19 UNAS VACACIONES AL AÑO
UNAS VACACIONES AL AÑO
No llamó. Era el compartimento de un muerto, y el hombre que estaba dentro le había dicho que no entrara. En algún punto entre la plataforma de la locomotora y el pasillo había decidido que ya eran demasiadas las personas que le habían dicho lo que debía hacer aquel día. Ahora le tocaba a ella.
El cordel ya no estaba en el picaporte. La puerta se abrió.
Hastings estaba sentado donde se había sentado Pyke, en el asiento del rincón con el tapete en el respaldo, lo que demostraba un aplomo tremendo o ninguno en absoluto.
La cartera de documentos estaba abierta sobre la mesa abatible donde antes había estado la taza.
Su contenido se repartía por el asiento de enfrente en montones ordenados, como las cartas de un solitario.
La cortinilla estaba bajada. La lámpara, encendida.
Se había quitado el abrigo y no levantó la vista.
—Dije que nadie, lady Ashcombe.
—Eso dijo. —Cerró la puerta tras de sí—. Y yo no dije nada, y he venido a decirlo.
Entonces él levantó la vista.
Lo había ensayado. Lo había ensayado en el estribo del ténder y en el pasillo, igual que había ensayado lo de St Kenelm para Pyke. Ahora que estaba en el compartimento, no le servía nada de aquello, así que habló sin rodeos.
—Lleva un telegrama en el abrigo. En el bolsillo interior izquierdo.
Pyke a bordo. Aguarde instrucciones. Enviado desde Londres a las siete y diez de esta mañana y firmado con una inicial.
Les dijo a todos en este tren que estaba de vacaciones.
—No se sentó—. He confiado en usted toda la tarde, inspector.
Me he sentado junto a la ventanilla y he escuchado, porque usted me lo pidió, y le he contado lo que vi.
Y ahora, antes de contarle nada más, me gustaría saber si el hombre a quien se lo he estado contando es un policía o algo para lo que no tengo nombre.
Hastings dejó el papel que había estado leyendo.
No preguntó cómo sabía lo del telegrama.
Ella se había preparado para esa pregunta y para la mirada que la acompañaría, pero no hubo ni lo uno ni lo otro.
Se limitó a dejar el papel. Metió la mano en el bolsillo del chaleco, que aún llevaba puesto, sacó una pequeña cartera de piel, la abrió y la alzó a la luz de la lámpara.
La credencial era de lo más sobria. Una fotografía, un número, una firma, el escudo. Inspector Julian Hastings, Departamento de Investigación Criminal, Policía Metropolitana. Había sido renovada en marzo.
—Eso es lo que soy —dijo él—. En cuanto a lo demás, será mejor que se siente. La respuesta es más larga que la pregunta.
Se sentó.
—Ferrocarriles Consolidados Pyke —dijo Hastings— ha estado financiando el ramal de Chipping Barrow, y otros dos parecidos, con dinero que no existe.
Obligaciones emitidas con la garantía de unos terrenos que la compañía aún no posee.
Pagarés a cargo de consejeros que no pueden pagarlos.
—Tocó uno de los montones del asiento—. El de lord Harrington está aquí.
Y otros once más. La Junta de Comercio lo sospecha desde la primavera.
Se ha pedido al Ministerio del Interior que investigue, e investigar es a lo que me dedico.
Llevo cuatro meses investigando a sir Everard Pyke. Conozco su firma mejor que la mía.
—Entonces, las vacaciones…
—Me tomo unas al año. Y parece que me las he tomado en el tren equivocado.
—No sonrió al decirlo—. Cuando un hombre como Pyke reserva una excursión para llevar documentos a Londres, lo sensato es ir en esa excursión.
Me dieron instrucciones de viajar, observar y aguardar órdenes.
Las órdenes debían llegar en Oxford. No las he recibido porque murió a la una y media y he estado bastante ocupado.
—Miró los montones—. Esto es lo que he venido a buscar.
Sin una orden judicial, habría tardado un mes en conseguirlo.
Ahora lo tengo porque hay un hombre muerto y la cartera es una prueba; y soy consciente, lady Ashcombe, de cómo puede interpretarse eso.
