6
Ya Allah, sus ojos son auténticas joyas, pensó Hyder mientras observaba a la mujer que había elegido.
El año pasado había escogido a una mediterránea, esbelta y bronceada, con pezones pequeños y firmes que le habían mantenido la polla dura durante semanas después de aquellos diez días de capricho.
Se la había follado en cada habitación de las cámaras privadas, la había hecho gritar cien veces mientras tomaba lo que quería y le daba lo que ella necesitaba.
Pero entonces se le acabó el tiempo, y ahora Hyder apenas podía recordar el rostro de aquella mujer, y mucho menos su nombre.
Ella se lo había dicho, por supuesto. Le había hablado de su vida, de sus esperanzas y sueños, de su color favorito, de lo que la excitaba y lo que no.
A él le importaba una mierda, y se lo había dejado claro.
—No confundas mi polla dura con algo más que la necesidad de un animal —le había susurrado, agarrándola del pelo y recorriéndola con la mirada—. Y no creas que tus orgasmos significan que me importas una mierda.
Ella le había escupido, con los ojos oscuros encendidos de dolor.
Había resultado prometedora hasta el octavo día, pero entonces volvió a suceder, igual que con tantas mujeres en el pasado: empezó a creer que aquel sería su cuento de hadas, que ella era de verdad la princesa que la abuela le había dicho que era, que Hyder era el príncipe que todas las películas de Disney prometían, el que vendría a llevarse a la princesa en volandas.
Aquella mujer, como todas las demás, solo quería el cuento de hadas sin entender lo que significaría.
Sin entenderlo a él.
Hyder había sonreído mientras se limpiaba la saliva de la cara.
Luego le había dado la vuelta y la había azotado hasta que lloró llamando a su abuela, y la polla se le ponía dura mientras el culo de ella enrojecía bajo la furia de sus azotes.
Se había corrido sobre sus nalgas morenas, le había dado una última palmada y la había dejado gimiendo y sollozando, mojada e insatisfecha.
—No —ordenó cuando ella se dio la vuelta y lo miró, tocándose mientras fruncía los labios—. Te lo prohíbo. No te toques.
Había sonreído al verla hacer un puchero y apartar las manos de su entrepierna depilada. Otra decepción más. Otra mujer que, después de que le dijeran que dejara de soñar con ser su princesa, se conformaba con ser su puta.
¿Cuándo aparecerá esa mujer especial?, se había preguntado Hyder durante años.
La mujer que se acueste conmigo pero se niegue a convertirse en una puta.
La mujer capaz de leer entre líneas, de ver el significado detrás del significado, de vislumbrar la luz detrás de las sombras.
¿Cuándo aparecerá? La que vea por qué juego a este juego año tras año, la que entienda por qué hago lo que hago, por qué soy lo que soy.
La que me entienda.
Miró los ojos marrones de Kathryn mientras pensaba todo esto, y un escalofrío le recorrió el cuerpo duro al ver cómo ella le sostenía la mirada.
Había entendido que hablaba de sus ojos cuando mencionó las joyas.
Había respondido con ingenio y fuego cuando le ofreció cerrarlos.
Pero luego los había mantenido bien abiertos y fijos, sin someterse, y le enviaba una señal —lo supiera ella o no— de que no se convertiría en su puta tan fácilmente.
Ya veremos, pensó mientras la rodeaba. Ya veremos, mi señora.