Asesinato en el Sena (Un Misterio De Lady Elizabeth Hawthorne 8) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

Elizabeth se inclinó hacia el espejo tríptico y se pasó la barra de labios por la boca, mientras una carcajada brillante se colaba por la ventana entreabierta desde los pisos de arriba.

Le había contado a Clemmi lo que había podido durante el desayuno: el relato de Maggie sobre madame Charpentier y sus anillos, uno por cada amante con la que había pillado a su marido, y donde los cotilleos flaqueaban, los  pains suisse  de madame Fournier habían compensado con creces cualquier carencia.

Cuando Clemmi había intentado sonsacarle más, Elizabeth había abierto las manos de par en par, alegando la ignorancia de una extraña. Juntó los labios y cogió su sombrero cloché de color gris perla.

Técnicamente, supuso, no había mentido. Se detuvo con los dedos en el ala. Pero tampoco había sido del todo sincera.

Lo ladeó una pizca en el espejo y apartó el taburete. Lo que fuera que Oliver hubiese estado haciendo en el Pont Neuf la noche anterior era un asunto entre él y su conciencia, y si lo compartía con su mujer o no, era únicamente decisión suya.

Elizabeth fue hasta el armario y repasó con la vista la barra antes de escoger el abrigo de seda gris pálido y ponérselo sobre el vestido. Recogió su bolso y los guantes gris claro del tocador.

Una última mirada en el espejo, un ligero ajuste al cuello del abrigo, y cerró la puerta del dormitorio tras de sí.

Sylvie se sobresaltó al verla y, con una pequeña exclamación ahogada, se apretó el plumero contra el pecho.

—Perdón, milady. No la he oído.

—Soy yo quien debería disculparse, Sylvie.

— Non , es culpa mía. —La mirada de la joven doncella recorrió a Elizabeth, fijándose en su atuendo—. ¿Va a salir, milady?

—Había pensado en dar un paseo mientras madame Sterling está en sus citas. —Elizabeth se puso los guantes—. Quizá comer algo por ahí.

—¿ Seule ? —Sylvie enarcó una ceja—. ¿Sola?

—Por supuesto. —Apoyó la mano en el pomo de latón y esbozó una sonrisa al volverse hacia Sylvie—. Al menos así no tengo que compartir el postre.

A Sylvie se le escapó una risa a pesar de sus esfuerzos por contenerla.

— Bien sûr , milady… y  bon appétit .

— Merci , Sylvie.

Elizabeth salió y recorrió el rellano hasta el ascensor. Pulsó el botón de llamada y, en algún lugar de arriba, la maquinaria arrancó con un traqueteo. La cabina inició su lento y ruidoso descenso y se detuvo en la tercera planta con una sacudida.

Dentro ya había dos mujeres, con las cabezas juntas en plena conversación. Se enderezaron cuando Elizabeth entró.

— Bonjour, mademoiselle .

— Bonjour . —Elizabeth cerró la cancela tras de sí.

Las dos intercambiaron una mirada y reanudaron la charla antes de que la cabina hubiera dejado atrás la planta.

— L’Anglaise  —murmuró la primera—. La que se aloja con los Sterling en la tercera planta.  La fameuse détective, paraît-il .

Elizabeth mantuvo la vista en los pisos que se deslizaban tras la estructura de hierro.

La segunda mujer se acercó más a su compañera, aunque en una cabina de ese tamaño bien podría haberle hablado a Elizabeth al oído. Esas considerables dotes de detective estarían bastante mejor empleadas en encontrar un marido.

A una de las mujeres se le escapó un bufido de risa, que disimuló apresuradamente con una tos.

El ascensor se detuvo en la planta baja con un clangor metálico.

Elizabeth abrió la cancela e indicó a las dos mujeres que pasaran.

— Bonne journée, mesdames. Et merci pour la suggestion, j’y réfléchirai sérieusement  —dijo Elizabeth, dándoles las gracias por su consejo sobre encontrar marido.

El paso de la más alta flaqueó y un rubor le subió del cuello a los pómulos mientras miraba de reojo a su compañera, a la que le había surgido un repentino e intenso interés por las baldosas del suelo.

Las dos mujeres se dirigieron directamente a la puerta. Georges la abrió de par en par, haciéndose a un lado mientras salían sin mirar atrás.

—¡ Bonjour , milady! —Su rostro se arrugó en una sonrisa mientras ella cruzaba el vestíbulo—.  Il fait beau aujourd’hui .

