Asesinato con sabor a canela (Los misterios del Caffè delle Ortensie 1) 5 - El inspector Serra
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5 - El inspector Serra

Marta mantiene el teléfono pegado a la oreja y sigue mirando a través de la puerta de cristal. —No. No lo he tocado.

Luego baja la mirada hacia Biscotto, todavía cerca del cuerpo. —El gato sí. Puede que lo haya olfateado.

Al otro lado se hace un breve silencio.

—¿El gato?

Marta comprende que quizá no sea la información más importante. —Sí, sigue ahí, pero no creo que haya tocado nada más.

La operadora le dice que vuelva dentro, que no se acerque al cuerpo y que impida que nadie entre en el patio.

Marta llama a Biscotto, esta vez ayudándose con el ruido de una bolsita de comida. El gato vuelve a entrar y ella cierra la puerta de cristal.

Dentro todo está como siempre: tazas alineadas, galletas en los tarros, tarta de limón bajo la campana de cristal.

Sin embargo, falta una taza y un billete de cinco euros asoma por debajo de un platito.

Anoche estas cosas no estaban, piensa mientras deja el teléfono sobre la barra y se da cuenta de que le tiemblan las manos.

Son poco más de las siete cuando alguien llama a la puerta.

Es Armida.

Marta le abre y durante unos segundos casi no la reconoce.

Lleva una bata color lila sobre el camisón, un cárdigan suave echado sobre los hombros y unas zapatillas. El pelo blanco, normalmente peinado en un impecable corte bob, está aplastado por un lado y revuelto por el otro.

Y, sobre todo, no lleva pintalabios.

Marta nunca la ha visto sin él.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Armida, aunque desde la ventana de su casa ya ha visto bastante.

—Vuelve arriba, por favor.

La mujer entra y se acerca a la puerta del patio. —Ese es Arturo Bellini, ¿verdad?

Marta asiente.

—¿Está muerto?

—Creo que sí.

Armida hace ademán de avanzar, pero Marta le corta el paso. —No puedes entrar. Me han dicho que no deje pasar a nadie.

—Yo no soy nadie.

—Ahora mismo, sí.

Por una vez, Armida no discute. Se queda en el umbral y observa la mesa, la taza, las flores. —Esas son de Livia.

—Lo sé.

—Y esa taza es de aquí.

—Sí. Y también están mis galletas.

Armida por fin mira a Marta. —Estás blanca como el papel.

—Hay un muerto en el patio de mi bar.

—No era una crítica.

Le coloca detrás de la oreja un mechón que se ha escapado de la goma. —Ahora siéntate.

—Tengo que esperar a los servicios de emergencia.

—También puedes hacerlo sentada.

Marta no tiene tiempo, porque las sirenas llegan pocos segundos después. Primero la ambulancia y luego un coche patrulla de la Policía.

Dos sanitarios atraviesan el bar y llegan hasta Bellini. La comprobación dura poquísimo. Está realmente muerto.

Oírselo decir a otra persona hace que todo resulte más real.

Los agentes cierran el acceso al patio y colocan la cinta delante de la puerta de cristal.

Marta se sienta junto a la barra.

Armida se instala a su lado, apretándose el cárdigan contra el pecho.

Un agente joven toma sus datos y luego se dirige a Armida. —Usted no debería estar aquí.

—Vivo en el segundo piso del edificio de enfrente.

—El segundo piso no está aquí.

—He bajado para ayudarla. —Y señala a Marta.

El agente las mira a las dos. —¿Es su madre?

—No —responde Marta.

—¿Su tía?

Armida se endereza. —Soy amiga suya y una persona informada de los hechos.

Esas palabras bastan para convencerlo de que no haga más preguntas.

Camilla llega poco después, hacia las siete y media.

Entra con el casco bajo el brazo y la chaqueta acolchada azul petróleo todavía cerrada hasta el cuello. El pelo negro, que suele llevar suelto, está recogido en una coleta alta algo despeinada.

Mira la cinta, la ambulancia, los agentes y luego ve a Marta. —¿Qué pasa?

Se quita rápidamente la chaqueta, la deja sobre una silla y se acerca a ella.

