Asesinato En El Cotswold Express (Los Misterios de Lady Ashcombe 5) 20 UNA POSICIÓN QUE MANTENER
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20 UNA POSICIÓN QUE MANTENER

UNA POSICIÓN QUE MANTENER

El capitán Tuggles se dirigió a popa a las seis y cuarto para recuperar su gorra, en poder de la gata, y fue, según diría Fenella después, la decisión más inoportuna de una carrera que incluía Jutlandia.

Había tenido paciencia. Fenella había vuelto a proa a las seis y media a por la gata.

La gata se había negado a que la sacaran de la gorra y había dejado claro, aplastando ambas orejas, que iría a popa dentro de ella o no iría en absoluto.

Así que Fenella había cogido gata y gorra juntas, como quien levanta un pudin con su molde, y se había marchado.

El capitán la había dejado hacer. Se había arrepentido durante veinte minutos.

Había permanecido en la plataforma de la locomotora, con la cabeza descubierta, mientras la corriente de la ventanilla de la cabina le levantaba lo poco que le quedaba de pelo.

Se había dicho que la comodidad de una gata era la comodidad de una gata, y que un caballero debía esperar.

Entonces Pollard había abierto el hogar y una brasa del tamaño de un guisante había caído justo donde debería haber estado la gorra.

El capitán se había dirigido a la vía que tenía por delante:

—Ya está bien.

Y se había encaminado a popa.

Llegó al umbral del vagón salón con el pelo de punta y una pequeña quemadura en el cuero cabelludo, a punto de formular una petición razonable, y se detuvo.

Duchess estaba en el suelo.

Aquello, de por sí, ya era un acontecimiento.

Duchess no pisaba suelos. Duchess se instalaba en cojines, en regazos, en servilletas dobladas y, últimamente, en tocados navales.

El tocado naval estaba en el asiento junto a Fenella, vacío, con la forma de la gata todavía marcada en la tela.

Duchess se había pasado el día manteniendo una posición desde la que los suelos se veían, pero no se pisaban.

Ahora estaba sobre la alfombra, en mitad del vagón salón, a plena luz de las lámparas.

Su cola plateada se extendía tras ella como la de un vestido.

Tenía la cabeza baja y el cuerpo entero alargado, pegado al suelo, inmóvil.

Nadie se había dado cuenta. Fenella leía.

Bott escribía. Higgins miraba la ventana, y Harrington, de nuevo en su butaca y arropado con su manta, tenía la mirada perdida.

La señorita Honeycutt tenía delante su té frío.

Cecily, en el asiento junto a la puerta con Miles de pie a su lado, había estado observando al alcalde y pensando en un libro de cuentas.

Fue Miles quien le tocó el brazo e inclinó la cabeza apenas un centímetro hacia la alfombra.

Miró. Solo le dio tiempo a pensar ay, no, y nada más.

Duchess cruzó el vagón salón en un solo movimiento que no era un salto ni una carrera y para el que Cecily no conocía nombre alguno: un fluir plateado a ras de suelo que empezó en el centro de la alfombra y terminó junto al rodapié, bajo la mesa auxiliar.

Se oyó un ruido, muy leve, y la gata se dio la vuelta.

Lo tenía. Lo tenía cogido por la nuca, como debe hacer una gata. Colgaba de su boca con las patas recogidas, la cola caída y una expresión de sorpresa profunda y permanente. Estaba vivo, porque la cola se movía.

Y Duchess, con toda su dignidad plateada, cruzó el vagón salón hasta llegar junto a la viuda lady Fenella Crowthorne. Saltó sin esfuerzo al asiento contiguo. Subió a su regazo. Depositó el ratón en él.

Después se sentó junto al ratón, alzó la mirada hacia su dueña y esperó a que le dijeran que era una campeona.

Fenella no gritó. Cecily lo dejaría muy claro después, ante Elsie y la señora Fotheringill y cualquiera que se lo preguntara, porque le parecía importante.

Fenella no gritó. Lo que hizo Fenella fue levantarse del asiento de un solo impulso, en vertical, con las manos separadas del cuerpo y el sombrero perfectamente nivelado y la cara del color del tapete del respaldo.

El ratón, que había estado en su regazo, ya no estaba en su regazo.

Estaba en el aire, y luego en la alfombra, y luego, ya sobre sus cuatro patas, en marcha.

Se dirigió hacia el capitán.

Nunca hubo duda de hacia dónde iría. Cecily había empezado a creer, a lo largo del día, que a los ratones de Oxfordshire les habían dado instrucciones.

Cruzó la alfombra con el mismo trotecillo decidido, pegado al suelo, que sus primos de Little Codding.

El capitán, en el umbral, lo vio venir. Esta vez no había andén del que escapar ni vestíbulo al que retirarse.

