4. Noche y día
Noche y día
E l hombre se hizo a un lado y Gigi saltó de su espalda. —¿Qué decías de que no era un terror?
—Supongo que la subestimé. —Me puse de pie y agarré a Gigi, con el hilo suelto arrastrándose detrás de mí—. Siento lo de tu proyecto —dije por encima del hombro, aunque a regañadientes. Con una mano sujetando con fuerza a la retorcida Gigi, empujé la puerta y golpeé algo duro.
—¡Ay! —La voz provino del otro lado de la puerta, y luego alguien la abrió del todo.
—¿Estás bien? —le pregunté al hombre que se frotaba la frente.
Tenía los mismos ojos penetrantes, la misma mandíbula marcada y los mismos rasgos angulosos que el tipo que estaba detrás de mí, lo que les daba a ambos un aire de misterio, pero su cabello era un poco más claro y le caía hasta las orejas en ligeras ondas.
Se parecían tanto que no podían ser otra cosa que hermanos. Pero mientras que el tipo detrás de mí tenía los hombros más anchos y los brazos más robustos, su hermano tenía una complexión delgada y atlética. ¿Qué le ponían al agua en este pueblo? O quizás era de familia.
—¿Y tú quién eres? —La mirada del hombre bajó hasta mi abdomen, y luego levantó la vista con una sonrisa divertida que reveló unos dientes muy blancos.
Me sonrojé y puse a Gigi delante de mi estómago descubierto.
—Yo… ya me iba —mascullé sin mirarlo a los ojos.
—Qué lástima. No es frecuente que tengamos a una mujer bonita en nuestro taller. —Volvió a sonreír de esa manera, revelando un único hoyuelo oscurecido por su barba bien recortada. Tampoco se apartó de mi camino.
—Probablemente por una buena razón. —Intenté, sin éxito, no mirar el desastre detrás de mí.
El hombre siguió la mirada hasta su hermano cubierto de aserrín, luego hasta mi suéter deshecho y la gata que se retorcía en mis brazos. Soltó una carcajada. —Parece que me perdí de bastante.
—No la distraigas, Coop —dijo mi sexi acosador.
—Quizás quiero distraerla —respondió.
Mis mejillas se encendieron por una razón diferente. Pero yo no estaba buscando con quién coquetear. Especialmente cuando estaba a punto de quedarme sin suéter.
—Tendrás que disculpar a mi hermano mayor.
Se estresa un poco con los plazos de entrega, el trabajo, la gente y, bueno, con muchas cosas en realidad.
Si a eso le sumas una mujer hermosa… —el nuevo hermano levantó las manos y me dedicó otra sonrisa relajada—.
Estoy seguro de que entiendes por qué normalmente soy yo quien trata con los clientes.
No pude evitar devolverle la sonrisa con una pequeña de mi parte. Algo de la tensión se disipó de mis hombros. —Gracias, pero debería irme. No quería interrumpir.
—Puedes interrumpir cuando quieras —dijo el hermano menor—. Por cierto, soy Cooper, pero mis amigos me dicen Coop. Y ese es mi hermano Seb.
—¡Es Sebastian! —gritó el otro hermano, malhumorado.
Así que mi sexi acosador tenía nombre.
—Soy Harper. —Solo Grace me llamaba Harp, porque era un desastre para hacer amigos.
Y para las primeras impresiones, al parecer.
Podía añadirlo a mi creciente lista de fracasos.
Le estreché la mano a Cooper mientras intentaba no soltar a Gigi, quien maulló molesta y me arañó el brazo.
De ninguna manera se iba a escapar otra vez en esta tienda.
—Linda gata —dijo Cooper.
—Gracias.
Gigi levantó el hocico con aire de superioridad, sin interés en ser amable con nadie a quien de verdad le gustaran los gatos.
—Fue un placer conocerte. —Al menos fue un placer conocer a uno de ellos.
—Igualmente. Espero volver a verte pronto. —Cooper abrió la puerta con una reverencia galante.
Solté una risita y salí. Era ridículo, pero al menos era más divertido que su hermano. Uno aportaba la diversión a la situación y el otro la absorbía como un vampiro sediento.
—Probablemente lo harás.
Cuando la sonrisa de Cooper se ensanchó, me di cuenta de que mi comentario había sonado más coqueto de lo que pretendía.
Volveríamos a vernos, ya que nuestras tiendas eran vecinas, pero teniendo en cuenta la extraña primera impresión que sin duda le había dado, no quise revelar que yo era la dueña de Whispering Pages.
—Porque estaré por aquí. —Mis mejillas seguían demasiado calientes—. En fin, adiós. —Me alejé de prisa por la banqueta.
Gigi soltó un maullido lastimero y lo fulminé con la mirada.
—Espero que estés contenta. Eso fue extremadamente vergonzoso y no podrías tener peor gusto para los hombres.
—Teníamos eso en común—. Esos dos hermanos son tan opuestos como la noche y el día, y por supuesto, tenías que ir y causar una pésima primera impresión.
Por un momento, no pude evitar reflexionar sobre la expresión malhumorada de Sebastian y la sonrisa despreocupada de Cooper. ¿Qué los hacía tan diferentes? Al menos no sabían que yo trabajaba en la tienda de al lado.
Negué con la cabeza y los aparté de mis pensamientos.
No necesitaba estar pensando en hombres en este momento.
