5 UN BRINDIS POR LA LÍNEA PYKE
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UN brINDIS POR LA LÍNEA PYKE
El almuerzo se sirvió a las doce y media, y el capitán Tuggles se dirigió a popa para tomarlo.
Entró desde la plataforma de la locomotora, con una mota de hollín en la mejilla y tres horas de felicidad absoluta en todo lo demás. Ocupó sin pedir permiso la silla contigua al doctor Bell y desplegó la servilleta con un chasquido que hizo que Pip se incorporara debajo de la mesa.
—La cámara de oficiales —dijo—. Magnífica. A bordo se come bien, lady Fenella. Eso hay que reconocérselo a esta locomotora.
—Yo todavía no tengo nada que reconocerle —dijo Fenella—. No ha llegado la sopa.
—¡Sopa! —El capitán se frotó las manos—.
A estas horas, doctor, en casa habría una pierna de carnero.
El asado de carnero que prepara los martes la señora Tuggles haría llorar a un obispo.
Salsa de alcaparras. Cebolla. Patatas asadas en la grasa.
—Contempló el mantel blanco y las pinzas georgianas para el azúcar.
Una sombra de añoranza le cruzó el rostro, y la reprimió con varonil entereza—.
En fin. Navegar es navegar. ¿Qué tenemos?
—Consomé —dijo Bell, leyendo la minuta—. Lenguado. Silla de cordero. Un bocado salado. Pudín.
—Cordero. —El capitán lo consideró como quien considera a un primo de la persona amada—. Bueno. Es de la familia.
Llegó el consomé. Estaba muy bueno, y Fenella así lo dijo, lo que hizo palidecer un poco a Pratt, de puro alivio. Nadie se desmayó.
—Me habían prometido desmayos —dijo Bell, recorriendo el vagón con la mirada—. Figuraban en la minuta.
—Dele tiempo —dijo Fenella—. Harrington ha pedido el borgoña.
Llegó el lenguado. Duchess, instalada sobre su servilleta doblada, abrió un ojo para mirarlo.
Sin bajar la vista, Fenella trasladó un pedazo de su plato a un platillo y el platillo al asiento; el ojo volvió a cerrarse, el lenguado desapareció y en ningún momento pareció que la gata se hubiese movido.
Debajo de la mesa, Pip recibió un pedazo bastante más grande de manos del capitán Tuggles, que creía que nadie lo había visto y no había contado con Elsie.
—Capitán, ese perro va camino de convertirse en una silla de cordero.
—Es un perro de trabajo, señorita Pickering. Ratonero de a bordo. Tiene derecho a su ración.
—Es una deshonra para la nobleza y ya lleva dos.
En la mesa contigua, con la comitiva municipal, Bott comía su lenguado con suma concentración.
Le habían preparado unas galletas de mantequilla para el viaje y aún no lo sabía.
Lord Harrington, solo en el extremo más alejado y de espaldas a los demás, devolvió el plato intacto y pidió la carta de vinos; después de leerla, preguntó si no habría otra.
En la mesa más próxima al aparador, donde mejor daba la luz, sir Everard Pyke no comía en absoluto.
Por fin se había quitado los guantes, que descansaban doblados junto al plato.
Su secretaria estaba sentada a su lado. Pyke tenía el portadocumentos abierto delante y leía pasando las hojas con un dedo.
Cuando llegó el lenguado, desplazó el plato dos centímetros y medio hacia la izquierda sin mirarlo.
Cecily nunca había visto a nadie asistir a un almuerzo en su propio honor como si la cosa no tuviera absolutamente nada que ver con él.
Entre el lenguado y el cordero, se puso en pie.
No golpeó una copa. No le hacía falta. Se levantó, y el vagón enmudeció, y aguardó hasta que se extinguió el último murmullo. Nunca había tenido que esperar mucho.
—Señoras y señores. —No alzó la voz—. Han tenido la amabilidad de honrar con su presencia el viaje inaugural del Cotswold Express y les estoy agradecido.
Les han dicho que el Express es una restauración.
No lo es. Es un anuncio. —Apoyó una mano abierta sobre el portadocumentos—.
Estas son las escrituras del ramal de Chipping Barrow.
Llevan dieciocho meses en preparación. Se presentarán en Londres hoy a las seis de la tarde y, una vez presentadas, la línea Pyke unirá este valle con la costa sin que una sola milla esté en otras manos que las mías.