Solo estaba el vagón salón, y el objeto más cercano que se alzaba por encima de un ratón era la mesa.

Subió de un salto.

Lo hizo en un solo movimiento, como Duchess, y con algo de la misma gracia terrible.

Un hombre corpulento con un buen abrigo pasó del suelo de un tren en marcha a lo alto de una mesita de nogal fabricada en 1890 para sostener una bandeja de té.

Aterrizó sobre ella con ambos pies. La mesa se lo pensó.

Se lo pensó durante quizá segundo y medio, mientras el capitán se mantenía erguido encima, con los brazos abiertos, los ojos fijos en el suelo y el bigote en posición de firmes.

Luego hizo lo que hace una mesita de nogal cuando le piden que sostenga a un capitán de la Marina Real, y se vino abajo.

Miles lo cogió al vuelo.

Se había puesto en movimiento en el mismo instante que Duchess, sin que nadie lo viera moverse, y estaba debajo de la mesa cuando esta cedió.

Recibió al capitán al caer como quien baja un saco de un carro, con un gruñido y un paso atrás, lo puso de pie sobre la alfombra y lo soltó.

Tardó cosa de un segundo. El capitán se quedó donde lo habían dejado, con los brazos todavía extendidos y la boca abierta.

Miró a Miles. Miró los restos de la mesa.

No encontró nada que decir de inmediato, lo cual, tratándose del capitán, fue el suceso más extraordinario de la velada.

El ratón, mientras tanto, se había metido bajo la manta de viaje de Harrington.

—¡Quítenmelo de encima! —dijo Harrington, y se puso en pie, y la manta salió disparada hacia un lado y el ratón hacia el otro, y Higgins, que no había abierto la boca desde Stanway, subió los dos pies a la silla con los reflejos de quien se ha criado encima de una tienda con sótano, y la señorita Honeycutt recogió los suyos, y Bott se levantó.

Se levantó con toda tranquilidad. Dejó su cuaderno. Cruzó el vagón salón hasta donde el ratón se había detenido junto a la pata del asiento de Fenella, con los costados que se le hinchaban y deshinchaban al respirar. Se agachó, lo cogió por la cola y lo alzó hacia la lámpara.

—Hola —le dijo—. Menudo día llevas, ¿eh?

Luego se dirigió a la ventana.

Era una ventanilla de guillotina, con correa de cuero.

Llevaba cerrada desde Little Codding, y no estaba dispuesta a dejarse abrir por un hombre alto que solo tenía una mano libre y sostenía un ratón en la otra.

Bott tiró de la correa. No pasó nada. Tiró de nuevo, más fuerte.

La correa se salió de su enganche. El cristal bajó cinco centímetros y se atascó.

Y en el instante en que su atención estaba puesta en la correa, el ratón, que había permanecido colgado de sus dedos en un estado de aceptación filosófica, reconsideró su posición y se le metió por la manga.

—Ay —dijo Bott—. Ay, Dios mío. Ay, no, no, eso no… Lady Fenella, le ruego que me discul… Se me ha metido por la…

No gritó. No dejó caer nada, porque ya no le quedaba nada que dejar caer.

Se quedó con un brazo extendido, rígido, y la otra mano cerrada sobre el puño de la manga.

Ejecutó, muy despacio, una especie de baile arrastrando los pies, primero uno y luego el otro, con los ojos cerrados y los labios moviéndose.

Cecily estaba casi segura de que los labios decían feligrés.

Miles abrió la ventana.

Lo hizo con una mano, desde detrás del canónigo. Tomó el brazo rígido por la muñeca, lo sacó a la oscuridad y lo sacudió, una vez. El ratón, al encontrar la manga menos acogedora de lo que había esperado, se marchó. Miles volvió a meter el brazo, cerró la ventana y devolvió la correa a su enganche.

—Gracias —dijo Bott, todavía con los ojos cerrados—. Gracias, Miles. ¿Era eso el…? ¿Ya se ha…?

—Se ha ido, señor.

Bott abrió los ojos. Miró su manga un momento como quien mira a un amigo que le ha fallado. Luego se volvió hacia los demás, y algo en él se enderezó.

—Entran con el carbón —dijo—. En San Crispín tenemos cientos.

Viven en el órgano. Mi sacristán dice que son feligreses y que a los feligreses no se los echa, y nunca he sido capaz de rebatírselo, y no voy a empezar ahora en un tren.

—Miró al capitán—. Capitán, se ha ido. De verdad.

Miles lo ha visto marcharse. ¿Quiere sentarse?

Lo dijo con la voz que empleaba junto a la pila bautismal, sin que el incidente de la manga le restara ni un ápice de autoridad.

