24 SUAVE
SUAVE
La puerta del ténder tenía el cerrojo echado por el lado de la cabina.
Miles la embistió con el hombro. No cedió. Volvió a embestir. Y, a través del hierro, por encima del estruendo, llegó el sonido que Cecily llevaba aguardando desde el pasillo sin saberlo: un cerrojo al descorrerse.
La puerta se abrió. En el hueco apareció el rostro de Pollard, blanco bajo el carbón.
—No puede subir a la cabina, señor. El señor Arkwright dice que…
—Déjanos pasar, Sam.
El muchacho miró a Miles. Miró a Cecily. Se apartó.
La cabina estaba tal como ella la había dejado, y no lo estaba.
El mismo calor. La misma lámpara del manómetro. El mismo fuego respirando tras la portezuela. El maquinista seguía donde había estado todo el día, ante el regulador, de espaldas a ellos y con una mano sobre el latón.
Pero el sonido no era el que debía.
Durante todo el día, la locomotora había llevado un compás.
Largo y pesado en la subida. Lento, contenido, en lo alto de la pendiente.
Ahora, en los dos últimos minutos, ese compás había desaparecido.
Lo que quedaba carecía de peso: un traqueteo suelto y desbocado, como una rueda que girase libre.
Y a sus espaldas, a todo lo largo del tren, los enganches habían dejado de gemir y empezaban a repicar.
Arkwright tenía la otra mano en el freno.
Tiró de la palanca. Cecily esperó lo que debía suceder cuando un maquinista aplicaba el freno. La retención. La resistencia. El tren que llevaban detrás aferrándose a los raíles y echando el peso hacia atrás.
Nada los retuvo.
Devolvió la palanca a su sitio y volvió a tirar, con más fuerza. Miró el manómetro junto a la lámpara. Cecily siguió su mirada. No sabía qué medía aquel instrumento. Sí sabía reconocer una aguja desplomada.
—Once —dijo Pollard en voz muy baja—. Señor Arkwright, marca once.
—Ya lo veo.
—En lo alto marcaba veinte.
—Sé lo que marcaba en lo alto.
Aplicó el freno a fondo y lo dejó así. De debajo del suelo brotó un suspiro largo y seco. El sonido de algo que lo intentaba y no lo conseguía. El tren siguió ganando velocidad pendiente abajo, en la oscuridad.
—El freno del ténder —dijo Arkwright—. Sam, apriétalo. A fondo.
El muchacho se puso a ello. En el hueco del ténder, un husillo empezó a girar. Cecily lo oyó, oyó el resuello del muchacho al mismo ritmo y oyó, muy atrás, un cambio apenas perceptible en el repicar de los enganches. Un freno, en un solo vehículo, contra ochenta toneladas y una pendiente.
No bastaba. Todos en la cabina sabían que no bastaba.
Y el maquinista permaneció ante el regulador, con la vía descendiendo hacia la oscuridad frente a él, sin decir nada, sin volverse.
Cecily se colocó a su lado.
No había otro sitio donde ponerse. Se quedó junto a su hombro, a la luz del manómetro, con el estruendo subiendo a través del suelo y el frío entrando por la ventanilla con fuerza suficiente para cortarle la respiración.
Moduló la voz como había hecho en otro tiempo para hacerse oír en un puesto de evacuación de heridos.
Baja, firme, por debajo del estrépito. Para un solo hombre.
—Sabe por qué no frena.
Él no contestó.
—Introdujo el veneno en los conductos de aire.
Los que construyó usted, los que llevan aire a todos los compartimentos desde el techo.
Lo preparó para que se abriera cuando la caldera alcanzase la presión necesaria, treinta y cinco minutos después de que el muchacho pusiera en marcha la bomba, y así estar aquí, con un testigo, cuando sucediera.
No alzó la voz.
—Y para hacerlo tuvo que abrir una derivación en el conducto. En el único conducto de esta locomotora que lleva la presión. Del que dependen los frenos. Usted mismo se lo dijo a Miles. Dos veces.
