Asesinato En El Cotswold Express (Los Misterios de Lady Ashcombe 5) 26 ASUNTOS QUE EL MANUAL NO CONTEMPLA
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26 ASUNTOS QUE EL MANUAL NO CONTEMPLA

ASUNTOS QUE EL MANUAL NO CONTEMPLA

Alas ocho y diez llegó una locomotora auxiliar desde el empalme y remolcó al Cotswold Express las últimas trescientas yardas hasta Oxford como quien lleva de la mano a un niño cansado.

La policía del condado aguardaba en el andén cuando el tren se detuvo.

Doce agentes, un sargento, un cirujano y un enviado del juez de instrucción con una bolsa; ninguno tenía la menor idea de por dónde empezar.

Hastings se lo dijo.

Bajó por el estribo con el cilindro bajo el brazo, envuelto en el pañuelo, y el cuaderno de bolsillo en la mano, y en dos minutos, allí en el andén, expuso al sargento, por orden, todo lo sucedido durante el día.

Un muerto en el tercer compartimento, precintado desde las tres y diez; causa de la muerte: inhalación de ácido cianhídrico, según dictamen de la doctora, enmendado y rubricado.

El maquinista, detenido tras confesar ante cuatro testigos en la plataforma de la locomotora, con quemaduras en el brazo derecho que requerían la atención del cirujano antes de llevarlo al calabozo.

El fogonero, de diecisiete años, testigo y nada más: que le dieran una taza de té y una silla.

La señorita Beatrice Honeycutt, puesta en libertad sin cargos; el sargento haría el favor de asegurarse de que tuviera una habitación en el Randolph a cuenta de la compañía, pues esta tenía mucho por lo que responder y bien podía empezar por una cama.

Lord Harrington, miembro del consejo de administración: había que hablar con él acerca de ciertas obligaciones en una fecha por convenir.

El alcalde de Chipping Barrow, sin cargos: que le dieran las gracias.

Una cartera portadocumentos, prueba. Una cámara, prueba.

Un libro de cuentas de puño y letra de un muerto, prueba.

Una cesta de provisiones, no era prueba: había que devolvérsela a su dueño con las disculpas de la compañía por el ratón.

—Y el agente Fenchurch —dijo Hastings—, de la policía de Oxfordshire y responsable del atestado de la excursión, redactará su propio informe.

Verá que coincide con el mío en todos los detalles salvo uno.

En el suyo constará que esta tarde, a las cuatro menos diez, detuvo al maquinista en Stanway en virtud del capítulo catorce de su manual y que el agente de mayor rango allí presente revocó la detención.

Yo no puedo afirmar eso sin dejar constancia de que el agente de mayor rango se equivocó, como en efecto ocurrió.

Guardó el cuaderno de bolsillo.

—Por tanto, me gustaría que leyera primero el suyo.

El sargento miró a Fenchurch, que permanecía muy erguido, con la guerrera cubierta de carbón y el manual bajo el brazo.

—Señor —dijo Fenchurch.

—Vaya a redactarlo, agente. Hay una sala de espera. Llévese una lámpara.

Bell tenía a su disposición la propia consulta del cirujano, con sus dos pacientes dentro, y no pensaba consentir que nadie le metiera prisa.

Atendió primero al maquinista porque estaba peor y porque, según dijo, le daba igual lo que un hombre hubiera hecho aquella mañana con sus manos si las tenía delante en aquel estado.

Le curó y vendó el brazo desde la muñeca hasta el codo mientras el cirujano permanecía a su lado con las gasas y la boca abierta.

Bell no dirigió la palabra a Arkwright, ni él a ella. Al terminar, dijo:

—Sanará. No recuperará por completo el uso de la mano. Recuperará lo suficiente.

—Gracias, doctora —respondió él.

El agente apostado en la puerta se lo llevó.

Después atendió a Miles.

Estaba sentado en la mesa del cirujano con las manos extendidas ante sí, las palmas hacia abajo, y dejó que Bell se las volviera. No emitió ni un sonido mientras se las limpiaba. Se le tensó un músculo de la mandíbula.

