10 LA DETENCIÓN DE UNA LOCOMOTORA
LA DETENCIÓN DE UNA LOCOMOTORA
No llegó hasta donde estaba Miles. Hastings la interceptó en el estribo del vagón restaurante.
—Lady Ashcombe. Le agradecería que estuviera presente.
—¿En sus interrogatorios?
—En los dos primeros. Usted conoce a esta gente; yo no.
La señorita Honeycutt le dirá menos a un policía que a una mujer con título, y el señor Higgins lleva un mes escribiéndole.
—Mantuvo abierta la puerta—. No hace falta que diga nada.
Preferiría que no lo hiciera. Quiero que escuche y que luego me diga qué se me ha escapado.
—Inspector, se me da fatal esto.
—Lo sé. Siempre acaba por caerle bien la gente. —Lo dijo sin cambiar de tono—. Es un defecto útil. Siéntese junto a la ventana.
La señorita Honeycutt se sentó con las manos cruzadas sobre el mantel y respondió a todas las preguntas en el orden en que se las hicieron, con frases completas, sin ofrecerle a Hastings el menor resquicio.
Sí, había servido el té: en la despensa, de la urna a la tetera y de la tetera a la taza.
Sí, lo había llevado. Sí, él había descorrido el cerrojo, ella había dejado la bandeja en la mesa y él había vuelto a echar el cerrojo tras ella.
No, no había vuelto a entrar. A él no le gustaba que lo molestaran.
Había llamado a la puerta a las dos y media con las cartas de Wycombe y a las tres con lo de Pratt, y lady Ashcombe había estado presente en ambas ocasiones y podía confirmarlo.
—Puedo confirmarlo —dijo Cecily, y una mirada bastó para acallarla.
—Entre la una y cuarto y las dos y media, señorita Honeycutt. ¿Dónde estaba usted?
—En mi compartimento. Trabajando. Tenía que preparar las cartas de Wycombe.
—¿Sola?
—Por lo general estoy sola, inspector. Es lo que tiene el puesto.
Hastings escribió algo. Cecily, junto a la ventana, observó el rostro de la secretaria y no encontró nada que observar en él.
No era un rostro inexpresivo; la inexpresividad habría sido en sí misma una pista.
Mostraba, simplemente, atención. Seis años atendiendo a un hombre que solo repara en los fallos enseñan a un rostro que la expresión más segura es la que no le da a nadie nada que corregir.
—¿Le caía bien? —preguntó Hastings.
La señorita Honeycutt consideró la pregunta igual que había considerado todas las demás: sin prisa.
—Me pagaba el día uno de cada mes —dijo—. Durante seis años. He conocido a hombres mucho más queridos que pagaban mucho peor. —Hizo una pausa—. Yo no lo maté, inspector. Me gustaría que constara en ese papel, ya que está usted anotando cosas.
—Ya consta. —Siguió escribiendo—. Gracias, señorita Honeycutt. Dígale al señor Higgins que pase.
Ella se levantó y salió, y Cecily pensó: el paquete. No había dicho nada sobre ningún paquete. Pero claro, tampoco se lo habían preguntado.
El alcalde se sentó donde antes se había sentado la secretaria, con el sombrero sobre la mesa y la bolsa en el suelo, y era, pensó Cecily, el peor testigo que había visto en su vida. No tenía nada que ocultar sobre lo ocurrido esa tarde, y se comportó de principio a fin como si lo tuviera.
—Dije lo que habría dicho cualquier hombre —le repitió a Hastings por tercera vez—. Usted lo oyó. Escombros. Lo habría vuelto a decir. Lo diría ahora mismo.
—Dijo que respondería por ello.
—Y ha respondido, ¿no? —El rostro de Higgins estaba ceniciento y tenso—. Pero no por mi mano.
—¿Dónde estaba usted a la una y cuarto?
—En el vagón salón. Con lady Fenella. Y el canónigo. —Lo dijo como quien relata una humillación—. Ella me habló sin parar. No recuerdo de qué. De algún sitio en el extranjero.
—Baden —dijo Cecily.
—Baden. Se pasó una hora hablándome de Baden mientras yo sujetaba un cojín, y luego entró un perro con un pastel. —Se tapó los ojos con la mano—. Que el cielo me asista, inspector, eso es todo lo que hice esta tarde.
—Es una buena tarde —dijo Hastings con suavidad—. Tiene testigos. —Pasó una página—. ¿Y la bolsa, señor Higgins?
El alcalde se apartó la mano de los ojos.
—Un cuello de camisa. Mi navaja de afeitar. Un camisón. Iba a pasar un día y una noche en Londres. Hice el equipaje como un hombre que va a pasar un día y una noche en Londres.
—¿Me permite?
Higgins empujó la bolsa por el suelo con el pie.
Hastings la abrió, miró dentro, la cerró y la devolvió empujándola.
Un cuello de camisa. Una navaja. Un camisón.
