2. Un asesinato de cuervos
Un asesinato de cuervos
M e despertó Gigi saltándome sobre el pecho.
Tras empujarla con una maldición entre dientes, me acurruqué más bajo el edredón de retazos de mi Nana.
Me había quedado despierta hasta muy tarde buscando el dinero perdido de mi Nana por toda la casa, en caso de que se hubiera olvidado de ponerlo en Corazón de tinta como había dicho.
Gigi me metió el hocico húmedo en la oreja.
Me incorporé y la fulminé con la mirada, pero no pude resistirme a acariciarle su peluda cabeza. —¿Es necesario?
Maulló e inclinó la cabeza hacia un lado.
Si intentaba ignorarla como los primeros días, inevitablemente se metía en algún lío.
Hasta el momento, había comido y vomitado pedazos de plástico, maullado sin parar, amasado sus garras en mi espalda mientras yo intentaba dormir e incluso una vez se me había sentado directamente en la cara.
Me levanté para darle de comer con un suspiro de resignación y luego me puse unas licras y una camiseta de manga larga. Ya no podría volver a dormir, y correr me ayudaría a despejar la mente.
En el porche, tropecé con una bolsa que estaba frente a la puerta. Cuando la abrí, encontré un ejemplar de El Silmarillion con un recibo impreso de Whispering Pages dentro de la portada. Miré a mi alrededor, pero estaba sola. ¿Quién habría dejado algo así en mi casa y por qué?
Encogiéndome de hombros, lo puse sobre la mesa de la cocina para llevármelo al trabajo y salí a correr.
Mi cabaña de alabastro, con su porche hundido y sus ventanas de postigos rojos, se alzaba solitaria en el bosque.
Mi vecino más cercano estaba a un kilómetro y medio de distancia, lo que me daba acceso a un centenar de senderos diferentes para correr con los que me había vuelto a familiarizar durante la última semana.
Tiritando por el aire fresco de la mañana, corrí un poco más rápido para que la sangre me circulara.
El suelo del bosque crujía bajo mis pies y el primer atisbo de luz teñía el cielo del este con un tenue matiz rosado.
A Grace no le gustaba que saliera a correr sola por el bosque, pero ¿qué esperaba que hiciera si vivía sola?
Al menos corría por la mañana en lugar de por la noche.
Odiaba que corriera de noche. Pero, sinceramente, ahora vivía en Whisper Hollow, no en Phoenix.
Lo peor que podía temer eran los osos negros, por eso corría con gas pimienta.
No era tan bueno como el espray para osos, pero era mejor que nada.
Mi mente funcionaba mejor cuando mi cuerpo estaba en movimiento, y necesitaba decidir qué iba a hacer con lo del alquiler.
Pero primero venía la tarea de averiguar quién tomó el dinero de mi Nana. ¿Cómo podría encontrarlo? Por ahora, hablaría con el sheriff y con Nancy. Quizás ella reconocería el diseño floral hecho con plantilla que encontré en el reverso del papel dentro de Corazón de tinta.
El sonido de mi respiración se mezclaba con el ritmo constante de mis pasos y se acompasaba con el latido del bosque.
Cada inhalación me acercaba a la naturaleza el aroma terroso de las hojas caídas, de los pinos y de la tierra fértil y cada exhalación me ayudaba a liberar la tensión.
Pasé bajo un bosquecillo de robles, cuyas hojas rojas y doradas proyectaban una luz moteada sobre el sendero cubierto de rocío bajo mis pies.
Una rama crujió detrás de mí; giré la cabeza bruscamente y reduje la velocidad. Aparte de los árboles y el sendero de tierra, nada parecía fuera de lo normal; sin embargo, el corazón me latía con fuerza. Saqué el gas pimienta del bolsillo y seguí corriendo.
Quizás no estaba sola.
