Asesinato con sabor a canela (Los misterios del Caffè delle Ortensie 1) 17 – La coartada que no encaja
65%

17 – La coartada que no encaja

A primera hora de la tarde, el Caffè delle Ortensie casi siempre está tranquilo.

Marta está colocando unas tazas detrás de la barra, Camilla revisa los pedidos del día siguiente y Armida ocupa su mesa de siempre junto a la ventana, con un capuchino y el periódico abierto delante.

Fuera, en el patio, Cesare está en su tienda.

Lleva unos minutos trabajando con la puerta abierta, inclinado sobre un pequeño mueble que está restaurando.

Marta lo ha visto entrar poco después de comer y no le ha prestado más atención.

Entonces, desde el callejón, llega el sonido fuerte e insistente de dos sirenas.

Camilla levanta la cabeza. —¿Has oído eso?

Un coche de policía reduce la velocidad delante de la entrada del patio. Detrás llega otro.

Armida baja lentamente el periódico. —Eso no es una entrega.

—¡Armida!

—¡Solo estoy mirando!

Marta se acerca a la puerta acristalada y ve que Serra entra el primero en la tienda de Cesare. Con él van dos agentes uniformados.

Uno lleva una carpeta bajo el brazo; el otro, un maletín rígido.

Camilla se acerca a Marta. —Dios mío, ¡es de verdad!

Armida ya está de pie. —Es un registro.

Marta se vuelve. —¿Y tú cómo lo sabes?

—Tres policías, una carpeta y un maletín. No han venido precisamente a reservar una mesa.

Cesare solo se da cuenta de que están allí cuando Serra llega a la puerta.

Desde el escaparate del bar lo ven levantar la cabeza.

El inspector le enseña un papel. El anticuario lo coge, lo lee y levanta inmediatamente la vista.

Dice algo, Serra responde y Cesare niega con la cabeza.

Un agente entra en la tienda y después entra el otro.

—¿Qué están haciendo? —pregunta Camilla.

Marta no responde; ya es evidente. —De verdad sospechan de él —dice.

Esa mañana el inspector había sido conciliador con él. Le había permitido volver al trabajo, dándole a entender que todavía estaban comprobando algunas cosas. Y, sin embargo, ahora está allí con dos agentes.

Armida ya no bromea. —Eso parece.

La puerta de la tienda permanece abierta mientras los agentes realizan el registro.

Marta intenta trabajar al otro lado del patio. Sirve dos cafés, lleva una porción de tarta a la mesa junto a la librería, coloca unos vasos e incluso se equivoca al darle el cambio a una clienta.

Pero cada vez termina mirando hacia la tienda del anticuario.

Los agentes trabajan de forma metódica. Abren cajones, armarios y cajas, y fotografían todo.

Hacen que Cesare se siente junto al escaparate; no está detenido, pero resulta evidente que nadie quiere que se mueva.

Serena sale de la sastrería, Livia aparece en la puerta de La Ginestra y poco después Gabriele asoma también desde la imprenta.

Todos miran, pero nadie se acerca.

—Da mal rollo —dice Camilla.

—Mucho —responde Armida, que ha vuelto a sentarse y de vez en cuando echa un vistazo al periódico—. Si están buscando con tanto empeño, deben de creer que hay algo importante.

—O quizá buscan precisamente porque no tienen suficientes indicios —dice Marta.

Pasan cincuenta minutos y la tensión en el patio aumenta.

Un agente entra en la trastienda y desaparece de su vista. Al cabo de unos minutos reaparece y llama a Serra. El inspector se acerca, hablan en voz baja y después vuelven los dos al fondo.

Marta se acerca al escaparate. —Han encontrado algo.

Camilla la mira. —¿Cómo lo sabes?

—Mira la cara del inspector.

Armida asiente. —Sí.

Pasan otros dos minutos y Serra reaparece con una gran lata metálica, que deja sobre la mesa de trabajo de Cesare.

