Asesinato en el Sena (Un Misterio De Lady Elizabeth Hawthorne 8)
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Capítulo Uno
El Exprés de París pasó estruendosamente por el paso a nivel y su silbato sobresaltó a los cuervos que se daban un festín en los campos de trigo rastrojados.
Revolotearon en círculos por el aire, y sus graznidos se perdieron bajo el traqueteo del metal contra el metal mientras se lanzaban en busca de refugio en los viejos robles que bordeaban la vía.
Elizabeth se acomodó en el asiento de moqueta verde botella, con la mirada fija en el asiento vacío de enfrente.
La invitación de Clemmi las incluía a las dos, pero una inesperada llamada telefónica de la Universidad de Oxford hacía un par de días acerca de un puesto había desbaratado los planes de viaje de su prima.
El puesto, según la joven al teléfono, era temporal y consistía en ayudar al profesor Nicolaides a catalogar los artefactos de su reciente excavación arqueológica en Cnosos.
—Debe de ser el destino —había declarado Meli, bailando por el salón con Winston en brazos. Elizabeth, sin embargo, sospechaba que su tío Theo había metido mano, a la luz de su reciente viaje a Creta.
La tía Beatrice se había opuesto enérgicamente cuando descubrió los planes de Elizabeth de viajar a París sin compañía, alegando lo impropio que era para una mujer soltera viajar sola, sobre todo a un país extranjero.
«Atrapar a un asesino es una cosa, Elizabeth».
Las palabras de la tía Beatrice resonaban en sus oídos al recordar la expresión crispada de su tía, con las arrugas en torno a los ojos quizá un poco más profundas últimamente.
«Pero irse de picos pardos por el continente sin compañía es harina de otro costal».
Al otro lado del cristal, las granjas de tejados rojos y las pacas de heno dorado fueron dando paso lentamente a un paisaje más industrial a medida que se acercaban a las afueras de la ciudad.
Elizabeth se aferró al reposabrazos de cuero para mantener el equilibrio mientras el tren se ladeaba hacia la izquierda; la bestia de hierro se ceñía a la curva mientras ascendía por la suave pendiente antes de continuar hacia el sur, en dirección a París.
—París no es Surrey, ¿sabes? —había insistido la tía Beatrice—. Está lleno de… extranjeros y gente de toda laya.
La ironía de las palabras de su tía no le había pasado desapercibida a Elizabeth, teniendo en cuenta los acontecimientos que habían tenido lugar apenas un par de semanas antes.
Pero tal vez la objeción de su tía se debía más a un instinto de supervivencia que a una preocupación real por los parisinos y la llamada «gente de toda laya».
La traición de Gerald Redmayne había sido un golpe mucho más duro de lo que su tía estaba dispuesta a admitir. Puede que él se dirigiera a la comisaría para confesar cuando el destino intervino cruelmente, pero nada podría borrar la maldad de sus actos.
Había sido el consejero de mayor confianza de su tía durante casi cuatro décadas, el hombre que había jurado cuidar de la esposa de su mejor amigo si algo le ocurría. Y, sin embargo, llegado el momento, la había abandonado, dejándola sola ante la soga del verdugo.
Pero, lo que era peor, había hecho que su tía dudara de todo lo que creía saber sobre su querido Arthur y el breve tiempo que habían compartido.
Gerald Redmayne se había quedado de brazos cruzados mientras se cuestionaba la reputación y el carácter de Arthur, a sabiendas de que la reclamación que amenazaba a la familia Hawthorne era obra suya.
Y esto, para su tía, era la herida más profunda de todas.
—Perdone, mademoiselle . —La puerta del compartimento se abrió con un traqueteo justo cuando el tren se sacudió al cruzar un desvío, lanzando al revisor de lado contra el marco de nogal de la puerta.
Se estabilizó con una mano enguantada antes de inclinar la cabeza a modo de disculpa—. No pretendía asustarla.
—No se preocupe. —Elizabeth volvió a mirar hacia la ventanilla, donde los últimos tramos de campo cedían paso a hileras de estrechas casas de ladrillo y chimeneas manchadas de hollín—. Es extraordinario, ¿verdad?, lo rápido que cambia el paisaje al acercarse a la ciudad.
—Cada año perdemos un poco más de campo en nombre del progreso. —Se encogió de hombros—. Pero ¿qué le vamos a hacer?
—En efecto. —Elizabeth asintió—. Y no conviene recrearse en el pasado, ¿verdad?
