Asesina para el jeque (Curvas para jeques: novelas románticas de multimillonarios reales nº 11) 12
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Kathryn se arrebujó en la manta y miró por la otra ventanilla del helicóptero, contemplando las dunas ondulantes salpicadas por algún que otro oasis.

El zumbido ensordecedor de los motores y las aspas la hacía sentir como si se hundiera en el olvido, y una extraña paz la invadió cuando decidió que no había nada que hacer salvo dejarse llevar, aceptar que nada volvería a tener sentido, resignarse a la verdad de que estaba en algún tipo de sueño o pesadilla.

Su vida hasta entonces había sido conspiración y secretos, planes siniestros y tramas retorcidas.

Pero esto era demasiado. ¿Sabían Benson y Mel lo de la conexión con Gorka?

Por supuesto que sí. ¿Formaba eso parte del plan, de algún modo?

¿O era simplemente la coincidencia más extraña que pudiera imaginarse?

—No has hablado en casi una hora —dijo el jeque con suavidad, y Kathryn se volvió bruscamente al oír su voz. Casi había olvidado que él estaba allí. ¡Casi había olvidado que ella estaba allí!

—¿Cómo iba a saber alguien que yo estaba allí, en Habeetha, en ese burdel? —dijo en voz baja—. Benson y Mel eran los únicos que lo sabían.

El jeque la miró mientras se frotaba la barbilla y tensaba la mandíbula.

—¿Qué te hace pensar que tú eras el objetivo?

Kathryn resopló.

—¿Así que la viuda de un hombre al que maté decide asesinar a su medio hermano justo cuando resulta que estoy en la habitación con él?

Hyder guardó silencio un momento.

—¿Qué te hace pensar que esta es la primera vez que intenta matarme? —preguntó en voz queda.

Ella estudió su expresión.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Hace dos años.

—¿Cómo?

—Mis hombres encontraron una bomba pegada a los bajos de mi Lamborghini —dijo el jeque.

Kathryn reflexionó un momento.

—Es un coche de dos plazas. Con muy poca altura del suelo. Famoso por lo sensible que es a la arena y el polvo. ¿Lo conduces mucho por Sehaar?

El jeque sonrió y negó con la cabeza.

—En realidad no. ¿Y adónde quieres llegar?

Kathryn desestimó la pregunta con un gesto.

—¿Cómo encontraron tus hombres la bomba? ¿Revisan los bajos de todos tus coches a diario?

—Por supuesto que no. Pero sí revisan cada vehículo antes de usarlo. Es el protocolo.

—Así que esa bomba podrían haberla puesto semanas antes de que la encontrarais. Quizá meses.

—Quizá —dijo el jeque—. Sigo sin entender adónde quieres llegar.

Kathryn siguió ignorándolo mientras su mente iba a mil por hora.

—¿Hubo otro intento?

El jeque suspiró.

—Ya Allah. Ahora el interrogado soy yo. Sí, lo hubo. Unos años antes de encontrar la bomba, me envenenaron durante un viaje a Europa.

—No era un veneno muy bueno, ¿verdad? —dijo Kathryn arqueando una ceja—. Pareces estar perfectamente.

El jeque se rio y se pasó los dedos por el espeso cabello negro.

—Muy bien, señorita asesina profesional. ¿Vas a decirme adónde quieres llegar?

—Lo que quiero decir es que los intentos de asesinato anteriores fueron personales, a pequeña escala, bien dirigidos y cuidadosos.

El veneno solo podría haberte matado a ti.

La bomba solo podría haberte matado a ti y quizá a otra persona más.

También cabe la posibilidad de que los intentos fueran un mensaje: que eres vulnerable, que pueden alcanzarte.

—Kathryn negó con la cabeza—. ¿Pero esto?

¿Hombres de negro irrumpiendo en un burdel abarrotado con armas automáticas? No encaja en el patrón.

El jeque Hyder entrecerró los ojos y se apartó de ella, mirando por la ventanilla.

—A menos que el patrón sea una escalada, con intentos cada vez más audaces y temerarios. No conoces a mi hermana, Kathryn. —Suspiró—. Ni siquiera yo la conozco ya. Ha pasado tanto tiempo.

Kathryn respiró hondo y se volvió hacia el otro lado para mirar por la otra ventanilla.

No, no conocía a Nisha Gorka. La había visto en aquella fiesta: alta, esbelta, de cabello oscuro y hermosa.

Pómulos marcados y ojos color arena. Kathryn se había preguntado por su origen étnico, y ahora que lo pensaba, quizá había cierto parecido.

Pero nada en el expediente de Yuri Gorka mencionaba que Nisha tuviera vínculos con la realeza de Oriente Medio. ¿Se lo había ocultado Mel?

Para, se dijo Kathryn. No dejes que la paranoia te vuelva loca.

A veces el mundo de la política y el espionaje se vuelve muy pequeño.

La gente tiene conexiones extrañas, y a veces la coincidencia puede parecer conspiración.

Recuerda tus reglas: Respira. Escucha. Observa y procesa.

No confíes en nadie más que en ti misma.

En nadie más que en ti misma.

Miró hacia el jeque, contemplando sus rasgos marcados, su mandíbula cincelada, su barba cuidada, esos profundos ojos verdes que escudriñaban el horizonte como si vigilara algo.

Apartó la mirada rápidamente cuando las imágenes de lo que acababan de compartir volvieron a ella entre el zumbido de las aspas del helicóptero: Cómo la había besado.

Cómo la había tocado. Cómo había entrado en ella. Cómo la había hecho correrse.

Entonces esa extraña paz la invadió una vez más. Pero esta vez no era resignación. Era emoción. Alegría. Optimismo. Mariposas en el estómago.

