8 CAUTA, NO CANSADA
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CAUTA, NO CANSADA
Miles estaba en el pasillo cuando ella salió del vagón salón, de pie a la luz de la ventana del vestíbulo, como un hombre a la espera de que le dijeran dónde colocar algo.
—Ha mirado el pestillo —dijo Cecily.
—He mirado el pestillo, milady.
—¿Y?
—Es un pestillo.
—Miles.
—Estaba corrido desde dentro. Es un buen pasador de latón, de quince centímetros, y entraba sin dificultad en la hembrilla, y ha salido de ella en dos trozos porque lo he golpeado yo.
Los tornillos estaban bien apretados. Nadie los había tocado con una navaja.
La ventana es de guillotina, con correa y pestillo por dentro, y el pestillo estaba echado, y la correa en su gancho —dijo todo esto con la voz que empleaba para las bujías—.
Y me gustaría tener diez minutos para examinar el marco antes de decir nada que usted vaya a repetirle al inspector Hastings.
—Yo no repito las cosas.
—Se las repite a la señora Fotheringill.
—Eso no es repetir. Eso es informar. —Pero había oído lo que él no había dicho: un hombre que acababa de enumerar todo lo que estaba en orden en una puerta estaba pensando en lo que no lo estaba—. Diez minutos. ¿Qué es lo que quiere mirar?
—Nada, de momento. Eso es lo que quiero mirar.
—Le dio vueltas a la gorra entre las manos—.
Una puerta con el pestillo echado, una ventana cerrada y un hombre muerto en una silla.
Me gustaría saber si un pestillo así se puede correr desde el pasillo.
He visto hacerlo con un lazo de alambre en uno barato. Este no es barato.
Ella esperó. Él no continuó. Así era Miles. Le comunicaba un hecho en cuanto lo tenía, y ni un momento antes, y no había forma de hacerle aventurar nada más allá de lo que sabía.
—Hastings ha precintado el compartimento.
—Sí, milady. Ha hecho bien.
—Entonces le pedirá permiso.
—Se lo pediré en Stanway. Dirá que no. —Miles se puso la gorra—. Y entonces se lo pediré al maquinista, porque el vagón es suyo, y querrá saberlo tanto como yo.
Se dirigió hacia la parte delantera del tren. Cecily lo vio alejarse. Luego entró en su compartimento, porque la alternativa era quedarse de pie en el pasillo, pensando, y Fenella había sido muy clara respecto a eso de rondar por ahí.
El cesto seguía donde lo había dejado, enderezado ya, con la tapa abierta. Se sentó a su lado, sin mirarlo, y se puso a pensar.
Aquella mañana, en el camino alto, se había dicho que hablaría con Pyke, que lucharía contra él por las vías legales y que aceptaría lo que viniera.
Había cumplido la primera parte y le habían explicado cómo funcionaba la maquinaria.
Ahora la maquinaria se había detenido. Alguien había recorrido aquel pasillo y había puesto la muerte en una taza.
Los papeles no se presentarían. El marido de la señora Amos Pickering seguiría enterrado donde estaba otro año más.
A la una y cuarto, Cecily había obtenido todo lo que había deseado a la hora del desayuno.
Descubrió que no quería nada de eso.
No bastaba con que una cosa saliera bien.
Tenía que salir bien como es debido, o no había salido bien en absoluto.
Si San Kenelmo se salvaba gracias a aquello, no estaba salvado.
Solo había ganado una prórroga, pagada con la vida de un hombre, y todas las madres que se detuvieran ante aquellas lápidas lo sabrían.
Podía dejárselo a Hastings. Era competente. Tranquilo, preciso, con método. Seguiría la cadena de la urna a la tetera, de la tetera a la taza, de la taza a la mano, y al final de la cadena encontraría a alguien.
Ese era el problema. Encontraría a alguien.
Estaba la señorita Honeycutt, que había servido el té y llevado el té y estado a solas con aquel hombre, y que tenía seis años de motivos.
No tenía ni un amigo en ese tren, ni dinero.
Tenía un guante remendado. Si la cadena llevaba adonde suelen llevar las cadenas, sería la persona más fácil de ahorcar en toda Inglaterra.
Estaba el alcalde Higgins, que le había dicho usted responderá por esto a aquel hombre a la cara, delante de cuarenta testigos, y que dos horas después había resultado ser un profeta.
Estaba sentado en el vagón salón, con el cojín de Fenella entre los brazos, porque no tenía otra cosa a la que aferrarse.
Estaba lord Harrington, borracho y arruinado, plantado ante aquella puerta con la mano en alto.
Y estaba, si había que ser sincera —y a Cecily la habían educado para serlo—, una baronesa con un agravio público, un compartimento dos puertas más allá y ningún testigo de su tarde salvo un perro con antecedentes penales.
Hastings encontraría a alguien. Lo que no sabía era si encontraría al culpable. En un puesto de evacuación de heridos había aprendido que los callados, los que se dejan trasladar sin protestar, son los que acaban en la tienda equivocada.
No iba a dejárselo a Hastings.
Gloria de Dios es encubrir un asunto. El versículo le vino a la memoria como le venían siempre, sin avisar y palabra por palabra, con la voz de su padre al leer, desde un domingo que no habría sabido situar.