—¿Y cómo puede interpretarse?
—Como que un policía quería los documentos de un hombre y los consiguió por el camino más corto.
—Lo dijo con voz neutra—. Pero no fue así.
Lo necesitaba vivo. Lo necesitaba en el estrado de los testigos, con estos documentos delante, respondiendo por cada uno de ellos, y con un fiscal que llevaba cuatro meses esperando ese placer.
Muerto, no responde de nada. Muerto, la compañía pasa a manos de un administrador judicial, once consejeros pagan discretamente lo que pueden y se acabó.
Esta tarde he perdido mi caso, lady Ashcombe.
Me gustaría que lo entendiera. Quienquiera que lo matase no me hizo ningún favor.
Cecily guardó silencio.
—A la una y media —dijo ella.
—Estuve junto a la ventanilla del vestíbulo hasta la una y veinticinco, vigilando el pasillo, porque vigilo pasillos.
A la una y media fui al furgón del revisor, redacté un telegrama y se lo di para que lo entregara en la primera cabina de señales, que es como se envía un telegrama desde un tren en marcha, por si se lo preguntaba.
Decía que el tren iba puntual y que el sujeto estaba a bordo y trabajando.
Se envió desde la cabina de Coldharbour a las dos menos cuarto.
El revisor se lo confirmará. A las dos menos veinte ya estaba de vuelta junto a la ventanilla.
—Hizo una pausa—. Usted pasó por delante de mí uno o dos minutos después de las dos menos veinte.
La oí venir. Oigo venir a todo el mundo.
Es una costumbre de la que no he sido capaz de librarme, y tampoco lo haría si pudiera.
—Eso mismo dijo Miles.
—El señor Penrose sabe reconocer una costumbre.
—Hastings cerró la cartera de la credencial y se la guardó de nuevo en el chaleco—.
Le mentí. Les mentí a todos en este tren, y volvería a hacerlo, porque ese es mi trabajo.
Pero yo no maté a Everard Pyke, y me gustaría muchísimo saber quién lo hizo, porque era mío y alguien me lo ha quitado.
El tren siguió su marcha. A la luz de la lámpara, los montones del asiento reposaban en hileras ordenadas. Cecily pensó en la esquina rasgada del documento de Harrington, en doce mil libras y en un hombre brindando por la línea Pyke con la copa de otro.
—Debería habérmelo dicho —dijo ella.
—Sí.
—No le habría creído.
—No. Pero habría creído lo que decía la credencial, yo se la habría enseñado y estaríamos justo donde estamos ahora, solo que una hora antes.
—Recogió el papel que había dejado—. ¿Quiere enfadarse conmigo, lady Ashcombe, o quiere ayudarme?
Lo pregunto porque tengo muchísimo que leer y muy poco tiempo, he encontrado algo que no comprendo y usted conoce a esta gente.
—Enséñemelo —dijo ella.
Era un librito encuadernado en tela negra, como el de Pratt, y había estado guardado en un bolsillo del forro de la cartera de documentos que Hastings había descubierto al tacto.
No era un libro de cuentas de la compañía.
Era el libro de cuentas personal de sir Everard Pyke, escrito de su puño y letra.
En una columna de iniciales, otra de cifras y otra de fechas, registraba lo que Hastings denominó contraprestaciones.
—Pagos —dijo—. A ciertas personas. Por ciertas cosas. No anotaba cuáles eran esas cosas. Anotaba quién, cuánto y cuándo, y supongo que lo guardaba para que nadie que hubiera aceptado un solo penique suyo pudiese olvidarlo jamás.
Pasó la página.
—En la mayoría de los casos puedo imaginarme el motivo. En este, no.
Detuvo el dedo sobre una línea. H. — 100 — 3 oct.
—Cien libras —dijo Cecily.
—Hace diez días. A una H.
La miró.
—Hay cuatro personas con la inicial H en este tren, lady Ashcombe, y yo soy una de ellas.
Llevo en el abrigo un telegrama firmado con esa letra y no pienso ser también la H del libro, así que averigüemos quién es.
Harrington ya aparece aquí, tres páginas antes, por doce mil.
