Capítulo Seis
Un dolor agudo le atenazó el hombro cuando el desconocido tiró de ella hacia atrás; el bolso de noche se le escurrió de la mano mientras se revolvía para zafarse.
—Suélteme. —Miró rápidamente hacia el río.
El agudo sonido de los silbatos de la policía era cada vez más fuerte.
Pero no eran para ella. No le había dicho a nadie que se iba, se había escabullido de la velada en pos de Jonathan.
Y ahora, con todo el caos que se estaba produciendo en el puente, era poco probable que alguien la oyera si gritaba.
—Mi… mi marido llegará en cualquier momento.
—Intentó mantener la voz firme—. Pero si lo que quiere es dinero, tengo algo…
en el bolso. —Su mirada recorrió el contenido desparramado de su bolso de noche en busca de la Browning.
Si tan solo le aflojara el agarre, aunque fuera unos segundos, quizá podría…
Elizabeth se agachó y su mano libre buscó el bolso. Una nueva ráfaga de silbatos y sirenas sonó mientras más agentes llegaban al puente.
Aprovechando su oportunidad, se liberó del brazo en cuanto el agarre del desconocido flaqueó y sus dedos se cerraron en torno a la Browning. Se enderezó y apuntó con la pistola al pecho del hombre.
—Yo que usted no me acercaría más ni haría ningún movimiento brusco. Tengo una puntería excelente y, aunque tengo bastante prisa, no tanta como para fallar. —Hizo una pausa—. Ahora, voy a contar hasta diez para que desaparezca. Una. Dos. Tres.
Quitó el seguro, más para impresionar que por un deseo real de dispararle.
¿Pero por qué no se iba? Miró fugazmente al puente antes de volver a la figura en sombras que tenía delante.
—Cuatro. Cinco. Seis.
Seguía sin moverse.
¿Aquel hombre tenía algún tipo de deseo de morir? ¿O es que no creía que una mujer supiera usar una pistola?
—Parece que cree que voy de farol. —Apuntó la pistola a centímetros de sus pies y apretó el gatillo; la bala rebotó en los adoquines.
Se oyó un grito desde la dirección del puente y el haz de una linterna barrió el muelle, más allá del parapeto, antes de volver hacia el agua.
Levantó el brazo, apuntando al pecho.
—Elizabeth, espera. No dispares. Soy yo.
—¿Oliver? —Elizabeth bajó la pistola y puso el seguro—.
Gracias a Dios que estás aquí. Es Jonathan.
—No apartó los ojos del rostro de Oliver mientras recogía el contenido de su bolso—.
Le han disparado. Lo he visto todo. Alguien le disparó y entonces…
—Inspiró para calmarse; la imagen de Jonathan agarrándose el costado segundos antes de desaparecer de la vista seguía fresca en su mente—. Entonces cayó por el lateral al río.
Elizabeth ya se dirigía hacia el puente, pero Oliver permanecía inmóvil. ¿Era por la conmoción? Él y Jonathan eran amigos desde hacía muchos años, según Clemmi.
—¿Oliver? ¿No has oído lo que he dicho? —Se volvió a medias hacia él, tamborileando con los dedos en la parte delantera de su bolso. ¿A qué estaba esperando? —. Tenemos que hablar con la policía, decirles que está en el río.
—¿Jonathan? ¿Estás completamente segura de que era él? —Oliver bajó la mirada a la punta de sus zapatos—. Lo último que supe es que estaba en Bath por un bautizo familiar.
—Lo vi, Oliver. En la velada. —Elizabeth ladeó la cabeza, arqueando una ceja mientras le sostenía la mirada.
—Debes de estar pensando en Ashby. Un tipo alto, de pelo claro.
—No, era Jonathan sin ninguna duda. — ¿Verdad?
—Supongo que guarda un cierto parecido con Jonathan, con la luz adecuada y todo el mundo de etiqueta, pero no podía ser él, porque lo dejé con el jefe de gabinete de De Massenet hace menos de diez minutos.
Y en cuanto a Jonathan Ashcroft, está muy lejos de París, asistiendo a la boda de un primo segundo.
—¿Boda? ¿Creía que habías dicho un bautizo?
—Boda, bautizo, para nosotros los hombres es todo lo mismo. —Dio un paso hacia ella—. Bien, pues, vámonos a casa. Seguro que Clemmi se muere por oír todos los cotilleos.
—Pero no podemos irnos sin más. Aunque no fuera Jonathan el del puente, a alguien le han disparado, por no mencionar que ha caído del puente al río. Debemos hablar con la policía para que pueda decirles lo que vi.
