Asesinato en el Sena (Un Misterio De Lady Elizabeth Hawthorne 8) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Una bocanada de aire fresco entró por la ventana del dormitorio, trayendo consigo los arrullos y el correteo de las palomas por los tejados de zinc.

Los goznes gimieron en el patio de abajo cuando alguien abrió sus contraventanas, mientras que, más allá de los tejados, París ya se había puesto en marcha mientras la campana de Sainte-Mérance daba las siete.

Los acontecimientos de la noche anterior daban vueltas en la mente de Elizabeth mientras se aplicaba la borla de polvos en la nariz.

Clemmi la había esperado en el salón con el jerez ya servido, disculpando la ausencia de Oliver incluso antes de que Elizabeth se hubiera sentado —algo urgente en la embajada, ya sabes cómo es—, la misma disculpa que le había ofrecido en la estación, y de nuevo durante el té, cada una de ellas pronunciada con la misma alegre seguridad de que todo estaba exactamente como debía estar.

Elizabeth había hecho todo lo posible por distraer a su amiga, sirviéndole hasta el último cotilleo que pudo recordar durante la cena, desde la boda de los Pembroke y el papel que Gigi se había autoadjudicado como maestra de ceremonias, hasta la pérdida de la mitad del patrimonio de su padre por parte de Freddie Carstairs en las mesas de Montecarlo.

Y Clemmi había desempeñado su papel a la perfección, inclinándose para enterarse de los detalles y lamentando la estupidez de Freddie, aunque una y otra vez su mirada se había desviado por encima del hombro de Elizabeth hacia la silla vacía en la cabecera de la mesa, deteniéndose allí un instante antes de volver a la conversación.

Dejó la borla y cogió la barra de labios, sus pensamientos volviendo al comentario de Clemmi cuando se enteró de que los Carstairs estaban haciendo pasar todo el asunto como si Freddie estuviera pasando el invierno en el extranjero por motivos de salud.

«Lo que son capaces de hacer las familias por guardar las apariencias…

como si no todo el mundo viera ya sus verdaderas intenciones».

Clemmi se lo había tomado a risa y había cambiado de tema, pero el comentario se le había quedado grabado a Elizabeth mucho después de que el café se hubiera enfriado.

A pesar de su parloteo, Clemmi se había pasado la mayor parte de la cena removiendo la comida en el plato, llevándose a los labios solo algún trocito de pollo de vez en cuando, cada vez que sentía la mirada de Elizabeth sobre ella.

Destapó el tubo dorado y se inclinó hacia el espejo. La pregunta de por qué Clemmi no le había contado a Oliver su visita había estado en la punta de su lengua más de una vez, pero al ver a su amiga más parecida a la de antes, había dejado pasar el momento.

Podía esperar… por ahora.

Elizabeth se dirigió al armario y recorrió la barra con la mirada antes de sacar el Molyneux de crepé de China de su percha.

Se metió detrás del biombo de seda estampada y se lo pasó por la cabeza; el crepé verde pálido caía en suaves pliegues desde la cintura baja que se asentaba sobre sus caderas.

Elizabeth se giró ante el espejo tríptico, echando un último vistazo a su aspecto, y luego cerró la puerta tras de sí.

El intenso aroma a café impregnaba el pasillo mientras se dirigía al comedor. Oliver ya debía de haberse ido a la cancillería; un comienzo de día temprano para compensar sus noches tardías, al parecer.

—Bonjour, milady.

—¡Sylvie! —se sobresaltó Elizabeth, llevándose una mano a la garganta—. No te había visto.

—¡Oh! Pardonnez-moi, milady, no pretendía asustarla. —Sylvie recolocó la bandeja vacía que llevaba en las manos.

—No te preocupes, Sylvie. Es solo que todo está tan silencioso que no esperaba ver a nadie.

—Ah, madame Sterling sigue durmiendo. Las mañanas no son fáciles para ella ahora. ¿Le traigo un té recién hecho, milady? ¿Y algo de desayunar?

—Con un té será suficiente, por ahora. Gracias.

—Bien sûr, milady. —Sylvie asintió con la cabeza y se apresuró por el pasillo hacia la cocina.

Elizabeth continuó hacia el comedor y abrió las puertas dobles.

Oliver estaba sentado a la cabecera de la mesa, con la cabeza morena inclinada sobre un fajo de papeles y un ejemplar doblado de  Le Figaro  a su codo, junto a los restos de su desayuno. Se llevó la taza a los labios sin levantar la vista.

—¿Te encuentras mejor esta mañana, cariño?

