Asesinato con sabor a canela (Los misterios del Caffè delle Ortensie 1) 10 - Flores para nadie
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10 - Flores para nadie

El ramo de flores, por supuesto, sigue bajo custodia policial.

—Eran unas preciosas rositas italianas —le dice la florista a Marta, que ha ido a llevarle el café.

—Ha muerto un hombre, Livia. ¿Cómo puedes preocuparte ahora por las rosas?

—Pueden darme pena las dos cosas al mismo tiempo.

Están en La Ginestra, delante de la gran mesa de trabajo. Junto a las tazas hay una porción de tarta de manzana que Livia asegura no querer, aunque ya se ha comido la mitad.

A su alrededor, cubos llenos de tulipanes, rosas y ramas de eucalipto ocupan casi todo el espacio disponible.

Biscotto duerme dentro de una cesta vacía. La florista ha intentado echarlo dos veces, pero siempre ha vuelto.

Marta retoma la conversación. —Bellini había encargado el ramo para una mujer.

—Eso creo.

—¿No te dijo para quién era?

Livia baja los ojos hacia la taza. Solo por un instante. —No…

Marta la observa. —¿Estás segura?

—Sí. ¿Por qué iba a decírmelo?

La respuesta llega demasiado deprisa y Livia se inclina enseguida para colocar unos tallos que ya estaban perfectamente alineados sobre la mesa.

Marta no insiste en ese punto, pero continúa. —Por lo menos lo pagó, ¿no?

—Sí, por adelantado.

—¿En efectivo?

—Claro. Ese hombre siempre pagaba todo en efectivo.

—Entonces, cuando cerraste la tienda aquella noche, el ramo seguía aquí.

—Bueno… sí, él no pasó a recogerlo.

—¿Y la puerta que da al patio estaba forzada?

—No.

—¿Quién tiene las llaves?

—Yo… pero también Serena, para las emergencias.

—¿Qué emergencia puede haber en una floristería?

—Y yo qué sé… Hace unos años nos intercambiamos las llaves. Yo tengo las suyas y ella las mías.

—¿Bellini podía tener una copia?

Livia niega con la cabeza. —No creo. Cambié la cerradura hace dos años.

—¿Por qué?

La florista deja lentamente la taza. —Una mañana encontré la puerta abierta.

—¿Había entrado alguien?

—Faltaba la recaudación del día anterior.

—¿Denunciaste el robo?

—Sí.

—¿Encontraron al responsable?

—No.

Marta espera. —No me digas que pensaste en Bellini…

Livia coge otro trozo de tarta. —No lo sé. Pero no lo creo. Aunque… una semana antes me había preguntado cuánto ganaba.

—¿Y qué?

—No hacía preguntas por curiosidad. Recogía información.

Marta bebe un sorbo de café. —¿Y tú adónde fuiste aquella noche después de cerrar?

Livia la mira. —A casa de mi hermana.

—¿Dónde?

—En Testaccio. Era el cumpleaños de mi sobrino.

—¿Fuiste directamente?

—Más o menos. Además, llegaba tarde.

Marta asiente. —Entonces tu hermana puede confirmarlo.

Livia esboza una sonrisa. —Claro. Toda mi familia. Y también Instagram. Cuando hay un cumpleaños, siempre publican decenas de historias.

Marta sonríe y, de momento, deja el asunto.

La puerta se abre y Armida entra con un pequeño paraguas cerrado entre las manos. —¡Aquí estáis!

Marta la mira. —Nos veías desde el escaparate.

—Estar físicamente presentes no significa necesariamente estar disponibles.

Armida se quita el abrigo y repara enseguida en la tarta. —Tiene buena pinta. ¿Queda un trocito?

Livia empuja el plato hacia ella. —Acábatela tú. Marta me está interrogando.

—Ahora interroga a todo el mundo.

—No, yo no interrogo a nadie —responde la joven, contrariada.

Armida prueba la tarta. —Con tu inspector pareces más dispuesta.

—No es “mi inspector”… Y, además, ¿podemos evitar esta conversación?

Livia sonríe y se vuelve hacia Marta. —Entonces, ¿hay algo entre vosotros dos…?

—Pero no, no hay nada.

—Pero te gusta —sentencia Armida.

—No me gusta; es más… me irrita.

La puerta vuelve a abrirse y entra precisamente Serra. Durante unos segundos ninguna de las tres dice nada.

Él mira primero a Livia, luego a Marta y por último a Armida. —¿Interrumpo algo?

—No… no… —responde Marta demasiado deprisa.

Serra decide prudentemente no profundizar y se dirige directamente a la florista. —Señora Rosati, necesito hablar con usted.

—Por supuesto.

—A solas.

El tono es amable, pero no admite discusión.

Marta coge su taza. —Vámonos —le dice a Armida.

—Todavía no he terminado la tarta.

Livia le entrega el plato. —Llévatela.

La mujer suspira y sigue a Marta hacia la puerta. Antes de salir, sin embargo, se vuelve hacia el inspector. —Si necesita información, estoy en el café.

—Ya me lo imaginaba —le responde él.