—Superficiales —dijo Bell—. Las dos. Perderá algo de piel en el dorso de las manos y no podrá conducir durante una semana. Sostuvo esa palanca mientras le caía encima un chorro de vapor hirviendo.

—Él la sostuvo más tiempo.

—Tenía más motivos para hacerlo.

Bell enrolló la venda.

—Lo hizo bien, Miles. No lo digo a menudo. No me obligue a repetirlo.

—No, doctora.

Anudó la venda y dio un paso atrás. Miró a Miles, luego a Cecily, que estaba en la puerta, y algo cambió en su rostro adusto.

—Llévatelo y dale de comer —dijo—. Y come tú también. Tengo que redactar un informe en el que explique a un juez de instrucción por qué dije taza en un pasillo y un hombre de Scotland Yard me creyó durante dos horas. Pienso contar la verdad y preferiría hacerlo sin público.

—Freddie.

—Acerté con el veneno; al reconstruir su recorrido, di un solo paso en falso, y eso que andaba con cuidado. Lo consignaré como una rectificación, no como un error, porque eso es lo que fue, y no consentiré que se presente como ninguna otra cosa.

Se volvió hacia su bolsa.

—Marchaos. Los dos. Las manos son lo único de este tren de lo que estoy segura.

La sala de espera de Oxford tenía una chimenea, un reloj, tres bancos y una mesa, y a la mesa, bajo una lámpara, escribía el agente Fenchurch.

Cecily no había tenido intención de molestarlo.

Había ido a buscar a Pip, que había seguido al agente hasta allí con la idea de que un hombre con una lámpara y un propósito merecía compañía.

Ahora estaba tumbado bajo la mesa, con la barbilla apoyada en la bota del joven.

Pero Fenchurch alzó la vista al verla entrar y dejó la pluma.

Tenía dos documentos delante, no uno. El primero era el formulario del condado, rellenado con su cuidada letra hasta el pie de la página.

El segundo era una hoja sin rayas, arrancada de una libreta, con un encabezado que había subrayado con regla.

—Milady.

—Agente. He venido a por el perro. No se levante.

Se levantó de todos modos y luego volvió a sentarse, porque ella se lo había dicho, y durante un momento ninguno de los dos habló. Los leños se acomodaron en la chimenea. El reloj siguió con su tictac.

—Lo tenía, milady —dijo Fenchurch.

—Sí.

—En Stanway. Capítulo catorce, sección ocho.

Lo tenía delante de todo el tren y dejé que el inspector anulara la detención, porque el inspector tenía razón, y porque el manual dice que el maquinista es el responsable, y nunca, ni por un momento, pensé que eso quisiera decir que lo había hecho él.

Pensé que quería decir que estaba al mando.

—Miró el formulario del condado—. Lo volví a decir en el vagón salón, cuando se llevaron a la señorita Honeycutt.

A nadie en particular. No sé por qué lo dije. Me pareció que había que decirlo.

—Le oí.

—¿Me oyó?

—Le oí, agente, y no me volví, porque estaba desolada y no quería escuchar a un joven leyéndome un manual.

Y debería haberle escuchado. Lo tenía. Lo tenía por razones completamente equivocadas, y aun así lo tenía, y cuando Elsie le llevó un mensaje mío al pasillo dos horas después, se trataba de la misma sección, y usted fue la única persona en todo el tren a quien no le sorprendió.

Fenchurch guardó silencio. Luego cogió la pluma, la miró y volvió a dejarla.

—He estado pensando en eso, milady. En si cuenta.

—¿Si cuenta el qué?

—Acertar por casualidad. —Giró la hoja sin rayas hacia ella para que pudiera leer el encabezado: ASUNTOS QUE EL MANUAL NO CONTEMPLA, Y LO QUE HICE EN SU LUGAR—.

Empecé esto en Stanway, después de la detención.

Hay tres entradas. Esta será la cuarta. —Cogió la pluma—.

He decidido que eso no cuenta como tener razón.