—Perfectamente, gracias. ¿Y tú?

La cabeza de Oliver se alzó de golpe y la taza repiqueteó en el platillo mientras se ponía en pie de un salto. —Elizabeth… Yo, eh… no estaba… —Cogió  Le Figaro  y lo colocó sobre las hojas sueltas junto a su plato—. Pensaba que eras Clemmi.

—Eso ya lo había deducido. —Elizabeth retiró la silla más cercana y se sentó—. Pero, por favor, no dejes que te moleste. Veo que estás ocupado.

—No es nada… solo papeleo rutinario. —Oliver volvió a sentarse, cuadrando los bordes del periódico con el mantel—. ¿Cuándo llegaste?

—Ayer por la tarde. —Nunca había visto a Oliver Sterling tan nervioso, y no tenía ninguna prisa por sacarlo de su apuro—. Clemmi te dijo que venía, ¿verdad?

—Sí… sí, por supuesto. Hemos estado tan ocupados en la cancillería esta semana que debo de haberme liado con las fechas.

—Puedo alojarme en un hotel sin problemas si supone una molestia. No quisiera importunar.

—Por supuesto que no, Clemmi… ni se nos pasaría por la cabeza.

Elizabeth sabía perfectamente que Clemmi no le había dicho nada de eso. Pero la confianza de su amiga no era algo que ella fuera a traicionar.

Inclinó la cabeza para leer la cabecera. — Le Figaro . Una amiga mía de Londres escribía para ellos, justo después de la guerra.

—¿Ah, sí? —Oliver se recostó en su silla—. ¿Y qué la trajo a París?

— Le  trajo, en realidad. Y no estoy del todo segura.

—¿Y a qué se dedica ahora?

—Es periodista en  The Times .

—Impresionante que consiguiera un puesto así. No me imagino que fuera fácil.

—Desde luego que no, pero Cybil es como un terrier con un hueso una vez que le llega el soplo de una historia. Sigue escarbando hasta llegar al fondo del asunto.

—Qué admirable. —Oliver le sostuvo la mirada un instante—. Ya veo por qué sois amigas. —Cogió la cafetera y se rellenó la taza—. ¿Y cuánto tiempo tendremos el placer de tu compañía?

—Eso depende más bien de Clemmi. —«Y de cuánto tiempo me necesite». Pero Elizabeth se guardó esa parte para sí.

—Seguro que está encantada de tenerte aquí.

Aunque espero que no seas demasiado indulgente con ella; el doctor Vernet insiste en que se lo tome con calma, al menos durante las próximas semanas.

—Dejó la cafetera y echó tres cucharadas de azúcar en la taza antes de remover—.

Intenté convencerla de que volviera a Mayfield Manor, ahora que paso tanto tiempo en la cancillería.

Pero ya conoces a Clemmi. Te dirá lo que cree que quieres oír, y luego se dará la vuelta y hará exactamente lo que le plazca.

—Pardonnez-moi, milady, siento la espera. El hervidor… no quería hervir. —Sylvie entró con una bandeja y dispuso la tetera, la taza, el platillo y una jarrita de leche—. Madame Sterling dice que en Inglaterra hay un dicho sobre una olla vigilada que nunca hierve, ¿no?

—Así es, Sylvie. Très bien.

Oliver apuró su taza y consultó su reloj de pulsera.

—Tendrás que perdonarme, Elizabeth. El deber me llama, me temo.

—Se levantó y recogió sus papeles, doblando  Le Figaro  a su alrededor antes de colocar el fajo contra su pecho.

En el umbral de la puerta, se volvió—. Sylvie, por favor, recuérdale a mi esposa que esta noche llegaré pronto a casa.

Vaya, vaya. El señor Sterling se digna a acompañarnos a cenar. ¿Acaso no terminarán nunca las sorpresas?

—Y asegúrate de que mi traje de noche esté planchado. Los americanos dan una recepción en el Hôtel de Castellane.

Al parecer, no.

—Oui, monsieur. Me encargaré de ello. —Sylvie recogió la taza y el platillo de Oliver en su bandeja—. ¿Desea algo más, milady?

—No, gracias, Sylvie.

—Très bien, milady. —Colocó el cuchillo y el tenedor de Oliver sobre su plato y los añadió a la bandeja.

Elizabeth levantó la tetera y sirvió, el vapor saliendo en espiral por el pitorro. ¿Qué sabía ella exactamente del señor Oliver Sterling, el hombre al que había visto solo en dos ocasiones antes de que se llevara a su mejor amiga a París?

