Asesinato con sabor a canela (Los misterios del Caffè delle Ortensie 1) 3 - La reunión
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3 - La reunión

Arturo Bellini entra en el Caffè delle Ortensie a las once y doce.

Doce minutos de retraso que, según Marta, no tienen nada de casuales.

Cuando abre la puerta, entra con él en el local un perfume intenso y amaderado, sin duda excesivo para esa hora de la mañana.

Es un hombre atractivo, elegante y distinguido. Cuarenta y ocho años, cabello ligeramente entrecano, complexión robusta, abrigo azul oscuro sobre un traje gris. Bajo el brazo lleva una carpeta de cuero.

Camilla lo observa desde la barra y se acerca a Marta. —¿Siempre ha sido así?

—¿Así cómo?

—Parece el malvado dueño de una clínica privada.

Marta contiene una sonrisa. —Es por el abrigo.

El administrador mira a su alrededor como si estuviera tomando medidas. —Buenos días, Marta.

Pronuncia su nombre con una familiaridad que ella jamás le ha concedido.

—Buenos días, señor Bellini.

—Muy bien. El local ha mejorado.

—Ya era bonito antes.

—Sí, aunque tu tía tenía gustos un poco anticuados.

Marta deja la tacita que está secando.

Armida, sentada junto a la ventana con una revista abierta, baja apenas la mirada hacia la página.

Bellini se quita el abrigo y lo deja sobre una silla.

Biscotto abre los ojos, lo estudia y salta exactamente encima de la tela azul.

El hombre frunce el ceño. —¿El gato suelta pelo?

—Sobre todo en los tejidos de calidad.

Camilla interviene antes de que él intente apartarlo. —¿Le preparo algo?

—Un espresso con una gota de leche.

Mientras tanto llegan los demás.

Cesare entra primero, Serena poco después con Filippo. El chico lleva las manos en los bolsillos de la sudadera y no parece muy contento de estar allí.

Gabriele llega con un bloc bajo el brazo y Livia la última, todavía con el delantal verde.

Se acomodan alrededor de dos mesas unidas.

—Así que ha organizado una reunión en mi bar sin decírmelo —exclama Marta, molesta.

—Sí —responde el administrador—. Pero solo concierne a los titulares de los negocios —continúa, lanzando una mirada contrariada a Armida, que sigue sentada sorbiendo su infusión digestiva.

Ella dobla lentamente la revista. —Yo soy propietaria de un piso en el edificio de enfrente.

—Precisamente.

—Y estoy en un local público.

Bellini la mira durante unos segundos y luego se da por vencido.

Marta lleva a la mesa una tetera, varias tazas y un plato de galletas de canela. Después gira el cartel de la puerta. CERRADO.

El administrador se sienta en la cabecera y abre la carpeta. —Seré breve y directo.

Livia inclina la cabeza. —Eso sí que es una novedad.

Él finge no oírla. —Como sabéis, en los últimos años he comprado varios pisos del edificio. El inmueble necesita reformas importantes y ha llegado el momento de pensar en su futuro.

Coloca sobre la mesa varios planos e imágenes elaboradas por ordenador.

Marta reconoce el edificio, pero poco más. Fachada restaurada, entrada de mármol, grandes maceteros decorativos. Los comercios han desaparecido, también el Caffè delle Ortensie.

—El proyecto contempla un hotel de alta categoría —continúa Bellini—. Elegante y respetuoso con la identidad del barrio.

Por fin queda al descubierto el motivo de la reunión. ¡Un hotel de lujo en pleno Monti!

Marta señala la imagen. —Tan respetuoso que nosotros ya no estamos.

Bellini sonríe. —Estoy ofreciendo condiciones ventajosas.

—¿Ventajosas para quién? —pregunta Cesare.

—Depende de cada situación.

El anticuario se quita las gafas y empieza a limpiarlas con el pañuelo.

Marta se fija en el gesto.

—Yo no vendo —dice Livia.

Bellini la mira. —Todavía no te he hecho ninguna oferta.

—Así ahorramos tiempo.

—Tu negocio ocupa un local que necesita obras importantes. Y sé que últimamente las cosas no te van demasiado bien.

Después se vuelve hacia Serena. —Vosotros también tenéis varias cuotas pendientes. No me gustaría verme obligado a ponerlo todo en manos de mi abogado.

La costurera tensa los hombros. —Pagaré.

—Eso espero.

No hacen falta más palabras. El administrador conoce perfectamente las dificultades económicas de todos ellos.

Luego se dirige a Marta. —Tú deberías valorar la propuesta con más atención. Llevas poco tiempo aquí. Podrías vender y empezar de nuevo sin cargar con los problemas que te dejó tu tía.

—Ya he empezado de nuevo —le responde ella de inmediato. Seis meses antes quizá habría funcionado. Ahora no.

—Llevar un local no es sencillo. Eres joven, inexperta. Podrías tener otras ambiciones.

Marta mira un instante la fotografía de Amelia y luego vuelve a mirarlo. —En este momento mi ambición es que se termine el café antes de que se enfríe y después vuelva por donde ha venido.