Cuando la puerta se cierra, Serra saca la libreta. —Empecemos por aquella noche. Después de cerrar la tienda, ¿adónde fue?

—A casa de mi hermana, en Testaccio. Era el cumpleaños de mi sobrino.

—¿A qué hora salió del callejón?

—No recuerdo el minuto exacto. Sobre las nueve y media.

—¿Cómo fue hasta allí?

—En taxi.

—¿Lo pidió usted?

—Con la aplicación.

Serra toma nota. —¿Y hasta qué hora se quedó en casa de su hermana?

—Hasta pasada la medianoche.

—¿Había otras personas?

—Mi cuñado, mi sobrino, algunos parientes. Y mi hermana se pasó la noche haciendo fotos y vídeos.

—Lo comprobaremos.

Livia abre las manos. —Adelante.

Serra anota algo más y luego cambia de tema. —Bellini le había encargado el ramo que encontramos junto al cadáver.

—Sí.

—¿Le dijo para quién era?

Livia se lleva instintivamente una mano al delantal. —No.

Serra levanta la vista de la libreta. —¿Está segura?

La florista vacila un instante; un ligero rubor le sube a las mejillas. Luego se arma de valor. —Sí.

Serra advierte su incomodidad, pero le sigue el juego. —¿Qué clase de ramo era?

Livia mira el papel, ya arrugado, que hay sobre la mesa. —Rosas rosa empolvado, florecitas blancas y verde.

—¿Romántico, según su experiencia?

La pregunta parece divertirla. —No especialmente.

—¿Qué quiere decir?

—Un hombre enamorado que quiere que lo perdonen gasta más.

Serra arquea una ceja. —¿Es un criterio de investigación?

—En mi trabajo resulta bastante fiable.

—Entonces, según usted, ¿por qué había encargado Bellini esas flores?

Livia se lo piensa. —Para ablandar a una mujer.

—¿Antes de pedirle que firmara algo?

—O después.

Serra la observa durante unos segundos. —Y sigue sosteniendo que no sabe quién era esa mujer.

—Exacto.

El tono es firme; las manos, no. Han empezado a enrollar entre los dedos el borde del delantal, como si estuviera ocultando algo.

Serra se da cuenta, pero por el momento cambia de tema. Ya volverá sobre ello. —¿Conoce a una mujer llamada Chiara Valenti? —le pregunta.

Livia reflexiona. —No.

—¿Está segura?

—El nombre no me dice nada.

Serra saca el teléfono y le enseña una fotografía.

Livia se acerca y su expresión cambia apenas. —Si es ella, entonces sí, la he visto. Precisamente con ese cabrón.

—¿Cuándo?

—Hace una semana, quizá algo más.

—¿Dónde?

—Delante de la entrada del patio. Estaban discutiendo.

—¿Está segura?

—Sí, y de pronto la vi llorar.

—¿Oyó algo?

La florista vacila. —Bellini le estaba enseñando unos papeles. Tenía una expresión amenazante. Pero no sé nada más.

—¿Por qué no me habló de esto antes?

—Porque él discutía con mucha gente. —Livia cruza los brazos—. Si tuviera que contarle cada vez que lo vi amenazar a alguien, todavía estaríamos con el primer interrogatorio.

—Que fuera algo frecuente no significa que no sea importante. ¿Cree que Bellini también le había prestado dinero a ella?

—No tengo ni idea, pero es probable.

—¿Y conoce a otras personas que hayan recibido dinero de él?

Livia baja los ojos hacia la mesa. —Sí.

—¿Quién?

Durante unos segundos no responde. Luego se quita el delantal y lo deja sobre el respaldo de la silla.

—Claudia Ferri. Es amiga mía. Mantuvo una relación con él. Durante casi cuatro años.

—Increíble. ¿Y ella también le debía dinero?

Livia mira hacia el escaparate. —Al principio no, pero entre ellos pasó de todo.

—¿Eran para ella esas flores?

Livia se queda inmóvil; la pregunta ha llegado sin aviso. —Le he preguntado si el ramo que Bellini encargó era para Claudia Ferri.

Livia baja la mirada y después asiente. —Sí.

Serra deja el bolígrafo. —Entonces antes me ha mentido.

—Sí.

—¿Por qué?

La florista expulsa el aire lentamente. —Porque Claudia es amiga mía.

—Eso no responde a la pregunta.

—Sabía que, si le decía enseguida que Bellini había encargado flores para ella, la buscarían y la interrogarían. Empezarían a escarbar en su historia. Y yo quería mantenerla al margen de todo esto.

—Pero ha muerto un hombre. ¿Se da cuenta o no, señora Rosati?

—Lo sé.

—Y aun así prefirió mentir.

Livia aprieta los labios. —Quería protegerla.

Serra guarda silencio. La florista mira hacia el escaparate. Al otro lado del callejón, Marta y Armida han vuelto al Caffè delle Ortensie.

Armida, por supuesto, está mirando en su dirección.

Livia baja la voz. —Claudia tenía un piso. Era de su madre.

—¿Y Bellini?

—Al final se lo quedó él.

—Cuéntemelo todo desde el principio.