11 - La casa de Claudia
Livia cierra La Ginestra durante media hora.
Gira el cartel de la puerta, baja la cortina del escaparate y se queda a solas con el inspector.
Marta y Armida vuelven al bar sin protestar demasiado. O, al menos, Marta. Armida tarda unos segundos más en aceptar que un interrogatorio policial pueda desarrollarse sin ella.
Serra se sienta ante la gran mesa de los arreglos florales, mientras la florista permanece de pie.
—¿Prefiere sentarse? —pregunta el inspector.
—No, solo quiero terminar pronto, que tengo mucho trabajo para mañana.
—No depende únicamente de mí.
Ella suspira y se sienta.
Serra abre la libreta. —Hábleme de Claudia.
Livia rodea con ambas manos la taza de café, ya casi fría. —Claudia Ferri es una de mis mejores amigas. Nos conocemos desde el instituto.
—¿Cuándo conoció a Bellini?
—Hace unos cinco años, y fue culpa mía. Venía a menudo aquí a comprar flores. Un día conoció a Claudia y la invitó a cenar.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
—Casi cuatro años. A ella le gustaba aquel hombre porque se sentía protegida y mimada. Aunque yo la había advertido. Pero no hubo manera. Al principio era atento y cariñoso. Después empezó a controlarla y las cosas entre ellos cambiaron.
—¿De qué manera?
—Llamadas, horarios, dinero. Si salía a hacer cualquier cosa, quería saber adónde iba. Si compraba algo, le preguntaba cuánto había gastado. Al final Claudia casi no hacía nada sin pensar antes en cómo reaccionaría él.
Serra toma nota. —¿Y se separaron por eso?
—Sí, también por eso.
Livia baja la mirada. —Pero cuando ella decidió echarlo de casa, él sostuvo que le debía ochenta mil euros.
Serra deja de escribir. —¿Tanto?
—Sí. Claudia había heredado de su abuela un piso en el Pigneto y, cuando decidieron irse a vivir allí juntos, él propuso reformarlo y encargarse de las obras. No reparó en gastos y lo pagó todo él.
—¿Había documentos?
—Sí, le había hecho firmar una serie de papeles para cubrirse las espaldas.
—¿Sabía lo que firmaba?
Livia vacila. —No siempre. Arturo le ponía delante presupuestos, recibos, autorizaciones. Y ella confiaba en él.
Pronuncia la última palabra con amargura.
Serra no comenta nada y continúa. —¿Qué hizo Bellini cuando ella se negó a pagar?
—Empezó con las cartas. Luego las llamadas. Se presentaba delante de su trabajo. Mandaba a gente para recordarle que un juicio le costaría mucho dinero.
—¿Qué gente?
—No lo sé exactamente, pero eran tipos poco recomendables.
—¿La amenazaban?
—Nunca de forma directa. Eran lo bastante listos como para no hacerlo.
Pero ella tenía miedo. Empezó a dormir mal y a mirar a su alrededor cuando salía de casa.
Pero el golpe definitivo fue perder el trabajo.
En ese momento se encontró contra las cuerdas.
Y Bellini le propuso una solución: el piso a cambio de la deuda y algo de dinero en efectivo.
—Y ella aceptó.
Livia asiente. —No tuvo otra opción. Se lo cedió y volvió a casa de sus padres, en el Casilino.
—¿Siguen en contacto?
—Sí, hablamos a menudo.
Serra espera unos segundos antes de formular la siguiente pregunta. —¿Bellini la había buscado recientemente?
Livia baja la mirada y esa vacilación basta.
—¿Cuándo?
—Hace un mes. En realidad fue ella quien lo buscó a él.
Serra la mira fijamente. —¿Pero por qué?
—Por desgracia, inspector, aquella había sido la relación más larga de Claudia. Y con el tiempo uno tiende a olvidar. Bellini era un hombre de poder… y, por desgracia, a ella siempre le han atraído los hombres como él. Estaba dispuesta a perdonarlo.
—Increíble —responde Serra, casi perturbado.
Livia continúa. —Fui a su despacho para hablar con él.
—¿Cuándo?
—El día que murió. Quería saber qué intenciones tenía con ella. Al final discutimos.
—¿Por Claudia?
—Sí. Le dije que la dejara en paz.
—¿Y él?
—Se rio. Me dijo que iban a volver juntos y que se verían precisamente aquella noche en el patio. El lugar de su primer beso. Y me pidió que preparara un pequeño ramo de flores para ella.
—¿Y usted qué hizo?