Me propongo firmarlas aquí, en este tren, sobre esta mesa.
Quisiera un testigo. —Sus ojos recorrieron el vagón y se detuvieron—.
Canónigo. Es usted hombre de Iglesia. Su nombre tiene peso.
El canónigo Bott dejó la cuchara.
Se hizo un breve silencio. El rubor asomó por encima del cuello de la camisa y fue ascendiendo.
Por un instante, Cecily pensó que haría lo que le había visto hacer cientos de veces: tartamudear, disculparse y echar mano de la libreta.
No hizo ninguna de las tres cosas. Se levantó con cuidado para no sacudir la mesa y se llevó las manos a la espalda.
—Me temo que no puedo estampar mi nombre ahí, sir Everard.
—Es una firma, canónigo. No una absolución.
—Comprendo la diferencia. Le niego ambas.
—Lo dijo sin acalorarse. No parecía valiente, exactamente.
Parecía un hombre que, en las últimas tres horas, había descubierto dónde estaba su propio límite y se mantenía justo sobre la raya con los talones juntos—.
Tengo gente en ese cementerio. No son de los míos.
Pero soy sacerdote, y todos son de los míos.
—Volvió a sentarse—. Discúlpenme. El cordero se enfría.
Pyke lo observó un instante con algo que casi parecía interés.
Luego siguió recorriendo el vagón con la mirada.
Pasó de largo ante Bell, que se la sostuvo sin ofrecerle nada.
Pasó de largo ante el abrigo oscuro y el periódico doblado, sin que su dueño levantara la vista. Se detuvo en el extremo opuesto.
—Harrington.
Lord Harrington se volvió en la silla. Tenía una copa en la mano y, a juicio de Cecily, había estado deseando con toda su alma que nadie reparase en él.
—Es usted par del reino y miembro del consejo de administración de la compañía. Venga a dar fe.
Harrington se acercó. Le llevó su tiempo. Se trajo la copa, la dejó en la mesa de Pyke y aceptó la pluma que le tendía la secretaria. La mano le tembló al inclinarse sobre el papel. Pyke lo vio y no le importó. Dos firmas, una pasada de papel secante. La segunda copia, otras dos. Listo.
Pyke alzó la copa que Harrington había dejado en la mesa. Era la de Harrington y estaba medio llena, y Pyke no pareció reparar en ninguna de las dos cosas.
—Por la línea Pyke —dijo.
Nadie respondió. Entonces, desde el extremo del vagón más próximo a la locomotora, el capitán Tuggles, formado en una Armada donde los brindis se secundan piense uno lo que piense, respondió con voz ronca:
—Por la línea.
Bebió y puso cara de arrepentirse.
—La costumbre —le dijo a Bell en voz baja—. Se brinda por el rey, por el barco, por quien paga. Cuarenta años así. Ni siquiera he notado el sabor.
La comitiva municipal de la mesa contigua musitó algo que podía haber sido cualquier cosa. Fenella no se movió.
El alcalde Higgins se puso en pie.
No dijo nada. Dejó la servilleta sobre la mesa, doblada una vez, recorrió el vagón restaurante hasta la puerta y salió. La puerta se cerró a su espalda. Un instante después, el canónigo Bott dobló su propia servilleta y lo siguió.
Pyke se sentó y volvió a sus papeles.
—Bueno —dijo Fenella en medio del silencio, alzando la voz lo justo para que llegase hasta el aparador—. Me preguntaba cómo se comportaría en la mesa.
El cordero estaba excelente. Cecily no lograría recordar después haberlo comido.
Esperó hasta el bocado salado que cerraba la comida, pues se había criado en una vicaría donde no se montaba una escena cuando aún iban por el pescado. Luego se levantó, se acercó a la mesa de Pyke y se quedó de pie junto a ella hasta que él alzó la vista.
—Sir Everard. Una palabra, si puede concedérmela.
La miró por encima de los papeles.
—Lady Ashcombe. Siéntese, por favor. Señorita Honeycutt, una silla.
La secretaria ya se estaba levantando para ir a buscar una. Cecily no se sentó.
—No lo entretendré. Quería que lo oyera de mí antes de leerlo en una carta de un abogado.
