Asesinato En El Cotswold Express (Los Misterios de Lady Ashcombe 5) 6 LA PUERTA CON CERROJO
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6 LA PUERTA CON CERROJO

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LA PUERTA CON CERROJO

La tarde se aquietó.

La sobremesa en un tren no se parece a ninguna otra hora del día.

El coche fue quedándose en silencio poco a poco.

A lo largo del pasillo se cerraban puertas con el suave y civilizado clic de quienes no desean que los molesten ni quieren dar la impresión de estar evitándose unos a otros.

En algún lugar se dobló un periódico. El Express seguía avanzando por lo alto de las colinas a una velocidad constante de sesenta millas por hora, con el sol ya a su espalda y la sombra por delante sobre los rastrojos.

El traqueteo se transmitía a través del suelo.

Un vagón entero de personas que habían comido bien coincidía, sin mediar palabra, en que no hacía falta que ocurriese absolutamente nada hasta la hora del té.

En su compartimento, Cecily volvió a leer la carta de la señora Amos Pickering y luego la guardó, porque ya se la sabía de memoria y releerla solo era una manera de enfadarse sentada.

Optó por llevarse a Pip de paseo por el pasillo, guiada por el principio de que a un terrier que se ha comido dos trozos de lenguado y una ración de cordero conviene sacarlo a pasear antes de confiarle la tapicería.

El pasillo era largo y se balanceaba. En el extremo que daba al coche salón, la puerta estaba abierta.

Fenella ocupaba el asiento de la esquina con Duchess en el regazo.

Enfrente estaba sentado el alcalde Higgins, muy erguido, sin hablar, sujetando uno de los cojines de la propia Fenella contra el pecho con ambos brazos, como un hombre que sostiene a un niño que no es suyo.

Fenella hablaba de Baden y de la pésima calidad del café en Baden, sin mirar ni una sola vez el cojín.

El canónigo Bott estaba sentado junto al alcalde, con su libreta cerrada.

Cecily no entró.

De regreso, a mitad del pasillo de primera clase, frente al tercer compartimento, lord Harrington estaba de pie con una mano alzada, como dispuesto a llamar a la puerta.

No llamó. Se quedó mirando la puerta. Luego volvió la cabeza, vio a Cecily y al perro, y bajó la mano como si fuera a ajustarse el puño.

—Lady Ashcombe.

—Lord Harrington.

—Quería hablar con Pyke. De negocios.

Se lo dijo a la puerta más que a ella.

—Por lo visto, no le gusta que lo molesten.

—Eso tengo entendido.

—No. En fin.

Miró la puerta un instante más. Luego se dio la vuelta y se alejó por el pasillo hacia la parte trasera del tren, con paso no del todo firme. Pip lo vio marchar con la cabeza ladeada y enseguida perdió el interés.

Al fondo, junto a la ventanilla del vestíbulo, el abrigo oscuro permanecía de espaldas a ella, mirando hacia fuera con el periódico doblado bajo el brazo.

El inspector Hastings, según le habían dicho durante el almuerzo.

Un policía de vacaciones. No se volvió cuando ella pasó a su lado.

Cecily tuvo la impresión, sin saber bien por qué, de que la había oído acercarse desde bastante lejos.

Emprendió el camino de regreso hacia su compartimento y fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no tenía perro.

Lo había llevado pegado a los talones frente al coche salón.

Lo había llevado pegado a los talones, estaba casi segura, mientras Harrington se ajustaba el puño.

Ahora no estaba allí, el pasillo se hallaba desierto en ambas direcciones y, desde algún punto a sus espaldas, llegó el chasquido leve, seco e inconfundible del bramante verde de jardinería que cedía ante el empeño de un diente decidido.

—Pip.

Siguió una pausa de esas que se producen tras llamar a alguien por su nombre en un jardín al atardecer. Luego, la puerta de su compartimento, que había dejado entornada apenas un par de centímetros, se abrió unos sesenta centímetros más, empujada desde dentro, y Pip salió.

Salió reculando. No le quedaba más remedio, dado lo que llevaba en la boca: el pastel de caza.

Era el de la señora Rigsby, preparado la noche anterior, con una masa escaldada concebida para resistir un viaje, pero no a un terrier.

Tenía más o menos el tamaño de la cabeza del perro.

Pip lo llevaba agarrado por el borde ondulado y caminaba levantando mucho las patas, con la cautela propia de un perro pequeño que transporta algo muy por encima de su condición social.

Vio a Cecily. Evaluó la situación. Dio media vuelta y echó a andar por el pasillo hacia el coche salón, justo a la máxima velocidad a la que una baronesa podía seguirlo sin perder la dignidad.

—¡Pip! ¡Suelta eso ahora mis…!

Elsie salió del oficio con una bandeja de té, vio el pastel y soltó un sonido que Cecily no le oía desde el día en que la cabra de la vicaría se metió en la sacristía.

—¡Es el pastel!

—Ya sé que es el pastel.

—¡Es el de la señora Rigsby…!

—Lo sé, Elsie.

Fueron tras él. Pratt, que venía en sentido contrario con el servicio de plata para la tarde, se pegó al revestimiento de madera con la bandeja sostenida sobre la cabeza y la expresión de un hombre que ha visto caer el Imperio.

Se abrió una puerta y lord Harrington se asomó, miró hacia abajo, vio pasar un pastel a la altura de las rodillas y volvió a cerrar sin hacer apenas ruido.