Mas honra de los reyes es escudriñarlo. Recordaba que una vez había predicado sobre él.
Había dicho desde el púlpito, con su tono apacible, que aquel versículo era la única licencia que daba la Escritura para curiosear, y que pensaba aprovecharla al máximo.
La parroquia se había reído. Ella tendría entonces unos nueve años.
No había entendido por qué tenía gracia.
Ahora, en un tren, entendía que les había estado diciendo que seguiría haciendo preguntas hasta obtener respuestas, y que lo había dicho por bondad.
Tampoco pensaba estorbar a Hastings. Eso sería una estupidez, y su padre no la había criado para ser estúpida.
La había criado para ser útil, que era más difícil.
Haría lo que había hecho en Ashcombe, en el jardín y en la cochera.
Estar presente. Escuchar. Conocer a la gente.
Fijarse en lo que los policías no veían, porque los policías no habían almorzado con aquella gente.
Miró el cesto.
Elsie la encontró allí veinte minutos después, de rodillas en el suelo del compartimento, con el bizcocho de semillas entre las manos, volviéndolo hacia la luz.
—Milady, pero ¿qué está…?
—Mira esto.
El bizcocho de semillas era de la señora Rigsby: denso, pálido y muy bueno. El paño que lo envolvía estaba doblado hacia atrás. En una esquina se veía una hilera de pequeñas marcas paralelas, tan regular como un dobladillo, y unas cuantas migas esparcidas.
—Eso no ha sido Pip.
—No.
—Pip no roe, milady. Pip arranca. Si Pip le hubiera puesto las patas encima, no quedaría esquina.
—Lo sé.
Cecily volvió a girar el bizcocho. Las marcas eran diminutas.
—Hay un ratón en este tren, Elsie.
—Hay ratones en todos los trenes. El señor Pratt dice que salen de las vías muertas por la noche y que la compañía echa veneno a quintales y no sirve de nada.
Elsie le quitó el bizcocho de las manos y volvió a envolverlo con un gesto firme, de reprimenda.
—Se ha comido la esquina. Lo demás está limpio. Cortaré la parte mordida.
—No se lo digas al capitán.
—No pensaba decírselo al capitán. Pensaba decírselo a lady Fenella, para que sea ella quien se lo diga cuando mejor le convenga.
Elsie devolvió el bizcocho a la cesta y cerró la tapa.
—Está sentado en el vagón salón con cara de domingo lluvioso porque ella no le deja levantarse.
En cuanto el inspector termine con él, volverá a la plataforma de la locomotora y allí se quedará.
Pollard dice que desde que existen los ferrocarriles no se ha acercado un ratón a menos de seis metros del hogar de una locomotora.
Se sentó enfrente, con la cesta entre las dos. Habían crecido juntas en la misma vicaría. Había cosas que no hacía falta decir.
—Ya se ha decidido —dijo Elsie.
—Sí.
—Me lo imaginaba.
Abrió el cuaderno verde, pasó la página donde estaba anotada la hora y buscó una en blanco.
—¿Por dónde quiere que empecemos?
—Por ella.
La pluma de Elsie se detuvo.
—La señorita Honeycutt.
—No te cae bien.
—No la conozco. Eso es otra cosa. Le diré lo que sí sé, milady, y luego usted decidirá qué hacer con ello.
Lleva seis años al servicio de un hombre que jamás le dio los buenos días, al menos delante de mí.
Se ha remendado los guantes ella misma. Subió tres maletas por un escalón sin tener que acomodárselas en las manos, y eso no se aprende en un año.
Está cansada. El cansancio lo reconozco donde sea.
Yo también he estado cansada. Pero no es cansancio lo que veo cuando habla.
Es cautela. Se piensa cada palabra, y no me refiero a que sea tímida.
Las personas tímidas piensan en sí mismas.
Ella piensa en usted. En lo que ha oído. En lo que pensará de ello.
Hubo una pausa.
—Llevo veinte años sirviendo, milady. Sé distinguir entre una mujer agotada y una mujer que oculta algo. Esa oculta algo.
—Eso no la convierte en asesina.
—No, milady. No la convierte. No digo que lo sea.
La voz de Elsie era serena, sin dureza.
—Digo que me dio pena en cuanto vi esos guantes, y me la sigue dando, y que no le daría la espalda en una despensa. Las dos cosas a la vez. Una persona puede dar lástima y aun así haberlo hecho. Pensaba que Francia le había enseñado eso.
Cecily guardó silencio.
—Me lo enseñó —dijo por fin.
—Entonces empezaremos por ella.
Elsie escribió el nombre en lo alto de la página en blanco, con su letra pequeña y recta.
—Y seremos justas. Más justas que el inspector. Él solo tiene una cadena. Nosotras tenemos el resto de la tarde y un compartimento entero de bizcocho de semillas.
Al otro lado de la ventanilla, la luz empezaba a caer oblicua y el Express aminoraba la marcha. A lo lejos, más allá de los rastrojos, al final de un largo tramo recto de vía, había un andén con dos farolas apagadas. Visto desde allí, el andén resultaba tan insuficiente como había dicho Hastings.