Pero he decidido que uno debe darse cuenta cuando pasa, y anotarlo, y no enorgullecerse de ello, porque la próxima vez puede que lo tenga por las razones correctas, y debe saber distinguir una cosa de la otra.

Escribió. Cecily no miró lo que escribía.

Se quedó junto al fuego, con el perro a sus pies, mientras un joven policía con carbonilla en la guerrera llenaba una página de su propia cosecha en la sala de espera de una estación, a las ocho y media de la noche.

De todo lo que había visto aquel día, era posiblemente lo que más tiempo recordaría.

Hastings estaba en el umbral. No lo había oído llegar, lo cual significaba que se había ocupado de que no lo oyera.

—Agente.

—Señor. —Fenchurch se puso en pie.

—Su informe.

—Casi terminado, señor.

—Bien.

Hastings miró a Cecily y luego, sin apartarse y con la clara intención de que ella lo oyera, le dijo al agente:

—Se le daría bien trabajar en Scotland Yard.

—Lo sabe, señor —dijo Fenchurch—. Considera que el horario no le conviene.

Hastings estuvo a punto de sonreír. Fue lo más parecido a una sonrisa que Cecily le había visto en once horas, y se desvaneció tan pronto como llegó.

—Lady Ashcombe. La señorita Honeycutt pregunta por usted. Está en la sala de señoras con su doncella, y no quiere ir al hotel hasta haberle dicho algo, y le agradecería que la dejara decirlo, porque el sargento quiere recuperar su andén.

Beatrice Honeycutt estaba sentada en un banco de la sala de espera de señoras, con el sombrero puesto y sus tres maletas al lado. Elsie estaba de pie junto a la ventana. Cuando entró Cecily, la secretaria se levantó.

—No la entretendré.

—Puede entretenerme todo lo que quiera, señorita Honeycutt. No tengo adónde ir hasta que llegue un coche.

—Aun así, seré breve. He aprendido a serlo.

La secretaria se mantenía muy erguida.

—Le dije esta tarde que su doncella tenía razón al pensar que yo podría haberlo hecho. Lo decía en serio. Y lo sigo diciendo. Podría haberlo hecho. Llevaba seis años acumulando motivos, y he conocido mujeres que lo hicieron con menos.

Miró la espalda de Elsie.

—Pero se equivocaba en una cosa, y me gustaría que lo supiera, porque es la única persona de ese tren que, en todo el día, me miró sin decidir de antemano lo que iba a ver.

Elsie se dio la vuelta.

—No soy cauta —dijo la señorita Honeycutt—.

Nunca en mi vida he sido cauta. He vivido asustada durante seis años, todos los días, y aprendí a no dejar traslucir nada en la cara porque a una mujer asustada la despiden y a una cauta la mantienen en su puesto.

Eso era todo. No hay frialdad en mí. Solo hay una mujer que no podía permitirse que la vieran temblar.

Cogió la primera de sus maletas.

—Pensé que debía saberlo. Supongo que no importa.

Elsie la miró largo rato.

—Sí importa, señorita —dijo—. Llevo veinte años sirviendo y me he equivocado. Me gusta saberlo cuando pasa.

Cruzó la sala y cogió la segunda maleta, y la tercera, antes de que la secretaria pudiera alcanzarlas.

—Esta noche no va a cargar con tres maletas para subir los escalones de un hotel. No estando yo aquí. La acompaño hasta el coche.

Salieron juntas, la doncella con dos maletas y la secretaria con una. Cecily se quedó en la sala de espera de señoras de Oxford y soltó el aire que, le pareció, llevaba conteniendo desde Chipping Barrow.

A las diez menos cuarto, el grupo seguía en el andén, con mantas de la compañía ferroviaria sobre los hombros. Según Fenella, parecían los supervivientes de un naufragio rescatados por una lavandería.

Harrington estaba sentado en un carrito de equipajes, con su manta y una taza del té del sargento, y no parecía querer estar en ningún otro sitio.

Higgins permanecía de pie, con el sombrero puesto y las manos en los bolsillos, pendiente de la puerta de la sala de espera de señoras.

