17 DOS BOTELLAS DE MENOS
DOS BOTELLAS DE MENOS
El libro de bodega de Pratt era un registro largo y estrecho, encuadernado en tela negra. Entró con él bajo el brazo en el coche salón, como un sacristán que lleva el libro parroquial, y lo abrió en la mesa auxiliar, junto al jamón, con evidente desgana.
—El furgón bodega, señor —le dijo a Hastings—. Tal como lo llevo yo. Cada botella que entra, cada botella que sale, con la hora, por orden de la compañía, ya que es la compañía quien paga el vino.
—Lea lo de esta tarde.
Pratt leyó. Tenía buena voz para la lectura, voz de iglesia, y dio al registro la misma solemnidad que habría dado a una lectura de las Escrituras.
—Una y cuarenta: se entrega la llave de la bodega a lord Harrington, a petición suya, por ser su señoría miembro de la junta directiva.
Una y cincuenta y cinco: se retira una botella de Chambertin de 1909.
Dos y cuarenta: se retira una botella de Chambertin de 1909.
—Pasó la página—. Tres y diez: su señoría devuelve la llave de la bodega; al no hallarse su señoría en condiciones de devolverla, la recupero personalmente del bolsillo de su señoría.
Dos corchos recogidos del suelo de la bodega.
Al hacer el recuento a las cuatro, faltan dos botellas.
—¿Y entre la una y cincuenta y cinco y las dos y cuarenta?
—Estuve todo el tiempo junto a la urna, señor, en la despensa; el furgón bodega es el penúltimo coche y no hay modo de llegar a él salvo por el pasillo, pasando por delante de la puerta de la despensa.
Su señoría pasó por delante de mí a la una y cuarenta con la llave y no volvió a pasar hasta que fui a buscarlo a las tres y diez.
Lo habría visto. Veo todo lo que pasa por delante de esa puerta. Para eso estoy.
Hastings tomó nota.
—Lady Fenella. En Stanway hizo usted un comentario sobre la añada.
—Dije —respondió Fenella— que era del nueve, que llevaba bebiéndolo desde las dos y que podía olerlo desde donde estaba sentada.
Y lo repito. Es imposible confundir un Chambertin del nueve en un hombre que se ha bebido dos botellas.
Le sale por la piel. Tuve un primo que se conservó en él durante los últimos once años de su vida y, según creo, fue enterrado en él por expreso deseo propio.
—Miró al otro extremo del coche, donde Harrington permanecía envuelto en su manta—.
A eso hueles, Harrington. No es un mal olor. Tan solo uno muy caro.
Nadie se rio, y ese fue el precio.
Harrington había escuchado la lectura del registro con las manos en el regazo y la mirada fija en la alfombra.
Habían hecho su retrato en voz alta, con voz de iglesia, ante el alcalde de Chipping Barrow y su comitiva municipal, una secretaria, un agente y una gata.
La lectura había declarado que era inocente de asesinato y culpable de todo lo demás, y que todo lo demás había sido contado, encorchado y anotado con su hora.
Estaba exculpado. También estaba acabado, y lo sabía; como lo sabían todos los presentes en el coche.
—En fin —le dijo a la ventanilla—. Ahí lo tienen. Dos botellas y una llave. Habría creído que valía más que eso. —Se arropó mejor con la manta—. ¿Puedo retirarme a mi compartimento, inspector?
—Puede.
—No creo que pueda llegar solo.
—Lo acompañaré —dijo el canónigo Bott.
Casi no había abierto la boca desde lo de Zangwill. Se levantó entonces sin aspavientos, se acercó al sillón de Harrington y lo ayudó a ponerse en pie, manta incluida. Lo tomó del brazo. Los dos salieron juntos del coche salón al paso del más lento. Al llegar a la puerta, Harrington se detuvo.
—Lady Ashcombe.
—Lord Harrington.
—Fue buena conmigo cuando estaba en el suelo. Las dos veces. —La miró con lo que le quedaba de dignidad, que era más de lo que ella esperaba—. No lo olvidaré. Tampoco creo que este año vaya a dejarme mucho más que recordar.
—Siempre le quedará el del nueve —dijo Cecily.
Un amago de risa le cruzó el rostro y desapareció, y Harrington salió apoyado en el brazo del canónigo.
Pip, que había dedicado cinco horas a vigilar a lord Harrington y a las cinco y veinticinco lo había abandonado por algo de diez centímetros de largo, ni siquiera levantó la cabeza del suelo del pasillo cuando pasó su antiguo sospechoso. Cecily vio que Elsie también se daba cuenta.
—Así es la policía —dijo Elsie—. Ni pizca de lealtad.
Cecily le dio diez minutos y luego fue al compartimento de la señorita Honeycutt y llamó. Esta vez la puerta se abrió.
La secretaria se había quitado el sombrero. Se notaba la diferencia. Sin él parecía más joven, menos agraciada y más cansada. Se quedó en el umbral con una mano en el marco, miró a Cecily con el rostro inexpresivo y esperó.
—¿Puedo pasar?
—Es el compartimento de la empresa de sir Everard, lady Ashcombe. Supongo que no puedo impedírselo.
—Sí puede. Le estoy pidiendo permiso.
