Asesinato En El Cotswold Express (Los Misterios de Lady Ashcombe 5) 2 HOMBRE EN LAS ALTURAS
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El capitán Reginald Tuggles, de la Marina Real (retirado), había acudido a despedir al Cotswold Express a voz en cuello y con la inquebrantable convicción de que su presencia era imprescindible.

Era un hombre corpulento, de rostro colorado y bigote blanco, fruto de cuarenta años de aire marino y certezas navales.

Para la ocasión se había puesto su abrigo bueno y una gorra que había prestado servicio por última vez frente a Heligoland.

También se había aceitado el bigote, cosa que, a juicio de Cecily, no era estrictamente necesaria aquella mañana.

Se encontraba al pie de la locomotora, con una mano apoyada en la pasarela y la otra extendida, palma arriba, hacia un joven de mono limpio que, a todas luces, no había previsto que su martes incluyera a un capitán de navío retirado.

—¿Ochenta toneladas, dices? Buena chica. ¿Y las carboneras?

—¿Las carboneras? El ténder lleva cinco toneladas de carbón, señor, y cuatro mil galones de…

—¡Cuatro mil! No le faltará agua, pues. Muy bien. Mantenla adrizada, muchacho. Vigila las calderas y atento a las turbonadas.

—Sí, señor —dijo el joven, que habría dado la razón en cualquier cosa con tal de poner fin a la conversación.

Entonces vio a Cecily y se irguió con tal brusquedad que la gorra se le ladeó.

—Disculpe. Milady.

—Buenos días.

Cecily le sonrió, y él se puso de un rosa que desentonaba con los crisantemos.

—Será usted el fogonero, ¿verdad?

—Sam Pollard, milady. Sí, milady.

—Entonces tendrá mucho que hacer esta mañana, señor Pollard, y estoy segura de que el capitán Tuggles le permitirá volver a sus tareas.

—¡Permiso concedido! —tronó Tuggles, como si el muchacho se lo hubiera solicitado.

Pasó a estrecharle la mano a Cecily. Aquel apretón puso a prueba las articulaciones de la mano como el mar del Norte ponía a prueba un casco: a conciencia y sin malicia.

—¡Lady Ashcombe! Mañana espléndida para una travesía. Es una magnífica embarcación.

—Es un tren, capitán.

—¡Bah! Flota sobre los raíles igual que un barco sobre el agua. El mismo principio. He estado abajo, o lo más abajo que permite esta nave, y el joven la mantiene limpia. Se podría comer en el suelo de la cabina.

—Yo cuento con el coche restaurante.

—Sí, bueno.

Al oír las palabras coche restaurante, algo cruzó el rostro del capitán —algún recuerdo que habría preferido no tener antes de las once— y desapareció.

—En cualquier caso, buena mañana para la travesía. Muy buena.

Pip asomó la cabeza por debajo del brazo de Cecily e inspeccionó de cerca el bigote aceitado. El capitán observó al terrier. El terrier observó al capitán.

—¿Cazador de ratas? —preguntó Tuggles.

—Él está convencido. A las ratas no se les ha pedido opinión.

—Buen muchacho —le dijo Tuggles a Pip, que se lo agradeció con un estornudo.

—Cecily, querida, hay un ratón.

Lady Fenella Crowthorne, viuda, no llegaba a los sitios.

Uno descubría que ya estaba en ellos y reorganizaba la tarde en consecuencia.

La habían descubierto unos metros más allá, en el andén, vestida de seda del color de las ciruelas machacadas y tocada con un sombrero que podía calificarse sin exagerar de arquitectónico.

Una doble sarta de cuentas de ámbar oscilaba con una serena autoridad propia.

Duchess descansaba sobre su antebrazo como una carísima estola de piel plateada y contemplaba la estación como una emperatriz contempla una provincia que aún no ha decidido si anexionarse.

—¿Un ratón?

El andén estaba lleno de crisantemos y mozos de equipajes, pero no, hasta donde alcanzaba a ver Cecily, de ratones.

—Ha correteado. No existe otra palabra para lo que ha hecho. Ha salido de debajo del vestíbulo de las taquillas y ha recorrido el borde del andén con el mayor descaro. Le he sugerido a Duchess que tal vez quisiera ocuparse del asunto, pero se ha negado.

Duchess parpadeó una vez, despacio. El asunto quedaba zanjado.

—Es una gata, Fenella.

—Es una campeona —dijo lady Fenella, situando la palabra en algún punto entre la Orden de la Jarretera y la sucesión apostólica—. Las campeonas no corretean detrás de ratones por andenes públicos. Tiene una posición que mantener.

La posición de Duchess, pensó Cecily, era de una inutilidad magnífica y absoluta, y estaba ya a salvo de cualquier ataque. Pero con Fenella convenía elegir bien el campo de batalla. Aquel no merecía la pena defenderlo.

—¿Adónde ha ido el ratón?

—Allí.

Fenella levantó un dedo enguantado y señaló, sin mirar, el borde del andén unos diez metros más allá.

En efecto, había algo junto al borde del andén.

Algo pequeño y pardo que avanzaba hacia la locomotora por aquella franja de un blanco impoluto, con el trotecillo resuelto y a ras de suelo de un animal que sabe exactamente adónde va.

Pasó junto al bajo del vestido de Fenella sin una mirada.

