Asesinato En El Cotswold Express (Los Misterios de Lady Ashcombe 5) 11 PERLAS Y NEUMÁTICA
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11 PERLAS Y NEUMÁTICA

PERLAS Y NEUMÁTICA

Miles había llegado primero y había llevado consigo al canónigo.

Los tres estaban sobre la carbonilla, al pie de la cabina: Miles, con la gorra echada hacia atrás; Bott, con el cuaderno abierto, y el maquinista entre ambos, con una mano apoyada en el flanco verde de su locomotora. Nadie hablaba. Miraban un cerrojo.

Arkwright lo sostenía en la otra palma: seis pulgadas de latón partidas en dos, con el cerradero todavía sujeto a su placa.

—¿Hastings te ha dejado llevártelo? —preguntó Cecily.

—Me ha dejado llevarme los pedazos, milady. La puerta, no. —Miles señaló al maquinista con la cabeza—. Le he preguntado al señor Arkwright si un pasador así podía accionarse desde el pasillo. Con un alambre. Lo he visto hacer.

—Yo también —dijo Arkwright—. En uno barato.

—Le dio la vuelta al cerrojo. Tenía unas manos enormes que se movían como si jamás en la vida hubiesen volcado nada—.

Este lo hice yo. Pasador de seis pulgadas, de latón, con resorte; y encastré el cerradero en el marco un cuarto de pulgada más de lo que indicaba el diseño, porque a sir Everard no le hacía ninguna gracia que entrasen sin avisar.

Desde fuera no se puede levantar con un alambre.

Ni con un cuchillo. Habría que desmontar la puerta.

—Le devolvió los pedazos a Miles—. El señor Penrose lo rompió de la única manera en que se puede romper.

Dijo señor Penrose sin esa pausa que casi todo el mundo hacía ante el apellido de un criado, y Cecily vio que Miles lo había notado.

—Capítulo cuatro —dijo el canónigo Bott.

Todos se volvieron hacia él.

—Perdonen. Muerte en el empalme. Mi… es decir, la novela de un amigo.

En el capítulo cuatro, toda la trama gira en torno al cerrojo de un compartimento que se manipula desde el pasillo con una lazada de alambre para colgar cuadros, y el dato procedía de un libro muy bueno sobre cerraduras.

—Anotó algo a toda prisa—. Por lo visto, el libro se equivocaba.

O el cerrojo era más barato. Tendré que buscarle otra ocupación al asesino.

—Dele una llave, señor —dijo Arkwright—. Con una llave es más fácil.

—¿Es lo que habría hecho usted?

—Yo no habría echado el cerrojo. —El rostro del maquinista no se alteró—. Pero no soy asesino, señor. Soy ajustador.

Bott lo apuntó. Y aquello, pensó Cecily, era lo más útil que se había averiguado en toda la tarde, y se había averiguado para una novela detectivesca. Un hombre que ahora estaba muerto había echado el cerrojo desde dentro, y no había forma de echarlo desde ningún otro sitio.

—Señor Arkwright —dijo—, ¿construyó usted todo ese vagón?

—Lo reconstruí, milady. Desde el bastidor. Tres años. —Recorrió con la mirada toda su longitud verde, inmóvil en medio del campo—. ¿Le gustaría verlo?

—Muchísimo.

—Entonces tenga cuidado con el estribo. Está más alto de lo que parece.

Se lo fue enseñando con el mismo tono con que Cecily había oído hablar una vez de un barco a un carpintero de ribera de Cornualles: como si tuviera su propio genio y él hubiese aprendido a conocerlo.

Empezó por la calefacción de vapor, porque la tenían bajo los pies.

Tuberías bajo el suelo, alimentadas desde la locomotora; una válvula en cada compartimento, que sir Everard había exigido que fuera de latón y Arkwright había hecho de latón.

Las ventanillas de guillotina, con sus correas de cuero, montadas de nuevo sobre pasadores nuevos.

Los timbres eléctricos, uno por compartimento, que sonaban en la despensa, en un tablero de banderines numerados.

El freno de vacío, que pertenecía al ferrocarril y no era obra suya, aunque él había revisado la tubería palmo a palmo.

El gas para las lámparas, que le había hecho pasar las de Caín, según dijo, y le había costado un invierno.

