12 LA PROCEDENCIA DEL TÉ
LA PROCEDENCIA DEL TÉ
Salieron de Stanway a las cinco menos veinte, con un mercancías que silbaba a sus espaldas.
Nadie sabía que un tren de mercancías pudiera sonar así.
El silbido llegó por encima de los rastrojos desde el lado de Barrow: dos notas largas y una corta.
Todas las cabezas del andén se volvieron a la vez.
El mozo del chaleco subió los peldaños de la caseta de señales a una velocidad que nadie le habría creído capaz de alcanzar.
Hastings los hizo subir a bordo en noventa segundos.
Las puertas se cerraron de golpe a lo largo de todo el tren.
En la plataforma de la locomotora, el maquinista ya tenía vapor a presión.
Más que arrancar del apeadero de Stanway, el Express salió de allí de un largo tirón que lo hizo estremecerse de punta a punta.
Fenella fue a parar a un rincón del coche salón con Duchess en brazos; Cecily, contra el revestimiento de madera, todavía con una mano en la puerta.
—Le está dando rienda suelta —dijo Miles a su lado.
—Hastings le ha dicho que no lo hiciera.
—Le ha dicho que no lo hiciera en Stanway. Eso fue antes del mercancías. —El suelo se alzó bajo sus pies y volvió a asentarse—. Reducirá la marcha cuando hayamos dejado atrás este tramo. Sabe hasta dónde puede apretarla.
—¿Y cómo sabe usted lo que él sabe?
—Lo he observado ante los manómetros durante un cuarto de hora, milady. Un hombre que engrasa una máquina con ese cuidado no destroza su propia locomotora.
El tren se afianzó sobre los raíles. Las dos luces de Stanway quedaron atrás, hundiéndose en un campo que el anochecer teñía de azul.
Los postes del telégrafo se convirtieron en una cerca.
El ritmo que durante toda la tarde había sido un pulso se acercaba ahora al galope.
En algún punto de la cola, una maleta cayó de un portaequipajes.
Desde el coche salón llegó la voz de Fenella, más alta de lo habitual, informando a los presentes de que, si aquel hombre tenía intención de matarlos a todos, al menos podría haber esperado a que terminara el té.
Fue en medio de todo aquello, con el pasillo aún balanceándose y Fenchurch al otro extremo del tren tomando declaración al jefe de tren, cuando lord Harrington se dirigió hacia la puerta.
Salió de su compartimento con la botella de borgoña en una mano, agarrada por el cuello.
Avanzaba por el pasillo hacia el tercer compartimento con el paso rígido y demasiado estudiado de quien ha decidido que eso de estar borracho es cuestión de concentración.
Al pasar junto a Cecily, ni siquiera la miró.
Se detuvo ante la puerta astillada. La habían cerrado y sujetado pasando un cordel por el picaporte y alrededor de la barandilla de latón. El nudo era de Hastings. Harrington dejó la botella en el suelo y agarró el cordel.
—Lord Harrington.
—Será solo un momento. —No se volvió. Sus dedos manipulaban el nudo—. Hay algo mío ahí dentro. No es una prueba. Es mío. Ahora ese tipo ya no lo necesita, ¿verdad?
—Lord Harrington, ese compartimento está precintado.
—Precintado con un cordel. —El nudo cedió entre sus manos; Harrington emitió un leve sonido de satisfacción y puso la mano en la puerta.
Y Miles ya estaba allí.
Un instante antes se encontraba junto a Cecily y, al siguiente, estaba junto a Harrington. No tocó al hombre. Se limitó a interponerse entre él y la puerta, con la espalda contra el marco y las manos a los costados.
—Le voy a pedir que dé un paso atrás, milord.
—Apártese.
—No, milord.
Durante un instante no ocurrió nada. El tren dio una sacudida, el pasillo osciló y ambos hombres se balancearon con él, pero ninguno cedió.
El rostro arrebolado de Harrington adquirió un rojo más intenso y desagradable.
Asomó en él eso que aflora en cierta clase de inglés cuando un criado le dice que no con semejante tono.
—¿Sabe quién soy?
—Sí, milord.
—Entonces, apártese.
Plantó la palma de la mano en el pecho de Miles y le dio un empujón.
No fue muy fuerte. Fue el empujón de un borracho, con toda la fuerza del hombro y sin afirmar los pies, y, de no haberse inclinado el tren, no habría servido de nada.
Pero el tren se inclinó. En aquel preciso instante, el Express tomó una curva a más velocidad que ninguna otra en todo el día.
El pasillo se ladeó. Su propio impulso llevó a Harrington más allá de Miles y lo estampó contra el revestimiento de madera; la botella que había dejado de pie en el suelo volcó.
