Asesinato en el Sena (Un Misterio De Lady Elizabeth Hawthorne 8) Capítulo Once
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Capítulo Once

CRAAS.

Elizabeth se sobresaltó. La barra de labios se detuvo a medio trazo al oír el estrépito de la tapa de un cubo de basura al golpear los adoquines antes de rodar por el patio.

Un grave gruñido felino entró por la ventana abierta, seguido de un aluvión de ladridos agudos y frenéticos.

—¡Ah, ma pauvre Georgette! —exclamó madame Lefèvre, la vecina de Clemmi del piso de abajo—. ¡Allez! ¡Filez, sales bêtes! —gritó, atizándole al gato atigrado con su escoba de madera, en lo que Sylvie había descrito como un ritual casi nocturno.

Elizabeth tapó la barra de labios. El pequeño drama de abajo ya se estaba desvaneciendo entre los ruidos vespertinos del edificio.

Cogió las perlas de su madre del joyero, se las enrolló una vez alrededor del cuello, luego una segunda, y se abrochó el cierre en la nuca.

Se colocó una peineta de marquesita en la sien, sobre su melena corta y negra, y se aplicó el tapón del Chanel N.º 5 en las muñecas y detrás de cada oreja.

—Elizabeth. —La voz de Clemmi llegó a través de la puerta del dormitorio—. ¿Estás lista?

—Casi.

—Te espero en el salón.

Elizabeth escuchó los pasos de su amiga alejarse por el pasillo. Hubiera hecho lo que hubiera hecho Oliver, seguía siendo el marido de Clemmi y el padre de su futuro hijo.

Cogió los zapatos de salón de raso gris del armario y se sentó en el borde del taburete del tocador, pasando la primera correa del tobillo por la hebilla. Si de verdad Oliver estaba implicado en la muerte del señor Ashby, ¿de qué más podría ser capaz?

Dos días antes, habría puesto la mano en el fuego por su inocencia. Ahora no apostaría ni un chelín.

Lo que planteaba la cuestión de hasta qué punto estaba segura su amiga bajo su mismo techo.

Quizá debería sugerirle a Clemmi que regresara con ella a Inglaterra, al menos hasta que naciera el niño. Pero estaba pensando en la misma Clemmi que se había inventado una invitada en casa para no tener que estar bajo la vigilancia de su madre.

Pasó a la segunda hebilla. Las sospechas no eran pruebas, y hasta que no tuviera algo tangible, sus dudas seguirían siendo solo suyas.

Se levantó y echó un último vistazo a su reflejo en el espejo antes de salir sigilosamente de la habitación para reunirse con Clemmi.

Elizabeth se detuvo ante el salón al ver a Clemmi a través de la puerta abierta. La observó coger el vasito de jerez de la mesita auxiliar y llevárselo a los labios; los tendones del cuello se le marcaron al tragar el líquido ambarino.

La cabeza de Clemmi se alzó de golpe al oír el suave sonido de diversión que se escapó de los labios de Elizabeth.

—Puedes burlarte, pero espera a que te toque a ti. Aunque supongo que, al menos, sabe mejor que ese tónico asqueroso que el doctor Moreau insiste en que me tome. —Dejó el vaso en la mesita auxiliar a su lado—. Pero cualquier cosa es mejor que eso, incluso el agua de cocer repollo.

Los labios de Elizabeth se curvaron en una sonrisa mientras se acercaba a la pequeña bandeja de bebidas que Sylvie había dejado cerca de la puerta y se servía una pequeña medida de jerez. —¿Qué tal ha ido con el doctor Vernet?

—Oh, lo de siempre. —Clemmi resopló al cerrar la revista que había estado leyendo y la colocó en el cojín a su lado—.

Más descanso. Más carne roja. Más verduras.

Y aumentar el  sirop de fer Bravais  a cuatro veces al día.

—Adoptó un acento francés al continuar—: «Es lo mejor para la madre y el bebé».

—Veo que has estado practicando tu francés. —Elizabeth arqueó una ceja mientras se acomodaba en la butaca bergère frente a Clemmi, cerca de la chimenea—. ¿Y qué es ese  sirop de fer Bravais ? Haces que suene como un brebaje del mismísimo diablo.

—Pues podría serlo. Si no fuera por el juramento hipocrático, juraría que el buen doctor obtiene algún tipo de placer perverso torturándome de esta manera. —Clemmi se obligó a dar otro pequeño sorbo a su copa de jerez—. Sabe como si alguien hubiera disuelto un puñado de peniques viejos en melaza.

—Suena absolutamente repugnante.

—Lo es. Pero el doctor Vernet parece satisfecho con cómo van las cosas, así que supongo que tendré que aguantarme.

La mano de Clemmi se posó en su vientre.

—Aunque solo sea por él.

—¿Así que ahora va a ser un niño?