Pasó junto a los zapatos de Cecily. Y siguió, a paso firme y sin mostrar el menor interés, derecho hacia las botas del capitán Reginald Tuggles.

El rostro del capitán, ya encendido, se puso aún más rojo y, en el espacio de un latido, perdió todo el color.

El bigote aceitado se le puso tieso como el silbato de un contramaestre.

Y el capitán Tuggles, que se había enfrentado a los cruceros de batalla del káiser en Jutlandia y que, según la señora Tuggles, había apagado en cierta ocasión un incendio en un polvorín con su propio abrigo, soltó un bramido que podría haberse oído desde Portsmouth.

—¡CUIDADO, ROEDOR!

Retrocedió como retrocede un hombre encaramado a una roca cuando ve que el mar se le viene encima.

El talón se le enganchó en el estribo. La gorra salió volando y Sam Pollard tuvo la presencia de ánimo de atraparla al vuelo.

Se agarró con las dos manos a la barandilla de latón del vestíbulo de primera clase, se izó al escalón con un vigor que hizo balancearse todo el vagón sobre sus muelles y alcanzó la puerta, a un metro veinte del andén.

Allí se dio la vuelta, se afianzó en el marco y fulminó al enemigo con la mirada, dispuesto a repeler el abordaje.

El enemigo pesaba quizá treinta gramos. Ni siquiera había alzado la vista.

Se hizo un silencio en el que la respiración del capitán se oyó a todo lo largo del andén.

Luego, poco a poco, se fue enderezando. Se alisó el abrigo de los días señalados con un tirón hacia abajo.

Recibió la gorra de manos de Pollard, que se la tendió con el brazo extendido como quien devuelve la espada a un oficial tras un duelo, y se la puso en el ángulo correcto.

Se llevó las manos a la espalda. Y contempló la estación de Little Codding desde la puerta del vestíbulo con la serena compostura de un oficial que hubiera subido a bordo con el único propósito de inspeccionarla.

—Buen puente de mando —anunció, a nadie en particular—. Muy bueno. Buena visibilidad.

El ratón se metió bajo la tercera rueda del ténder y no volvió a vérsele.

Fenella había presenciado todo aquello sin alterar la expresión ni un milímetro. Se volvió hacia Cecily y bajó la voz a un registro que se oyó igualmente a todo lo largo del andén.

—Les tiene miedo a los ratones.

—Fenella.

—Conozco a Reginald Tuggles desde hace treinta años.

Me lo dijo su mujer en un mercadillo benéfico en mil novecientos once, y nunca he tenido motivos para dudar de ella.

Plantó cara a la flota alemana. Y no soporta un bigote de ratón.

—Se acomodó a Duchess en el brazo—. Me parece lo más entrañable que tiene. No le digas que he dicho eso.

—Ni se me ocurriría.

—No —convino Fenella—. No se te ocurriría. Por eso te lo he contado a ti y no a Elsie.

El canónigo Alistair Bott llegó a las nueve menos cuarto con una bolsa de viaje de tela de alfombra y la sobrepelliz buena al brazo, tras recorrer en bicicleta seis millas con un devocionario en el bolsillo y pasarse las seis componiendo.

Era alto y delgado, y la doctora Bell lo había descrito, sin mala intención, como una garza que hubiera recibido las órdenes sagradas.

Saludó a Cecily con esa calidez sin reservas con la que desarmaba a cualquiera.

Bott era incapaz por naturaleza de fingir agrado, de modo que todas sus muestras de afecto eran auténticas.

Saludó a Fenella con la misma calidez y algo más de cautela.

Luego dio un paso atrás y contempló la locomotora con auténtica reverencia.

—La gente de sir Everard me ha pedido que diga unas palabras —dijo—.

Sobre la caldera. Una bendición, ya sabe, para la nave y para las, ah, las personas.

Me han dicho que es tradición. Se hace con los barcos.

He estado leyendo sobre barcos. —Se dio unas palmaditas en el bolsillo donde llevaba el devocionario—.

He adaptado la fórmula para la botadura de un bote salvavidas. He quitado el mar.

—Parece sensato.

—Eso pensé. En la del bote salvavidas se habla mucho del mar.

Y casi nada del vapor. —Frunció el ceño—.

He añadido un versículo de Nahúm. «Los carros se enfurecerán en las calles, se atropellarán unos a otros en las plazas».

No trata exactamente de ferrocarriles. Pero sí de velocidad, y es muy hermoso, y no creo que nadie lo haya usado desde los asirios.

—No creo que nadie lo haya usado contra los asirios —dijo Fenella.

Bott lo consideró con toda seriedad.

—No —dijo—. No les habría gustado.

Se fue a ponerse la sobrepelliz. Había en Inglaterra un buen número de clérigos que habrían bendecido una locomotora de mala gana y con una oración prestada.

A Little Codding le había tocado, por algún designio, el único que se pasaría media noche buscando el versículo justo de un profeta menor y estaría encantado con ello todo el día.

La doctora Winifred Bell llegó por el andén tras él sin prisa visible y bastante antes de la hora que había dicho. Llevaba el maletín médico en una mano y, en la otra, una tarjeta rígida de color crema con una locomotora en relieve, y la miraba como quien mira un sarpullido que no sabe identificar.