Borgoña. Muchísimo. Se extendió por la alfombra en una marea roja y Harrington se fue tras él, con los pies por delante. Cayó sentado de golpe en el vino, con la espalda contra la pared opuesta, las piernas estiradas ante sí y una expresión de profundísimo asombro.
Llegó Pip.
Había oído caer la botella y salió disparado por la puerta del compartimento, pegado al suelo, siguiendo el principio de que todo lo que se cae puede ser comestible.
Se encontró a un lord sentado en un lago de vino y una pernera a su alcance, e hizo lo que haría cualquier terrier. Hincó los dientes.
—¡Quítemelo de encima!
—Pip. Pip. Suelta.
Pip no soltó. Tenía el bajo del pantalón entre los dientes, las patas bien afianzadas en el borgoña y tiraba hacia atrás con todo su peso, gruñendo con la boca llena de Savile Row, y Harrington daba patadas, y el tren seguía tomando la curva, y Miles, que no se había movido de la puerta, contemplaba la escena con una expresión que Cecily habría jurado que era neutra, pero que no se habría atrevido a calificar de ningún otro modo.
Fue Elsie quien puso fin al asunto. Salió de la despensa con una jarra de agua, evaluó la situación de un vistazo y vertió el contenido sobre el perro.
Pip soltó la presa. Se quedó en medio del vino, chorreando, y miró a Elsie con el dolido estupor de un hombre de principios al que han traicionado los suyos.
Después se sacudió a conciencia, desde el hocico hasta la cola.
El pasillo, lord Harrington y los últimos quince centímetros de la falda de Cecily recibieron una fina lluvia de borgoña y terrier.
—Ya está —dijo Elsie—. Con esto queda pagado el pastel.
Harrington seguía sentado donde había caído. Algo se le había ido por dentro al derramarse el vino. Con las manos en el regazo y su hermoso chaleco arruinado, miraba la puerta precintada, a apenas sesenta centímetros de sus botas, como si estuviera muy lejos.
Y en su regazo había un trozo de papel que se le había salido del bolsillo interior de la chaqueta al caer.
Era la esquina rasgada de una hoja más grande, de buen papel, con una orla impresa y una línea de caligrafía inglesa que se alcanzaba a leer desde donde estaba Cecily. ...prometo pagar a sir Everard Pyke o a su orden la cantidad de... La cifra quedaba en la parte que faltaba.
Harrington bajó la mirada. Vio el papel. Puso la mano encima, despacio, y luego, con la misma lentitud, la retiró, porque ya no tenía sentido ocultarlo.
—Ya está —dijo, sin dirigirse a nadie—. Ahora ya lo sabe.
—¿El qué, milord?
—Que estoy arruinado. —Recogió el trozo de papel y se lo tendió; ahora la mano no le temblaba en absoluto, lo que en cierto modo resultaba peor que cuando temblaba—.
Doce mil. En la línea Pyke. Él tenía el pagaré y exigió el pago el lunes; me subí a este maldito tren para pedirle tiempo y me dijo que no antes de que terminara la frase.
—Miró hacia la puerta precintada—. Está en ese maletín.
Con el resto de sus papeles. Pensé que si lograba recuperar el pagaré antes de que la policía lo revisara todo, nadie sabría que había sido tan insensato como para firmarlo.
—Ha sido una gran estupidez —dijo Cecily con suavidad.
—Sí. —Dejó caer la cabeza hacia atrás contra el revestimiento de madera—.
Llevo todo el año siendo muy estúpido, lady Ashcombe.
Es una costumbre. Uno acaba cogiéndola. —Luego añadió, con otra voz—: No lo maté.
No dejo de repetirlo. Estaba delante de esta puerta a las dos menos veinte; tenía el cerrojo echado y me fui a emborrachar.
Eso es todo lo que he hecho esta tarde. No es una gran coartada, ¿verdad?
—Lo es si alguien lo vio emborracharse.
—Pratt me vio. Contó las botellas. —Una sombra del antiguo Harrington asomó a la superficie y volvió a hundirse—. Dígaselo al policía. Voy a quedarme aquí sentado un rato. El suelo es bastante cómodo, una vez que uno se acostumbra.
A sus espaldas, en la puerta del oficio, Elsie tenía abierto el cuaderno verde y escribía, con la jarra de agua todavía en la otra mano.
Hastings acudió, echó un vistazo y no dijo nada sobre el vino ni sobre el perro, lo que a Cecily le pareció una contención admirable.
Volvió a atar la puerta con un nudo mejor.
Tomó el trozo de papel que ella le tendía sin hacer comentarios y lo guardó en su libreta.
Y luego, porque la tarde se iba consumiendo y había que seguir el hilo hasta el final, dijo:
—El compartimento de la señorita Honeycutt. Señorita Pickering, acompáñeme.
Y echó a andar por el pasillo con Elsie tras él. La secretaria, a quien habían ido a buscar al coche salón, aguardaba pálida y erguida en la puerta de su compartimento mientras una doncella le registraba las cosas.
