25 ELLA AGUANTÓ
ELLA AGUANTÓ
La recta tras Coldharbour medía una milla. Era toda cuesta abajo.
Arkwright tenía ambas manos en la palanca de inversión. Miles tenía las dos sobre las suyas. Era una larga barra de hierro con un fiador, y en reposo un hombre podía accionarla con un solo brazo. A toda velocidad, con el mecanismo en marcha debajo, era otra historia. Se resistía a ceder.
—A la de tres —dijo Arkwright—. Una.
La cabina se estremeció.
—Dos.
Cecily apoyó una mano en el pasamanos y la otra, con la palma abierta, contra el revestimiento de la caldera, y se afianzó.
—Tres.
Los dos se echaron sobre la palanca con todo su peso. Se movió un par de centímetros y se detuvo, como si algo debajo de la locomotora hubiera interpuesto una mano. La mantuvieron en esa posición.
—Margaret —dijo Arkwright.
Se lo dijo a la palanca. Tenía la cara a un palmo de ella.
—Mi esposa. Margaret Dunmore, de soltera. De Chipping Barrow. La hija de Ezra, el de la forja. —La palanca se movió otro par de centímetros—. Nos casamos en el noventa y cuatro. En Swindon. Yo estaba en el taller de montaje. Dos hijos. Thomas y Arthur.
—Otra vez —dijo Miles.
Hicieron fuerza. La palanca llegó al primer tercio del recorrido y se trabó, y la máquina dio una sacudida que lanzó a Pollard contra el ténder.
—Francia —dijo Arkwright—. Los dos. Octubre del diecisiete.
La misma semana. Nunca los trajeron a casa.
—Tomó aire—. Margaret se fue en el veintiuno.
La enterré en la sepultura de su padre, en St Kenelm, e hice grabar los nombres de los chicos debajo del suyo, porque no había ningún otro lugar sobre la faz de la tierra donde grabarlos.
—Otra vez.
La mitad del recorrido. La locomotora chilló. No era el silbato. Era algo en sus entrañas, hierro contra hierro, un sonido que Cecily jamás había oído emitir a una máquina y que no deseaba volver a escuchar.
—Escribí cartas —dijo Arkwright—. Dieciocho meses enteros de cartas.
Con el apellido de ella. Dunmore. Para que nunca supiera que era uno de sus propios hombres.
Al consejo de administración. Al diputado.
Al obispo. Todas las puertas cerradas. —Tomó aire—.
Formé parte del comité con Higgins usando el apellido de ella y jamás supo quién era yo.
Nadie lo supo. Soy ajustador. Nadie se fija en un ajustador.
—Otra vez.
Hicieron fuerza. Dos tercios.
—Saqué un cilindro del almacén. Firmé la salida.
Fumigante. Para las alimañas. Es verdad, teníamos alimañas; la locomotora llevaba tres años en un cobertizo.
Nadie preguntó nada. —La palanca temblaba bajo cuatro manos—.
Lo acoplé en el techo a las seis de esta mañana, antes de que viniera nadie.
Volví a subir durante la bendición para comprobar que estaba bien alojado.
Me vio entonces, milady. Usted y el capitán. Hombre en lo alto.
—Lo vi.
—Lo ajusté para que se abriera a veinte libras.
Treinta y cinco minutos después de que el muchacho pusiera en marcha la bomba, como hace a la una y veinte, porque yo se lo enseñé.
—Tomó aire—. Y fui al andén de Barrow y le oí decir escombros sentimentales, y pensé: «Bueno.
Pues ya está decidido». Pero no. Llevaba decidido un mes.
Solo esperaba oírle decir eso para poder convencerme de que la culpa era suya.
—Otra vez.
Tres cuartos. La locomotora dio un respingo violento. A Cecily se le soltó la mano del pasamanos. Pollard la agarró por el brazo y la devolvió a su sitio.
—Tuggles —dijo Arkwright—. Que el cielo me perdone. Lo dejé sentado allí. Dos horas. Le enseñé los manómetros. Le dejé manejar el regulador al pasar Sedgeworth. Habría jurado por su madre, y lo hizo, y yo se lo permití.
—La llave de paso —dijo Miles—. Hábleme de la llave de paso.
—Puse una llave de paso en la tubería de presión.
