Asesinato En El Cotswold Express (Los Misterios de Lady Ashcombe 5) 2 HOMBRE EN LAS ALTURAS #2
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2 HOMBRE EN LAS ALTURAS #2

—Cecily.

—Freddie. Has venido.

—Me habían contratado. —Levantó la tarjeta—.

Responsable médica del viaje inaugural del Cotswold Express.

Lo pone aquí. Desde la secretaría de sir Everard me escribieron muy cortésmente para preguntar si aceptaría viajar en primera clase a Londres y almorzar, por si alguien se desmayaba.

—Se guardó la tarjeta en el bolsillo del abrigo—.

He aceptado. Estoy dispuesta a pelearme con quien intente desmayarse antes de la sopa.

—La señora Fotheringill ha mandado caldo de ternera por si hay alguna emergencia.

—¿Ah, sí? ¿Qué emergencia?

—No lo ha dicho.

—Entonces es mejor médica que la mayoría de aquellos a cuyas órdenes serví —dijo Bell.

La bendición de la caldera tuvo lugar a las nueve menos cinco, en el andén, al pie de la cabina. El canónigo Bott llevaba una sobrepelliz que el viento se empeñaba en arrancarle.

El canónigo Bott leía bien. Siempre lo había hecho.

Era el único momento en que los nervios lo abandonaban, como si las palabras lo sostuvieran y él solo tuviera que dejarse llevar.

Bendijo la nave y a cuantos trabajaban en ella.

Bendijo las manos que la habían construido y las manos que la conducirían.

Concedió a los asirios su momento de gloria.

Los carros, en efecto, se entrechocaban.

El pequeño grupo de mozos y aldeanos permaneció muy quieto, escuchando.

Cecily, de pie junto a Fenella, con Pip ya inmóvil bajo el brazo, fue recorriendo con la mirada el costado de la locomotora mientras el canónigo hablaba. Del cobre y el verde pasó a la línea larga y baja del techo del coche de primera clase y allí, recortado contra el cielo pálido, vio a un hombre.

Estaba en el techo del vagón, con un mono oscuro, y avanzaba sin ninguna prisa por las tablas hacia una pequeña caja cuadrada situada sobre la sección de primera clase.

Se agachó junto a ella. La manipuló con una herramienta que Cecily no alcanzó a distinguir, con la pericia tranquila de un hombre que había hecho ese trabajo cien veces, y luego se incorporó y emprendió el camino de vuelta hacia la escalerilla del extremo del vagón.

Desde la puerta del vestíbulo llegó la voz del capitán Tuggles, asombrosamente pujante pese a su reciente retirada.

—¡Hombre en las alturas! ¡Muy bien! ¡Cuidado dónde pisas, muchacho!

El hombre del techo no se volvió. Bott, que había llegado ya a la última petición, no vaciló. Alzó la mano sobre el gran flanco verde de la locomotora.

—…y llévala sana y salva hasta el final de su viaje. Amén.

Y, al oír aquella palabra, la locomotora del Cotswold Express hizo sonar su silbato.

Lo habían construido para que se oyera en tres parroquias, y en tres parroquias se oyó ahora.

El silbido llegó acompañado de una gran bocanada de vapor blanco que brotó de algún punto justo encima de la cabeza del canónigo y descendió sobre él, sobre su sobrepelliz y sobre su devocionario abierto, impartiéndoles su propia bendición, cálida, húmeda y sin dejar rincón por bendecir.

Los mozos se encogieron. Los crisantemos temblaron en sus macetas.

Pip ladró una vez, indignado, y luego, al descubrir que le había gustado, volvió a ladrar.

El vapor se disipó. En medio quedó el canónigo Bott, con la sobrepelliz pegada al cuerpo, el pelo erizado en una húmeda aureola eclesiástica y el devocionario abierto entre las manos, dejando caer un suave goteo desde los asirios.

Alzó la vista hacia la cabina, donde había aparecido un rostro joven y horrorizado. Luego miró a Cecily.

—El Señor —dijo, con perfecta compostura— responde con prontitud.

El último aviso sonó a las nueve. Las puertas fueron cerrándose a lo largo del tren con el sonido de una casa bien llevada que se cierra para pasar la noche.

El guarda recorrió el andén con la bandera.

A espaldas de Cecily, un automóvil entró con demasiada rapidez en el patio de la estación; de él bajó un hombre con un abrigo de excelente calidad, que subió los peldaños del coche de primera clase sin mirar a derecha ni a izquierda.

Seis pasos por detrás venía una joven cargada con tres maletas.

Un abrigo oscuro y un periódico doblado subieron sin prisa al segundo coche.

El agente Fenchurch, con una guerrera tan nueva que aún conservaba los dobleces de la caja, aguardaba muy erguido junto al furgón del guarda con un grueso manual bajo el brazo.

Le habían comunicado que aquel día representaría a la policía del condado, y todavía no había decidido si se trataba de un honor o de una prueba.

Elsie, ya a bordo, bajó una ventanilla, localizó a Cecily en el andén y alzó una mano.