— Non, mademoiselle , no conviene. Si Francia se pasara todo el tiempo viviendo en el pasado, después de todo lo que ha ocurrido…
¿cómo saldría adelante? —Se apoyó en el marco de la puerta y las arrugas en torno a sus ojos se acentuaron—.
Llegamos a la Gare du Nord en diez minutos.
¿Quiere que envíe un mozo a por su equipaje?
—Gracias, sería de gran ayuda. —Elizabeth cogió su bolso de piel de becerro, sacó el resguardo del equipaje y se lo entregó al revisor—. Mis baúles se facturaron desde Calais.
— Merci, mademoiselle . —El revisor examinó el recibo antes de guardárselo en el bolsillo del pecho—. Yo me encargo de todo. Su equipaje la estará esperando en el andén. —Hizo una pausa y miró hacia la ventanilla mientras el tren seguía reduciendo la velocidad—. ¿Necesitará un taxi, mademoiselle ?
—No, gracias. Han venido a buscarme. —Metió la mano en el bolso y le puso una moneda en la palma de la mano.
— Merci, mademoiselle . —Se llevó una mano a la gorra, y las comisuras de los labios se movieron bajo el bigote—. Bon séjour .
— Merci .
El revisor retrocedió hacia el pasillo y cerró la puerta corredera del compartimento a su espalda. Elizabeth volvió a guardar el monedero en el bolso y sus dedos rozaron el familiar sobre de color crema que había dentro. Sacó la carta de Clemmi y empezó a leer.
Mi queridísima Elizabeth:
Mamá me lo ha contado absolutamente todo sobre el espantoso asunto de Hawthorne Hall, ¡y no puedo creerme que nadie pudiera pensar que tía Beatrice es capaz de cometer un asesinato!
Y mucho menos que tuvieran la osadía de arrestarla.
Supongo que le diría un par de cosas bien dichas al inspector Sparrow tras su liberación. Y bien merecido se lo tiene.
Por supuesto, entendería perfectamente que sintieras que debes estar con tu familia en estos momentos, pero es que me he metido en un lío y necesito pedirte un favor.
Verás, mamá ha estado amenazando con venir de visita para asegurarse de que sigo las órdenes del doctor Vernet, ya que Oliver está muy ocupado con el trabajo y no puede vigilarme como es debido.
Últimamente se ha convertido en la niñera más insufrible, y si por él fuera, no saldría nunca del apartamento.
Lo único que hice fue sugerir un paseo por el Sena una tarde, pero por la forma en que reaccionó, ¡cualquiera diría que le había propuesto escalar la Torre Eiffel!
Sinceramente, sus aspavientos ya son bastante malos de por sí como para que encima mamá vigile todos mis movimientos, lo que me lleva al favor.
Por favor, no te enfades, pero en un intento de disuadir a mamá y a Arabella, puede que haya mencionado que ya habíamos hecho planes para que vinieras de visita.
Ya sabes cómo te adora y cree que eres una influencia aleccionadora para mí.
Estoy convencida de que si hubiera mencionado a cualquier otra persona que no fueras tú, se habría subido al siguiente tren a París.
Sé que es con muy poca antelación y una terrible molestia, pero, por favor, dime que vendrás.
Me temo que si no tengo pronto una conversación sobre algo que no sea el caldo de carne y el aceite de hígado de bacalao, recurriré a hablar con las plantas, y no estoy segura de que su inglés esté a la altura.
Con todo mi cariño y mi más desesperada esperanza,
Clemmi
Elizabeth releyó las palabras.
A primera vista, era Clemmi en estado puro: cálida, efervescente, un poco teatrera. Pero eran amigas desde hacía suficiente tiempo como para que Elizabeth reconociera cuándo algo no iba bien con su amiga.
El devastador secreto que casi había destruido su boda, el asesinato de la condesa Magdalena von Habsfeld, la mudanza a París… todo habían sido trastornos, uno tras otro, para Clemmi.
Sin embargo, se había sobrepuesto a todo, prosperando en su nuevo papel de esposa y futura madre.
Elizabeth sintió que el ritmo bajo sus pies cambiaba; el traqueteo constante dio paso al agudo chirrido de los frenos. El vapor pasó junto a su ventanilla en nubes blancas mientras doblaba la carta por sus pliegues, la metía de nuevo en el sobre y la guardaba en su bolso de piel de becerro.
Lo que solo podía significar una cosa.
Lo que fuera que preocupaba a su amiga era algo nuevo.
La pregunta era: ¿qué?