La mano del alcalde hizo un leve movimiento hacia el pecho de su abrigo y se detuvo.
Hastings no lo vio, o lo vio y se lo reservó para más tarde, que tratándose de Hastings venía a ser lo mismo.
—Se marchó usted del andén, señor Higgins.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quise. —Por primera vez alzó la voz—.
Porque hay un hombre muerto y yo dije que respondería por ello, y desde entonces todos los que estaban en ese andén me han estado mirando como si yo lo hubiera hecho con mis propias manos, y no pude aguantar ni un minuto más en ese campo con todos mirándome así.
Por eso. Siento haberlo hecho. Fue una estupidez.
Llevo once años de alcalde de Chipping Barrow y no había hecho una estupidez en toda mi vida hasta esta tarde, y no sé cómo se hace, y se me nota. —Se detuvo—. Puede anotar eso.
Hastings lo anotó.
—Gracias, señor Higgins. Con esto basta por ahora.
Cuando la puerta se cerró, el inspector se quedó un momento mirando sus notas.
—¿Y bien?
—Dice la verdad sobre lo de esta tarde —dijo Cecily.
—Sí. Miente sobre la bolsa. —Hastings tapó la pluma—.
No sobre el contenido: sobre el motivo. Nadie camina doce millas por un camisón.
—Se puso en pie—. Y la secretaria ha dicho la verdad en todo, y se las ha arreglado con mucho cuidado para que no se le pregunte nada más. ¿Cuál de los dos le preocupa más?
Cecily lo sopesó con toda sinceridad.
—Ella —dijo—. Él está asustado. Ella no.
—No —convino Hastings—. Ella no lo está. —Abrió la puerta que daba al andén—. Eso es lo que se me había escapado. Gracias.
Fuera, el andén de Stanway Halt se había organizado en torno a lady Fenella.
Se había apoderado del banco. Nadie lo había discutido.
Había caminado hasta él, la comitiva municipal se había puesto en pie como un solo hombre y ella se había sentado, con Duchess a su lado sobre una manta de viaje doblada.
El andén se había reordenado a su alrededor como limaduras de hierro alrededor de un imán.
Habían mandado al mozo a por té. El mozo, por asombroso que pareciera, había conseguido prepararlo con una tetera de la caseta de señales y servirlo en una taza de hojalata.
Ahora aguardaba el veredicto a una distancia respetuosa.
Fenella bebió un sorbo.
—Aceptable —dijo—. Aunque en Baden lo he tomado mejor.
El mozo, que en su vida había sido comparado con Baden y no sabía si había ganado o perdido, se retiró a sus escalones.
Bell fumaba al borde del andén, sosteniéndose un codo con la otra mano. El agente Fenchurch estaba a un metro de ella con el manual bajo el brazo. Era evidente que tenía sus opiniones sobre las damas que fumaban en las instalaciones del ferrocarril, y también que le habían enseñado a guardárselas.
—Dígalo, agente —dijo Bell, sin volver la cabeza.
—No hay nada que decir, doctora.
—Está pensando que no es decoroso.
—Estoy pensando, doctora, que hay un reglamento sobre el uso de llamas a menos de diez yardas del ténder. —Hizo una pausa—. Pero no estoy seguro de que pensaran en usted al redactarlo.
—Nadie piensa en mí al redactar un reglamento, agente. Es la única ventaja de ser una mujer que ejerce la medicina. —Dio una calada al cigarrillo—. Vaya a detener a alguien. Tiene usted cara de necesitarlo.
Y Fenchurch, que llevaba guardándose aquella idea desde lo de los telegramas, miró hacia la puerta del vagón restaurante, donde había aparecido Hastings. Se alisó la guerrera y fue hacia él.
—Capítulo catorce, señor.
—Le dije que se guardara esa idea, agente.
—Me la he guardado, señor. Ahora me gustaría soltarla.
Hastings lo miró. Y entonces, en un gesto que a Cecily le pareció muy digno de elogio, dijo:
—Adelante.
Fenchurch abrió el manual. Tenía localizada la página. Cecily vio que la había subrayado a lápiz, con regla.
—Procedimientos policiales para distritos rurales, señor.
Capítulo catorce, sección ocho. Excursiones y trenes especiales.
Cuando un tren esté autorizado a realizar excursiones en régimen de alquiler privado, el maquinista o la persona a cargo de la locomotora será responsable de la seguridad de todas las personas a bordo y, en caso de muerte o lesión grave de algún pasajero durante la excursión, el agente responsable de las diligencias procederá a su detención para interrogarlo hasta la llegada del médico forense del distrito.
—Levantó la vista—. Está muy claro, señor.
Se hizo un breve silencio.
—Agente —dijo Hastings con cautela—, propone usted detener al maquinista.
—Al maquinista a cargo de la locomotora, señor.
El señor Arkwright. —Fenchurch cerró el manual dejando el pulgar entre las páginas—.