Oliver se metió las manos en los bolsillos del pantalón, balanceándose sobre las puntas de los pies. —Mira, no quiero que te tomes esto a mal, pero ¿estás absolutamente segura de que no…?, quiero decir, está bastante oscuro y con tanta gente pululando, habría sido fácil…
—¿Imaginarlo? ¿Es eso lo que insinúas? Porque si es así, puedo asegurarte que no soy el tipo de mujer que…
—No, por supuesto que no. Soy plenamente consciente de tu reputación, Elizabeth, y mi esposa me mantiene muy bien informado de tus pequeñas hazañas.
¡Hazañas! Sonaba igual que su tía.
—Entonces, ¿qué es exactamente lo que insinúas ?
—Nada… nada. Pero es bastante tarde y, aunque estoy seguro de que creíste ver a alguien caer al agua, quizá te equivocaste.
—¿Y qué hay de los disparos? ¿También creí oírlos? Y si todo fue producto de mi imaginación, ¿por qué el puente está plagado de policías?
—Cierto, y con tantos gendarmes allí, estoy seguro de que lo tienen todo bajo control. A menos que…
—¿A menos que qué?
—Bueno, a menos que tengas algo más sustancial que decirles, como quizá una descripción de la persona que disparó.
Elizabeth apenas lo oyó, su atención fija en un gendarme que se asomaba por el parapeto, el haz de su linterna rozando la superficie del agua. ¿Hasta dónde lo habría arrastrado el río a estas alturas? ¿Más allá del Louvre? ¿Más lejos?
—¿La tienes?
—¿Perdona? —Miró brevemente a Oliver.
—¿Viste a quien fuera que disparó?
—No, no lo vi. Pero sé lo que sí vi.
—¿Qué fue?
—Que a alguien le dispararon y…
¿Y qué? Podía haber oído los disparos, pero ¿qué había visto realmente?
Elizabeth repasó la escena en su mente. Un hombre agarrándose el costado, y luego perdido de vista momentos después.
Pero lo había perdido de vista más de una vez entre el hotel y el puente: bajo los soportales, detrás de la pareja en el muelle.
¿Podría el hombre del puente haber sido otra persona completamente distinta?
¿Y realmente había caído al río, o simplemente había sido arrastrado por el pánico en el puente?
—O al menos creí haber visto cómo le disparaban a alguien que se parecía notablemente a Jonathan. —Elizabeth volvió a centrar su atención en la escena que se desarrollaba en el Pont Neuf—. Si cayó al río… ¿crees que lo encontrarán?
Él se encogió de hombros, apenas un gesto.
—La corriente es bastante fuerte en este tramo del río y, sin una iluminación adecuada en gran parte del terraplén, es difícil decirlo.
Pero si alguien cayó al río, aparecerá de una forma u otra.
—Sacó su reloj de bolsillo, lo inclinó hacia la farola más cercana y lo cerró de golpe—.
Bien, pues, no tiene sentido quedarse aquí toda la noche. Vamos, el coche está por aquí.
Caminaron de vuelta por el muelle en silencio, el alboroto del puente desvaneciéndose tras ellos mientras se dirigían a los soportales, donde el Daimler esperaba junto al bordillo.
Hizo un gesto al chófer para que volviera al volante y abrió él mismo la puerta trasera. —Rue de Louvencourt, s’il vous plaît.
—¿No vienes?
—No. Creo que daré un paseo… para despejarme. —Su mano se cerró alrededor de su codo, guiándola hacia el interior del automóvil.
—¿Crees que es seguro? ¿Después de lo que ha pasado?
Asomó la cabeza por la ventanilla abierta. —Con la mitad de los gendarmes de París en ese puente, diría que las calles nunca han sido más seguras.
El motor cobró vida con un ronroneo, ahogando los últimos restos del clamor del puente.
—Ah, y mejor no le digas nada a Clemmi sobre lo de esta noche; en su estado no necesita la preocupación.
—Como quieras.
Oliver cerró la puerta, y el chófer metió la marcha y se incorporó al tráfico de la rue de Rivoli.
Elizabeth se recostó en la tapicería de cuero mientras la plaza de la Concordia se deslizaba a su lado.
Había estado tan segura de que el hombre al que había seguido era Jonathan. Pero un destello en un salón abarrotado, un rostro captado por un momento a la luz de una farola… atisbos, nada más.
Quizá Oliver tenía razón y ese tal señor Ashby guardaba un cierto parecido con Jonathan.
Sin embargo, Clemmi le había dicho que Jonathan estaba en las Américas; luego, esa noche, Oliver había dicho que estaba en Bath, sin poder mantener su historia sobre si era un bautizo o una boda.
Para nosotros los hombres es todo lo mismo , había afirmado.
Y quizá lo fuera… para la mayoría de los hombres. Pero no para hombres en la posición de Oliver.
Luego estaba el tiroteo. No había mostrado ninguna preocupación por la pobre alma en el río.
En cuanto a su paseo para despejarse… uno no llamaba a un automóvil a menos que tuviera un lugar al que ir.
Pero la pregunta era dónde… y por qué.