El capitán Tuggles, recobrada por completo la compostura y tras inspeccionar el vestíbulo a su entera satisfacción, descendió al andén para despedirlos como era debido.

Estrechó la mano de Cecily por segunda vez, mostrando idéntico desprecio por sus articulaciones.

Estrechó la de Bott y le dijo que el oficio había sido magnífico y que ignoraba que la Biblia tuviera tanto que decir sobre carros.

Estrechó la del jefe de estación, que no se la había ofrecido.

Después ocupó su puesto junto al vestíbulo de taquillas, con los talones juntos y la gorra en la mano, dispuesto a saludar a la nave cuando abandonara el puerto, pues, según informó al jefe de estación, así lo mandaba la costumbre de la Armada y no cabía prescindir de ella por el mero hecho de que la nave tuviera ruedas.

Cecily puso el pie en el estribo.

Allí se detuvo y volvió la vista atrás una vez. Los crisantemos en posición de firmes. La bandera sobre el vestíbulo de taquillas. La figura empapada y jovial del canónigo, escurriendo una sobrepelliz. Más allá del tejado de la estación, las pálidas colinas que ascendían hacia su hogar.

Practica la justicia. Ama la misericordia. Camina con humildad.

Las Escrituras siempre acudían así a ella: no se anunciaban, sencillamente estaban allí, como una mano posada con suavidad sobre su hombro.

Su padre había tenido aquel versículo en un pequeño marco ovalado sobre la puerta del despacho, con el paspartú apenas torcido; Cecily lo había visto cada mañana de su infancia y jamás había necesitado que le explicaran su significado.

Antes que cualquier otra cosa había sido hija de un vicario y, todavía ahora, a menudo no se sentía en absoluto segura en su papel de señora de la casa solariega.

Quizá fuera esa precisamente la clase de persona idónea para ser ambas cosas.

Recorrió el pasillo hacia su compartimento con una mano apoyada en el revestimiento de madera. Pip correteaba delante de ella, con el hocico pegado a la alfombra, como si siguiera un rastro que solo él sabía interpretar. Cecily se detuvo ante la primera ventanilla para ver alejarse Little Codding.

Sonó el silbato; esta vez Pollard había tenido el buen juicio de avisar primero al canónigo. El vapor se extendió por el andén como una larga cortina blanca. Ochenta toneladas de hierro se pusieron en tensión con una dignidad inmensa y paciente y empezaron a moverse muy despacio.

A través del vapor, cada vez menos denso, distinguió al capitán junto al vestíbulo de taquillas, gorra en alto y barbilla erguida: la viva estampa de un oficial de Marina despidiendo a un barco que zarpa. El andén comenzó a deslizarse. Los crisantemos fueron pasando junto a él, maceta a maceta.

Entonces, por el borde del andén, blanco de tanto fregar, salió de debajo del vestíbulo de taquillas un segundo ratón, avanzando con el mismo trote raso y resuelto de antes.

No se dirigía hacia la locomotora. Se dirigía hacia el capitán.

Él lo vio. Cecily vio cómo lo veía. La gorra quedó inmóvil a medio saludo.

Y el capitán Reginald Tuggles, sin decir palabra, sin pensar, sin la menor premeditación de la que había hecho gala en su primera retirada, abandonó el andén de un solo salto, salvó un metro veinte de aire en movimiento, se aferró al pasamanos de latón de la última puerta de primera clase cuando pasaba ante él y se izó a bordo del Cotswold Express con una maniobra que, según contaría él mismo más tarde, no había vuelto a emplear desde que abordó una presa alemana frente a Zeebrugge en 1918.

La puerta se cerró de golpe. El ratón, indiferente, se metió bajo el vestíbulo de taquillas.

Cecily se apartó de la ventanilla y volvió por el pasillo hasta el vestíbulo.

Allí estaba él, de espaldas a la puerta y con las palmas de ambas manos apoyadas en el revestimiento de madera, respirando como respira un hombre que acaba de hacer algo que su cuerpo ha decidido sin consultárselo.

Aún sostenía la gorra en una mano. Un extremo del bigote se le había descolocado un poco.

Por la ventanilla que tenía al lado pasó el último crisantemo de Little Codding; luego, una cancela; después, un campo en el que un caballo levantó la cabeza para mirar.

—Capitán —dijo Cecily.

—Lady Ashcombe.

No se volvió. Estaba mirando al caballo.

—No tiene billete.

—No tengo equipaje, lady Ashcombe.

Lo dijo como quien empieza por lo peor.

—No tengo billete, ni equipaje, ni cepillo de dientes, y tengo tanta idea de qué voy a decirle a la señora Tuggles como el hombre de la Luna. Me espera a la una para almorzar. Hay una pierna de cordero.

El caballo quedó atrás. El capitán se enderezó la gorra, que no lo necesitaba. Se llevó las manos a la espalda y contempló el condado de Oxfordshire que se alejaba con la calma inmutable y terrible de un hombre cuya nave se ha hecho a la mar sin molestarse en informar a sus oficiales.

—Vaya por Dios —dijo—. Al parecer, he zarpado.