Capítulo 15 #2
—No ha sido tu mejor momento para hacer bomba de humo, la verdad —me echa en cara, aunque termina por resoplar—.
¿Cómo está la situación con Ruki? Porque asumo que no es solo un rumor o algo así.
¿A cuenta de qué, vaya? —Sus desgastadas deportivas suenan contra el parqué por culpa de la manera ansiosa con la que cambia el peso de un pie al otro sin parar—.
O sea, no por nada, pero… es como surrealista.
Me río porque es cierto. Es surrealista; siempre lo he vivido de ese modo. Aunque también me ha hecho sentir mal muchas veces el pensar así: es famosa, pero no menos persona que cualquiera de nosotros. Tiene sentimientos, se relaciona con gente, quiere.
Nos resulta complicado sacar a las celebrities del mundo de la farándula y recordar que se codean con el resto de la sociedad.
Y también que, incluso sin salir de sus propios círculos, siguen pasando por los mismos sucesos vitales que el resto.
No son personajes de ficción, como a veces nos parece al verlos de lejos; las pantallas nos hacen disociarlos de la realidad cuando son de carne y hueso como los demás.
—Olivia —le recuerdo, ignorando todo lo demás—. Se llama Olivia.
Y no hace falta que diga más para que Marcos tenga la última confirmación que necesitaba.
Lo veo quedarse en silencio durante unos segundos más, justo antes de cuadrar los hombros y taparse el rostro con las manos.
—Joder, Andrés…, vaya movida. —«Sí, supongo que no lo habría descrito mejor», pienso para mis adentros—. Pero ¿y ahora qué? En plan, lo que te preguntaba antes, ¿cuál es la situación?
—¿Entre nosotros? —Sacudo la cabeza y soy quien juega ahora con los pies, estirándolos y encogiéndolos para alcanzar y rechazar el toque del suelo—.
Ni idea, porque, cuando explotó todo, me dijo que era mejor acabar con todo esto para que no me salpicase aún más, y yo no quiero eso tampoco, pero…
no he vuelto a saber nada de ella desde entonces.
Estoy como todos, vaya, esperando a que diga algo y lleno de ansiedad cada vez que suelto el móvil por si me pierdo algo.
No soy consciente de que mi barbilla prácticamente toca mi pecho de lo cabizbajo que estoy hasta que Marcos me pone una mano en el hombro; ni siquiera le he escuchado acercarse.
Me incorporo como un resorte y busco sus ojos con los míos como lo he hecho siempre: queriendo encontrar algún tipo de tranquilidad en mi mejor amigo.
Ahora más que nunca, me arrepiento de en qué se ha convertido nuestra relación. Me niego a no volver a tenerlo justo así, en mi habitación y con esa cara de preocupación cuando tengo un día malo.
—Todos estamos aquí para ti, ¿vale? Para lo que necesites.
Ya sea hablar de lo que quieras, jugar a algo, venir a entretener un rato a María…
Lo que necesites, porque todo esto no tiene que ser nada fácil y no tienes que pasarlo solo.
—Me aprieta un poco más el hombro antes de puntualizar—: Yo también estoy.
Como un resorte, otra vez, me pongo en pie y lo abrazo. Marcos me corresponde al momento y lo siento suspirar casi a la vez que yo también lo hago. Y creo que todo es tan sencillo como esto. Que, en realidad, nunca fue tan difícil como quisimos hacer que fuera.
—Lo siento mucho —digo al final, mientras lo abrazo con aún más fuerza—. Siento mucho haberlo enrarecido todo por decirte lo que sentía por ti. Fue una tontería, y más aún cómo me alejé por eso. Cómo lo mandamos a la mierda por nada.
Mi amigo niega con la cabeza, eliminando con un gesto tan pequeño la importancia que le hemos dado a esto durante demasiado tiempo.
—Lo entiendo. Te entiendo, porque tuvo que ser muy difícil… dar ese paso y… Lo fue para mí con Antón y ni siquiera me arriesgaba a perder tanto.
Se me escapa una sonrisa.
—¿Lo podemos volver a encontrar? Recuperar nuestra amistad, digo.
Marcos aprovecha que me he separado de él lo justo como para mirarlo a la cara para darme un empujón amistoso.
—Claro. Y sigue en pie lo de que lo conozcas. Si no te incomoda o…, no sé, creo que igual es mejor porque te caerá genial y me cambiarás por él.
Lo pienso y no. No me incomoda. No porque quiera recuperar a mi amigo a toda costa, no porque ahora esté enamorado de otra persona, sino porque ya no pienso que no fuera suficiente para él. Ni siquiera ser suficiente lo es todo.
Olivia sí me quiere, y yo a ella…, pero con eso no vale.
—Me encantará conocerlo.
Una sonrisa se dibuja en el rostro de Marcos.
—Y a mí a Olivia…, cuando todo se calme, supongo.
No me convence demasiado. Todo este silencio…
En fin, estoy empezando a pensar que quizá sea permanente.