Camilla baja la cara para ocultar una sonrisa.

Bellini coge la tacita. —De acuerdo. Dentro de un mes presentaré formalmente el proyecto. Mientras tanto, encargaré las tasaciones de los locales.

Serena lo mira. —¿Sin nuestro consentimiento?

—Soy el administrador. Hay obras estructurales y deudas que resolver. Y me temo que ni siquiera todos juntos tenéis los votos suficientes para oponeros.

Hasta ese momento Filippo no ha hablado. Ahora se inclina hacia delante. —En la práctica quiere asustarnos para comprarlo todo por cuatro duros.

Serena le toca el brazo. —Filippo, cállate.

Bellini lo observa. —Deberías aprender a ser más prudente, chico.

Filippo aprieta la mandíbula. —¿Es una amenaza?

—Un consejo. —Bellini sigue mirándolo—. Tu madre debería explicarte que los actos tienen consecuencias.

El chico se levanta de golpe. —Y usted debería dejar de hablar como si lo supiera todo de mí.

El silencio cae de inmediato.

Serena palidece. —Sal fuera.

—Mamá...

—Ahora.

Filippo empuja la silla hacia atrás y se dirige a la puerta. Al moverse, su mechero de metal cae al suelo y termina debajo de la silla de Bellini.

Marta lo ve, pero decide recogerlo después.

El administrador retoma la conversación como si no hubiera pasado nada. —No quiero obligar a nadie. Pero no todos pueden permitirse el lujo de ser obstinados.

—¿Como Claudia? —interviene Livia.

—Tú no sabes nada de nosotros dos —responde él con un tono firme y despectivo.

—Ah, solo le importaba cuando le quitó la casa...

Marta solo sabe que Claudia fue durante algunos años pareja del administrador.

Bellini apoya una mano sobre la carpeta. —Ten cuidado, Livia, con las consecuencias de lo que dices.

Luego recoge los documentos. —Bien. Os dejo tiempo para pensarlo. Hablaré con cada uno de vosotros por separado.

Cesare se levanta. —No hay nada que pensar.

Bellini lo mira. —Tú, más que los demás, deberías hacerlo.

Después se vuelve hacia Gabriele. —Necesito esos documentos antes de esta noche.

El impresor asiente. —Estarán listos.

Por último mira a Serena. —Y procura que tu hijo no haga más tonterías.

—Deje en paz a Filippo.

—Encantado. Siempre que él haga lo mismo conmigo.

El administrador recupera el abrigo. Biscotto ya lo ha abandonado, pero sobre la tela azul ha quedado una cantidad considerable de pelos rojizos. Antes de salir se vuelve hacia Livia. —¿Está listo el ramo?

—Sí.

—Pasaré más tarde.

La puerta se cierra tras él. Durante unos segundos nadie habla.

Armida coge otra galleta. —Diría que ha sido una reunión interesante.

Marta la mira. —¿Interesante?

—Ahora sabemos que nadie lo soporta.

—Eso ya lo sabíamos antes —dice Camilla.

Serena es la primera en marcharse, en busca de Filippo. Cesare vuelve a su tienda. Gabriele recoge el bloc.

Livia permanece sentada. —Claudia no le cedió la casa porque quisiera hacerlo. Llevaba meses acosándola. Llamadas, cartas, reclamaciones de dinero, amenazas de demandas. Al final firmó solo para librarse de él.

—¿Por qué no lo denunció? —pregunta Camilla.

—Porque ese siempre sabe cómo conseguir lo que quiere. Y ella sigue sintiéndose atraída por él. Espero que no haga ninguna tontería.

El día transcurre sin otros encuentros significativos.

A las siete y media Camilla recibe un mensaje y se pone la chaqueta. —Tengo un compromiso. ¿Cierras tú esta noche?

Marta la mira. —Vale.

—No pongas esa cara. Solo salgo veinte minutos antes.

—¿Qué cara?

—Esa.

Camilla coge el casco. —Y mañana por la mañana tengo gimnasio. Llegaré un poco más tarde.

—En resumen, siempre haces lo que te da la gana.

—Más o menos. Luego recupero.

Marta sonríe. —Vete.

Fuera, el callejón ha vuelto a quedar tranquilo. Desde el patio llegan las voces de Serena y Filippo. Siguen discutiendo. En la imprenta de Gabriele la luz está encendida; también Cesare se ha quedado más tiempo de lo habitual. Livia sigue en la floristería.

Marta sale al patio y se asoma al escaparate de Livia. —¿No ha venido?

—No. A lo mejor viene mañana.

—¿Has intentado llamarlo?

—Ni loca. ¿Tú lo has visto?

—Desde que salió del bar, no.

—Mejor así.

Biscotto ha desaparecido, probablemente de visita en casa de algún vecino del edificio.

A las ocho y diez Marta llega a la puerta de cristal que da al patio. Como todas las noches, echa dos vueltas a la llave y baja la manilla para comprobar que está cerrada.

Después ordena las últimas cosas, apaga las luces, coge el bolso y cierra el bar.