Asesinato con sabor a canela (Los misterios del Caffè delle Ortensie 1) 23 – La botella
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23 – La botella

Marta aparta la mirada de la imprenta.

Hace al menos una hora que no ve a Biscotto; probablemente haya encontrado a alguien dispuesto a ofrecerle una segunda cena.

Es tarde. Coge el abrigo fucsia del cuarto de atrás, se lo pone, toma el bolso y apaga las últimas luces del Caffè delle Ortensie.

Después sale y baja la persiana.

Apenas ha dado cuatro pasos por el vicolo delle Ortensie cuando oye un murmullo apagado. Reconoce la voz de Gabriele, que habla en voz baja. La persiana de la imprenta sigue bajada solo hasta la mitad.

El hombre está hablando por teléfono.

La curiosidad puede más que ella. Marta se detiene y agudiza el oído.

—No, así no está bien… —dice Gabriele en voz baja.

Pausa. Marta permanece inmóvil.

—Te estoy diciendo que están haciendo preguntas…

Otra pausa.

—No lo sé… hoy han venido a revisar los sótanos…

El hombre escucha la respuesta de la otra persona y luego contesta. —Es fácil decirlo desde ahí… Yo, en cambio, estoy aquí…

Marta se acerca un par de pasos más.

—No puedo seguir fingiendo que no pasa nada…

Pausa.

—No. Por teléfono, no.

Después baja todavía más la voz y la joven deja de distinguir las palabras. Pasan unos segundos. —De acuerdo. Te espero.

La llamada termina.

Marta debería marcharse. En cambio espera unos instantes y, empujada por la curiosidad, golpea suavemente la persiana. —¿Gabriele?

Desde dentro llega un ruido brusco. —¿Quién es?

—Soy Marta.

Silencio.

Entonces el impresor aparece detrás de la persiana, bajada a medias. —¿Qué haces todavía aquí?

—Acabo de cerrar.

—Yo también estaba cerrando.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Por primera vez desde que lo conoce, Marta lo ve realmente indeciso.

Él espera unos segundos y luego responde. —¿No puede esperar a mañana?

—Preferiría que no.

Levanta un poco la persiana. —Está bien, entra. Pero solo un minuto, que estoy cansado.

Marta se agacha y pasa por debajo.

Carta e Inchiostro parece distinta a esa hora. Las máquinas están apagadas, las pilas de papel proyectan sombras largas sobre las paredes y en el taller del fondo solo hay encendida una lámpara.

—¿Y bien? ¿Quieres que te imprima más menús?

—No.

—¿Tengo que preocuparme?

—¿Por qué ibas a hacerlo?

—En los últimos días, quien entra aquí sin querer imprimir nada solo trae problemas.

Marta sonríe, pero está tensa. —No, es solo una curiosidad que me ronda por la cabeza.

—Dime —responde él, impaciente.

—La noche en que murió Bellini, ¿a qué hora cerraste?

La sonrisa de Gabriele desaparece. —No lo recuerdo.

—Habías dicho que bastante pronto.

—Puede ser.

—Y, sin embargo, Filippo dice que antes de las nueve todavía estabas aquí porque Bellini tenía que pasar a verte.

—Entonces quizá fuera así. Han pasado varios días.

Marta lo observa. —¿De verdad no recuerdas si viste a Bellini aquella noche?

Gabriele ya no sonríe. Se acerca a ella. —Marta, es tarde. Solo quiero cerrar e irme a casa.

—Bellini vino aquí aquella noche. Admítelo.

—¡Vete a casa!

—¡Antes dime qué pasó!

Marta cruza los brazos sin retroceder. Ahora más que nunca siente que está cerca de la verdad.

Gabriele duda; durante un instante parece debatirse consigo mismo.

Pero entonces la mirada de ella cae sobre una balda detrás del mostrador.

Y ve una botella. Cristal transparente, etiqueta oscura. Es ginebra.

Contiene la respiración. Recuerda las palabras de Claudia y lo que le contó el inspector. Aquella noche Bellini había bebido alcohol.

Gabriele sigue su mirada y su expresión cambia. Esta vez no consigue disimularlo.

—Aquella noche brindaste con Bellini. ¿Verdad?

El hombre se pasa una mano por la cara. —¡No sabes lo que estás diciendo!

—¡Fuiste tú quien lo envenenó!

—¡No!

—Entonces explícamelo.

—¡No hay nada que explicar!

—Pasó aquí dentro, ¿verdad? Teníais que cerrar un trato y tú le ofreciste una copa. ¡Y poco después murió!

El rostro del hombre se pone rojo. —No deberías haber venido aquí. —Da un paso hacia ella.

Marta retrocede. —¡Gabriele, me estás dando miedo!

Luego mete una mano en el bolsillo del abrigo y saca el teléfono. —Creo que deberíamos llamar a Serra.

—¡Ya basta! —La voz del hombre estalla en la imprenta.

Marta da instintivamente un paso atrás, pero de pronto dos brazos la agarran por detrás y le arrancan el teléfono de la mano.

—Tú no vas a contarle nada a nadie.

Marta se vuelve de golpe y una figura femenina emerge por debajo de la persiana. —¿Claudia?

La mira, incrédula. —Así que vosotros dos os conocéis.

Claudia esboza una sonrisa cansada. —Desde mucho antes de lo que imaginas.

Marta mira a Gabriele. —¡Estabas hablando con ella! ¡Estabais compinchados!

Gabriele niega con la cabeza. —No, no es verdad.

—Entonces dime por qué está aquí.

—¡Marta, no es lo que piensas!

Pero ya el miedo ha sustituido a la curiosidad. La joven se zafa de Claudia y se mueve hacia la persiana, pero la mujer le bloquea el paso.

—Detente.

—¡Apártate!

Claudia la agarra de un brazo.

Gabriele interviene. —No le hagas daño.

—No le estoy haciendo nada.

—¡Dejadme salir!

La voz de Marta rebota contra las paredes de la imprenta. Durante un momento nadie sabe qué hacer.

Entonces Claudia mira a Gabriele. —Si sale de aquí, se acabó para los dos.

Él permanece inmóvil. —Ya se ha acabado.

—Todavía no.

—Claudia, tenemos que irnos.

—¿Adónde pensáis ir?

Gabriele no responde, pero coge un rollo de cinta americana de una estantería.

Marta lo mira fijamente. —¡Estáis de broma!

—No te haremos daño —dice él—. Pero no compliques las cosas. Alguien te encontrará.

Está a punto de gritar pidiendo ayuda cuando el hombre le pega una tira de cinta sobre la boca.

Ella se revuelve, intenta golpearlo, pero entre los dos consiguen inmovilizarla en una silla.

Gabriele le sujeta las muñecas y los tobillos con cinta.

Marta gime y sigue forcejeando.

Él la mira, conmocionado. —Por favor, deja de moverte. No quiero hacerte daño.

Marta lo fulmina con la mirada.

Claudia recoge el bolso. —Tenemos que irnos ya.

Gabriele permanece inmóvil; parece a punto de derrumbarse. —Solo tenía que ser un somnífero…

Claudia se vuelve de golpe. —Muévete y deja de decir tonterías.

Gabriele la mira, después baja la vista y la sigue fuera de la tienda.