Porque recordó su regla final. Su regla inquebrantable: Termina el trabajo. Siempre termina el trabajo. ¿Y cuál era el trabajo en este caso?

Casarse con este hombre.

Una náusea le subió por la garganta, y casi se ahogó al darse cuenta de que eran esas mariposas. Era una sensación que casi no reconocía, de tanto tiempo como había pasado. Se sentía como en el instituto, como una chica a la que le gusta tanto un chico que no sabe qué hacer.

Quizá esto no sea una pesadilla sino un sueño, se dijo. No otra tragedia sino un cuento de hadas. Una historia que por una vez no termina en muerte sino en vida. Vida nueva. Una vida nueva para ella. Una vida nueva para él. Una vida nueva... ¿dentro de ella?

Y de nuevo volvió esa sensación de ahogo, y Kathryn casi rompió a llorar al darse cuenta de lo que estaba pensando.

¿Un hijo? Nunca había considerado siquiera la posibilidad.

¿Cómo podría una mujer como ella, una asesina a sangre fría, merecer tener un hijo?

Había cerrado esa parte de sí misma durante tanto tiempo que había olvidado que existía.

Pero existía. Y estaba despertando. Despertando gracias a él.

—Hyder —dijo con voz suave, temblorosa, mientras lo miraba. No estaba segura de qué decir, ni de si debía decir algo. Llevaban juntos apenas unas horas, y ya sabían tanto el uno del otro. Tantos secretos—. Hyder, escucha. Yo...

—Hahum qad ja'uu! —gritó el jeque de repente. Se inclinó hacia delante y agarró el brazo de su piloto—. Alan hu alwaqt.

El piloto miró a la izquierda, y entonces Kathryn los vio: dos aviones de combate, apenas unos puntos en la distancia, pero que se acercaban rápido. En aproximación hostil.

—¿Qué demonios? —murmuró, entornando los ojos a medida que se acercaban—. ¿Esos son... F-16?

El jeque asintió.

—Aviones estadounidenses. Hay una base de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Catar, en la frontera con Arabia Saudí, no muy lejos de aquí.

Kathryn parpadeó cuando el lejano zumbido de los motores de los F-16 se convirtió en un rugido que parecía sacudir el pesado helicóptero. Los aviones pasaron como exhalaciones junto al helicóptero, uno a cada lado en perfecta simetría, y empezaron a virar en la distancia.

—¡Alan hu alwaqt! —gritó el piloto, que se volvió hacia el jeque con los ojos desorbitados—. Afealha alan.

Kathryn frunció el ceño al ver el pánico en los ojos del piloto, parpadeó y se volvió hacia el jeque.

—¿Qué ha dicho?

—Dice que estos aviones no vienen a negociar. No vienen a pedirnos que aterricemos ni que demos la vuelta. Vienen a derribarnos.

Luego le habló al piloto en árabe, lo que provocó una respuesta vehemente: el piloto negaba con la cabeza y señalaba algo.

Kathryn siguió la dirección que señalaba el piloto y vio dos paracaídas sujetos a la pared metálica del helicóptero. Frunció el ceño y se volvió hacia él, que la miraba fijamente mientras asentía con insistencia.

—¡Sí, sí! —gritó—. Deben irse. Jeque y usted. Tomen. Ahora. Vayan. Yo me quedo.

—¡Lays baed! —ladró el jeque, con el rostro enrojecido y crispado—. Es un error. Comunícame por radio con los pilotos estadounidenses.

El piloto se tocó los auriculares y gesticuló hacia el jeque, parloteando en árabe mientras los F-16 completaban su viraje en la distancia y apuntaban de nuevo sus morros hacia el indefenso helicóptero, recortado contra el cielo azul.

—Dice que los pilotos estadounidenses mantienen silencio de radio. Y tampoco se están colocando a nuestro lado, que es lo que harían si quisieran escoltarnos fuera de este espacio aéreo u obligarnos a aterrizar.

El jeque observó los pequeños puntos negros en la distancia. Habían completado el giro. Esta vez no pasarían de largo.

—Ponte ese paracaídas, Kathryn. Ahora.

Kathryn no dudó. Cogió las mochilas, le lanzó una al jeque y se abrochó la suya a toda prisa mientras luchaba por mantener el pánico a raya.

¿Primero un intento de asesinato descarado por parte de hombres que hablaban ruso, y ahora dos cazas estadounidenses a punto de derribarlos?

¿Qué demonios estaba pasando? ¿Había alguien que no estuviera intentando matarlos? ¿Y ahora qué? ¿Ninjas canadienses?

Intentó sonreír, un truco que había aprendido para calmarse cuando la ansiedad de una situación amenazaba con derrumbarla. Nunca se había derrumbado, y no iba a empezar ahora. Miró al jeque y luego al piloto. No había un tercer paracaídas.

—Por favor —dijo él en un inglés entrecortado, mirándola—. Usted entiende. Tres mueren o uno muere. No hay otra oportunidad. Usted entiende. No puedo aterrizar lo suficientemente rápido. Nos derriban antes de que aterricemos.

Kathryn tragó saliva y asintió. ¿Era tan obvio que era capaz de un cálculo tan frío? Miró al piloto a los ojos, con las lágrimas nublándole la visión, y volvió a asentir. Luego se volvió hacia el jeque y respiró hondo.

El jeque no dijo nada. Se inclinó hacia delante, besó al piloto una vez en cada mejilla, abrió la puerta de una patada y tiró de Kathryn hacia fuera. Los dos se precipitaron al vacío justo cuando el alarido de un misil rasgó el aire sobre sus cabezas.