—Tiene que serlo, a juzgar por todos los problemas que está causando.

De tal palo, tal astilla. —La mirada de Clemmi se detuvo brevemente en la foto de boda con marco de plata de ella y Oliver, que ocupaba el lugar central de la chimenea, antes de volver a Elizabeth—.

Siento no haberme levantado cuando has vuelto antes.

—Se enderezó ligeramente—. Solo quería cerrar los ojos diez minutos y, cuando me he dado cuenta, eran las cinco y media.

—No tienes absolutamente nada por lo que disculparte. Estoy segura de que has tenido una tarde muy ajetreada, si me guío por los almuerzos benéficos de tía Beatrice.

—Oh, ya sabes cómo son estas cosas, todo el mundo intentando superar a los demás con sus atuendos y sus donaciones benéficas.

Pero lady Davenport lo ha manejado todo como la profesional consumada que es.

La jubilación de sir Conrad será una gran pérdida cuando se marche.

Él no, por supuesto; es un viejo grosero, pero a lady Davenport, en cambio, se la echará mucho de menos.

—Entonces, ¿no te cae bien sir Conrad?

—En absoluto. —Clemmi frunció el ceño mientras se removía en el asiento—. No se me ocurre ni una sola persona que vaya a lamentar su marcha, excepto quizá la señorita Bembridge. Aunque no entiendo por qué, con la forma en que la trata.

—¿Y Oliver? ¿Lamentará que sir Conrad se vaya?

—No ha dicho mucho al respecto. En realidad no habla de su trabajo conmigo. —Clemmi se miró la mano izquierda, sus dedos jugueteando con la alianza de oro de su anular.

—Elizabeth… —Clemmi hizo una pausa como si deliberara sus palabras—. ¿Crees que Oliver ha… cambiado?

—¿Cambiado? —Elizabeth intentó mantener la voz firme—. ¿En qué sentido?

—No sé. Simplemente parece… diferente. Reservado, casi.

—Probablemente esté ocupado con el trabajo, sobre todo con la inminente jubilación de sir Conrad, por no hablar de todos los preparativos que debe de haber requerido la visita de los americanos.

—Quizá, pero me preguntaba si podrías hablar con él…

—Oh, Clemmi, no creo… —Elizabeth se removió en su asiento.

—Pero a ti se te da tan bien… investigar. Y estoy preocupada, Elizabeth. Yo… —Clemmi enderezó los hombros, parpadeando para contener las lágrimas que amenazaban con rodar por sus mejillas—. Me preocupa que haya conocido a otra persona… a otra mujer.

¿Otra mujer? Ojalá fuera tan simple como eso.

Clemmi se sobresaltó al oír el sonido de unas llaves girando en la puerta principal. —Es Oliver —dijo en voz baja mientras se secaba las pestañas inferiores con las yemas de los dedos.

—¿Clemmi? —La voz de Oliver llegó desde el vestíbulo.

—Estamos en el salón.

Los ojos de Clemmi se encontraron con los de Elizabeth. —¿No dirás nada, verdad?

—Por supuesto que no. —Elizabeth se inclinó y le apretó la mano a Clemmi.

Nunca traicionaría a Clemmi. Ojalá pudiera estar tan segura sobre Oliver.

Oliver entró con paso decidido en el salón, dirigiéndose directamente hacia Clemmi. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

—No te esperaba en casa para cenar. —Ella se recostó en los cojines.

—Pensé en darte una sorpresa. Elizabeth. —Inclinó la cabeza, entrecerrando los ojos.

—Oliver. —Le sostuvo la mirada.

—Me temo que la cocinera solo ha preparado algo ligero esta noche —dijo Clemmi—. Pero podría pedirle a Sylvie que pregunte si quizá hay algo más…

—No, no te molestes. Estoy seguro de que lo que hayas organizado con la cocinera será perfectamente adecuado. —Se giró hacia la puerta—. ¿Qué te ha dicho el doctor Vernet?

—Lo de siempre. —Clemmi puso los ojos en blanco—. Sinceramente, Oliver, soy una mujer adulta, pero me trata como a una niña. Diciéndome qué puedo y qué no puedo comer, a qué hora acostarme…

—Estoy seguro de que debe de parecerte así, pero es por tu propio bien, cariño.

—Solo desearía que todo el mundo dejara de tratarme como a una inválida.

—Pardon, madame. —Sylvie apareció en el umbral—. La cocinera quiere saber si están listos para cenar, señora. —Clemmi miró a Oliver.

—Sí, por favor, Sylvie. —Él se quitó el abrigo mientras se dirigía al vestíbulo—. Voy a lavarme las manos antes de cenar. No me esperéis —dijo desde el pasillo.

Clemmi se agarró al brazo del sofá y se puso en pie. Elizabeth se levantó de la butaca de enfrente. —¿Vamos? —Le ofreció el brazo a Elizabeth y se dirigieron al comedor.