Debajo lleva un jersey suave color crema, con las mangas ligeramente subidas por encima de las muñecas. Cuando abraza a Marta se vislumbra, en la parte interna del antebrazo izquierdo, un pequeño sol tatuado con un trazo fino: un círculo diminuto rodeado de rayos irregulares. —Eh. ¿Estás bien?

—Sí.

Camilla se aparta y la mira a la cara. —Pues no lo parece en absoluto.

Armida interviene. —Han matado a Bellini en el patio.

Marta se vuelve. —Todavía no sabemos si lo han matado.

—No me parece una muerte normal.

Camilla se acerca a la puerta de cristal.

—No mires —le dice Marta.

Por supuesto, ella no le hace caso. Observa la escena solo durante unos segundos y luego se da la vuelta.

—¿Ya estaba muerto cuando llegaste?

—Sí.

Camilla se pasa las dos manos por el pelo, se suelta la coleta y vuelve a recogerla, esta vez más despacio. Es uno de esos gestos que hace cuando está nerviosa.

La puerta vuelve a abrirse. Esta vez entra Serena.

Ni siquiera se ha puesto la chaqueta. Debe de haber salido de casa en cuanto ha oído las sirenas.

Lleva leggings negros, zapatillas deportivas y un jersey amplio color burdeos que parece haberse puesto a toda prisa.

El pelo rubio oscuro, normalmente liso y ordenado, está recogido de cualquier manera en la nuca con una gran pinza de carey; algunos mechones le caen sobre las mejillas.

Marta nunca la ha visto así.

Serena mira de inmediato a su alrededor. —¿Filippo está aquí?

Marta niega con la cabeza. —No.

La mujer coge el teléfono. —Anoche no volvió a casa.

Marta y Armida intercambian una mirada.

Serena se da cuenta. —¿Qué pasa?

Marta quisiera encontrar una forma delicada de decírselo, pero no se le ocurre ninguna. —Bellini está muerto en el patio.

Serena palidece. —Dios mío.

Marta continúa. —Y esta mañana, cerca del cuerpo, estaba el mechero de Filippo.

La costurera se lleva una mano a la boca. —No puede ser.

—Pero recuerdo que ayer, durante la reunión, se le cayó. No sé si luego lo recogió.

La respuesta de Serena es inmediata. —Si se le cayó ayer significa que ya estaba aquí.

—Eso mismo pensé yo.

Serena llama a su hijo. Espera, pero nadie responde. Lo intenta de nuevo. —Está apagado.

—A lo mejor está en casa de un amigo —dice Camilla.

—Filippo nunca apaga el teléfono.

El miedo que hasta ese momento Serena ha conseguido contener empieza a hacerse visible.

Se quita la pinza del pelo y vuelve a ponérsela casi enseguida, como si no soportara tenerlo sobre la cara.

Marta le señala una silla, pero ella permanece de pie.

Poco después, un hombre entra desde el patio acompañado por uno de los agentes. No lleva uniforme. Abrigo gris oscuro, americana, camisa clara y pantalones negros.

Tiene unos cuarenta años. Alto, delgado, pelo castaño corto y un aspecto cansado pero atento.

Se detiene nada más entrar y observa rápidamente a las mujeres, la cinta, la barra y a Biscotto, que ya ha vuelto a despatarrarse en la butaca verde.

—Inspector Serra.

Su voz es tranquila, ligeramente formal. —¿Quién ha encontrado el cuerpo?

Marta levanta una mano, pero se arrepiente al instante.

Serra se acerca a ella. —¿Marta Lattanzi?

—Sí.

—¿Es usted la propietaria?

—Sí.

—¿Podemos hablar?

Armida se levanta. —¿Y nosotras?

El inspector la mira. —¿Quiénes son ustedes?

—Armida Marcucci. Vivo en el edificio de enfrente desde 1971.

Camilla se señala a sí misma. —Camilla Fabbri. Trabajo aquí.

Serena interviene antes de que Serra llegue a preguntárselo. —Serena Lucchesi. Tengo la sastrería en el patio.

—De acuerdo, señoras. Hablaré con cada una de ustedes. Por favor, quédense aquí y no salgan del local.