—Y esto —dijo ya en el pasillo, apoyando la mano en un panel de lamas sobre las puertas de los compartimentos que Cecily había tomado por un adorno— es la ventilación.

Sir Everard no soportaba las corrientes, pero tampoco los ambientes cargados; le dije que tendría que elegir y él me dijo que había pagado por las dos cosas.

—Algo que acaso fuera una sonrisa cruzó su ancho rostro y desapareció—.

Así que… Bomba de aire en la locomotora.

Conducto principal a lo largo del techo.

Ocho ramales, uno por compartimento, cada cual con un derivador para que el ocupante pueda cerrar el suyo si quiere.

No se abren por debajo de veinte libras, y, una vez conectada la bomba, tarda treinta y cinco minutos en alcanzar esa presión; así nadie recibe una ráfaga de aire frío en cuanto salimos de una estación.

Después, el flujo es constante. Ni se nota que está ahí.

—Yo no sabía que estaba ahí.

—De eso se trata, milady.

Miles observaba las lamas con la cabeza echada hacia atrás.

—¿De dónde toma la presión la bomba?

—Del conducto del eyector. Igual que el freno. —Arkwright bajó la mano—. Era la única toma de vapor que tenía a mano sin pasar tuberías por el ténder. No es lo ideal. Pero este es un tren privado. No arrastra cuarenta vagones.

—No —dijo Miles, como si archivara el dato, y no preguntó nada más.

Cecily había dejado de escuchar; o, mejor dicho, había dejado de escuchar las palabras y había empezado a escuchar lo que latía bajo ellas.

Había oído hablar así a los hombres en las cocheras y, una o dos veces, en el frente, cuando hablaban de armas.

Era la voz de un hombre que amaba una máquina y había logrado que hiciera lo que nadie creía posible.

Las lamas, las tuberías, las válvulas de latón, los banderines de la despensa.

En aquel vagón había tres años de su vida, y él se lo enseñaba como quien guía a un invitado por una casa que ha levantado con sus propias manos, sin esperar que nadie se interese por ella.

—Debió de resultarle muy doloroso ver que lo usaban para esto —dijo.

—¿Que lo usara sir Everard, milady? Para eso se construyó.

—Abrió la puerta del coche técnico al final del pasillo y se hizo a un lado—.

Nadie construye algo para tenerlo guardado en un cobertizo.

Eso solía decir mi difunta esposa. Era de Chipping Barrow.

Le habría gustado ver pasar el Express esta mañana.

Se lo dijo al marco de la puerta y entró.

El vagón taller era un taller sobre ruedas, y durante un cuarto de hora Cecily fue absolutamente feliz.

Había un banco de trabajo con un tornillo de banco.

Había herramientas en sus soportes, cada una sobre su silueta pintada.

Había un torno, pequeño y precioso, atornillado al suelo.

Había instrumentos de medición cuyos nombres desconocía, y uno que sí conocía.

Se plantó delante de él, sin guantes y con las gafas puestas, y se puso a hacer preguntas.

Al maquinista lo sorprendieron. A Miles, estaba bastante segura, no.

Sam Pollard, al que habían mandado llamar, le enseñó el armario de suministros con el orgullo de un niño que enseña su propio cuarto a una visita.

Tenía el libro de registro. Se puso a leerlo porque ella se lo había pedido, y porque una baronesa le había pedido que leyera algo y él pensaba leerlo entero.

—Aceite para lámparas, dos gruesas. Zapatas de freno, de repuesto, ocho. Cilindro fumigante, uno, para las alimañas de los vagones. Arena, seis sacos. Barrotes de parrilla, cuatro. Empaquetadura de amianto, un rollo…

—¿Tienen alimañas?

—En primera clase no, milady. Con el señor Arkwright no. —Pollard puso cara de escándalo—. Eso es para los vagones de mercancías de Swindon. Allí lo echan a quintales. Los ratones se comen un vagón entero de grano para siembra en una semana si les dejas.

—Hay un ratón en mi cesta.

—Entonces habrá subido en Little Codding, milady, o desde el andén de Barrow. De nosotros no ha salido. —Cerró el libro de registro con dignidad—. El señor Arkwright hizo fumigar hasta el último rincón de este tren antes de que entrara en servicio. Es muy escrupuloso.

Arkwright, que lo había oído, se volvió desde el banco de trabajo.