Junto a la ventanilla del vestíbulo, el abrigo oscuro no se dio la vuelta.

Pero el periódico, Cecily estaba casi segura, tembló.

La puerta del coche salón estaba abierta de par en par, y Pip la cruzó como un obús a través de un aro de papel.

Fenella bajó la vista al ver llegar a Pip por la alfombra.

—Ah.

Lo dijo como si acabara de llegar el segundo reparto del correo. Duchess abrió ambos ojos. Y el alcalde de Chipping Barrow, sentado muy erguido con un cojín apretado contra el pecho, se encontró con un jack russell terrier plantado sobre sus zapatos y depositándole un pastel de caza en el regazo.

Pip retrocedió un paso. Se sentó. Miró al alcalde, luego al pastel y de nuevo al alcalde, por si no había quedado clara la intención.

Higgins bajó la mirada hacia el pastel.

Durante un instante, su rostro no reflejó nada. Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que se le quebró a la mitad. A su lado, el canónigo Bott soltó el aire que llevaba conteniendo desde el almuerzo.

—Bueno —dijo Higgins en cuanto pudo.

Se secó los ojos con el dorso de la mano.

—Bueno. Es lo primero que me regala alguien en todo el día.

—Es un filántropo —dijo Fenella—. Lo suyo es una enfermedad. Una vez le regaló un conejo al obispo de Oxford.

—Medio conejo —dijo Cecily mientras aparecía en el vano de la puerta con lo que le quedaba de dignidad—. Señor Higgins, lo lamento muchísimo. Pip. Ven aquí. Ahora mismo.

Pip no acudió. Tras haber hecho entrega del pastel, caminó con gran compostura hasta donde estaba sentado el canónigo Bott, se sentó sobre sus zapatos y alzó la mirada.

Se había entregado un pastel. Los pasteles estaban para comérselos.

Seguro que un hombre de Dios encontraría la manera de darle su parte al repartidor.

Bott miró al terrier. Luego al pastel en el regazo del alcalde, con la corteza rota y su espléndido relleno marrón a la vista. Después, desvalido, miró a Cecily.

—La señora Fotheringill sí que dijo que había que vigilarlo —dijo.

—Para reservárselo a usted, canónigo. No para que lo vigilara él.

—Sí. Ahora me doy cuenta.

Volvió a mirar a Pip. Pip alzó los ojos.

—Lady Cecily, supongo que no habrá un cuchillo.

Había un cuchillo. Pratt lo sacó de algún sitio, junto con un plato y cuatro tenedores.

El alcalde de Chipping Barrow, el canónigo de Little Codding y lady Fenella Crowthorne, la viuda, compartieron el pastel de caza de la señora Rigsby a las dos menos cuarto de un martes por la tarde, con un terrier bajo la mesa al que le iban dando la corteza, y durante diez minutos nadie pensó lo más mínimo en ferrocarriles.

Cecily regresó a su compartimento. La cesta estaba volcada de lado, con la tapa abierta, el bramante hecho pedazos y el bizcocho de semillas, por fortuna, intacto. La enderezó. Se sentó a su lado. La tarde siguió aquietándose y, en algún momento, sin proponérselo, se quedó dormida.

Se despertó al oír unos golpes.

No eran fuertes. De hecho, era una llamada muy discreta: tres toques ligeros con los nudillos, el modo de llamar de quien tiene orden de no molestar y molesta lo menos posible. Venían del pasillo. Se incorporó. Pip estaba despierto a sus pies, con las orejas tiesas.

Volvieron a llamar. Luego sonó una voz de mujer, baja, con el volumen justo para atravesar una puerta y no llegar más allá.

—¿Sir Everard? Son las dos y media. Las cartas de Wycombe, para firmar.

Nada.

—¿Sir Everard?

Cecily se levantó y abrió la puerta de su compartimento. La señorita Honeycutt estaba ante el tercer compartimento con una carpeta de cuero apretada contra el pecho. Se volvió al oír la puerta y su rostro, por un instante, bajó la guardia y pareció muy joven. Luego ya no.

—Perdóneme, lady Ashcombe. No quería despertarla.

—No lo ha hecho. ¿Ocurre algo?

—No. No, estará trabajando. No le gusta que lo interrumpan cuando trabaja. —Miró hacia la puerta—. Tocará el timbre cuando me necesite.

—¿Suele contestar?

—No suele hacerle falta. —Hizo una pausa—. Las dos y media es temprano. Volveré a las tres.

Se alejó por el pasillo con la carpeta. Cecily permaneció un momento más en el umbral. Al otro lado de la tercera puerta solo se oía el ruido del tren.

A las tres en punto, Pratt llegó por el pasillo con el té, y a las tres en punto la señorita Honeycutt estaba de nuevo ante la puerta, y esta vez, cuando Cecily salió al pasillo, no fingió que iba a ninguna otra parte.

—Sir Everard. —La secretaria ya no hablaba en voz baja—. Sir Everard, son las tres. Su té.

Pratt aguardaba detrás de ella con la bandeja y la expresión de un hombre al que habían enseñado a no tener ninguna.

—Se habrá quedado dormido —dijo la señorita Honeycutt.

—¿Suele hacerlo?

—No.

Lo dijo en voz baja y luego, con un movimiento breve y contenido, volvió a llamar, esta vez con decisión, con la palma de la mano.

—Sir Everard.