Capítulo Dos
El tren se detuvo con una sacudida bajo la gran cubierta abovedada de la Gare du Nord.
Detrás del cristal, el andén bullía de mozos y pasajeros entre un coro de gritos y silbidos.
Elizabeth se levantó del asiento y, tras echar un último vistazo al compartimento, se puso el abrigo de sarga canela y se ajustó el cloché en el reflejo de la ventanilla antes de salir al pasillo.
Descendió al andén, donde el último calor del verano se mezclaba con el denso olor a humo de carbón y aceite de motor. El vapor siseaba bajo los vagones y ascendía hacia el techo acristalado y abovedado hasta que se disipaba y desvanecía entre las vigas de hierro.
—¡Gare à vous, mademoiselle!
Elizabeth dio un respingo hacia atrás justo cuando pasaba un carrito de mozo cargado hasta los topes de baúles de cuero, a escasos centímetros de donde ella había estado. Un segundo carrito le pisaba los talones, y el mozo gritaba su advertencia por encima del hombro sin aminorar la marcha.
—¿Mademoiselle Hawthorne? ¿Mademoiselle Hawthorne?
Un mozo con uniforme azul marino se abría paso entre la multitud, con los baúles de Elizabeth apilados en su carrito.
—Aquí —dijo Elizabeth, levantando la mano.
—¿Un taxi, mademoiselle?
—Merci, non. Una amiga viene a buscarme. —Echó un vistazo hacia el vestíbulo principal.
—Bien sûr, mademoiselle. —Se tocó la gorra—. Sígame.
Elizabeth se puso a su paso mientras él se abría camino por el vestíbulo con la parsimoniosa soltura de un hombre que lo había hecho cientos de veces.
Ella se mantuvo cerca, colándose por los huecos antes de que la multitud volviera a cerrarse: pasaron un quiosco de prensa, un café con todas las mesas ocupadas y a una joven con un vestido de lino claro que retrocedió sin mirar y golpeó a Elizabeth de lleno en el brazo.
—¡Pardon, mademoiselle!
—Ce n’est rien. —Elizabeth siguió adelante, decidida a no perder de vista al mozo.
Él giró a la izquierda por las puertas principales y Elizabeth lo siguió hasta el Boulevard de Denain, donde los taxis y los coches particulares pugnaban por un sitio junto al bordillo.
—¡Elizabeth!
Se giró al ver a Clemmi acercarse a toda prisa entre la multitud, con una mano en el ala de su sombrero de paja y su vestido de crepé de China color cerceta flotando alrededor de las pantorrillas.
Clemmi la estrechó en un fuerte abrazo y luego se apartó, todavía sujetando las manos de Elizabeth con las suyas y con una sonrisa amplia y cálida.
Pero de cerca, las sombras bajo sus ojos azules contaban una historia diferente: una palidez que ningún polvo de maquillaje había logrado cubrir del todo y una ligera oquedad en las mejillas.
—Me alegro tanto de que estés aquí. —Clemmi le apretó las manos—. Espero que el viaje no haya sido demasiado horrible.
—En absoluto. La travesía en barco fue tranquila. —Elizabeth sostuvo la mirada de su amiga—. Tienes buen aspecto.
—Mentirosa. —La sonrisa de Clemmi vaciló un instante—.
Ya estoy enorme. Oliver insiste en que estoy espléndida, pero yo me siento como una ballena.
—Se rio, con un sonido quebradizo, y luego se dirigió al mozo—.
Merci, monsieur. La voiture est juste là.
—Señaló un Citroën granate que esperaba junto al bordillo.
Para cuando llegaron al coche, el chófer ya había empezado a sujetar los baúles a la baca. Clemmi le puso una moneda en la palma de la mano al mozo.
—Merci beaucoup.
—Merci, madame. —Se marchó con el carrito vacío en dirección a la estación.
El chófer abrió la puerta trasera y Clemmi subió primero, recogiéndose el vestido mientras se acomodaba en el asiento. Elizabeth se sentó a su lado.
—¿Où allons-nous, madame? —preguntó el chófer, mirando por encima del hombro.
—À la maison, Henri, s’il vous plaît.
Henri incorporó el coche al tráfico del Boulevard de Denain, abriéndose paso entre los taxis y un carro tirado por caballos cargado de equipaje.
Los botones de los hoteles llamaban a los taxis con silbidos bajo los plátanos de sombra, y un vendedor en la esquina pregonaba sus titulares por encima del estruendo del tráfico.
«¡Le plan Dawes! ¡Les Américains à Paris!
». Las palabras se fueron apagando a sus espaldas hasta que el ronroneo del motor las engulló.
—¿Y qué tal te apañas con el francés?
—Aparte del servicio, lo practico menos de lo que una se imaginaría. —La risa de Clemmi se desvaneció tan rápido como había llegado—. Algún que otro acto benéfico con lady Davenport, pero, por lo demás, últimamente apenas salgo del apartamento.
—¿Lady Davenport?
—La esposa de sir Conrad. Es el embajador británico aquí. La verdad, me parece que paso la mayor parte del tiempo con Sylvie.
—¿Quién es Sylvie? ¿Una amiga?
—Mi doncella. —Clemmi se giró en el asiento para mirar a Elizabeth—. ¿No te lo conté? Millie regresó a Inglaterra apenas dos meses después de que llegáramos.