Sylvie ya había retirado el consomé cuando Oliver apareció en el umbral.

Elizabeth había mantenido una conversación ligera durante su ausencia: cotilleos de Londres, el nuevo puesto de Meli en Oxford, la última campaña de tía Beatrice para casarla…

cualquier cosa para mantener a Clemmi alejada del tema que habían estado tratando antes de la cena.

Haría cualquier cosa por Clemmi. Pero aceptar investigar a su marido era un asunto completamente diferente.

Si se equivocaba, Clemmi nunca se lo perdonaría. Pero si sus sospechas eran ciertas…

—Te has perdido el primer plato. —Clemmi levantó la vista de su plato, con los labios apretados en una línea fina y tensa.

—No importa. —La mano de Oliver se posó brevemente en su hombro al pasar, antes de tomar asiento a la cabecera de la mesa—. De todos modos, no tengo mucha hambre.

—Estoy segura de que a la cocinera le queda algo de consomé, monsieur, si le apetece. —Sylvie esperaba en la puerta.

—No te preocupes, Sylvie. El lenguado estará perfecto, gracias.

Sylvie le puso el plato en la mesa y se retiró, cerrando la puerta tras de sí.

—He oído que esta mañana has hecho una visita a la cancillería. —Oliver cogió el limón y roció el jugo sobre su pescado—. Deberías haber pasado por mi despacho, haberme avisado de que estabas allí.

¿Cómo diablos se había enterado de su visita? Se había registrado como Eliza Winston.

Bembridge, por supuesto.

—No quería molestarte. —Elizabeth le sostuvo la mirada por encima del borde de su vaso de agua—. Estoy segura de que tenías asuntos mucho más urgentes que atender, con la visita de los americanos.

—Seguro que podría haber sacado unos minutos para una visita rápida. —Cogió la servilleta y se limpió los dedos—. Pero tengo curiosidad, ¿qué te trajo a la cancillería, para empezar?

—No es ningún misterio. —Elizabeth dejó el vaso de agua y se volvió hacia Clemmi—.

¿Recuerdas a la señorita Hughes, la de la cena que me perdí la noche de la velada?

Solo está en París por poco tiempo, así que he pasado por la cancillería esta mañana para preguntarle a Maggie cómo podría localizarla y disculparme como es debido.

—No me has dicho que habías estado en la cancillería. —Clemmi pinchó un espárrago con el tenedor—. Aunque la verdad es que no te he dado mucha oportunidad, ¿no? Hablando sin parar del doctor Vernet y del almuerzo.

—No has hablado sin parar, te he preguntado yo.

—Aun así, no estoy siendo muy buena anfitriona, ¿verdad? Abandonándote cuando has venido desde tan lejos. ¿No fue la señorita Hughes la que te ayudó con aquel asunto terrible en la isla de Ingleby?

—La misma, aunque decir que ayudó es quedarse muy corto. Esa mujer es como un sabueso cuando olfatea una historia.

Un sonido agudo y ahogado, como un atragantamiento, escapó de los labios de Oliver.

—¿Estás bien? —La mirada de Clemmi se desvió hacia su marido.

—Estoy bien. —Cogió su vaso de agua y bebió un largo trago, restando importancia a la preocupación de Clemmi con la otra mano—.

Se me ha ido por el otro lado, eso es todo.

—Dejó el vaso y se cubrió la boca con una servilleta mientras se aclaraba la garganta—.

¿Y dice que es amiga de la señorita Howard? ¿Esa investigadora?

—Periodista —lo corrigió Elizabeth, con una pequeña sonrisa dibujándose en las comisuras de sus labios—. Y una muy buena, además.

—Bueno, espero que no estés pensando en abandonarme e irte de juerga por París con la señorita Hughes. —Clemmi bajó la barbilla, haciendo un pucherito.

—Claro que no, nunca te abandonaría. —Elizabeth extendió la mano y le dio a Clemmi un suave apretón en la suya—. Pero he organizado que almorcemos todas juntas mañana, si te encuentras con fuerzas.

El tenedor de Oliver se le escurrió de los dedos, golpeando el borde de su plato con un chasquido seco antes de caer al suelo con estrépito.

—¿Pero qué te pasa esta noche, Oliver? Estás más nervioso que un flan.

«¿Qué le pasaba, en efecto?», pensó Elizabeth, recostándose en su silla y estudiando a Oliver por encima del borde de su vaso de agua.

¿Qué era exactamente lo que había puesto tan extrañamente nervioso esa noche al habitualmente sereno señor Sterling?

La mención de las dotes de investigación de Cybil ciertamente lo había inquietado por alguna razón.

¿Pero por qué?

Seguramente, si no tenía nada que ocultar, no tenía nada que temer.