22 – Los pizzini
Serena vuelve a la sastrería a última hora de la tarde.
Lleva una funda para ropa colgada de un brazo y una bolsa de papel en la otra mano. La deja sobre el mostrador, se quita el abrigo y solo entonces se da cuenta de que Filippo tiene el ordenador abierto delante. —¿Qué estás haciendo?
El chico baja la pantalla casi por reflejo. —Nada.
Demasiado tarde, porque su madre se ha dado cuenta. —Cuando dices «nada» con esa cara, normalmente significa algo.
Él suspira. —Ha venido Marta.
Serena se queda inmóvil. —¿Marta? ¿Aquí?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Mientras no estabas.
La mujer deja despacio el bolso sobre el mostrador. —¿Y qué quería?
Filippo vacila. —Ver unas fotografías.
—¿Qué fotografías?
—Las que Bellini me había hecho sacar.
Serena lo mira fijamente. —¿Y se las has enseñado?
—Ya estaban en el ordenador.
—Esa no era la pregunta.
Filippo no responde y su madre cierra los ojos un instante. —Fantástico. La policía te incauta el teléfono y tú recuperas las mismas fotos de la nube para enseñárselas a Marta.
—Ha descubierto algo.
—No me interesa.
—Mamá…
—No, Filippo. Ya han encontrado a un culpable. Es Cesare. La policía está haciendo su trabajo y tú, por fin, ya no estás en el centro de esta historia. Quiero que siga siendo así.
Filippo vuelve a abrir el portátil. —Pero mira.
Serena no quiere, pero al final puede más la curiosidad.
En la pantalla hay una fotografía del interior de Carta e Inchiostro. El mostrador, la guillotina, varias resmas de papel. Al fondo, casi fuera del encuadre, se ve una hoja color marfil. Apenas se distingue la inscripción REPUBLIC OF LIB…
Serena frunce el ceño. —¿Qué es eso?
—No lo sé.
—¿Y Marta?
—Tampoco. Pero ha dicho que se parece a un fragmento que Serra encontró en la vieja máquina de imprimir.
Serena se vuelve hacia su hijo. —Ya está bien.
—¿Qué he hecho?
—Ya has hablado con la policía. Si quieren saber algo más, volverán a llamarte.
—Pero esto no se lo he contado.
Serena permanece inmóvil. —Da igual. No me interesa, y a ti tampoco debería interesarte ya.
Filippo aparta la mirada, y eso basta para que su madre comprenda que no piensa dejarlo correr tan fácilmente.
Serena coge el teléfono. —Vale. Ahora llamo a Marta y le digo que te deje en paz.
—No hace falta.
—A mí sí me hace falta.
Marca el número y habla. —¿Marta? ¿Puedes venir un momento?
Escucha la respuesta.
—Sí, a la sastrería. Ahora.
Cuelga.
Filippo la mira. —¿Por qué la has llamado?
—Porque esta historia tiene que terminar.
Cinco minutos después Marta entra en la sastrería. Detrás de ella vienen Camilla y Armida.
Serena mira a las tres. —Naturalmente.
Armida se quita el abrigo. —Buenas tardes a ti también.
—Yo había llamado a Marta.
—Estábamos juntas.
Camilla señala a Armida. —Y dejarla sola era arriesgado.
—Qué graciosa —comenta la mujer.
Serena no sonríe y se dirige a Marta. —Has interrogado a mi hijo mientras yo no estaba.
—No lo he interrogado.
—Le has hecho preguntas.
—Es ligeramente distinto.
—Para mí no.
Marta comprende que esta vez Serena está de verdad enfadada e intenta calmarla. —Solo quería aclarar una cosa.
—No tienes que aclarar nada. No eres policía, eres la dueña de un bar, por si se te ha olvidado.
La frase resulta más dura de lo que Marta esperaba.
Camilla hace ademán de intervenir, pero Marta la detiene con una mirada.
Serena continúa. —A Filippo lo han interrogado, le han quitado el teléfono y ha pasado días convencido de que podían acusarlo de asesinato. Ahora, por fin, investigan a otra persona y tú vienes aquí a meterlo otra vez en medio.
—No quiero meterlo otra vez en medio.
—Es exactamente lo que estás haciendo.
Filippo cierra el ordenador. —Mamá, basta.
Serena se vuelve hacia él. —No. Eres mi hijo y, por una vez, me gustaría evitar que hicieras alguna estupidez.
—Mamá, Marta tiene razón, tenemos que encontrar la verdad. ¿Es que no lo entiendes? Ya sabéis que Bellini me hacía hacer cosas…
—Filippo, no… —le suplica Serena.
Pero el chico ya ha empezado. —Hacía pequeños trabajos. Al principio, fotografías. Luego controlaba quién entraba, quién salía y si una tienda estaba abierta.