Cuando se abrió y salieron la secretaria y Elsie, se quitó el sombrero y no volvió a ponérselo hasta que la secretaria hubo pasado.

Bott estaba sentado en un banco, con la sobrepelliz en su bolsa de viaje y el cuaderno sobre las rodillas.

Fenella estaba sentada a su lado con Duchess. El capitán permanecía de pie.

—Le he puesto un telegrama a la señora Tuggles —anunció a todo el andén.

Tenía la copia del telegrama en la mano y la leyó en voz alta, porque era un buen telegrama y lo había redactado él mismo.

—«Retraso. Mal tiempo. Toda la tripulación a salvo. En casa el jueves».

Lo dobló.

—No me pareció bien preocuparla con los detalles.

—Reginald —dijo Fenella—, te colaste de polizón en un tren de excursión, estuviste a punto de morir en una pendiente y alimentaste una caldera durante dos horas con una brasa en la cabeza, y se lo has descrito a tu esposa como mal tiempo.

—Sí, señora. Lo entenderá. Era hija de un marino.

Se guardó la copia en el bolsillo.

—Y prefiero contarle yo el resto, con el cordero en la mesa, a que lo lea en un impreso.

Fenella emitió un sonido que en otra mujer habría sido una risa.

—Canónigo —dijo—. Su cuaderno.

—¿Lady Fenella?

—Démelo. Lo confisco en nombre de la defensa.

Tendió la mano. Bott, tras un instante en que por su rostro cruzaron varias expresiones, se lo entregó. Fenella lo abrió bajo la lámpara del andén y leyó durante medio minuto, quizá, enarcando las cejas cada vez más.

—Canónigo —dijo por fin—, su inspector lo resuelve en el capítulo nueve.

—Él... esto... Sí, así es.

—Lady Ashcombe no lo resolvió hasta llegar a la pendiente.

—Tuvo que hacer frente a bastantes más dificultades, lady Fenella. Muchísima gente se empeñaba en darle pastel.

—Aun así. Me parece poco generoso.

Cerró el cuaderno y se lo devolvió.

—Lo dejará para el capítulo veinte como poco, y le dará un perro al inspector.

—Había pensado más bien —dijo Bott con humildad— en darle un gato.

Fenella miró a Duchess. Duchess, acomodada en el hueco de su brazo, bajo la luz amarilla de una lámpara de andén a las diez de la noche, con la dignidad intacta después de todo un día y un ratón en su haber, le devolvió la mirada.

—Sí —dijo Fenella—. Eso sería aceptable.

Un coche entró en el patio de la estación, y luego otro, y Fenella se levantó, los miró a través de la verja y se volvió hacia el sargento, que había ido a despedirlos y ya se arrepentía.

—Sargento. Ninguno de esos dos es verde, espero.

—No, milady. Negros. Los dos.

—Entonces nos vamos.

Recogió a Duchess, su libro y al capitán, por ese orden.

—Cecily. Tú te quedas.

—Un día. Hay que prestar declaración. Y quiero que corrijan el certificado del señor Pollard antes de salir del condado.

—Entonces te alojarás en el Randolph y no en ese espantoso hotel de la estación, y el jueves me mandarás a Elsie para que me cuente con todo detalle lo de las perlas, porque vi el estado en que estaban en Stanway y me han educado demasiado bien para mencionarlo.

Dio un paso hacia el patio, se detuvo, volvió sobre sus pasos y posó un instante una mano enguantada en la mejilla de Cecily, algo que en dos años jamás había hecho.

—Te equivocaste con el sombrero —dijo—. No te equivocaste con él. La detuvo. Vete a la cama.

Se fue. El capitán la siguió, llevando el libro.

Y Cecily se quedó en el andén de Oxford, con una manta de la compañía ferroviaria sobre los hombros, un terrier a sus pies y un chófer a su lado con las manos envueltas en vendas blancas.

Un sombrero de seda color ciruela cruzó la verja hacia la oscuridad, con una gorra de marino dos pasos por detrás.

Se sorprendió riendo y no habría sabido decir de qué.