Cecily había oído esa voz surtir efecto en un buen número de madres asustadas, y surtió exactamente el mismo efecto en un capitán de la Marina Real asustado.

Tuggles se sentó. Se sentó en la silla más cercana, que era la de Harrington.

Harrington se la cedió. El capitán respiró.

—Es usted un buen hombre, canónigo —dijo, al cabo de un momento.

—Se me dan muy mal las ventanas, capitán. Pero gracias.

Fue en ese momento cuando entró Pip.

Llevaba fuera desde lo del bigote. Había registrado, según la cuenta de Elsie, todos los compartimentos de primera clase, la despensa, el furgón bodega, el furgón del guardafrenos y el vagón de mantenimiento.

Había recorrido el pasillo de un extremo a otro tantas veces que Pratt había dejado de apartar los pies.

No había encontrado a su sospechoso. Y ahora entraba en el vagón salón con el aire de un detective que, desde tres vagones de distancia, ha oído que otro agente ha practicado la detención y viene a ver qué ha pasado.

Se detuvo en el umbral. La mesa rota. El capitán en la silla de Harrington. El canónigo junto a la ventana. Fenella erguida, con las manos separadas del cuerpo. Y Duchess en el asiento, lavándose una pata con la compostura de una gata que ha hecho su trabajo y no tiene nada que decirle a nadie.

Miró a Duchess durante un largo instante.

Luego cruzó la alfombra hasta Cecily, se sentó a sus pies y depositó algo en la puntera de su zapato.

Era un ratón. Estaba muerto, y llevaba así un buen rato. Estaba entero. Era gris y pequeño, con las patas recogidas y los ojos cerrados. No tenía ni una sola marca en todo el cuerpo.

—Ay, Pip.

Alzó la vista hacia ella. Movió la cola una sola vez sobre la alfombra. No era el amplio vaivén de la mañana, con el que parecía perdonarlo todo. Era un movimiento más corto y cauteloso, el de un perro que ha traído lo mejor que tenía y sabe que no era lo que se esperaba de él.

—¿De dónde lo ha sacado? —preguntó Elsie.

—De debajo del entablado, al final del pasillo. Lo he oído hurgar ahí hace diez minutos.

Pratt estaba en la puerta, con el recogedor que llevaba en la mano desde lo del bigote.

—Se meten en el armazón, milady. La compañía echa veneno a quintales en los apartaderos y no sirve de nada. Me lo llevo.

Bell había cruzado el vagón. Se inclinó a mirarlo, sin tocarlo, y volvió a erguirse.

—Pobre bichillo —dijo—. Ni una marca.

—Pobre criatura —dijo Cecily.

Pratt lo retiró con el recogedor y salió. Pip lo siguió con la mirada y luego apoyó la barbilla en el zapato de Cecily y suspiró.

—Brandy —dijo Fenella.

No se había sentado. No se había movido en absoluto desde que el ratón abandonara su regazo. Seguía de pie, con las manos separadas del cuerpo y el sombrero recto, mientras el color empezaba, muy despacio, a volverle al rostro.

—Brandy, Pratt, si es tan amable. Para reponerme del susto. Y otro para la gata. —Por fin bajó las manos y miró a Duchess, que alzó la vista hacia ella—. Eres una campeona —dijo—. Nunca lo he dudado. Habría preferido que lo siguieras siendo solo en teoría.

Duchess parpadeó una vez, despacio, y volvió a lavarse la pata.

—Miles —dijo Cecily, en voz muy baja—, gracias por lo del capitán.

—Habría roto la mesa de todos modos, milady. Yo solo he salvado la alfombra.

Se echó a reír. Se había reído en la plataforma de la locomotora una hora antes y ahora volvía a reírse, y esta vez Fenella también soltó una risa breve, como un ladrido, y luego Harrington, y luego, por asombroso que pareciera, Higgins, con los pies aún sobre la silla, y el capitán, en el asiento equivocado y con el pelo de punta, e incluso la señorita Honeycutt, apenas un instante, con la mano sobre la boca, como si llevara tanto tiempo sin reírse que hubiese olvidado cómo se hacía.

Solo Bott no se rió. Se examinaba la manga, volviendo el puño y mirando dentro con gran cuidado, como quien revisa un bolsillo del que le han robado algo. No parecía darse cuenta de que todo el vagón lo estaba mirando.

—Ya se ha ido, Alistair —dijo Bell.

—Ya sé que se ha ido. Solo me aseguro de que no haya dejado nada. —Volvió a estirarse el puño de la manga—. Uno no echa a un feligrés sin asegurarse de que salga del recinto.

El tren había empezado a reducir la marcha, y el resoplido de la máquina, lento y fatigoso durante aquella hora de subida, se alivió, se acompasó y se convirtió en el sonido de algo que llega.