Al doblar una curva, un estallido de graznidos y aleteos rompió el aliento apagado del bosque. Frené en seco y apenas me contuve de gritar. Los pájaros volaron sobre mi cabeza; su plumaje negro y brillante y sus picos afilados los identificaban como una bandada de cuervos.
Me reí de mi propia ridiculez, aunque el pulso todavía lo tenía acelerado. Claro que no estaba sola. Estaba rodeada de animales, que era probablemente lo que había hecho el ruido detrás de mí.
Otra ramita se partió. ¿No se suponía que los animales eran más silenciosos?
Acallé mis jadeos, mientras mi mirada recorría el bosque. Por suerte, ya había amanecido, pero los árboles circundantes ocultaban mi vista y proyectaban sombras largas y amenazantes.
Detrás de mí, una figura se movió velozmente entre el denso follaje, apareciendo y desapareciendo de la vista en el sinuoso sendero. Algo alto y que corría sobre dos pies. Algo inequívocamente humano.
Con el corazón latiendo a mil, me di la vuelta de un salto y eché a correr.
Quizás era alguien que había salido a correr.
Pero tal vez no. No quería averiguarlo. Mis pensamientos volaron hacia el libro en mi porche.
Había pensado que era inofensivo, pero alguien había estado cerca de mi casa esa misma mañana.
Apreté la mano en torno a mi espray de pimienta.
El pequeño bote parecía totalmente inútil ante el pánico que me invadía.
Cada crujido de una ramita me provocaba un escalofrío que me recorría la espalda.
Imaginé a la persona detrás de mí acercándose cada vez más.
Los árboles se cernían sobre mí, sus ramas se extendían como brazos que intentaban atraparme mientras las raíces trataban de ponerme una zancadilla.
—¡Oiga! —gritó una voz grave a mis espaldas.
El grito me puso los pelos de punta y se me erizó la piel. Apuré el paso. Mis respiraciones eran jadeos entrecortados. El miedo y la adrenalina alimentaban mis pisadas a pesar del ardor en mis piernas.
—¡Deténgase! —La voz estaba más cerca ahora, prácticamente detrás de mí.
Corrí tan rápido como pude.
Las siluetas oscuras de los cuervos se entretejían en el dosel del bosque a mi alrededor.
Una mano pesada se posó en mi hombro. —Se le cayó...
Me di la vuelta como un rayo y le lancé un chorro de gas pimienta a mi atacante.
El hombre me quitó la mano de encima, dejando caer algo al suelo con un estrépito mientras se llevaba ambas manos a la cara, que estaba oculta bajo la capucha de su sudadera.
Me giré para correr, pero mi mirada se fijó en el objeto brillante que yacía sobre la alfombra de hojas.
Un celular. Mi celular. —¿C-cómo supo que era mío?
—Mis palabras salieron atropelladas, reflejando mi corazón desbocado.
Todavía quedaba suficiente residuo en el aire como para que me ardieran los ojos, pero mantuve el espray de pimienta frente a mí.
—Usted era la única... —tosió—... que andaba por aquí.
—¡Ah! —Me quedé mirándolo mientras mi terror se transformaba en sorpresa y luego en vergüenza, casi a la misma velocidad a la que latía mi corazón. Recogí mi celular y lo metí en el pequeño bolsillo de mis licras; mis mejillas ardientes hacían difícil sostenerle la mirada. —Bueno, gracias.
El hombre se tambaleó hacia un lado para apoyarse en un árbol. Ahora que no me perseguía, se parecía mucho menos a un depredador y mucho más a un hombre que había salido a correr por la mañana. Por su voz, parecía tener más o menos mi edad, pero sin verle la cara, era difícil asegurarlo.
Mientras lo seguía hacia el aire no contaminado, se me hizo más fácil respirar. —Siento haberle rociado con el espray. ¿Está bien?
—Claro que no estoy bien. Me roció con gas pimienta... —un ataque de tos lo interrumpió—... en la cara. ¿Está loca?
