Asesina para el jeque (Curvas para jeques: novelas románticas de multimillonarios reales nº 11) 26
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«¿Cómo salgo de aquí?», se preguntó mientras regresaba tambaleándose al Palacio Real, sin saber qué hacer.

Había dado media vuelta después de pasar junto al piloto, decidida a encararlo y averiguar qué demonios estaba pasando.

Al verlo más de cerca, estaba segura de que era él.

Y no parecía que acabara de salir de un maldito accidente de helicóptero: qué va, estaba allí tan tranquilo, sin un rasguño, tomando café y comiendo turrón de almendras.

Pero cuando llegó al final de la calle y se dio la vuelta, el piloto había desaparecido.

Se apresuró hacia el café, preguntándose por un instante si lo habría imaginado todo.

Pero allí estaba su mesa, con una taza de café a medio terminar y los trozos de turrón esparcidos sobre una servilleta blanca.

Se había ido. Debía de haberla visto y haber salido corriendo, lo cual solo confirmaba que algo estaba podrido en Sehaar. Quizás todo estaba podrido.

—¿Qué te parece mi reino y su gente? —oyó la voz del jeque a su espalda mientras rebuscaba en los cajones del tocador de sus aposentos, sin saber siquiera qué buscaba.

No tenía dinero, ni pasaporte, ni siquiera ropa, maldita sea.

Podía conseguir un teléfono y llamar a Mel, pero no sabía si podía fiarse de ella en ese momento. En cuanto a Hyder...

—¿Quién eres? —le siseó, dándose la vuelta y retrocediendo contra el pesado tocador de madera—. ¿Qué coño está pasando aquí? Habla claro ahora mismo, Hyder. Ahora mismo, o te juro por Dios que te mato.

Un rubor cruzó brevemente el apuesto rostro del jeque, pero este permaneció callado y sereno. Luego negó con la cabeza.

—No, no lo harás. Nunca volverás a matar, Kathryn.

Esa parte de ti está muerta. Te has permitido pensar en un futuro conmigo, y eso te ha quebrado.

Nunca volverás a ser esa persona. Has cambiado para siempre, igual que yo.

Hemos vivido toda una vida en tres días juntos, y ya nunca volveremos a ser los mismos. No podemos. No queremos.

Kathryn se limitó a negar con la cabeza, sin saber si estaba respondiendo a su pregunta o simplemente temblando por emociones que no lograba entender.

Algo de lo que él había dicho le tocó la fibra sensible al pensar en cómo se había sentido bañándose en aquella bañera de mármol con incrustaciones de joyas del tamaño de una piscina, eligiendo su ropa entre sedas dignas de una reina, paseando por las calles como una colegiala despreocupada, probando pasteles y manjares exóticos como si estuviera de vacaciones y no huyendo con un hombre al que la habían enviado a matar.

—Para ya, Hyder —susurró, sin dejar de negar con la cabeza—. Cada palabra que sale de tu boca es una maldita mentira. Vi a tu piloto, a nuestro piloto. Lo vi tan claro como te estoy viendo a ti ahora mismo.

El rostro del jeque volvió a sonrojarse, y esta vez parpadeó y apartó la mirada. Pero enseguida volvió a clavarle los ojos con frialdad, mientras una extraña sonrisa asomaba a sus labios de un rojo oscuro.

—¿Hay alguna pregunta en todo eso? —preguntó con calma.

—No puedo ni... ¡es que no puedo! —gritó Kathryn, apretando los puños y deseando tener una pistola, un cuchillo o un maldito bate de béisbol en la mano—.

Sácame de aquí. Me da igual cómo. Avión, helicóptero, camello...

me da igual. Solo sácame de aquí de una vez. O consígueme un teléfono y llamo a Mel.

—¿Y qué le dirás? ¿Que abortas la misión?

¿Que te has acobardado? ¿Le preguntarás por qué aviones estadounidenses intentaron matarnos?

¿Por qué asesinos rusos intentaron acribillarnos en la cama?

¿Cómo nos encontraron los helicópteros de Arabia Saudí entre los hashimis?

Por supuesto, si ella conoce la respuesta a alguna de esas preguntas, significaría que te ha traicionado.

Entonces, ¿en quién puedes confiar, Kathryn Krane? ¿En quién?

—¡Desde luego que no en ti! —gritó, casi escupiéndole en la cara mientras dejaba que la rabia le desbordara.

—¡No! —respondió él, alzando también la voz mientras esos ojos verdes brillaban con una intensidad que ella nunca había visto—.

No en mí. Te he mentido, y lo sabes de sobra.

Esa no es la pregunta. Ese no es el acertijo.

Ese no es el rompecabezas. ¡La pregunta es por qué te he mentido!

¡Piensa, Kathryn! ¿Cuál es la única verdad que hemos encontrado en todo esto?

¡La única maldita verdad! ¿Lo único que se siente real?

A Kathryn le daba vueltas la cabeza mientras sentía que todo su cuerpo se tensaba.

Captó el aroma del almizcle natural del jeque, y este la transportó a los momentos que habían compartido, aquellos momentos desesperados y crudos de pasión en los que solo existían ellos dos en un mundo que no tenía sentido.

