Asesinato En El Cotswold Express (Los Misterios de Lady Ashcombe 5) 6 LA PUERTA CON CERROJO #2
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6 LA PUERTA CON CERROJO #2

El tren siguió su marcha.

Era una buena puerta, maciza y revestida de roble, construida para durar un siglo. El picaporte de latón no se movió. Encima, un pequeño cuadrado de cristal esmerilado no mostraba más que la silueta gris de un estor bajado.

—Señorita Honeycutt —dijo Cecily—, ¿echa también el cierre de la ventana?

—Siempre. No soporta las corrientes de aire.

—Entonces tendremos que abrir la puerta. Pratt, ¿hay alguna llave?

—No para el pestillo, milady. El pestillo está por dentro.

—Entonces necesitaremos a alguien que sepa abrir una puerta sin llave. —Ya se había puesto en marcha—. Quédense aquí. Los dos. No dejen entrar a nadie más en el pasillo.

Recorrió el tren casi a la carrera.

Miles estaba en el furgón de equipajes, entre las maletas, sentado en un baúl de viaje, sin chaqueta y con un ejemplar de The Autocar. Se puso en pie antes de que ella terminara de pronunciar su nombre.

Se lo contó de camino, mientras regresaban. No tardó mucho, porque había muy poco que contar. Una puerta, un pestillo, un hombre que siempre contestaba y que esta vez no lo había hecho. Escuchó sin interrumpir e hizo una sola pregunta:

—¿Hacia qué lado corre el pestillo?

—No lo sé.

—Bien. Entonces tendré que golpear abajo y a la izquierda.

Lo dijo como decía todo lo relacionado con la mecánica: como un hecho que ya había comprobado. Y luego, con otra voz, al entrar en el pasillo de primera clase y ver la cara de la señorita Honeycutt, añadió:

—Puede que no sea nada, milady.

—Sí.

—Intentaré no romper el marco.

Ahora había público en el pasillo. Bell estaba allí, con su bolso; había salido de su compartimento al oír los golpes y no había hecho preguntas.

Elsie estaba allí. Por la puerta del coche salón había aparecido Fenella, sin el cojín ni el alcalde, y observaba con Duchess en brazos y los labios apretados.

Miles tanteó el marco para localizar el pestillo, colocó el hombro y golpeó la puerta una sola vez, abajo y a la izquierda, echando todo su peso contra ella.

El pestillo cedió con un estampido como un pistoletazo. La puerta se abrió hacia dentro.

Sir Everard Pyke estaba sentado muy erguido en el asiento del rincón, con la cabeza apoyada en el antimacasar y una taza de té a medio beber sobre la mesa abatible, junto al codo. Tenía el rostro congestionado. Los ojos abiertos.

Miles se detuvo en la puerta. No entró.

Bell pasó junto a él sin decir palabra. Estuvo dentro cosa de un minuto.

Cecily había hecho aquello mismo cien veces en Francia: el cuello, la muñeca, los ojos, la palma de la mano sobre el pecho y luego retirarla.

Bell hizo lo propio, se enderezó y se quedó mirando al hombre sentado con la expresión de una médica que deja constancia de un hecho.

—Está muerto —dijo Bell—. Desde hace una hora, como mínimo. Probablemente más.

—¿Cómo?

—Tengo que asegurarme. —Se inclinó de nuevo, acercándose al rostro y luego a la taza sobre la mesa, y Cecily vio que se le movían las aletas de la nariz. Cuando se enderezó, tenía la boca apretada—. Pero no voy a equivocarme. Cianuro. En el té, diría yo.

Nadie dijo nada.

Detrás de Cecily, en el pasillo, la señorita Honeycutt dejó escapar un breve soplo de aire y no volvió a emitir sonido alguno.

Elsie le había cogido el codo a la secretaria y lo sujetaba con firmeza.

Fenella no se había movido. Desde la puerta del coche salón llegaba la voz del canónigo Bott, baja, recitando las palabras que decía en estas situaciones, porque llevaba veinte años diciéndolas y su boca ya no lo necesitaba a él para recordarlas.

Y Pip, que había seguido a Cecily por el pasillo y ahora estaba a sus pies, miró una sola vez hacia el interior del compartimento y se sentó.

No gruñó. No retrocedió. Simplemente se sentó, en el pasillo, exactamente donde estaba, y se negó a entrar. Cuando Cecily movió el pie, el perro se apoyó en él. Tenía las orejas gachas.

Cecily miró al perro. Luego al hombre sentado, con los guantes doblados junto a la taza, los papeles en el regazo y los documentos de la línea Pyke, firmados ante testigos, en una cartera de piel sobre el asiento de al lado.

Estaba más erguida que un momento antes.

Su respiración se había vuelto más lenta.

Las manos le reposaban inmóviles a los costados.

Conocía esa sensación. No la había vuelto a sentir desde 1918. Era la que sentía en un puesto de socorro cuando llegaban las primeras ambulancias.

—Elsie —dijo, sin volverse—. Tu cuaderno.

—¿Milady?

—Una página en blanco. Anota la hora. Las tres y diez.

Luego anota quién está en este pasillo y dónde está cada uno.

—Oyó cómo destapaban la pluma a su espalda—.

Pratt. Que nadie entre en este compartimento.

Nadie. Señorita Honeycutt, vaya a sentarse al coche salón.

Elsie le llevará té. Doctora Bell, ¿cuánto tiempo necesita?

—Diez minutos. Más, si quiere que lo haga bien.

—Hágalo bien.

—Esa es mi intención.

Se oyó un paso en el pasillo, detrás de ellos, y una voz que Cecily no había oído hasta entonces. Era una voz baja, que en toda su vida no se había alzado ni una sola vez.

—Lady Ashcombe. Me haré cargo yo, si me lo permite.

Cecily se volvió. El abrigo oscuro estaba junto a la puerta del compartimento, con el periódico todavía doblado bajo un brazo. El inspector Julian Hastings tenía un rostro delgado y paciente, y no miraba el cadáver, sino el pestillo, que colgaba del marco astillado sujeto por un único tornillo.

—Inspector —dijo Cecily—. Tenía entendido que estaba usted de vacaciones.

—Lo estaba. —No apartó la vista del pestillo—. Que nadie toque nada. ¿Quién es el responsable ferroviario de mayor rango a bordo?

Antes de que nadie pudiera responderle, se produjo un alboroto en el extremo delantero del pasillo y por la puerta del vestíbulo entró una masa de vapor y polvo de carbón con forma de hombre.

El capitán Tuggles había recorrido corriendo todo el tren desde la cabina de la locomotora, alertado por un rumor.

Llegó con la gorra en la mano y el bigote de punta.

Se detuvo. Abarcó con la mirada la puerta, a la doctora, el asiento y al hombre sentado en él.

Se quitó la gorra.

—Hombre al agua —dijo en voz baja, y nadie lo corrigió.