—¿Un ratón, milady?

—Algo ha estado comiéndose el bizcocho de semillas.

Elsie está segurísima de que no ha sido el perro.

—Titubeó—. Señor Arkwright, ¿podría un ratón meterse en esos…

cómo los ha llamado… los conductos principales?

¿Los del techo? Se lo pregunto solo porque si hay uno puede haber una docena, y prefiero saberlo.

Lo sopesó como parecía sopesarlo todo: con toda su atención y ninguna prisa.

—Es posible. Esta mañana habría dicho que no. Pero un ratón se mete en cualquier sitio donde haga calor. —Se limpió las manos en un trapo—. Voy a mirar. Hay una trampilla de servicio al final del pasillo. Deme cinco minutos.

—No pretendía darle trabajo.

—Es mi vagón, milady. Si hay un ratón dentro, ese es mi trabajo.

Se fue. Lo oyeron en el pasillo, luego oyeron cómo levantaba un panel y después los leves ruidos de un hombre corpulento que se movía con cuidado en un espacio que no estaba pensado para él.

Pollard le enseñó a Cecily cómo se accionaba el torno, mediante una correa conectada al eje.

Miles estuvo un buen rato mirando un manómetro del mamparo. Bott escribía.

Arkwright volvió a los cinco minutos, tal como había dicho, con una mancha de hollín a lo largo de un puño y la gorra en la mano.

—Ahí no hay nada, milady. Está limpio. —Se puso la gorra—. Si tiene un ratón, está en la cesta, y yo diría que ha subido a bordo en la cesta. El bizcocho de la señora Fotheringill habrá viajado mejor de lo que la señora Fotheringill se imagina.

—Se lo diré de su parte.

—Preferiría que no, milady. Conozco a las amas de llaves.

Bajó a la carbonilla con las perlas oliendo a aceite de máquina y los guantes en el bolsillo. Elsie la esperaba al pie del estribo con una cara que ya se había formado una opinión sobre las perlas, y no dijo absolutamente nada, lo cual era peor.

—No me arrepiento de nada —dijo Cecily.

—No, milady.

—Era un torno excelente.

—Seguro que sí. —Elsie se puso a caminar a su lado—. Lord Harrington la ha estado buscando. El agente Fenchurch ya ha terminado con él, se ha tomado otra copa, y tiene algo que contarle a alguien, y ha decidido que ese alguien es usted.

Harrington estaba en el banco, en el extremo más alejado de Fenella, con un vaso que había traído del vagón restaurante desafiando a Hastings y un aire de enorme confidencia. Se levantó al verla, volvió a sentarse y le hizo señas para que se acercara.

—Lady Ashcombe. Un momento. Que no se entere el policía. —Bajó la voz lo justo para que se le oyera desde la garita de señales—. La secretaria. Honeycutt. La vi entrar, ¿sabe? Después del almuerzo. En el compartimento de Pyke. Pensé que eso no estaba permitido.

—¿Cuándo?

—La una y veinte. Y media. Por ahí. Yo estaba en el pasillo.

Llamó, él la dejó pasar, entró con una carpeta, y la puerta se cerró.

—Bebió—. No le di importancia. Pensé que se había dejado algo.

Y luego resulta que hay un hombre muerto, y ella le dice al policía que no entró en ningún momento, y yo pienso: vaya, vaya.

—¿Se lo ha contado al agente Fenchurch?

—Le he dicho dónde estaba yo. No me preguntó por ella.

—Harrington miró el interior de su vaso—.

No es asunto mío, ¿verdad? Solo que no dejo de darle vueltas.

Y usted es una mujer sensata. Todo el mundo lo dice.

—Levantó la vista, y por un momento no pareció nada borracho—.

No lo maté, ¿sabe? Ganas tuve. Todos las tuvimos. Pero no lo hice.

—Lo sé —dijo Cecily, sin saberlo, y fue a buscar a Hastings.

A su espalda, el maquinista había vuelto a subir a la cabina para atender el fuego.

Eran las cuatro y veinticinco, y la luz sobre los rastrojos tenía el color del latón.

Ahora sabía que la señorita Honeycutt había estado dentro del tercer compartimento con la puerta cerrada a la una y media, y que le había dicho a un inspector de policía, en una frase completa, que no.