Ningún sentido en absoluto. De hecho, tenía tan poco sentido que era casi como si alguien se hubiera empeñado en hacerlo lo más absurdo posible.

Como si alguien hubiera retorcido todo a propósito para crear un rompecabezas imposible de resolver, un acertijo tan lleno de contradicciones y conflictos que resultaba imposible de responder...

al menos imposible recurriendo a la lógica, la razón o el sentido común.

—Nosotros —dijo con voz vacilante, casi a punto de quebrarse, mientras sentía que las lágrimas pugnaban por salir—. Nosotros —repitió, tan bajo que apenas se oía a sí misma—. Eso es lo único que se sintió real, verdadero. Lo único que tenía sentido.

—¿Y crees que se habría sentido tan intenso, tan real, tan profundo de no ser por lo que hemos pasado juntos estos tres últimos días? ¿Huyendo de asesinos? ¿Saltando de un helicóptero en llamas? ¿Cabalgando por el desierto con los hashimis? ¿Esquivando balas de Arabia Saudí?

Kathryn sintió que se ahogaba, y su visión se estrechó mientras se veía arrastrada de vuelta a ese mundo de ensueño donde todo era posible y lo ridículo se volvía real.

Pensó en aquellos rusos enmascarados con sus AK-47.

Sí, había oído los disparos, pero ¿había visto las balas abrir agujeros en las paredes o destrozar los cristales?

Y sí, habían despegado en el helicóptero y el piloto había maniobrado para salir del alcance, pero ¿no deberían al menos un par de balas haber impactado en el helicóptero, aunque no causaran mucho daño?

En cuanto a la escena con los F-16, ¿no era extraño que un helicóptero con capacidad para seis pasajeros más dos pilotos solo tuviera dos paracaídas?

¿Y no resultaba curioso que el piloto hubiera calculado tan rápido que ellos dos necesitaban eyectarse y dejarlo a él caer en llamas?

Y hablando de llamas, ¿había visto realmente explotar el helicóptero?

Cuando saltaron, la descarga de adrenalina fue tal que apenas recordaba nada, y aunque había notado que no había restos ni escombros cuando aterrizaron, había supuesto que se habían desviado mientras caían en paracaídas y que el helicóptero se había estrellado a cierta distancia.

Y luego estaba el ataque de medianoche al campamento hashimi.

El jeque la había agarrado y sacado de allí tan rápido que no tuvo oportunidad de examinar la escena.

Habían huido en un abrir y cerrar de ojos.

¿Había visto realmente cómo asesinaban a sangre fría a sus nuevos amigos hashimis?

Y aunque sabía que el gobierno de Arabia Saudí hacía las cosas a su manera, ¿de verdad tenía sentido que permitieran a sus militares volar Blackhawks fabricados en Estados Unidos hasta el desierto para usar a hombres, mujeres y niños como blancos de tiro?

—No —tartamudeó, intentando retroceder pero chocando de nuevo contra ese pesado tocador de madera—. No puede ser. ¿Lo organizaste todo tú? No pudiste. Es imposible. Imposible, maldita sea.

—¿De verdad? —dijo el jeque, dando un paso hacia ella mientras una sonrisa asomaba en su rostro, con los ojos clavados en los de ella—.

Un rey multimillonario con poderosas conexiones políticas.

Tuve tu expediente varios días antes de nuestro primer encuentro, tiempo suficiente para planear todo tipo de cosas.

¿No crees que podría haber organizado a unos cuantos hombres enmascarados de habla rusa con AK-47 disparando balas de fogueo?

¿Un par de F-16 de la flota estacionada en la base de la USAF en Catar?

¿Un Blackhawk de las docenas que poseen los saudíes?

—Estás loco —murmuró Kathryn, sacudiendo la cabeza mientras su visión se reducía a un solo punto. Apenas podía mantenerse consciente—. ¿Por qué?

—¿No es obvio? Era nuestra primera cita, Kathryn. Tenía que planear algo acorde a la situación, a la persona. No pensé que te conquistaría simplemente llevándote a cenar y al cine.

—¿Primera... cita? ¿Conquistarme...? —repitió con las palabras arrastrándose mientras parpadeaba incrédula—. ¿De qué demonios estás hablando?

—¿No lo ves, Kathryn? —dijo el jeque en voz baja, dando un paso más hasta quedar casi pegado a su cuerpo—.

Pensaste que la misión era convencerme de casarme contigo.

Bueno, eso lo conseguí unos diez minutos después de conocerte.

Sabía que si Mel había confiado en ti para encargarte de Gorka y luego te envió a mí, eras una entre un millón.

Y nuestra primera interacción lo confirmó.

Así que la misión cambió. La misión, Kathryn Krane, pasó a ser cómo convencerte de casarte conmigo.

De verdad. Y la única manera de lograrlo era lanzarte todo el caos posible, confundirte por completo, destruir esa fría coraza insensible que has tenido que construir a tu alrededor a lo largo de los años.

Efectivamente te estaban manipulando, Kathryn. Solo que no de la manera que pensabas.

—Pero... pero Mel, Benson... cómo... —empezó a decir, pero las palabras no le salían mientras lo sentía presionarse contra ella, esos ojos verdes clavados en los suyos, su aroma envolviéndola hasta abrumarla.