Se me encendieron las mejillas. Bueno, quizás había tenido el gatillo un poco fácil, pero no era del todo culpa mía. —Lo siento. Me asustó. Debería haberme llamado.
—Lo intenté —murmuró.
Ahora que lo mencionaba, sí había empezado a decir algo antes de que lo rociara. Quizás sí era culpa mía por haberme asustado tanto.
—¿Puedo hacer algo? —Le toqué el antebrazo.
—Ya ha hecho suficiente. —Me quitó la mano de encima y comenzó a tambalearse por el sendero.
—¡Espere! —Lo agarré—. Al menos quítese la sudadera.
—¿Qué? —Sus ojos se abrieron de par en par, pero luego los volvió a apretar.
—No lo decía en ese sentido —agregué cuando se llevó una mano a los ojos para frotarlos. Se me subieron los colores a la cara por millonésima vez. Sería genial que pudieran dejar de hacerlo. —Estoy casi segura de que debería quitarse la ropa que ha sido afectada. Y no se toque la cara.
—Está bien.
Se quitó la sudadera de un tirón y me mordí el labio cuando el movimiento dejó al descubierto una franja de abdomen musculoso antes de que se bajara la camiseta para cubrirlo.
Por desgracia, su cara era igual de atractiva, a excepción de los ojos rojos y llorosos.
Tenía una mandíbula fuerte con una barba bien cuidada que acentuaba los contornos de su rostro.
Parecía una sexi mezcla entre Aragorn y Christian Bale, una combinación peligrosa.
Además, tenía un suave cabello castaño oscuro que daba ganas de pasarle los dedos por él.
—Esto tenía que pasarme mientras corría por la mañana. ¿En qué estaba pensando al rociarme con gas pimienta?
Su evidente aversión aplastó mi creciente admiración justo a tiempo. No necesitaba una distracción como él en mi vida. Me crucé de brazos. —Tal vez, la próxima vez, debería llamarle a una mujer antes de perseguirla por un bosque solitario.
—Ninguna buena acción queda sin castigo —masculló él.
—No cuando se hace de esa manera.
Nos miramos el uno al otro con enojo hasta que a él le lagrimearon los ojos.
—Necesita enjuagarse los ojos.
—Lo haré en casa. —Se alejó por el sendero sin mirar atrás.
Con el corazón aún palpitante, me quedé mirando su figura mientras se alejaba.
Si tenía suerte, no volvería a ver a ese tipo y así no tendría que desenredar mis sentimientos por él.
Aunque, considerando lo pequeño que era Whisper Hollow, lo más probable era que sí lo viera.
Al menos podría abstenerme de rociarlo con gas pimienta de ahora en adelante.
Nuestro próximo encuentro tenía que ser menos terrible.
Suspiré y terminé de correr antes de dirigirme a casa.
Para cuando estuve lista para ir a trabajar, mi ritmo cardíaco había vuelto a la normalidad.
Tomé el libro misterioso que había encontrado en mi porche y lo puse en la canasta de mi bicicleta junto a Gigi, que tenía un extraño sexto sentido para saber cuándo iba a la tienda.
Mi Nana me dijo una vez que se había acostumbrado a llevar a Gigi a Whispering Pages con ella, pero para mí seguía siendo extraño.
La gata parpadeó y movió la cola mientras yo sacaba la bicicleta del porche para ir al pueblo.
¿Los gatos normales se paseaban en canastas de bicicleta o era cosa de Gigi?
Después de resoplar y jadear para subir la enorme colina y de bajarme de la bicicleta para empujarla una parte del camino, llegué a las afueras del pueblo. Extensas casas estilo rancho salpicaban las banquetas hasta que se convirtieron en encantadoras casas de estilo colonial más adelante.
Quince minutos después, me deslizaba por la calle Principal, donde imponentes árboles decoraban ambos lados de la calle.
