As It It’s Your Last Capítulo 15
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Capítulo 15

Han pasado tres días desde que todo saltó por los aires y todavía no sé nada de Olivia.

Es como si hubiese desaparecido de la faz de la Tierra.

Ni responde a mis mensajes y llamadas ni tampoco ha subido ningún tipo de contenido a sus redes sociales.

Lo sé porque las reviso varias veces a lo largo del día, como un fan más, como si esperase ya no que diese señales de vida, sino algún tipo de comunicación o yo qué sé.

Algo que logre que esta situación no parezca tan irreal.

Y parece que no soy el único.

He visto que todo el mundo está pendiente de lo mismo, puesto que desde la filtración ni se ha dejado ver ni ha compartido nada…

ni tampoco lo ha hecho la discográfica en su nombre.

¿No van a confirmarlo, a negarlo? ¿A dar algún tipo de explicaciones, ya no sobre su relación conmigo, sino sobre la carrera de su estrella?

¿Desaparecerá como hizo Luisa? Me paso el día empapándome de teorías de fans, viendo tertulias y programas; me llama la atención cómo, para los primeros, todo versa sobre esto.

Todo lo que les preocupa es que Ruki, que Olivia, deje de cantar.

Sus teorías son, en gran parte, calculando las posibilidades de que eso ocurra o aferrándose a que no pasará.

Apenas he visto comentarios sobre mí en las publicaciones del fandom y la verdad es que eso me deja más tranquilo.

Tanto por ver a qué dan importancia en su ídolo como por mí mismo al ser ignorado; es justo lo que quería.

Porque, de hecho, es para ellos para los que he caído ya casi en el olvido, pero no para otros muchos.

En las últimas setenta y dos horas, han sido varios los medios de comunicación que han intentado contactar conmigo para preguntarme por mi versión.

Pero yo he hecho oídos sordos. No quiero focos, y menos aún si es sin Olivia.

Por Olivia podría aceptarlo, acabaría viviendo con ello, pero sin ella es un rotundo no.

En realidad, yo también he desaparecido un poco.

Quizá no del imaginario colectivo, ese del que yo no formaba parte la semana pasada ni la anterior, pero sí de todo mi entorno.

Olivia no responde a mis llamadas, pero yo tampoco a las de mis amigos o compañeros de universidad. Tampoco hablo apenas con mis padres.

Como ahora, que estoy tirado en el sofá con el móvil en la mano y todos mis sentidos puestos en él, con mi madre en la mesa del salón haciendo…

ni siquiera sé qué está haciendo. Soy incapaz de soltar el teléfono; tengo todo el rato la incertidumbre conmigo, el miedo tomándome la mano y tirando de mí.

La incertidumbre sobre qué pasará con todo esto, el miedo a perderme cualquier cosa.

Soy generación Z, supongo que el FOMO es parte de mi personalidad en general, y esta situación en particular solo lo ha hecho llegar a su pico.

Aun leyendo tonterías sobre Olivia, aun comiéndome mucha bilis y opiniones horribles de gente que en realidad no tiene ni idea de nada, no puedo dejar de mirar.

Todo ese hate , de alguna forma, me enciende y repugna, pero también me engancha.

Me engancha a ver si alguien de pronto muestra tener cabeza, a rebatirlo todo solo en mi cabeza…

, y me engancha aún más a Olivia. A estar preocupado, a querer abrazarla; a quererla.

El repiqueteo de un bolígrafo sobre la mesa llega hasta mis oídos, pero lo ignoro.

Estoy metiéndome entre pecho y espalda un TikTok tras otro sobre la chica que mi algoritmo ha debido interpretar ya como mi cantante favorita; mi «Para ti» parece conocer solo a la líder de Girl-lies y, gracias a los subtítulos automáticos, ni siquiera necesito estar solo o usar auriculares para dejar de consumir basura sin parar.

Por eso oigo ese ruidito, ese toque de atención, aunque finja no hacerlo.

Mis padres han pasado de la incredulidad y el enfado —por estar metido en algo tan gordo y haberlo mantenido en completo silencio— a la verdadera preocupación. No los juzgo, es bastante evidente que su primogénito no está bien, yo también lo noto. Pero ¿qué más puedo hacer?

Literalmente, nada. Solo esperar.

Aun sin saber muy bien qué es lo que espero.

—Cariño, ¿por qué no juegas un rato con tu hermana?

—me propone mi madre, dándose por vencida con lo de que el bolígrafo fuese a ser suficiente.

Nuevamente no la juzgo: en esta casa nunca se ha sido estricto con el uso del teléfono y las nuevas tecnologías, pero salta a la vista que ahora me estoy pasando y que no me está haciendo bien.

Sí, no me está haciendo bien.

Sacudo la cabeza y lanzo mi móvil a la otra punta del sofá antes de levantarme de un salto.