El anticuario se pone en pie de golpe; un agente le apoya una mano en el brazo y hace que se quede donde está.

Marta apenas consigue ver nada, pero entiende que la investigación está llegando a un punto decisivo.

—No me gusta nada lo que estoy viendo —dice Camilla.

Serra mete una mano en la lata y saca una agenda negra.

Marta deja de respirar durante un instante. —La agenda.

Armida se acerca al escaparate. —¿La de Bellini?

—Podría ser.

Serra la abre, hojea unas páginas y después se la entrega al agente del maletín, que la guarda en una bolsa transparente.

Luego saca una pequeña caja de lo que parece un medicamento.

Le da la vuelta entre las manos, lee la etiqueta e intercambia una mirada con el otro agente.

Cesare vuelve a levantarse y el agente lo hace sentarse otra vez.

—¿Qué es? —pregunta Camilla.

Marta niega con la cabeza. —No lo sé.

Serra sigue vaciando la lata y saca unos pequeños trozos de papel blanco. Son sobres de azúcar.

El registro continúa casi media hora más. Cuando por fin el inspector sale de la tienda, habla durante unos minutos con uno de los agentes y vuelve a entrar.

Cesare sigue sentado. Uno de los hombres le dice algo y él niega con la cabeza.

Serra vuelve junto a él. Hablan otra vez. Finalmente, el anticuario se levanta y coge el abrigo.

Marta lo entiende. —Se lo llevan.

Camilla se acerca. —¿Está detenido?

—No lo sé.

Armida se levanta. —En cualquier caso, no lo están invitando a cenar.

Marta sale del bar. Camilla y Armida la siguen.

Serra y los dos agentes acompañan a Cesare fuera de la tienda. No lleva esposas, pero se marcha con ellos.

Serena está parada delante de la sastrería, Livia junto a La Ginestra y Gabriele observa desde la puerta de la imprenta.

Cesare mira a todos y, cuando ve a Marta, se dirige a ella. —No he sido yo.

El inspector le hace un gesto para que siga andando y se dé prisa.

Cesare se detiene de todos modos. —Marta, esas cosas no son mías.

—Entonces, ¿cómo han acabado ahí?

Cesare abre los brazos. —No lo sé. Te lo juro.

—Señor Rinaldi, dese prisa —le dice Serra.

Cesare lo mira. —¿Me están deteniendo?

—Lo estamos acompañando a comisaría para un interrogatorio formal.

—¿Y después?

—Dependerá de lo que salga a la luz y de las decisiones del fiscal.

Cesare baja la mirada. Por primera vez parece realmente asustado. Después se deja acompañar hacia la verja.

El coche de policía se marcha pocos minutos después.

El segundo se queda. Dos agentes colocan la cinta delante de la tienda de Cesare.

Serena vuelve a trabajar en la sastrería y Livia hace lo mismo.

Gabriele permanece unos segundos más en la puerta. —Mala historia —dice.

Marta lo mira. —Ya.

—Si han encontrado todas esas cosas ahí dentro… —continúa el impresor, pero deja la frase en el aire.

—No significa necesariamente que haya sido él.

Gabriele aprieta los labios. —No. Pero no pinta bien.

—No.

Él vuelve a entrar en la imprenta.

Marta sigue mirando la tienda precintada y Camilla se acerca a ella. —¿Crees que ha sido él?

—No lo sé.

Armida llega a sus espaldas. —Tenía un móvil, y de los grandes.

Marta permanece en silencio.

—¿Qué pasa? —pregunta Armida.

La joven mira la cinta policial que se mueve ligeramente con el viento. —No lo sé.

—¿Pero?

—Pero si hubieras matado a alguien y supieras que la policía te considera uno de los principales sospechosos… ¿guardarías en tu tienda la agenda de la víctima, el veneno y los sobres que se usaron para envenenarlo?

Armida ladea la cabeza. —Podría haber sido idiota.

—Podría —responde Marta, poco convencida.