Armida saca el cuaderno del bolso.
Serena la fulmina con la mirada. —Eso no.
Armida vuelve a guardarlo despacio. —Como quieras.
Marta se acerca al mostrador. —¿Y después?
Filippo mira a su madre. —Después estaban los mensajes.
—¿Qué mensajes? —pregunta Camilla.
El chico coge un trozo de papel del mostrador y lo dobla dos veces. —Papelitos escritos a mano. Bellini los preparaba así.
Armida no puede resistirse. —Pizzini.
Serena la mira. —Armida.
—No he sacado el cuaderno.
Filippo esboza una sonrisa. —Sí. Más o menos, pizzini.
Marta se pone seria. —¿A quién se los llevabas?
—A varias personas.
—¿Aquí, en el patio?
—Casi siempre.
Serena lo mira, incrédula. —¿Y nunca se te ocurrió contarme esto?
—Mamá, me pagaba. Y nosotros no tenemos un duro.
—¿Cuánto?
Filippo vacila. —Cincuenta euros.
—¿Por mensaje?
—A veces.
Serena apoya las dos manos en el mostrador. —¿Cincuenta euros por llevar un papelito de una tienda a otra y no te preguntaste por qué?
—Claro que me lo pregunté. Pero cincuenta euros eran una respuesta bastante buena.
Armida asiente. —En eso tiene su lógica.
—¡Armida, basta!
—He dicho que tiene su lógica, no que hiciera bien.
Marta interviene antes de que Serena estalle. —¿Los leías?
—No. Estaban doblados y cerrados con una grapa.
—¿A quién se los entregaste?
Filippo piensa. —A Cesare. A Gabriele. Una vez a Livia y también a Claudia.
—¿También a ella?
Filippo se encoge de hombros. —Sí, pero solo una vez. Y era un sobre.
—¿Cuándo?
—Hace unas semanas.
Serena toma aire. —Ahora sí que basta. Esto no significa nada. Terminemos aquí.
Pero Filippo continúa. —Los últimos días me hacía vigilar sobre todo a Gabriele.
Marta se detiene. —¿A Gabriele?
—Sí.
Camilla se acerca. —¿Por qué?
—Bellini no se fiaba de él.
—¿Te lo dijo él? —pregunta Marta.
—Sí. Tenía que vigilarlo. Las fotografías eran para eso.
—¿Qué tenías que controlar?
—Si abría. Bellini tenía miedo de que cerrara la tienda y desapareciera.
—¿Por qué iba a hacer algo así?
—No lo sé. Decía que tenían un negocio importante y que él no podía echarse atrás precisamente entonces.
—¿Qué negocio?
—No me lo dijo.
Serena niega con la cabeza. —Ese cabrón te utilizaba para controlar a la gente.
—Lo sé.
—Ahora lo sabes.
—Sí, mamá, ¡pero lo hice solo por el dinero! Y además tenía que entrar en su despacho y destruir el documento con el que nos chantajeaba. Pero no lo encontré. Y aquella noche perdí los papeles con él.
Serena rompe a llorar y abraza a su hijo. —No tenías que haberlo hecho… Es culpa mía…
—Discutimos.
Marta da un paso hacia él. —¿Lo envenenaste tú, Filippo?
El chico la mira. —No, no fui yo. Discutimos a lo bestia, pero no lo maté. El cabrón además me debía dinero y no me lo pagó.
—¿Qué dinero?
—Trescientos euros. Por todos los trabajos que le había hecho esa semana.
Marta interviene. —¿Qué pasó aquella noche?
—Marta, basta.
Pero Filippo ya ha empezado. —Bellini estaba cabreado por lo que había dicho en la reunión de la mañana.
Camilla frunce el ceño. —¿Cuando te enfrentaste a él delante de todos?
—Sí. Me había tomado demasiadas confianzas y me dijo que ya no se fiaba ni de mí.
Marta recuerda perfectamente la escena. Filippo levantándose, la silla arrastrándose por el suelo, Bellini diciéndole que los actos tienen consecuencias. —Entonces le pediste el dinero que te debía —dice.
Filippo asiente. —Sí, pero empezó a reírse. Después de lo de aquella mañana podía olvidarme del dinero. Y dijo que para nosotros se había acabado.
Serena frunce el ceño. —¿Qué se había acabado?
—La sastrería. Dijo que se la quedaría pronto, porque no teníamos dinero para resistirle.
—¡Ya basta, Filippo! Por favor, no digas nada más.
Pero el chico niega con la cabeza. —Le dije que era un cabrón y que no se lo permitiría jamás. Que antes de ponerle las manos encima a la sastrería tendría que pasar por encima de mí.
Serena se queda blanca.