Sentí una punzada en el corazón al recordar a Tate y también lo aparté de mi mente.
Tenía problemas más grandes, como tratar de averiguar cómo limpiar mi nombre y pagar el alquiler.
Recogí mis cosas y me fui a casa en bicicleta, poniendo a Gigi en la canasta y mis audífonos en el oído.
—No vas a creer lo que pasó —le dije a Grace mientras pedaleaba por Main Street.
—¿Te enamoraste perdidamente de un cliente y te casaste a las apuradas?
—Vaya. Tu habilidad es asombrosa. ¿Cómo lo haces siempre?
Grace se rio. —Está bien, señorita Sarcasmo. ¿Qué pasó?
Dos mujeres que empujaban carriolas en la banqueta me miraron y susurraron entre ellas. Con las patrullas estacionadas afuera toda la mañana, se había corrido la voz sobre lo sucedido. Y si Nancy servía de indicio, a este pueblo le encantaba el chisme.
Pedaleé un poco más rápido y cambié lo que iba a decir.
En lugar de sacar el tema del cadáver mientras aún iba en bicicleta a casa, donde cualquiera podía oírme, empecé con la vergonzosa historia de Gigi.
—El collar de Gigi se enganchó en mi suéter y lo deshizo hasta la mitad.
Y tuve que perseguirla hasta la tienda de al lado, donde me encontré con dos tipos.
Luego Gigi arruinó uno de sus proyectos del trabajo y fue muy vergonzoso.
—¿Qué dos tipos?
—Sebastian y Cooper —respondí.
En lo alto, las ramas proyectaban sombras que danzaban sobre la banqueta frente a mí.
—Ah, sí. Recuerdo que mi Nana los mencionó una o dos veces. ¿Son los dueños del taller de carpintería?
—¿Mi Nana habló de ellos?
Me dejé llevar por la inercia colina abajo, la que tantos problemas me causaba por las mañanas. Estaba decidida a subirla sin parar antes de que terminara el mes.
—Sí, le encantaban —la voz de Grace me trajo de vuelta al presente—. La ayudaban con todo tipo de proyectos y ella los invitaba a cenar todo el tiempo. Supongo que se mudaron al pueblo hace unos años y ella los tomó bajo su ala.
—Eso es muy típico de mi Nana.
—Estabas demasiado distraída con Tate, el Mentiroso Infiel, para prestar atención cuando mi Nana hablaba de ellos —dijo—, pero ella quería que salieras con uno de los dos. Me di cuenta. Jeff y yo también estábamos totalmente a favor.
Mi pecho se contrajo al escuchar el nombre de Tate, aunque no pude evitar sonreír por el apodo que le había puesto. —¿Mi Nana quería que saliera con Cooper?
Gigi me lanzó una mirada sentenciosa. En realidad, esa era su cara normal.
—Mmm… creo que era el otro, el hermano mayor.
—¿Sebastian? —resoplé—. Eso nunca pasará.
Intentaré rescatar la tienda de mi Nana, pero de ahí a seguir sus recomendaciones de citas hay un límite.
Nada de citas, absolutamente. Dejar entrar a la gente es lo mismo que dejar que te hagan daño, una lección que he aprendido demasiado bien. No se puede confiar en los hombres.
—Harp, no puedes juzgar a todos los hombres por Tate, el infiel mentiroso.
—Puedo y lo haré.
—Está bien. No necesitas salir con nadie —suspiró Grace.
Podía imaginarla tironeando de las puntas de su largo cabello caoba. La idea me hizo pasarme una mano por mis rizos de color similar, que me llegaban a los hombros y todavía estaban más cortos de lo que acostumbraba gracias al corte de pelo que me hice después de lo de Tate.
—Pero no tiene nada de malo coquetear un poco, ¿no?
—Hay otra cosa que tengo que contarte. —Cambié de tema no muy sutilmente.
Hablar de un cadáver seguía siendo mejor que hablar de mi vida amorosa.
Dejé la bicicleta con candado en el porche que rodea la casa de mi Nana con las manos temblorosas, tratando de no pensar en la figura inerte del señor James.
—Bueno, ¿qué es? ¿El señor James te está molestando de nuevo? —Su voz adquirió un tono cortante, como cuando se ponía ansiosa.
—No de la forma que estás pensando.
El aroma a canela y manzana especiada me recibió en cuanto crucé la puerta de entrada, gracias al ambientador que había enchufado en el pasillo.
El olor familiar alivió parte de la tensión de mis hombros.
Con los cojines de cuadros naranjas y amarillos de mi Nana en el sofá, era como ser abrazada por el otoño o por mi Nana cada vez que volvía a casa, que era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
Ojalá estuviera aquí para darme un consejo.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, pero me las sequé de un manotazo.
—El señor James está muerto —dije al mismo tiempo que se oyó un estruendo al otro lado de la línea, seguido de un grito ahogado de sus hijos.
A juzgar por el descaro, diría que fue Lexi, la de siete años.
Un viento helado atravesó la zona, agitando los árboles que rodeaban la casa, y me estremecí. Incluso bajo la brillante luz del sol de la tarde, el bosque estaba lleno de sombras. En algún lugar de este pequeño y supuestamente pacífico pueblo, un asesino andaba suelto.
Gigi saltó de la bicicleta y se entretejió entre mis piernas. La gata traidora. Encontrar el arma homicida y luego actuar como si no hubiera hecho nada malo.