Luego vuelve a Marta. —Señora Lattanzi.

—Puede llamarme Marta.

—De acuerdo, Marta. Cuénteme todo desde el principio.

Se sientan en la mesa junto a la librería.

Serra abre una pequeña libreta. —¿A qué hora ha llegado esta mañana?

Marta se lo dice.

—¿La puerta del patio estaba abierta?

—Entornada. No estaba cerrada con llave.

—¿La había cerrado la noche anterior?

—Estoy casi segura de que sí.

Serra levanta la vista. —¿Casi?

—Lo hago todas las noches de forma automática. Recuerdo haber ido hasta la puerta y haber cogido la llave… pero no puedo jurar que la girara.

—Entonces podría haberla dejado abierta.

Marta vacila. —Podría. Pero casi seguro que la cerré.

Serra anota algo. —¿Quién tiene las llaves del local?

—Camilla y yo.

—¿Y del patio?

—Cada comercio tiene su propia entrada. Luego está la verja que da al callejón.

—¿Cuántos comercios hay?

—Cuatro. Floristería, imprenta, sastrería y restaurador. Más mi bar.

—Entonces hay seis accesos.

Marta asiente. —Contando también la verja exterior.

—¿Quién tiene las llaves?

—Bellini tenía la de la verja. Era el administrador.

—¿Y de sus puertas?

—No. No tendría derecho a tenerlas.

Serra señala la puerta de cristal del bar. —¿Cuántas copias existen de esta llave?

Marta mira hacia la caja. —Una la tengo yo. Mi tía guardaba una de repuesto.

—¿Dónde?

—En el cajón debajo de la caja registradora.

—¿Sigue allí?

—Creo que sí.

Marta se levanta y lo comprueba. El cajón contiene bolígrafos, recibos, gomas elásticas y un viejo pintalabios que probablemente pertenecía a Amelia. Pero ninguna llave.

Marta vuelve a mirar a Serra, que ya lo ha entendido. —¿Cuándo la vio por última vez?

—No lo sé. Puede que ni siquiera la haya usado nunca.

Serra toma nota. —¿Qué relación tenía con Bellini?

—Pésima.

—¿En qué sentido?

—Quería comprar este bar. Yo no quería venderlo.

—¿Discutieron?

—Ayer. Junto con casi todos los demás.

—¿Lo amenazó?

Marta guarda silencio un instante. —No, qué va. Era él quien nos amenazaba a nosotros. Nunca directamente, pero siempre sabía dónde golpear.

—¿Qué quiere decir?

—Quería comprar todos los locales y convertir el edificio en un hotel. Conocía los problemas económicos de todos.

Serra escribe y la cafetera emite un siseo.

Marta la mira. —¿Quiere un café, inspector?

—¿Ahora?

—Estamos en un bar.

—También estamos en la escena de un crimen.

—La barra no ha matado a nadie.

Por primera vez, Serra sonríe. —De acuerdo. Sin azúcar.

Armida se levanta de inmediato. —Se lo preparo yo.

Marta se vuelve. —¿Sabes usar la máquina?

—Llevo meses observándote. Y antes observaba a tu tía.

Marta llega hasta ella antes de que pueda demostrarlo. —No te preocupes, Armida. Ya lo hago yo.

Preparar un espresso le devuelve durante unos segundos algo de normalidad.

Molinillo, portafiltro, botón, café.

Mientras tanto, Camilla se ha subido las mangas del jersey. Coge unas tazas de la barra y empieza casi automáticamente a colocarlas en su sitio.

A espaldas de Marta, Armida le susurra algo. —No está casado.

Camilla se vuelve. —¿Cómo lo sabe?

—No lleva alianza.

Marta se queda inmóvil con la taza en la mano. —Os oigo.

Armida adopta una expresión inocente. —Hablábamos de joyas.

Marta lleva el espresso a Serra. —Aquí tiene.

El inspector bebe un sorbo. —Está bueno.

—Se lo diré a la competencia.

Esta vez Serra sonríe de verdad.

Solo por un instante, pero todas lo notan, sobre todo Armida.