Para regular el tiempo. Tenía intención de retirarla en Stanway y no pude; había un camarero en el pasillo.
Lo intenté en lo alto de la pendiente. Perdía.
Perdía más de lo que dije. —La palanca avanzó otro par de centímetros—.
Sabía que estaba mal, señor Penrose. Lo sabía cuando lo hice.
No soy ningún necio. Soy un ajustador que enterró los nombres de sus hijos bajo el de su esposa y al que le dijeron que eran basura. Eso es todo lo que soy.
—Otra vez.
—Una vez más —dijo Arkwright—. Una más y la tendremos al otro lado. Luego, el regulador. Apártese, milady. Cuando la locomotora responda, va a bramar.
Hicieron fuerza.
La palanca pasó al otro lado.
Durante un instante no ocurrió nada. Entonces el maquinista alargó el brazo y abrió el regulador, y el Cotswold Express hizo algo para lo que ninguna locomotora está construida. Admitió vapor a contramarcha.
El vapor penetró en sus cilindros por el lado contrario.
Se encontró con ochenta toneladas de hierro lanzadas hacia delante a cincuenta millas por hora y empujó.
Y la locomotora chilló, esta vez con toda su fuerza, por la chimenea, por las purgas de los cilindros y por cada una de sus juntas: un alarido largo y desgarrador que se propagó sobre los campos oscuros y volvió en un eco desde la colina, y toda la cabina se llenó de aquel chillido y de vapor, blanco, cegador y abrasador como el de una tetera, que salía a borbotones de algún punto bajo el panel de instrumentos donde había reventado una junta.
El vapor envolvió la palanca. Los dos hombres tenían las manos sobre ella. Ninguno las apartó.
Cecily no podía ver nada. Permanecía con la espalda pegada al revestimiento, el vapor dándole en la cara y los ojos cerrados.
Oía luchar a la máquina. Oía las ruedas bloquearse, patinar, aferrarse a los raíles y volver a patinar.
Sentía cómo el tren entero, detrás de ellos, cobraba holgura y daba un tirón, holgura y tirón, mientras los vagones se apretaban unos contra otros hasta que los enganches los retenían.
Lo mismo te son las tinieblas que la luz.
No era un consuelo. Era la voz de su padre, en la sacristía, una tarde de invierno, leyendo el salmo del día antes de encender la lámpara, y le venía a la memoria ahora, en una cabina llena de vapor y con los ojos cerrados, y era sencillamente verdad.
Lo que fuera a ocurrir, ocurriría en la oscuridad.
Ya se sabía. Ella no tenía por qué verlo.
El alarido continuaba. El vapor continuaba. Y por debajo de todo ello, lentamente, el sonido de las ruedas cambió.
Patinaban. Se aferraban. Patinaban. Se aferraban. Se aferraban.
Se aferraban.
Cesaron los tirones. Los vagones se apretaron contra los enganches y siguieron así.
El rugido bajo el suelo se convirtió en un retumbo, y el retumbo en un latido, y el latido fue haciéndose más lento, cada vez más lento, y Cecily abrió los ojos en una cabina donde el vapor empezaba a disiparse y vio, por la ventanilla delantera, más allá del hombro del maquinista, dos faroles en un poste de señales, totalmente inmóviles en la oscuridad.
El Express se detuvo.
La locomotora dio un último y prolongado estremecimiento, como un caballo al que han hecho correr hasta que ya no puede dar un paso más.
Después quedó en silencio. El silencio era tan absoluto que Cecily pudo oír, tres vagones más atrás, el llanto de una mujer y a un perro ladrar dos veces y callar.
Trescientas yardas más adelante, brillaban los faroles del empalme.
Nadie se movió durante un instante. Luego Arkwright retiró las manos de la palanca.
Se las miró. Cecily también. Tenía la mano y el antebrazo derechos en carne viva hasta el codo, allí donde el vapor había pasado sobre el hierro; la piel, blanca, se desprendía. Se miró el brazo como mira un hombre una herramienta que ha cumplido su cometido y ya puede dejar a un lado.
Miles también retiró las manos. Tenía quemado el dorso de ambas. Se las metió bajo los brazos y no dijo nada.
—Sam —dijo Arkwright—. Cubre el fuego de carbón. Reduce el tiro. Va a reventar si no lo haces.