Camilla baja lentamente la mirada.
Marta permanece inmóvil. —¿Le dijiste eso a Bellini pocas horas antes de que muriera?
—Estaba enfadado.
—Y no se lo contaste a Serra.
—Eso en concreto, no.
Marta coge el teléfono. —Tenemos que llamarlo.
Serena se vuelve de golpe hacia Marta. —No. De ninguna manera. ¿Qué crees que va a pasar?
Marta guarda silencio.
Filippo interviene. —Mamá, yo no lo maté.
Serena se vuelve hacia él. —Lo sé. Pero a partir de ahora no vuelves a decirle una palabra a nadie sin un abogado.
Filippo resopla. —No soy un criminal.
—Me da igual. Eres mi hijo.
Después la modista mira a Marta. —Y tú guarda ese teléfono.
—Pero hay elementos nuevos para la investigación… Lo de Gabriele podría cambiarlo todo…
—Quizá.
—Y esa foto quizá pueda explicar…
—¡Marta, ya basta! —La voz de Serena llena la sastrería—. Ya han encontrado al culpable. Mi hijo no tiene nada que ver y tú no eres policía. ¿Quieres dejar de jugar a policías y ladrones?
Durante unos instantes todos se quedan en silencio.
Marta niega con la cabeza. —¿Y si no hubiera sido Cesare?
—No me interesa descubrirlo a costa de Filippo. Ahora quiero que os vayáis de aquí. Ya.
Las tres mujeres se levantan. Armida coge el bolso y Marta llega a la puerta junto a Camilla.
—¿Los pizzini que llevabas a Gabriele eran distintos de los demás? —intenta preguntar Marta una vez más a Filippo antes de salir.
—¡FuerAAAA! —grita Serena, abriendo mucho los ojos, esta vez fuera de sí.
La puerta de la sastrería se cierra detrás de ellas.
Las tres mujeres cruzan el patio en silencio. Cuando vuelven al Caffè delle Ortensie, Marta apoya las manos en el mostrador, Camilla cierra la puerta de cristal y Armida por fin saca el cuaderno.
Marta la mira. —No empieces.
—No estoy empezando. Estoy continuando.
Abre una página limpia y escribe un solo nombre. GAbrIELE. Bellini lo vigilaba, no se fiaba de él y aquella noche probablemente se encontraron.
Camilla lee por encima de su hombro. —Dicho así no suena demasiado bien.
Marta mira a través de la puerta de cristal. Al otro lado del patio, detrás del escaparate de Carta e Inchiostro, Gabriele está inclinado sobre el mostrador trabajando.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —le pregunta Camilla.
Marta no aparta la mirada de la imprenta. —Estoy pensando que quizá hemos estado mirando en la dirección equivocada.
Armida deja la pluma. —¿Y qué hacemos?
Marta mira el teléfono sobre el mostrador y luego se encoge de hombros. —De momento, nada.
Camilla la mira sorprendida. —¿Nada?
—Lo que sabemos viene de Filippo. Serena tiene razón, al menos en eso.
Armida cierra el cuaderno. —Pero eso no significa que tengamos que dejar de pensar.
—Eso, por desgracia, no puedo impediros hacerlo.
Pasa casi una hora. Entran los últimos clientes de la tarde y después el movimiento disminuye.
Armida bosteza e intenta ocultarlo enseguida detrás de una mano.
Marta la mira. —Vete a casa, ya han pasado las siete.
La mujer mira el reloj, cierra el cuaderno y lo mete en el bolso.
Luego se levanta y se pone el abrigo rojo. —De acuerdo. Por hoy puedo concederos unas horas sin mí. Buenas noches.
—Buenas noches.
Marta la ve cruzar el callejón y desaparecer por el portal de su casa.
Poco después Camilla también se pone la chaqueta azul petróleo y coge el casco de la estantería. —Yo también tengo que salir corriendo.
Marta se vuelve. —¿Tú adónde vas?
—Tengo una cita.
Marta levanta una ceja. —No sabía nada.
—¡No te cuento todo!
Coge el bolso y le da un beso en la mejilla. —No cierres tarde.
—La que sale eres tú.
—Lo sé, lo siento. Pero mañana recupero, lo prometo.
El local vuelve a quedarse en silencio. Marta ordena las últimas tazas, limpia el mostrador y cierra la caja.
Sin embargo, a través de la puerta de cristal ve que algunas tiendas siguen iluminadas. En la sastrería de Serena hay luz, aunque la persiana está casi bajada; Livia está colocando las últimas flores y Gabriele sigue en la imprenta.
Marta se queda observándolo.
Él se mueve detrás del mostrador, recoge unas hojas y las aparta; después se detiene, levanta la cabeza y durante un instante sus miradas se cruzan a través del patio.