Una suave brisa susurraba entre sus ramas, enviando ocasionales lluvias anaranjadas que flotaban a mi alrededor como confeti.
Afuera de Main Street Makers, una de las tiendas mejor decoradas del pueblo, pacas de heno ingeniosamente dispuestas se encontraban a cada lado de las puertas principales con un surtido de calabazas y calabacines.
Una corona de otoño colgaba de la puerta, con sus cintas carmesí y ámbar danzando en el viento.
Curiosamente, Sugarplum Delights aún no estaba abierto. Tal vez Nancy se había tomado la mañana del sábado libre después del festival. Tenía que llamarla para asegurarme de que todo estuviera bien.
En Whispering Pages, aseguré mi bicicleta y Gigi saltó de la canasta.
Eché un vistazo al escaparate mientras sacaba mi llave, y luego volví a mirar.
El esqueleto que debería haber estado metiendo la mano en el caldero de dulces ya no estaba.
Tal vez se había caído o Kyle lo había movido a otro lugar y no me había dado cuenta.
Un trozo de papel doblado yacía en el suelo cerca de la puerta principal. Lo recogí, pensando que era basura, pero mi nombre me llamó la atención. Al desdoblarlo, leí los garabatos desordenados.
Si termina el contrato de arrendamiento antes de tiempo, anularé la cláusula de terminación anticipada y me aseguraré de que reciba el depósito completo de su abuela.
Marty James
¿Acaso intentaba sobornarme? ¿Por qué estaba tan desesperado?
Me guardé la nota en el bolsillo y abrí la puerta. El alegre tintineo de la campanilla se sintió casi como una burla en el silencio que siguió. Un olor penetrante impregnaba el ambiente, junto con la sensación de que algo andaba mal.
Una mesa de exhibición semivolcada estaba en un ángulo extraño, con una de las patas rota. Una telaraña decorativa colgaba sobre unas cuantas calabazas sueltas como un sudario, ondeando levemente con la corriente de aire de la puerta. Parecía una broma pesada de Halloween que había salido mal.
Me acerqué para examinar el desastre y el suelo crujió bajo mis pies.
El sonido amplificó los latidos de mi corazón.
El mantel que habían quitado de una de las mesas de exhibición cubría un bulto en el suelo con forma de cuerpo.
¿Cómo se había cubierto el esqueleto de esa manera?
¿Habría vuelto a entrar Kyle después de que yo cerrara o alguien había entrado a la fuerza?
En ese momento, la calefacción se encendió como siempre y el mantel caído se agitó.
Avancé un paso y mi zapato hizo un pequeño sonido de succión.
El suelo estaba pegajoso, como si alguien hubiera derramado refresco.
La tienda estaba impecable antes de que me fuera la noche anterior.
Bueno, tan impecable como podía estar la pequeña y diminuta librería.
Sentí un nudo de pavor en el estómago. Algo andaba mal. Mis zapatos chapoteaban mientras me acercaba a la mesa caída y extendí una mano temblorosa hacia el mantel.
La campanilla de la puerta sonó cuando alguien entró. —Hola, Harper.
Me di la vuelta bruscamente para encarar a Kyle, con el corazón en la garganta. —Me asustaste. No tenías que venir a trabajar sino hasta más tarde.
—Quería preguntarte si me podías dar horas extra la próxima semana. —Observó el desastre detrás de mí, frunciendo el ceño. —¿Qué pasó?
—No sé. Parece que alguien vandalizó el lugar. Llamaré a la policía. —Mi mirada se posó en el esqueleto que se había derrumbado en un montón de huesos junto a la ventana del frente. Si el esqueleto estaba ahí, entonces ¿qué había debajo de…?
Dándome la vuelta de nuevo, lentamente extendí la mano hacia el mantel. Lo quité de un tirón y grité al ver el cuerpo sin vida del señor James tendido en un charco de sangre.