—Sí, señor Arkwright.
El chico fue hacia el ténder con la pala. La hundió en el carbón. Echó una palada al fuego, y otra, y otra, con las lágrimas trazándole surcos limpios en la cara y la boca cerrada. A la cuarta, la pala repicó contra algo que no era carbón.
Se detuvo. Dejó la pala. Hundió las dos manos en el carbón y sacó un objeto del tamaño de una botella de leche, negro de polvo, con una pieza de latón en un extremo. Se quedó de pie en la plataforma, sosteniéndolo ante sí, y miró a su maestro.
—Eso es, Sam —dijo Arkwright—. Es el cilindro.
El que saqué del almacén firmando el recibo.
—Lo dijo con mucha suavidad—. Lo bajé del techo en Stanway, cuando su señoría me mandó subir por el ratón, y lo metí en el carbón porque no se me ocurrió dónde más ponerlo.
Debí suponer que lo desenterrarías. Tú lo desentierras todo.
—Señaló con la cabeza hacia la puerta del ténder—. Dáselo al inspector. Ahora es suyo.
El chico no se movió. Se quedó allí, sosteniendo lo que había matado a un hombre, en la cabina de la máquina que acababa de salvar a veinte, mirando al único maestro que había tenido en su vida. No dijo nada. No había nada que un chico de diecisiete años pudiera decir ante eso.
Detrás de Cecily se abrió la puerta del ténder y entró Hastings, seguido de Fenchurch, con el manual bajo el brazo y la guerrera cubierta de carbón.
Se quedaron en la puerta de la cabina sin avanzar más.
Hastings miró la palanca, y el brazo del maquinista, y al chico que le tendía el cilindro con las dos manos.
Lo cogió, lo envolvió en su pañuelo y se lo puso bajo el brazo. Sacó la libreta y no la abrió.
Cecily se situó delante de Arkwright.
No supo lo que iba a decir hasta que lo dijo. No era lo que había esperado. Era lo correcto.
—Esto no es un perdón.
—No, milady.
—Habrá juicio. Estaré allí. Diré todo lo que vi en el techo, en la cámara bajo el techo y en esta plataforma. No omitiré nada.
—Lo sé.
—Y diré que usted la detuvo.
Él la miró. Luego, por primera vez, miró la locomotora y recorrió con la vista la caldera hasta la chimenea, donde el último vapor se alzaba recto en el aire inmóvil. Algo cruzó aquel rostro gris y cansado, algo que casi fue una sonrisa y no llegó a serlo.
—Ella aguantó —dijo.
—Sí.
—La construí para eso. —Apoyó un momento la palma de la mano buena en el regulador, igual que la había apoyado en el flanco de la locomotora cuando estaban sobre la carbonilla en Stanway—. Es lo único que he hecho hoy que volvería a hacer.
Hastings se acercó. Lo hizo sin aspavientos. Puso la mano en el hombro del maquinista, sin brusquedad.
—Josiah Arkwright.
—Inspector.
—Ya sabe lo que voy a decir.
—Lo sé. Dígalo y deje que el chico se siente. Lleva de pie desde las cuatro.
Hastings lo dijo. Cecily no escuchó las palabras.
Una hora antes había oído cómo se las decían a Beatrice Honeycutt y conocía la fórmula.
Estaba mirando a Miles. Seguía apoyado en el ténder, con las manos quemadas bajo los brazos y los ojos puestos en los dos faroles de delante, y Cecily cayó en la cuenta de que no había dicho una sola palabra desde que habían accionado la palanca.
—Miles.
—Milady.
—Sus manos.
—Aguantarán. —Se las miró—. La doctora Bell querrá verlas. Pero antes querrá ver las de él.
—Sí.
—Entonces será mejor que vayamos a buscarla. —Se enderezó, apartándose del ténder—. Cuidado con la chapa, milady. Está mojada.
Cecily tuvo cuidado al pisar la chapa. Y en la plataforma, a sus espaldas, mientras se dirigían a la puerta del ténder, el chico por fin se sentó sobre el carbón, con las manos vacías entre las rodillas, y dejó caer la cabeza sobre ellas, y el maquinista se quedó de pie junto a él, con el brazo en carne viva caído al costado y la mano buena en el hombro del chico, y ninguno de los dos dijo nada.