No llevó mucho tiempo. Elsie registraba del mismo modo que hacía el equipaje: a conciencia. Salió con un pequeño frasco de cristal en la palma de la mano y se lo tendió al inspector.
Polvo blanco. Quizá una cucharadita. Tapón de corcho y ninguna etiqueta.
—¿Señorita Honeycutt?
—Aspirina —dijo la secretaria.
—Tendrá que disculparme.
—Padezco jaquecas, inspector. —No alzó la voz—.
La mayoría me las provocaba él. Llevo seis años con aspirina en el bolso y jamás he tenido que darle explicaciones a un policía.
Quisiera que la doctora la analizara, si no le importa.
Ahora. Antes de que a nadie en este pasillo le dé tiempo a decidir qué es.
Fueron a buscar a Bell. Llevó el frasco hasta la lámpara del pasillo, le quitó el corcho, vertió un poco de polvo sobre el dorso de la mano y lo miró. Luego se lo acercó a la nariz.
—Aspirina —dijo.
—¿Está segura?
—Inspector, una sal de cianuro huele a almendras y se humedece en un frasco tapado con corcho en menos de una semana.
Esto está seco, tiene escamas y huele a vinagre.
He dispensado kilos y kilos de esta sustancia.
Podría decirle hasta el fabricante. —Devolvió el polvo al frasco, le puso el corcho y se lo entregó a Hastings—.
Si ese es su veneno, va a tener que detener a media Harley Street.
—A mí me gustaría probarlo —dijo Fenella desde la puerta del coche salón.
—Lady Fenella, no es necesario. La doctora ya ha…
—No he preguntado si era necesario. He dicho que me gustaría probarlo.
—Avanzó por el pasillo, sorteando el borgoña con el porte de una mujer que ha sorteado cosas peores en mejores vagones—.
Los médicos ya se han equivocado otras veces.
Dos de los míos están muertos. Llevo en este tren desde las nueve de la mañana y me han dicho una barbaridad de cosas y me han demostrado muy pocas. Démelo.
—Lady Fenella —dijo el canónigo Bott, que la había seguido—, con el debido respeto, si la doctora se equivoca, usted morirá, y si no se equivoca, simplemente se encontrará bien; ninguno de los dos desenlaces hace avanzar la investigación.
Fenella tomó el frasco de la mano de Hastings, que no opuso resistencia.
—Canónigo —dijo ella—, he sobrevivido a tres maridos.
Sobreviviré a una aspirina. —Tocó el polvo con la yema del dedo, se la llevó a la lengua y lo saboreó con la misma expresión con que antes había examinado la jarrita de nata—.
Aspirina. De Bayer. De la barata. —Se lo devolvió—.
Puede continuar, inspector. Me doy por satisfecha y la gata, diría yo, también.
Bell, junto a la lámpara, no dijo absolutamente nada, con esa actitud propia de una mujer que ha tenido razón y ha decidido no regodearse en voz alta.
La señorita Honeycutt no se había movido de la puerta. Su rostro no había cambiado. Pero se había llevado las manos a la espalda y se sujetaba una muñeca con la otra mano, con fuerza.
—Gracias —le dijo a Fenella, en un hilo de voz.
—No me des las gracias, muchacha. Lo hice por la gata. —Fenella se dio la vuelta—. Que alguien le busque una silla a Harrington. Está sentado en un charco de clarete y ni siquiera es bueno.
El Express siguió avanzando hacia el anochecer, con aquel tramo ya a sus espaldas y el mercancías muy atrás.
El maquinista, tal como Miles había asegurado que haría, volvió a poner la locomotora a sesenta millas por hora y la mantuvo a esa velocidad, y las maletas dejaron de caerse de los portaequipajes.
Aquello no duraría. El interventor le había dicho a Pratt que el inspector de distrito los había desviado por el ramal de Aldercombe para dejar despejada la vía principal.
El ramal era de vía única y tenía limitada la velocidad.
Quedaba la larga subida hasta la cumbre, una torre de agua en lo alto para la locomotora y, después, la bajada hasta el empalme.
Oxford, según los cálculos del interventor, no antes de las siete y media.
En el pasillo, Pratt y un camarero estaban de rodillas con trapos.
En el suelo, con la espalda apoyada contra el revestimiento de madera, lord Harrington había empezado a llorar, en silencio y sin mostrar especial aflicción.
Cecily fue a buscar al inspector. Tenía un frasco de aspirina, un pagaré de doce mil libras y un lord que se había encontrado la puerta con el cerrojo echado a las dos menos veinte.
Tenía una secretaria que había estado dentro a la una y media y aseguraba que no.
Y disponía, según los cálculos del interventor, de casi tres horas hasta llegar a Oxford por el ramal.