Asesina para el jeque (Curvas para jeques: novelas románticas de multimillonarios reales nº 11) 17
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El jeque Hyder observaba a la mujer estadounidense que habían enviado para matarlo.

Para casarse con él y luego matarlo. Iba ataviada con los colores de una mujer hashimi soltera: túnicas de un blanco puro con ribetes negros y dorados.

Su bonito rostro redondo resplandecía mientras gesticulaba y señalaba, sonreía y reía con las otras mujeres.

Sus ojos marrones centelleaban como arena dorada.

Su cabello oscuro era abundante y espeso. Era hermosa. Era un ángel.

Pero quizás un ángel de la muerte, surgió el pensamiento desde los oscuros recovecos de su mente.

Había leído su expediente. Sabía lo que había hecho, de lo que era capaz, para qué la habían enviado.

Se mostraba escéptico con el tema de la hipnosis, pero parecía haber funcionado en ciertos casos, y no podía bajar la guardia.

Sabía que eso era lo que ella había intentado cuando cruzaron la mirada por primera vez: aquel movimiento de ojos de izquierda a derecha.

Tendría que mantenerse alerta. Siempre alerta. Hasta estar seguro de ella.

Kathryn alzó la vista desde el suelo, donde estaba sentada con las piernas cruzadas, el cabello castaño suelto y revuelto, los ojos inocentes y puros, como si jamás hubieran contemplado la muerte ni el dolor, o al menos como si lo que habían visto no les hubiera afectado.

Ya Allah, qué mujer, pensó el jeque mientras le dedicaba una sonrisa y se alejaba al ver que las mujeres hashimi lo miraban y estallaban en risas como un grupo de colegialas atolondradas.

John y Mel me la han jugado bien esta vez.

No sé cómo pudieron saber el efecto que tendría en mí, pero en dos días se me ha metido en la cabeza, bajo la piel, en lo más hondo de una manera que me asusta.

—Hyder —oyó su voz a sus espaldas justo cuando salía del patio improvisado que formaba un grupo de tiendas de las mujeres—. Hyder, espera.

El jeque se volvió y sonrió mientras observaba a su asesina acercarse con sus túnicas blancas y doradas.

—Pareces una virgen a punto de ser sacrificada a los dioses griegos —dijo, arqueando una ceja mientras sentía arder la sangre al ver el contorno de sus pezones a través de la tela transparente.

—Bueno, no soy virgen. Y tú desde luego no eres ningún dios griego —replicó ella, pasándose los dedos por el cabello y fulminándolo con la mirada.

—Hace dos días eras virgen, antes de que te hiciera mía —susurró el jeque, acercándose y sonriéndole al verla enrojecer al instante.

—¿Perdona? ¿Qué demonios estás...?

—Ninguno de los otros hombres cuenta. Lo que hiciste con ellos no fue sexo. Ni siquiera fue lujuria. Desde luego no fue amor.

El rostro de Kathryn casi perdió todo el color, pero tragó saliva, parpadeó y se recompuso, forzando una sonrisa.

—Ah, ¿y esto es amor? ¿Es eso lo que le dices cada año a la mujer a la que agracías con diez noches de tu compañía?

El jeque frunció el ceño al darse cuenta de lo que había dicho. No había tenido intención de decirlo. Simplemente se le había escapado.

—Kathryn —dijo finalmente, con la mente a mil mientras intentaba recomponerse—. Kathryn, escucha.

—Te escucho. Adelante. Dime cuánto me amas —dijo ella, cruzándose de brazos bajo los pechos y mirándolo con desafío en sus ojos marrones.

—De acuerdo —dijo él con voz temblorosa al comprender lo que estaba a punto de hacer—. Está bien, Kathryn. Adelante, hazlo. Hipnotízame.

—Espera, ¿qué?

—Te enviaron aquí para casarte conmigo, ¿verdad? Y el matrimonio se construye sobre la confianza. Así que haz tus trucos mentales, ponme bajo tu hechizo, pregúntame lo que quieras. Me abriré a ti esta vez.

El jeque hizo una pausa, con la mandíbula tensa mientras la señalaba.

—Pero una vez que te hayas convencido de que sabes lo que necesitas saber sobre mí, debes terminar el trabajo.

El rostro de Kathryn estaba blanco como la arena, y su voz tembló al hablar.

—Terminar el trabajo... quieres decir...

—Quiero decir que si dejo que me hipnotices para que puedas satisfacer tu curiosidad y borrar tus dudas sobre mi pasado, harás lo que te han enviado a hacer. Te casarás conmigo.

Abrió los ojos de par en par un instante antes de cerrarlos con fuerza, como si intentara despertar de un sueño o quizás volver a sumergirse en él.

—No puedes hablar en serio —dijo Kathryn—. No lo entiendo.

—Lo entenderás si haces las preguntas correctas, mi espía de la CIA —susurró el jeque—. Ahora ven. El sol se pone sobre nuestro segundo día juntos. Un momento perfecto para unirnos en santa hipnosis, ¿no te parece?