—¿Ya se ha ido Oliver? —Clemmi entró en el comedor, con su bata de seda azul atada holgadamente a la cintura, y se acomodó en la silla frente a Elizabeth.

—Me temo que acabas de perdértelo.

—Podría al menos haberse despedido; sabía que estaba despierta.

—¿Tomará el desayuno, madame?

—Yo… —Clemmi jugueteó con el cordón de la bata entre los dedos, con la piel pálida—. Quizá un poco más tarde.

—¿Podríamos tomar unas tostadas, Sylvie? —Elizabeth llenó una segunda taza y la puso delante de Clemmi—. Creo que por fin me ha vuelto el apetito después de tanto viaje.

—Bien sûr, milady. —Sylvie se equilibró la bandeja en la cadera—. Ah, y monsieur Sterling me ha pedido que le recuerde, madame, que esta noche llegará a casa pronto, antes de la soirée chez les Américains.

—Merci, Sylvie. —Clemmi esperó hasta que los pasos de Sylvie se desvanecieron por el pasillo—.

La única razón por la que viene a casa pronto es para poder ponerse el frac y volver a salir de inmediato.

—Sus hombros se desplomaron contra el respaldo de la silla—.

No es que venga a casa para pasar tiempo conmigo, ¿verdad?

—Debo decir —Elizabeth estudió a su amiga por encima del borde de su taza de té— que me sorprende bastante que no vayas con él.

—Esa batalla se libró y se perdió hace una semana. —El cordón se le escapó de los dedos—. Al parecer no es un evento social propiamente dicho y Oliver estará trabajando la mayor parte de la noche.

—¿De frac?

—Eso es exactamente lo que yo le dije. —Clemmi rodeó la taza con las manos y se la llevó a los labios.

—¿Y cuál fue su respuesta?

—Algo sobre unos cuantos puntos conflictivos: los franceses se están cerrando en banda con los acuerdos de préstamo y los americanos se muestran igual de cabezotas. Oliver espera que puedan resolver sus diferencias con un par de copas de Louis XIII.

—¿Puntos conflictivos?

—No tengo ni idea, así que ni me preguntes cuáles son. A las esposas no se nos informa de datos tan delicados. Parece que no se nos puede confiar nada más peligroso que una receta de suflé.

Sylvie regresó con el tostador, un plato de mantequilla y un plato cubierto. Miró a Clemmi a los ojos mientras dejaba el plato en la mesa, haciendo una mueca. —Votre petit déjeuner, madame. De parte de la cocinera.

Clemmi retrocedió, llevándose el dorso de la mano a los labios mientras Sylvie levantaba la tapa, el hedor a pescado chamuscado en una salmuera grasienta invadiendo la habitación en un solo aliento.

Elizabeth se inclinó para mirar más de cerca. Tres sardinas yacían, una tras otra, en un charco de aceite, con sus ojillos brillantes mirándola fijamente. —No sabía que teníais gato.

—No tenemos. —Clemmi bajó la mano—. Son para mí.

—Pero creía que odiabas el pescado.

—Y lo odio. —Clemmi tragó saliva—. Pero el doctor Vernet dice que son buenos para mí en mi estado, así que ahora Oliver hace que la cocinera los prepare tres mañanas a la semana.

—Entonces, ¿cómo demonios consigues tragártelos?

—No lo hago.

Sylvie se puso manos a la obra con las sardinas, separando la carne de las espinas hasta que solo quedaron las cabezas y las colas. Sacó un cuadrado doblado de papel sulfurizado del bolsillo de su delantal, envolvió la carne y guardó el paquete. —Pour le chat.

—Pero creía que no teníais…

—Es un gato callejero que se ha instalado en el patio. Sylvie le ha cogido mucho cariño. —Clemmi cogió el tostador y se entretuvo untando una rebanada con mantequilla.

—Me alegro de ver que te ha vuelto el apetito. —Elizabeth rellenó las tazas de ambas—. Y bien, ¿qué has planeado para nosotras hoy?

—Había pensado que podríamos hacer una visita a Lanvin en el Faubourg Saint-Honoré. —Clemmi dio un mordisco a su tostada, con una sonrisa curvando sus labios—. Y regalarnos algo fabuloso para la soirée de esta noche.

—¿Y qué pasó con la batalla librada y perdida?

—Digamos que las tropas se han reagrupado. —Clemmi se sacudió las migas de los dedos y se levantó de la silla.

—¿Madame? Si monsieur Sterling llamara por teléfono mientras están fuera, ¿qué debo decirle?

—Dile… dile que Elizabeth y yo nos hemos fugado para unirnos al circo.