Livia guarda silencio unos instantes. Después continúa. —Le dije que era un cabrón. Que se aprovechaba de una persona débil. Y que contaría a todo el mundo lo que le había hecho. Estaba enfadada con él, pero también con ella. Pero no por eso lo maté, inspector.
—Yo no he dicho eso.
—¿Acaso no lo está pensando?
—No, solo estoy reuniendo los hechos.
—Él me amenazó. Me dijo que, si me metía por medio, me arruinaría —continúa Livia, retorciéndose las manos por la tensión.
—¿Y podía hacerlo? No me diga que usted también le debía dinero…
La florista agacha la cabeza. —Debo dos años de cuotas de la comunidad… y él evitó que me escribiera el abogado. Bellini era habilísimo detectando las necesidades de la gente y, al principio, se mostraba muy comprensivo y dispuesto a ayudar.
—De acuerdo, volvamos a la noche de su muerte.
Ella se pone rígida.
—¿Se quedó después de cerrar?
Livia lo mira. —¿Cómo lo sabe?
—Las preguntas las hago yo —responde Serra, y por primera vez su tono pierde parte de la cordialidad habitual.
—Sí. Me quedé.
—¿Por qué?
—Tenía trabajo que terminar y después tenía que dejar el ramo de flores sobre la mesita junto al limonero.
Serra señala el papel de la mesa. —¡Así que fue usted!
—Sí. Bellini no pasó a recogerlo. Después de la reunión de la mañana me dejó una nota en el escaparate en la que me pedía que se lo dejara en el patio.
—¿Conserva la nota?
—No, la rompí.
—¿Cómo entró en el patio?
—Desde la tienda. Dejé allí el ramo de rosas y después me fui a casa de mi hermana.
—¿Y por qué no me lo dijo antes?
Livia no responde.
El inspector insiste. —¿Bellini ya estaba allí?
—No.
—¿Está segura?
—No lo vi. No había nadie. El callejón y el patio estaban desiertos.
Serra mantiene el tono tranquilo. —Ahora tiene que venir conmigo a comisaría y dejar todo esto por escrito.
—¿Ahora?
—Sí.
Ella mira a su alrededor. —Tengo que cerrar.
—La espero fuera.
El inspector se levanta y se dirige a la puerta. Permanece unos segundos en silencio. Después sale.
Desde el Caffè delle Ortensie, Marta ve a Serra salir de La Ginestra con Livia.
Ella lleva el abrigo cerrado hasta el cuello y no tiene aspecto de haber mantenido una conversación agradable.
Marta sale del bar para interceptarla. —¿Todo bien, Livia?
—Tengo que ir a comisaría.
—¿Por qué?
Serra interviene antes de que ella pueda responder. —Para prestar declaración voluntariamente.
Marta mira primero a él y luego a Livia. —¿Voluntariamente?
—Señorita Lattanzi, no se entrometa en una investigación policial.
Le basta el modo en que Serra pronuncia su nombre. Ella entiende y no añade nada.
Livia le toca ligeramente un brazo. —Luego te lo cuento todo.
—Vale.
El inspector abre el paraguas. La lluvia ha vuelto a ser fina pero insistente. —La acompaño yo.
—Puedo coger mi coche.
—Vamos al mismo sitio.
La florista no insiste y los dos echan a andar juntos por el callejón.
Serra mantiene el paraguas ligeramente inclinado hacia ella, dejando parte de su propio hombro bajo la lluvia.
Camilla aparece junto a Marta. —Por lo menos es un caballero.
—Está acompañando a una testigo a comisaría.
—Una cosa no excluye la otra.
Armida llega justo después. —Exacto.
Marta las mira a las dos. —No empecéis otra vez. No necesito a un hombre.
Armida observa al inspector alejarse. —Yo no he dicho nada.
—Estabas a punto de hacerlo.
—No puedes impedirme pensar.
Marta vuelve al bar y Armida la sigue. —De todos modos, lo has mirado todo el tiempo.
—Miraba a Livia.
—Naturalmente.
—Estaba preocupada.
—Tú también.
Marta se detiene. —Exacto. Por ella.
—Sí, sí.
Biscotto está sentado delante de la puerta precintada del patio. Mira a las tres mujeres y maúlla.
—¡Y tú no empieces otra vez! ¡No puedes salir por ahí y ya has comido bastante! —exclama Marta, exasperada.
El gato vuelve a maullar. Por algún motivo, aquella mañana parece que todo el mundo tiene algo que decir.