— Très beau, Georges. Bonne journée .

— Merci, à vous aussi, milady .

Bajó el escalón hacia la acera.

«Encontrar un marido», vaya ocurrencia. Como si ser detective fuera un simple pasatiempo excéntrico que abandonar en cuanto apareciera el hombre adecuado, una forma agradable de pasar el rato hasta que la vida de verdad pudiera empezar.

No se trataba solo de las mujeres del ascensor.

Eran todas las cejas enarcadas, todas las preguntas cuidadosamente formuladas sobre sus planes, todas las almas bienintencionadas que miraban su vida y solo veían lo que faltaba en ella en lugar de lo que había.

Elizabeth cruzó el bulevar y giró por la rue du Faubourg Saint-Honoré.

Nunca antes había puesto un pie en la cancillería, pero tales lugares solían seguir un patrón. Los oficinistas y mecanógrafos estarían en las plantas inferiores, mientras que los hombres que importaban, o que creían importar, se situaban más arriba.

Con un poco de suerte, podría hablar con Maggie sin tener que molestar en los pisos superiores.

¿Y si se encontraba con Oliver? Simplemente iba a visitar a la señorita Howard para disculparse por haberse perdido su cena de la noche anterior. No había necesidad de mencionar el verdadero propósito de su visita.

Después de todo, en su línea de trabajo, Oliver estaría muy familiarizado con el concepto de operar con información restringida.

Las tiendas de vestidos y las sombrererías pronto dieron paso a altos muros y patios cercados, hasta que las puertas de la embajada aparecieron a la vista; la fachada de piedra clara del Hôtel de Charost se alzaba tras unas altas verjas de hierro, con la Union Flag y la tricolor suspendidas e inmóviles sobre el patio de armas.

Las puertas de la cancillería estaban abiertas, y apenas había cruzado bajo el arco cuando un conserje salió de su garita para recibirla, erguido en su uniforme azul oscuro, con una hilera de cintas de medallas sobre el bolsillo del pecho.

—Buenos días, señora. ¿Puedo ayudarla?

—Busco a la señorita Howard. Creo que trabaja en la cancillería.

—¿Su nombre, por favor, señora?

—Eliz… —La palabra se le atascó. ¿Y si la noticia de su visita llegaba a oídos de Oliver?—. Eliza… Winston.

—Muy bien, señora. —Lo anotó en el libro que tenía en la repisa y se tocó la visera de la gorra—. La puerta del pabellón oeste, al otro lado del patio. Pregunte por la señorita Howard en el mostrador y la avisarán.

La puerta del pabellón oeste daba a un estrecho vestíbulo de entrada, con un mostrador de información frente a la puerta —desatendido, un auricular de teléfono junto a su base—.

Más allá, un pasillo recorría la longitud del edificio, por donde los oficinistas pasaban entre puertas con archivadores en los brazos, y aquí y allá pequeños grupos estaban reunidos, con las cabezas inclinadas en conversaciones susurradas.

—Perdone. —Elizabeth detuvo a la más cercana, una joven con archivadores apretados contra el pecho—. ¿Podría decirme dónde podría encontrar a la señorita Howard, por favor?

—¿La señorita Howard? —La mujer aminoró el paso—. Eh… sí, claro. Al final del pasillo, la última puerta a la izquierda.

La mujer continuó por el pasillo sin siquiera pedirle su nombre ni preguntarle por el motivo de su visita.

—Lady Elizabeth. —Maggie se apresuró hacia ella, con las manos entrelazadas a la altura de la cintura—. Nos ha pillado en pleno desorden, me temo.

—Pero ¿qué ocurre?

Maggie miró por encima del hombro a los demás, luego cogió a Elizabeth del brazo y la llevó por el pasillo, abriendo una puerta al final y cerrándola con cuidado tras ellas.

Maggie respiró hondo, con una mano todavía en el pomo de la puerta.

—Ha ocurrido algo espantoso. —Bajó la voz—. Uno de nuestros empleados, el señor Ashby. Él… él murió anoche.

El señor Ashby estaba muerto. El mismo señor Ashby que guardaba un cierto parecido con Jonathan Ashcroft, según Oliver.

—Lo siento muchísimo. —Elizabeth le puso una mano en el brazo a Maggie—. ¿Qué ha pasado? ¿Estaba enfermo?

Maggie negó con la cabeza.

—Le… le dispararon… anoche en el Pont Neuf.