—No, ¿qué pasó? ¿Tenía nostalgia?
—Un poco, quizá, pero sospecho que tuvo bastante más que ver con Arabella. «¿Cómo se supone que voy a apañármelas sin ella?». —La voz de Clemmi adoptó el tono melodramático de su hermana antes de volver al suyo.
—Arabella siempre ha tenido un don para el dramatismo.
—Desde luego. Y ya conoces a papá, haría cualquier cosa por tener la fiesta en paz, así que reclamaron a Millie de vuelta en Mayfield Manor.
Sí que los conocía. El tío Geoffrey y la tía Helena siempre habían sido padres consentidores, y Arabella, siendo la menor de tres, había sido la más consentida de todos.
Henri giró en la rue La Fayette, donde una mujer se asomaba por el balcón de un tercer piso para recoger la colada.
—Pronto tendrás a tu propio pequeñín al que malcriar.
—¡No digas eso! Aún no hemos decidido ni el color para la habitación del bebé, y mucho menos hemos encontrado una niñera.
—Los próximos cuatro meses y medio pasarán volando, con o sin habitación para el bebé. ¿Qué preferís, niño o niña?
—Mamá es defensora a ultranza de los niños. Dice que dan muchos menos problemas que las niñas, y después de Arabella, ¿quién puede culparla?
—Cierto. —Elizabeth miró a Clemmi, que había recuperado un poco de su antiguo brillo—. ¿Y Oliver?
—Creo que en secreto desea que sea una niña, aunque preferiría morir antes que admitirlo. —La mano de Clemmi se posó en su vientre—. Dice que, al haberse criado con cuatro hermanos, su infancia fue un combate de boxeo interminable.
—¿Qué tal se está adaptando a su nuevo puesto? Imagino que París lo tiene muy ocupado.
—Terriblemente. Con los americanos aquí para discutir el préstamo para las reparaciones de guerra alemanas, apenas tiene tiempo para dormir. Y cuando está en casa, no para de vigilarme: qué como, si descanso lo suficiente. —Un suspiro se le escapó de los labios—. Es casi… asfixiante.
Entonces, como si se reprendiera a sí misma, se animó.
—Pero basta de hablar de mí. Quiero que me cuentes todo lo que pasó en Hawthorne Hall y con ese hombrecillo espantoso.
Mamá me escribió y me puso al día, por supuesto, pero ya sabes cómo es.
Y no me puedo creer que el inspector Sparrow tuviera el descaro de arrestar a la tía Beatrice.
Normalmente no le diría ni pío a una mosca.
Elizabeth le relató los sucesos de Hawthorne Hall mientras se adentraban en la ciudad, completando todo lo que la tía Helena había omitido.
Desde el desconocido que se había presentado como el legítimo heredero del título y la fortuna de los Hawthorne, hasta las pruebas que finalmente habían limpiado el nombre de la tía Beatrice, y el inquietante descubrimiento en los muelles de Southampton.
—Gracias al cielo que estabais allí tú y Meli. —Clemmi se recostó en la tapicería de cuero—. Me da pavor pensar cómo podría haber acabado todo de otra manera.
El coche aminoró la marcha donde la rue La Fayette se encontraba con el Boulevard Haussmann.
Un agent de police se encontraba en el centro del cruce, deteniendo el tráfico con un pitido de su silbato y un movimiento de su bastón blanco y, a su señal, Henri incorporó el Citroën al bulevar, donde las fachadas de seis plantas se alzaban bajo empinadas mansardas de pizarra y toldos de rayas daban sombra a los escaparates.
Hablaron del nuevo puesto de Meli en Oxford y de las últimas noticias de Surrey, y Clemmi interrumpía de vez en cuando para señalar los lugares de interés por los que pasaban.
—Galeries Lafayette. —Señaló una grandiosa fachada esquinera, con los escaparates engalanados con sedas de otoño—. Los grandes almacenes más magníficos de todo París. Te llevaré antes de que te vayas, te lo prometo.
Pasaron a toda velocidad junto a la Ópera, ahuyentando a las palomas de su escalinata, y más adelante las columnas de la Madeleine se alzaban sobre la calle mientras Henri se desviaba por la rue Royale para incorporarse al tráfico que discurría por la rue du Faubourg Saint-Honoré, donde las tiendas de vestidos y las sombrererías pronto dieron paso a altos muros y patios cerrados.
—Esa es la embajada. —Clemmi dio un golpecito en el cristal al pasar junto a una Union Jack que colgaba sobre unas altas verjas de hierro—.
Y al lado está la cancillería. Y por allí está el Palacio del Elíseo, donde vive el presidente de Francia…
y la aguja que hay detrás de nosotras es la de Sainte-Mérance; ya oirás su campana.
En esta parte de París somos todos bastante ilustres.
—Ya veo por qué os quedasteis con el apartamento. Es una zona preciosa de la ciudad.
—¿A que sí? —A Clemmi se le relajaron los hombros—. Parece que ha pasado una eternidad desde la última vez que estuve aquí; casi había olvidado lo bonito que es.
Elizabeth estudió a su amiga mientras esta volvía a mirar por la ventanilla.
Había visto a Clemmi así una vez antes, en Mayfield Manor, en los días previos a su boda, cuando casi se vio obligada a cancelarla.
Fuera lo que fuera lo que la preocupaba ahora, Clemmi se lo contaría cuando estuviera lista.