La señorita Honeycutt se apartó.
Era un compartimento más pequeño que el de Cecily, de segunda clase, al final del vagón de primera.
Un solo asiento, un portaequipajes, un espejo.
Las tres maletas estaban apiladas en el rincón en el mismo orden en que las había llevado.
Sobre el asiento reposaba la carpeta de cuero con las cartas de Wycombe, cerrada.
Cecily se sentó junto a la carpeta. La secretaria permaneció de pie.
—He venido a preguntarle una cosa —dijo Cecily—, y voy a preguntársela una sola vez.
Después me marcharé, diga usted lo que diga.
El té no contenía veneno. Usted no lo envenenó.
El doctor Bell lo ha dicho delante del inspector y consta en su cuaderno.
Nadie en este tren cree ya que usted matara a sir Everard Pyke.
—Sostuvo la mirada de la secretaria—. Pero volvió a entrar en aquel compartimento a la una y media.
Lord Harrington la vio. Y usted le dijo al inspector, con una frase completa, que no lo había hecho. Me gustaría saber por qué.
La señorita Honeycutt no respondió de inmediato.
—Usted cree a lord Harrington.
—Creo que vio lo que dice haber visto. A las dos menos veinte estaba lo bastante sobrio para intentar abrir una puerta y comprobar que tenía echado el pestillo. Lo bastante sobrio para ver una carpeta.
—Sí —dijo la señorita Honeycutt—. Entré.
Lo dijo en un tono neutro, sin que le cambiara la expresión, y Cecily, que se había preparado para una negativa, no supo qué preguntar a continuación y se quedó en silencio.
—Llamó a la una y veinticinco. La campanilla suena en la despensa, en un cuadro de avisos.
Fui. Quería la segunda copia de la escritura, que estaba en mi maleta y no en la suya.
Se la llevé. Corrió el pestillo detrás de mí, como hacía siempre, y me quedé de pie mientras él buscaba la página.
Luego lo descorrió y salí. Siete minutos.
Puede que ocho. Lo he hecho cien veces. —Hubo una pausa—. Eso es lo que ocurrió.
—Entonces, ¿por qué dijo que no?
—Porque no quería ser la última persona que había estado en una habitación con un hombre al que encontraron muerto en ella.
—No alzó la voz—. Usted es baronesa, lady Ashcombe.
Nunca ha sido una mujer sola al servicio de otros.
Cuando un hombre muere y un policía pregunta quién fue el último en estar con él, a la mujer que dice fui yo no la dejan decir nada más durante mucho tiempo.
No tengo familia. No tengo más dinero que el que llevo en el bolso.
Pensé que, si había sido el té, acabarían culpándome de todos modos y, si no, no hacía falta que nadie supiera que había estado en esa habitación ocho minutos más de lo que dije.
—Miró la carpeta sobre el asiento—. Fue un error.
He cometido muy pocos. Ese lo cometí a las tres de esta tarde, con el señor Pratt detrás de mí sosteniendo una bandeja, y llevo desde entonces pagándolo.
Cecily guardó silencio un momento.
—Es una respuesta muy buena —dijo.
—Es la verdadera.
—Puede que lo sea. También es la respuesta que daría una mujer lista si quisiera que dejaran de hacerle esa pregunta.
—Lo dijo sin acritud. La señorita Honeycutt la oyó y no se inmutó.
Aquello le revelaba algo a Cecily, aunque no estaba segura de qué—.
Señorita Honeycutt, ¿hubo algo más? En esos ocho minutos.
¿Algo que hiciera, o viera, o se llevara, que no le haya contado al inspector?
La secretaria la miró largo rato. Luego fue hacia la puerta, la abrió y se quedó de pie junto a ella.
—Le he dicho por qué entré —dijo—. Le he dicho lo que hice.
No voy a decirle nada más, lady Ashcombe, porque no hay nada más que tenga relación con la muerte de ese hombre, y no contesto preguntas que no la tengan, ni a policías ni a baronesas.
—La mano no le temblaba sobre la puerta—.
Ha sido usted amable conmigo hoy. Más que nadie en este tren, salvo la anciana de la gata, que probó unos polvos por mí y fingió que era por el animal.
Se lo agradezco. Ahora me gustaría que se fuera.
Cecily se levantó.
Se detuvo en la puerta: la secretaria aún no había terminado y la miraba con la primera expresión que Cecily le había visto en el rostro en todo el día. Algo parecido a la curiosidad.
—Su doncella —dijo la señorita Honeycutt—. La del libro verde. No le caigo bien.
—No la conoce.
—Cree que podría haberlo hecho yo.
—Sí —dijo Cecily—. Lo cree.
—Hace bien en creerlo. —El rostro de la secretaria volvió a cerrarse—. Buenas noches, lady Ashcombe.
La puerta se cerró.
Cecily se quedó en el pasillo con la mano todavía a medio alzar. Por primera vez en todo el día, sentía miedo de una mujer. No habría sabido decir si era por lo que la señorita Honeycutt le había contado o por la facilidad con que se lo había contado.
En algún punto del tren, un perrito ladró a algo que había debajo de un asiento. Un solo ladrido, seco, seguido de un largo silencio.