Mantuvo la voz baja. Detrás de ella, Fenella no escuchaba, Bell no escuchaba, y el abrigo oscuro del fondo del vagón volvió una página.
—He presentado una objeción formal ante el tribunal consistorial contra la licencia eclesiástica para St Kenelm's.
He escrito al Ministerio del Interior sobre el permiso para el traslado de los restos.
He contratado a un abogado. Pienso llevar ambos asuntos hasta el final, y tengo medios para hacerlo, y quería decírselo a la cara, ya que parece ser lo que usted prefiere.
Pyke posó el dedo sobre la línea que estaba leyendo, para no perder el sitio.
—¿Sabe usted qué es una licencia eclesiástica, lady Ashcombe?
—Soy hija de vicario, sir Everard. Lo sé bastante mejor que usted.
—Entonces sabrá que el canciller de la diócesis la concederá, porque los cancilleres las conceden, y que el Ministerio del Interior expedirá su permiso, porque siempre lo ha hecho, y que su objeción será escuchada con toda cortesía a su debido tiempo, y luego desestimada.
Lo dijo sin malicia. Era, pensó ella, lo más aterrador de él. No necesitaba malicia. Sencillamente conocía el funcionamiento de la maquinaria, porque él mismo la había construido.
—Es usted noble desde hace dos años, y una buena mujer, no lo dudo. Llevo teniendo diputados en el bolsillo más tiempo del que lleva usted ostentando ese título. Las leyes las escriben los hombres que poseen bienes. Y yo soy uno de ellos.
Apartó el dedo de la página.
—Pasará usted un día muy agradable. Espero que el cordero haya sido de su gusto.
—Lo ha sido.
—Bien.
Bajó la vista a sus papeles.
—Entonces los dos hemos sacado algo de este día.
Cecily permaneció un instante más de pie. Tenía muchísimas cosas que podría haber dicho, y la habían educado para no decir ninguna de ellas, y por una vez en la vida aquella educación le resultó un estorbo. Así que dijo lo único que le quedaba.
—Los llamó escombros, sir Everard. Se lo dijo a un hombre refiriéndose a su padre. Quería que supiera que lo oí.
—Mucha gente lo oyó, lady Ashcombe. De eso se trataba, precisamente.
Volvió una página.
—Buenas tardes.
Se retiró a la una y diez. Pratt lo confirmó después, al minuto exacto, porque Pratt lo confirmaba todo, y porque sir Everard se retiraba a la una y diez todos los días de su vida, y su secretaria se lo había hecho saber a todo el tren antes de que saliera de Little Codding.
No le gustaba que lo molestaran mientras revisaba documentos.
Tomaba el té a la una y cuarto, en su compartimento, a solas.
Después del almuerzo no quería compañía, ni conversación, ni interrupciones de ningún tipo hasta que tocara el timbre.
Cecily estaba en el pasillo cuando él pasó.
Pasó a su lado sin decir palabra, con la carpeta de documentos bajo el brazo.
La señorita Honeycutt lo seguía seis pasos por detrás, con los guantes y el maletín de él, sin expresión alguna en el rostro.
Sir Everard entró en el tercer compartimento. La puerta se cerró.
Y luego el pestillo. Latón contra latón, corrido hasta el fondo.
La señorita Honeycutt siguió hacia la despensa a por la bandeja.
—Todos los días —dijo Elsie, que se había acercado por detrás de Cecily con la libreta verde bajo el brazo y ninguna intención de abrirla—. Como las campanadas de un reloj.
—Eso parece.
—El señor Pratt dice que es el pasajero que menos trabajo le ha dado nunca. Nunca llama. Nunca quiere nada. Solo quiere la puerta cerrada y el té a la una y cuarto.
—A algunos hombres —dijo Cecily— les resulta más sencillo cerrar la puerta que abrirla.
—Sí, milady.
Elsie miró hacia el tercer compartimento, y luego pasillo adelante, hacia la despensa, donde apenas se distinguía la espalda de la señorita Honeycutt junto a la urna del té.
—A algunas mujeres también.
Desde el otro extremo del tren llegó, débil pero inconfundible, la voz de un oficial de la marina que volvía a dirigirse hacia proa, donde no había ratones, entonando algo sobre damas españolas con una voz de barítono de la que el mismísimo Nelson se habría sentido orgulloso.