No es que crea que lo hizo él, señor. Es que el libro dice que es responsable, y yo soy el agente encargado de las diligencias, y si no lo detengo y en la investigación judicial sale a relucir que no lo hice, entonces no habré cumplido con mi deber.
Prefiero hacerlo y equivocarme que no hacerlo y lamentarlo.
—Se cuadró—. Me gustaría hacerlo como es debido, señor.
Delante de testigos. Es lo que dice el libro.
Hastings sopesó el manual, al agente, el andén lleno de gente y los cuarenta minutos que quedaban antes de que hubiera que dejar libre el tramo de vía. Un policía de menos valía no habría llegado a la misma conclusión.
—Muy bien, agente. Como es debido. Delante de testigos.
El maquinista estaba en la plataforma de la locomotora y bajó cuando Fenchurch lo llamó.
Bajó sin prisa y se quedó de pie sobre la carbonilla junto a su máquina, con los brazos a los lados y la gorra puesta, un hombre corpulento y callado, en mono de trabajo.
Esperó a que le dijeran qué querían de él.
Detrás, la cara de Sam Pollard asomó por encima de la barandilla de la cabina y palideció.
—¿El señor Josiah Arkwright?
—El mismo.
—Señor, soy el agente Fenchurch, de la policía de Oxfordshire, responsable de las diligencias de esta excursión.
En virtud del capítulo catorce, sección ocho, de los Procedimientos policiales para distritos rurales, queda usted detenido, como persona a cargo de la locomotora, para ser interrogado en relación con la muerte de sir Everard Pyke.
—Tomó aire—. No está usted obligado a decir nada.
El maquinista miró al agente un momento.
—Muy bien —dijo.
Eso fue todo. No se rio, no protestó y no miró a nadie salvo al joven que tenía delante. Se limitó a aceptar la orden, con gravedad, como habría aceptado cualquier otra durante una jornada de trabajo, y se quedó de pie sobre la carbonilla, esperando la siguiente.
Fue el andén el que se rio.
Empezó con lord Harrington, que llevaba bebiendo sin pausa desde Chipping Barrow y había alcanzado el punto en que todo resulta trágico o hilarante.
Soltó un único ladrido de risa desde el banco.
Luego uno de los miembros de la comitiva municipal, sin poder contenerse.
Luego, desde el otro extremo, junto a su farol, el capitán Tuggles, con una sonora carcajada de barítono y júbilo marinero.
—¡Han arrestado a la locomotora! ¡Válgame Dios! Agente, tendrá usted que detener también a la caldera, que es la que está bajo presión.
—Ya está bien, capitán —dijo Cecily.
Nadie la oyó.
—¿Quiere ponerme grilletes, agente? —preguntó Arkwright.
No había burla en la pregunta. Cecily lo habría jurado. Era una pregunta práctica, de un hombre práctico.
—Es que tengo que mantener el fuego encendido y dejar libre este tramo de vía para las cinco menos cuarto, y no puedo hacer ninguna de las dos cosas desde una celda.
—Yo... no, señor. Nada de grilletes. —Fenchurch se había puesto del color de los gallardetes de Chipping Barrow—. Está detenido para ser interrogado. Puede usted ocuparse del fuego.
—Entonces subiré a ocuparme de él.
—Agente Fenchurch.
Hastings no se había reído. Dio un paso al frente y posó, brevemente, una mano en el hombro del joven. Habló con una voz que llegaba hasta el banco y no más allá.
—Ha detenido usted a una locomotora. Ha procedido correctamente.
Haré constar en mi informe que el agente responsable de las diligencias actuó conforme al capítulo catorce y que su superior dejó sin efecto la detención porque el maquinista es necesario para conducir el tren.
Usted escribirá lo mismo. Nadie le tendrá en menos por ello. —Una pausa—. Yo, desde luego, no.
—Señor.
La voz de Fenchurch no era del todo firme.
—Vaya a tomar declaración al señor Harrington. No está en condiciones de mentir.
Fenchurch se fue. Sobre la carbonilla, el maquinista se llevó una vez la mano a la gorra para saludar a Cecily y volvió a subir a la plataforma.
Se reanudaron los ruidos de trabajo en la locomotora, como si nada hubiera pasado.
La cara de Pollard desapareció. En algún lugar de la cabina se oyó el roce de una pala.
—Se deniega la libertad bajo fianza —dijo Fenella desde el banco, cuando todo había terminado—. Siéntese, agente, esté donde esté. Está poniendo nerviosa a la gata.
Duchess, sobre la manta de viaje, no había abierto los ojos. Bostezó entonces largamente, mostrando todo el interior rosado de la boca, y volvió a apoyar la barbilla en las patas.
Cecily miró al agente, que se alejaba de espaldas a ella por el andén. Llevaba el manual bajo el brazo. En el escalón del vagón restaurante se detuvo, sacó un lápiz de la guerrera y escribió algo con letra menuda en el margen de la página que había subrayado con regla. Luego entró.
No supo qué había escrito. En aquel momento, no le pareció que importara.