24
Llegaron a las afueras de Sehaar justo cuando el sol se ponía, y Kathryn contempló asombrada cómo hombres, mujeres y niños se asomaban por las ventanas, se agolpaban en los balcones y salían corriendo de sus casas para saludar, silbar y vitorear al jeque como si fuera un dios o una estrella de rock.
—Últimamente rara vez visito los confines de mi reino —dijo el jeque, con un dejo de pesar en la voz mientras sonreía, saludaba y estrechaba las manos que su pueblo le tendía a medida que los camellos avanzaban lentamente entre la multitud.
—¿Por qué? Tu reino no es tan grande.
El jeque se volvió y enarcó una ceja mirándola.
—¿Nadie te advirtió nunca de que es peligroso burlarse del tamaño del reino de un rey?
Kathryn se rio mientras observaba los rostros morenos y sonrientes de la gente de Sehaar, que la miraban con curiosidad. Algunos gritaban en árabe; otros susurraban y se reían entre ellos.
—¿Qué dicen? —preguntó.
—¿Tú qué crees? —respondió Hyder.
—No lo sé. ¿Que el jeque se ha traído a una mujer blanca como rehén?
El jeque se rio.
—Están diciendo «Aikhtar alshaykh akhyrana malakatah». Significa que el jeque por fin ha elegido a su reina.
A Kathryn le dio un vuelco el corazón, pero hizo todo lo posible por mantener la calma.
Los últimos días la habían dejado agotada: estaba cansada, hambrienta y al borde del colapso.
Y sin embargo, ¿por qué se sentía también alerta y viva, feliz y radiante, como si aquel fuera un regreso a casa no solo para el jeque, sino también para ella?
Sonrió y saludó mientras los camellos avanzaban entre la multitud hacia el camino que conducía a la capital de Sehaar.
Ya se divisaban los altos minaretes de la Gran Mezquita, las cúpulas y torres del Palacio Real.
Le daba vueltas la cabeza mientras se aferraba con fuerza al pomo de la silla, pero aun así logró seguir sonriendo y saludando a la multitud que los vitoreaba.
—Hyder —lo llamó mientras dejaban atrás a la multitud y se dirigían hacia el Palacio Real, visible a lo lejos—. Deberíamos llamar para que envíen ayuda a los hashimis que hayan resultado heridos en el ataque.
—Ya me he encargado —respondió el jeque sin volverse—. Han enviado médicos en helicóptero. Harán todo lo posible.
Kathryn frunció el ceño mientras recorría distraídamente el cielo con la mirada.
—No veo ningún helicóptero. No he oído ningún motor ni rotor. ¿Ya han salido?
El jeque se volvió y la miró con la mandíbula tensa, pero los ojos le brillaban.
—¿Crees que miento? ¿Por qué iba a mentir?
Kathryn frunció el ceño al oír la pregunta, y de pronto se sintió débil por el hambre y la deshidratación, agotada por la exposición al sol, dolorida de cabalgar todo el día en una silla dura.
Ya no sabía qué creer. Era como si el jeque mezclara verdad y mentiras solo para confundirla, para sembrar caos e incertidumbre, para hacerla dudar de todo y de todos: de Mel, de Benson, de su hermana, incluso de sí misma. Pero ¿por qué? ¿Por qué?
«Lee entre líneas». Las palabras resonaron en su mente y la transportaron a aquel primer encuentro con el jeque. Había sido hacía tres días, pero parecían tres años, quizá treinta, tal vez una eternidad. «Lee entre líneas».
Dios mío, ¿es eso lo que está pasando? ¿Es todo esto otra de sus pruebas, un acertijo que resolver, un rompecabezas que desentrañar?
Lo observó desde atrás. Iba perfectamente erguido en la silla, majestuoso y sereno, como si tuviera el control absoluto.
¿De verdad estaría tan tranquilo si todos los que conocía, incluida su propia hermana, intentaran asesinarlo?
¿Era posible que nadie quisiera matarlo, que todo fuera una actuación, parte del rompecabezas, parte del acertijo que quería que ella resolviera?
Tienes hambre, sed, estás quemada por el sol y te duele el trasero de tanto cabalgar, se dijo. No estás pensando con claridad. Los rusos eran reales. Los F-16 eran reales. Los Blackhawks eran reales. Lo único que no es real es este maldito jeque.
Pero había algo más que sí era real, ¿verdad? El pensamiento surgió mientras el Palacio Real se alzaba imponente ante ellos. Más real que nada. Tú y él. Lo que sentías cuando te tocaba, cuando te poseía. Aférrate a eso. Esa es la clave. La clave de todo.