No tengo ni la más remota idea de cómo todo esto le ha complicado la vida a Olivia, así que desconozco también si hay la posibilidad de que entre en sus planes algo entre nosotros.
Bueno, y ya no en sus planes, en los de la discográfica, ¿no?
Veo que mi mejor amigo nota mi duda, pero no insiste. Y tampoco tarda mucho más en marcharse y dejarme solo.
Es en ese momento, cuando me quedo solo, cuando al fin recupero mi teléfono móvil del salón y me encierro en mi cuarto.
Mi limitadísima batería social se ha agotado y tengo la necesidad de volver a torturarme con lo que me espera al otro lado de la pantalla.
Pero esta vez una notificación de Instagram me llama la atención por encima de las demás.
No es de un medio de comunicación, es de una chica. Y se llama Luisa.
Lo cierto es que no dudaba que fuera Luisa, la amiga y compañera de Olivia —quizá eso no habla demasiado bien de mí, debería ser más desconfiado—, pero ella ha sumado a su mensaje varias fotos con las que intenta convencerme de que es ella de verdad.
¿Y por qué la desaparecida Sol de Girl-lies, desde su cuenta sin verificar y con apenas seguidores, se pondría en contacto conmigo? Pues dice hacerlo en nombre de todo el grupo y añade su número de teléfono para que «por favor, por favor, por favor» la llame sin falta.
No me hago esperar y le escribo; me sorprende comprobar que su foto en WhatsApp es como la de cualquier chavala de su edad, en un sitio sin importancia, con una ropa sin importancia y con una mueca divertida.
Tampoco me sorprende, y sí que debería porque esto sí que es surrealista, acabar minutos más tarde en una videollamada con cuatro cantantes exitosas.
Como ya me ha adelantado Luisa en nuestra breve conversación escrita, ellas tampoco saben nada de Olivia.
—Es que ni siquiera le responde a Vero —dice al otro lado de la pantalla Daniela, acompañada de Laia y completamente exasperada—. Ha intentado ir a su casa y tampoco abre. Como si se hubiese volatilizado, la tía.
—Tampoco su madre sabe decirnos nada más allá de que está bien —añade por su parte Emma, a la que reconozco que me desubica ver sin las gafas de pasta que siempre luce Plash.
—Que ya me parece hasta mucho. —Esta vez la que interviene es Luisa—. Que esté bien, quiero decir.
De verdad que, para la verborrea que tienen y siendo quienes son, esta situación me impone menos de lo que creo que debería.
Supongo que he activado el piloto automático por saber que todo esto trata de Olivia.
O que ya me he curado del shock que me producía tener delante a gente de relevancia para los medios.
—Lo que sí conocemos bien es la postura de la discográfica, que es otra cosita. —Laia toma asiento sobre las piernas de su novia para que la cámara de su ordenador recoja mejor tanto su imagen como su voz—. Muy bien se está portando, honestamente.
—¿Qué piensa hacer la discográfica? —pregunto yo con miedo, ignorando por completo ese deje de optimismo que tiene Laia, porque… no me fío un pelo, siendo honestos.
—Nada —suelta con diversión Daniela; casi puedo ver un brillo de orgullo en sus ojos.
La conversación se queda en silencio por unos segundos y yo asumo que soy el único que no tiene ni idea de qué significa eso, pues nadie se lanza a recabar más información tras una palabra tan abstracta.
Ni siquiera Luisa parece sorprendida. De hecho, tiene una sonrisa similar a la de su amiga, aunque noto que no está relajada del todo por cómo mantiene rígidos los hombros.
—¿Cómo que «nada»? ¿Qué coño significa eso en este contexto?
Daniela suelta una sonora carcajada y es Emma la que toma la voz cantante:
—No tienen pensado hacer ningún movimiento hasta que Olivia retome las comunicaciones con ellos.
Algo que también se han asegurado de dejarle claro a ella en mensajes y emails , según nos ha chivado Vero.
—Me deja un momento para que procese lo que acaba de decir y continúa hablando—.
Por lo visto, ni ellos tienen muy claro aún si, por no decir nada, la bola mediática se hará más grande por generarse mayor expectación, o si, por no darle bombo, todo bajará.
Pero no creen que ninguna de las dos opciones sea mejor que decir algo sin contar con Olivia, sin saber si querrá romper con todo definitivamente o…
si aceptará lo que sea por seguir y aguantará el chaparrón.
Otra vez, la videollamada parece entrar en pausa y yo reflexiono sobre lo que acabo de escuchar. No puedo evitar pensar que, de alguna manera, por primera vez, Olivia ha conseguido lo que quería: todo está en su mano y la discográfica no piensa dirigirla a ningún lado.
Es Olivia quien tiene la primera y última palabra ahora mismo, la que tiene en su mano la llave sobre cómo actuar y qué decir a todos aquellos que quieren una respuesta. Solo Olivia.