Ni una palabra. Pero las manos que aferraban el latón se tensaron un instante y los nudillos palidecieron.
—En Stanway subió por la escotilla con un camarero mirándolo y no pudo repararlo.
En lo alto de la cuesta se arrodilló con una llave inglesa y tampoco pudo repararlo entonces.
Los frenos llevan muriéndose desde Stanway, señor Arkwright.
Gota a gota. Y en lo alto de esta pendiente usted lo sabía y la dejó bajar.
Él volvió la cabeza.
Era la primera vez. Bajo el carbón, su rostro se veía gris a la luz del manómetro, muy cansado; no era el rostro de un hombre al que habían atrapado. Era el de un hombre que llevaba todo el día esperando a que alguien lo dijera en voz alta.
—Sí —dijo.
Una sola palabra. Luego volvió la mirada a la vía.
—Sabía que quizá no frenara. Allí, en lo alto, lo sabía, y la dejé bajar.
La voz era serena. La misma con la que había hablado del torno.
—Le diré por qué, milady, y después le contaré el resto, porque se acerca una curva y voy a necesitar el aliento.
Construí este tren para él. Tres años. Cada remache.
Lo construí para un hombre que pensaba tender una vía férrea por encima de mi mujer y de la única piedra de Inglaterra que lleva los nombres de mis hijos, un hombre que esta misma mañana le dijo a otro a la cara que no eran más que basura.
Y en lo alto de esa pendiente pensé, con sus documentos en un maletín de cuero a mi espalda y su nombre escrito en oro en el costado de la locomotora, que, si ella bajaba y no se detenía, aquello significaría algo.
Sería una forma de decir algo. Era el único lenguaje que me quedaba.
Movió apenas el regulador. La locomotora respondió. Era lo único en el mundo que aún obedecía sus órdenes.
—Eso fue hace un minuto. Lo he pensado mejor.
—¿Por qué?
—Porque el muchacho está en la cabina —dijo Arkwright—. Y usted también. Y hay una gata.
—Señor Penrose. La palanca de inversión. No la toque.
Miles ya alargaba la mano hacia ella. Se detuvo.
—Todavía no. A esta velocidad, no. Le destrozaría el mecanismo y nos quedaríamos sin nada. En Coldharbour hay una curva. A una milla y media. Ahí perderá diez millas por hora, o volcará. Si pierde las diez, probaremos la palanca en la recta que viene después.
Lo explicó igual que había explicado todo a lo largo del día: un dato tras otro, como un hombre que describe el funcionamiento de una máquina.
—Es todo cuanto tengo. Eso y la arena. Sam, cuando acabes con el husillo, ocúpate del arenero. Luego vuelve a la plataforma. Te quiero a mi lado.
—Sí, señor Arkwright.
El muchacho regresó. Se quedó junto a su maestro, con las manos negras y el rostro surcado de tizne. Lo había oído todo. Ya había decidido que no importaba. No hasta que la locomotora se detuviese. O no.
El Cotswold Express bajó por la pendiente de Aldercombe en plena oscuridad. Se había quedado sin freno. Su silbato guardaba silencio. Ochenta toneladas de hierro y un vagón lleno de gente. Y el maquinista, al mando del regulador, con la mujer que lo sabía a su lado, seguía conduciendo.
Detrás de ellos, nadie les había dicho nada. Todos lo sabían.
Se lo decía el suelo. Lo que había sido una ligera inclinación era ya una cuesta. Se lo decían las lámparas. Habían dejado de oscilar y ahora daban sacudidas. Se lo decían las ventanillas: la oscuridad, que hasta entonces había desfilado al paso, corría ahora a una velocidad que no tenía nombre.
Un jarrón se volcó. Una puerta se cerró de golpe al fondo del pasillo.
Bell se puso en pie, con una mano aferrada al portaequipajes. La misma voz que en el cráter de obús de Royaumont.
—Sentaos. Todos. Agarraos al armazón del asiento, no a la barra. La barra se os quedará en la mano. El asiento está atornillado al suelo.
