Cybil en cuanto lo supiera.
Y si Cybil preguntaba, ¿entonces qué? La muerte no era pública, y todo lo que había detrás estaba ligado a la promesa que le había hecho a Oliver.
Sus ojos se posaron en Le Figaro de esa mañana, aún doblado sobre la mesa del vestíbulo, mientras cogía el auricular. El préstamo Dawes. El franco. Ni una sola línea sobre sir Conrad. Obra de Oliver, sin duda. ¿Hasta dónde llegaba su influencia?
—¿Cybil? —Elizabeth se apretó el auricular contra la oreja.
—Elizabeth. Perdona que te llame tan temprano, pero ¿has visto Le Figaro de esta mañana?
¿Acaso la noticia sobre sir Conrad se había publicado después de todo?
—No, ¿por qué?
—Escucha esto. —Un crujido de papel llegó por la línea antes de que Cybil continuara—.
En los salones no se habla de otra cosa que de cierta dama inglesa cuya devoción por sus comités benéficos solo es igualada por su devoción al tapete verde.
Por desgracia, las mesas no han correspondido al afecto de la dama, y está por ver si su sufrido esposo seguirá saldando las deudas que la fortuna se niega a pagar . Sabes de quién están hablando, ¿verdad?
¿Deudas de juego? Menos mal.
—La verdad es que no.
—Es lady Davenport. Tiene que ser ella. Una dama inglesa , y todo el mundo sabe lo devota que es a sus obras de caridad.
¡Lady Davenport! Puede que Oliver hubiera mantenido la muerte de sir Conrad fuera de los periódicos, pero esto no lo habría visto venir.
—Como la mitad de las esposas de diplomáticos de París.
—Pero la mayoría no ostentan el título de lady.
En eso tenía razón. Y los instintos de Cybil rara vez se equivocaban.
—¿Crees que Clemmi podría haber oído algo, ya que se mueven en los mismos círculos?
Clemmi se había pasado media noche preocupada por Cecily. No había forma de que Elizabeth pudiera preguntarle si había algo de verdad en ello.
—Hasta donde yo sé, coinciden en un par de comités, pero diría que es más por obligación que por amistad. —Intentó restar importancia a la relación de Clemmi con lady Davenport—. Pero déjalo en mis manos; veré qué puedo averiguar.
—Mientras tanto, yo me pasaré por Le Figaro e investigaré un poco, a ver si descubro quién es su fuente. ¿Quedamos en el Café Colette sobre las dos?
—A las dos me viene perfecto. —Ella también tenía uno o dos asuntos que atender.
Elizabeth volvió a colocar el auricular en su soporte y cruzó el vestíbulo hasta su dormitorio. Sacó la caja de cerillas del bolso y le dio vueltas entre los dedos.
De un negro mate intenso, con un acabado aterciopelado, su cubierta estaba completamente lisa a excepción de una única polilla grabada en seco en el centro; el delicado dibujo de sus alas solo era visible cuando la inclinaba para que captara la luz.
No había nombre, ni dirección, ni pista alguna de su origen, pero fuera cual fuese el establecimiento, no necesitaba publicidad.
Entonces, ¿por qué había visto tres en casi otros tantos días? Primero en la mano de Pippin en Le Figaro . Con Oriane de Massenet en Le Jardin Suspendu. Y luego, anoche, en el salón de lady Davenport.
¿Qué tenían en común un chevalier servant , la esposa de un ministro y la esposa del difunto embajador británico?
Fuera lo que fuese, esta caja de cerillas tenía la respuesta.