Un hombre que debe doce mil libras a Pyke no recibe cien de él.
A la señorita Honeycutt le pagan el día uno de cada mes, y cien libras suponen casi un año entero de sueldo para ella; además, no creo que él lo hubiese anotado en una columna titulada contraprestaciones.
Cerró el libro dejando el dedo entre las páginas.
—Eso nos deja al alcalde de Chipping Barrow. Que lo amenazó. Que subió al tren con una bolsa. Que se marchó de un andén. Y que, en seis horas, aún no me ha contado por qué.
Cecily no contestó de inmediato. Recordaba la mano de un hombre que, en un pasillo, se había posado un instante, con la palma abierta, sobre el pecho del abrigo para comprobar que algo seguía allí, y luego se había retirado. Ella lo había visto. Hastings, no.
No dijo nada. No le había hecho ninguna promesa al alcalde ni le debía nada. Pero le correspondía a él contarlo, no a ella, y Cecily se había criado en una casa donde no se entregaba a un hombre a la policía por un simple gesto.
—Ha hecho las cuentas —dijo.
—Así es. Me gustaría confirmarlas con algo más que la aritmética.
La miró.
—No tiene nada que añadir.
—Nada que esté dispuesta a añadir.
—No es la misma respuesta.
Pero no insistió, lo cual, a juicio de Cecily, demostraba que Hastings tenía más sensatez que ella.
—Entonces se lo preguntaré en Oxford, en una habitación. Y espero, por su bien, que se le haya ocurrido una razón mejor para llevar la bolsa que transportar aire.
El coche salón volvió a acogerla con la indiferente bienvenida de una estancia que ya no espera recibir noticias.
Fenella ocupaba su rincón. Bott, el suyo.
Higgins seguía sentado igual que desde Stanway, con la mirada perdida.
Cecily lo observó un instante más de lo que pretendía y después apartó la vista.
—¿Y bien? —preguntó Fenella.
—Es policía, Fenella. Policía de verdad. Me ha enseñado la credencial.
—Pues claro que lo es, querida. Nadie dobla así un periódico por gusto.
Fenella acarició a Duchess.
—Me preguntaba cuándo te decidirías a preguntárselo. Elsie lleva empollando ese telegrama desde antes de lo del bigote. Parece una gallina empollando el pomo de una puerta.
Elsie, apostada en el umbral, no mostraba el menor arrepentimiento.
—Volvería a hacerlo, milady —dijo.
—Ya lo sé.
—Le mintió.
—Nos mintió a todos. Es su trabajo.
Cecily se sentó. De pronto estaba agotada, con ese cansancio que queda después de pasar miedo por algo que al final resulta ser un mueble.
—Y él tenía razón al hacerlo, y yo tenía razón al enfadarme, y ahora vamos a ayudarlo, porque esta tarde ha perdido más que cualquiera de nosotros y aun así sigue trabajando.
El canónigo Bott se inclinó hacia delante. Tenía el cuaderno abierto y aquella expresión suya, ávida y culpable. Cecily advirtió que llevaba un buen rato esperando para preguntar algo.
—Lady Cecily. Cuando estaba usted con él... No sé si...
Calló y volvió a empezar.
—Por interés profesional. ¿Ha dicho algo sobre las huellas de pisadas? ¿Sobre si son tan útiles como da a entender la literatura?
—Pregúnteselo usted mismo, canónigo. Está en el tercer compartimento.
Bott se marchó. Estuvo fuera quizá dos minutos. Al volver, se sentó, escribió una sola palabra en el cuaderno y la subrayó dos veces.
—¿Y bien? —preguntó Fenella.
—Menos —dijo el canónigo.
Cerró el cuaderno y, por un instante, pareció un hombre que había visto tambalearse una pequeña fe y había decidido afrontarlo con entereza.
Al otro lado de la ventanilla, el terreno seguía ascendiendo, y el latido de la locomotora se había vuelto más lento y profundo al afrontar la pendiente.
En algún lugar más adelante, al término de la larga subida, una torre de agua con una lámpara se alzaba en la oscuridad.
Allí bebería la locomotora, y el Express, sin apresurarse, trepaba hacia ella.