Se sentaron. Se agarraron a los armazones.
Bott estaba sentado con la espalda contra el tabique, las palmas apoyadas en el asiento y los ojos abiertos.
Movía los labios. Recitaba desde el principio el salmo cuarenta y seis, con la cadencia de un entierro.
Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
El vagón se escoró en la primera curva. Una zapatilla, un jarrón y el libro mayor de Pratt cruzaron el suelo.
Por tanto, no temeremos aunque la tierra sea removida. No se interrumpió. No alzó la voz.
Fenella no se ladeó. Tenía los pies bien plantados, a Duchess apretada contra el pecho con un brazo y la ginebra en la otra mano. El bandazo mandó a Higgins al suelo y al capitán contra el tabique. No se derramó una gota de ginebra.
—He cruzado los Alpes en medios de transporte peores —dijo—. Aunque no mucho peores.
—Rumbo firme.
El capitán, desde el tabique, con voz de patio de armas. No se dirigía a nadie. Se dirigía al barco.
—Rumbo firme. Es una buena locomotora y lleva a bordo a un buen hombre. En el noventa y cuatro las pasé peores frente a Ouessant, con la costa a sotavento y sin vapor, y aquí estoy.
A fuerza de brazos, logró volver a su asiento.
—Agarraos a los asientos. La doctora tiene razón. Agarraos a los asientos y confiad en el hombre de la plataforma.
En el pasillo, Fenchurch comprobaba los pestillos de las puertas.
Puerta por puerta. Probar el pestillo. Asegurarlo.
La siguiente. El manual bajo el brazo. Toda su atención puesta en la única tarea útil que se le había ocurrido.
Un joven policía que recorría un pasillo a cincuenta millas por hora, comprobando pestillos.
Era lo más tranquilizador de todo el tren, y cada persona que lo veía se mantenía un poco más firme en su asiento.
Elsie se había ocupado de la señorita Honeycutt.
Había acudido a ella en cuanto cambió la inclinación del suelo, sin que nadie se lo pidiera.
Ahora estaba sentada con el brazo de la secretaria enlazado al suyo y bien sujeto; Pip estaba al otro lado, con la barbilla apoyada en su rodilla.
Ninguna de las dos hablaba. Cuando el vagón se escoró, la mano de la secretaria buscó la de Elsie y se aferró a ella.
Elsie le devolvió el apretón. Ninguna de las dos soltó la mano de la otra.
Duchess, sobre su cojín, no se había movido.
Coldharbour surgió de la oscuridad como un muro.
Primero, las luces. Aquel puñado disperso que Cecily había visto desde la cima, aquel cielo al revés.
Ya no estaban debajo de ellos. Estaban a su altura.
Y se acercaban. Delante de la locomotora, la vía trazaba una curva hacia la izquierda en torno al saliente de la colina y desaparecía de la vista.
—Agarraos —dijo Arkwright.
Cecily se agarró. Miles se agarró. El muchacho accionaba el arenero con una mano y se sujetaba con la otra.
La locomotora del Cotswold Express entró en la curva a una velocidad muy superior a aquella para la que había sido construida.
Se inclinó.
La cabina se inclinó con ella. Cecily sintió que las ruedas de su lado se levantaban. Sintió cómo se separaban del raíl y quedaban suspendidas. Oyó al maquinista decir algo en voz muy baja que no iba dirigido a ninguno de ellos.
Las ruedas volvieron a posarse.
Un largo estremecimiento recorrió el bastidor. La curva le había restado velocidad. No mucha. La suficiente. Por primera vez desde Stanway, el maquinista apartó la mano del regulador y la llevó a la palanca de inversión.
—Ahora —dijo—. Señor Penrose. En la recta. Conmigo.
Miles fue hacia la palanca.
Y, en el medio segundo que faltaba para que las manos de ambos se cerraran sobre ella, Arkwright miró una vez más a Cecily.
—Será mejor que oiga ya el resto, milady —dijo—. Después no habrá tiempo.