—Yo estoy muy preocupada —reconoce en medio de un suspiro Luisa—. Mi vida tampoco es lo que ella quería.
—¿De verdad piensas que…? —Pero Laia no tiene tiempo de terminar su frase.
Porque es entonces, en ese preciso momento, cuando una notificación nos suena a los cinco en nuestros teléfonos móviles.
Es un aviso de Instagram: Olivia ha subido un nuevo post .
Sin avisar ni contar con nadie.
Nadie interrumpe la llamada, pero tampoco pronunciamos ni una sola palabra más. Directamente, entro en la red social y supongo que ellas hacen lo mismo por el silencio que se produce.
En realidad, no tengo ni la más remota idea de qué esperaba encontrar, pero creo que esto no era lo que quería ver.
Olivia ha colgado un vídeo y en él aparece con la cara lavada y en pijama, y no se ha molestado en cortar el trozo inicial del fragmento, por lo que se la ve terminando de colocar su teléfono móvil y sentándose en el suelo de ese salón que yo ya tan bien conozco.
Tiene unos papeles en la mano y Profiterol merodea de aquí para allá a sus espaldas.
— Bueno, pues… esta soy yo —empieza diciendo la Olivia de la pantalla con una sonrisa tímida y señalándose a sí misma—.
Por si no lo sabéis, me llamo Olivia . —Se le escapa una risa nerviosa—.
Me vais a disculpar, pero voy a leer lo que he escrito para no dejarme nada. No soy… oradora ni nada de eso.
Así, Olivia empieza a hablar y no parece que vaya a dejar de hacerlo nunca. Ya no.
— Siempre he sentido sobre mí una presión enorme.
A mostrarme feliz, a ser perfecta… A ser lo que se esperaba de mí.
Tengo solo veinte años, pero llevo en la industria musical desde los trece y he vivido las imposiciones de no hacer determinadas cosas o de tener que ocultarlas.
—No sé si es por lo mucho que la conozco, pero noto que le tiemblan las manos con las que sujeta los papeles.
Sus ojos se mueven entre su discurso y la cámara continuamente, como si no quisiera perder de vista a ese interlocutor al que se dirige, pero tampoco estuviera dispuesta a dejar algo por decir—.
Y ni siquiera estoy hablando de que esto viniese solo desde mi discográfica o desde todo lo que es el sector de la música…
, hablo de todo. De los medios de comunicación, de las redes sociales.
De todo aquel que está esperando por más y más, y así, a su manera, les dicen a medios, industria y artistas lo que quieren o no de estos últimos, más allá de las personas que son. De las personas que somos.
» Estos últimos días suponen un paso más en todo esto, en este bucle de querer ser lo que queréis que sea o quedarme para mí lo que no os gusta saber.
—Olivia se queda callada un momento y se toquetea el pelo; soy capaz de ver, incluso al otro lado de la pantalla, un leve temblor en sus dedos—.
Hablo de mi vida privada. O, bueno, mejor, del respeto a la vida privada.
Tanto a compartirla si es lo que yo quiero sin que nadie tenga derecho a negármelo u opinar…
como a si quiero mantenerla oculta. A decidir qué quiero hacer con ella.
» En mi vida me he visto muchas veces obligada a lo que se quería de mí y a lo que no, tanto en forma de ser como en con quién serlo, o a hablar y a callar en función de otros. Y sé que no soy la única, y eso no es justo.
» Yo no soy especial. También la cago, tengo días malos, no sé qué hacer.
Yo también tengo mucho miedo. Pero también sueños, aunque a veces…
tampoco estoy muy segura de cuáles son. Sí, a veces he pensado en dejarlo, pero porque tengo miedo a no hacerlo bien, a decepcionar a todo el mundo, a que no os guste.
—Por un momento, me cuesta ver a Olivia.
Parpadeo un par de veces y soy consciente de que mis ojos estaban llenos de lágrimas—.
Yo solo quiero cantar… y haceros cantar conmigo.
Sin que importe si soy más o menos feliz, porque eso no lo sabéis cuando me oís cantar, ni siquiera cuando me veis en Instagram.
No lo sabéis… Aunque creo que me gustaría poder contároslo.
» Si no he tenido un buen día. O si me lo he pasado genial.
Estos días he llorado mucho, y no pasa nada.
También lloré un poco cuando Andrés quiso enseñarme a montar en bici y me caí.
La verdad es que me hice bastante daño, pero me lo pasé genial.
Con Andrés me lo paso genial casi siempre.
Y me gustaría poder contaros ese tipo de cosas.
O no, si no me apetece. Pero… dejadme decidirlo a mí.
Quién quiero ser y qué quiero mostraros. Igual hasta os lo canto.
Antes de que se termine el vídeo con esa broma, de que Olivia sonría a Profiterol y se levante a coger su teléfono móvil para dejar de grabar, yo ya sé que esto se va a hacer viral.
Aunque aún no sé hasta qué punto.