Cuando entro en el cuarto de María, llevo conmigo la caja enorme, decorada con mil y una pegatinas, en la que tenemos guardada una ingente cantidad de coleteros, diademas y horquillas.

Mi hermana no tarda en reparar en ella —y en el peine que llevo en la otra mano—, así que da un chillido, suelta sus muñecos y se baja de la cama de un salto.

Me hace feliz verla así de contenta. María siempre ha sido una niña muy risueña y ahora no iba a ser diferente, sobre todo teniendo en cuenta que no se ha enterado de mucho.

Sabe que hay una chica y que pasa algo, pero nada más.

Proteger a mi hermana es mi prioridad. Solo ella me hizo plantearme que Olivia y yo nos distanciásemos un poco y solo ella consigue alejarme de todo.

Se me escapa una sonrisa cuando me fijo en que le he puesto en la trenza una goma con unos muñequitos de plástico en forma de pompa. Es bonito, porque María siempre me construye una burbuja a su alrededor.

Nada más colocarle la última horquilla, la abrazo, atrayéndola hacia mi pecho. Sentados ambos en el suelo, en esta postura, casi la cubro por completo. Como si yo fuese una burbuja, como si así la tapase y protegiera.

—Te quiero mucho, enana —le susurro a su pelo mientras la aprieto un poco más.

—Yo más, tato —dice ella sin inmutarse. De hecho, se levanta con un nuevo y alegre saltito y corre hasta el espejo de su armario para verse.

Mientras ella parlotea sobre lo mucho que le gusta y lo guapa que está, yo me fijo en los pósteres que decoran las paredes de su habitación. Veo a la Olivia de muchos años diferentes, veo a Olivia con sus amigas. O no. Quizá veo a Ruki. A veces es complicado marcar la diferencia entre ambas.

Dejo de pensar en ello, de nuevo gracias a María. Concretamente, a María tirándose encima de mí.

—¿Vamos al parque? Quiero que todo el mundo vea mi trenza tan chuli. —Su voz denota muchísima ternura, pero no consigue que no me tense—. A veces las abuelas de otros niños me dicen que estoy muy guapa, y eso me gusta.

Le sonrío y le toqueteo los mofletes…, pero también le doy largas.

—No, María, hoy mejor no, porque…

—¿Por qué?

Sus ojos, tan marrones como los míos, me miran curiosos. Sin embargo, yo no sé cómo paliar su curiosidad. No sé cómo explicarle algo que yo tampoco entiendo muy bien.

Porque igual yo soy el primero que está exagerando y no sería para tanto. Quizá no pasa nada, no hay periodistas que surjan de la nada en búsqueda de que sacie sus dudas, ni tampoco gente dándose la vuelta para mirarme con un «¿es ese?» instalado en la garganta. Pero me da miedo.

Me da miedo que eso pase y no solo no sepa qué decir, porque debería ser Olivia la que decida hablar, sino también por tener a mi hermana pequeña al lado.

—Otro día, ¿vale? Y jugamos a la comba o te empujo en el columpio, pero hoy…

no me apetece mucho. Además, hace mucho calor, ¿no te apetece más que veamos una peli?

—Me arrepiento un poco de la sugerencia cuando pienso en que eso me daría la excusa perfecta para coger el teléfono de vez en cuando; quizá por eso mismo lo he propuesto—.

O hacemos algo rico de merendar. Y ya otro día te compro un helado. Un refresco.

Eso me pone un poco triste. Saboreo las burbujas de naranja en mi lengua. Y las manos de Olivia en mi nuca cuando sus labios buscan los míos.

—Quiero conocer a tu novia —suelta de repente María, con sus habituales cambios de tema y opinión en segundos. Nunca sabes por dónde te va a salir—. ¿La quieres mucho?

Me la quedo mirando unos segundos antes de sonreír.

—Sí —le confieso, recolocándole un mechón en su correspondiente horquilla.

—¿Y ella a ti? —Noto las mejillas ardiendo, pero me río y asiento con la cabeza—. Entonces, ¿por qué estás tan triste?

Lo que yo decía: nunca sabes por dónde va a salir. O quizá es solo que tendemos a pensar que, porque sea una niña, no sabe leer la situación. Es una niña, pero no es tonta; tener siete años no tiene nada que ver con eso.

—A veces es más complicado que eso —me limito a responder, porque no quiero explicárselo todo, no porque no lo entienda. Puede que lo pillase mejor que yo.

De todas formas, salvado por la campana, el timbre hace su interrupción y me levanto del suelo para ir a abrir la puerta. Me sorprende y no al mismo tiempo que tras ella esté Marcos. Con su expresión seria habitual y las manos en los bolsillos.

Sé qué hace aquí, no me hace falta ni que hable ni preguntar, así que sin palabras y con un simple gesto de cabeza lo invito a pasar y nos conduzco a ambos hasta mi habitación.

Me alegra notar cómo mi madre lo ve caminar por el pasillo, pero no hace el amago de interrumpir de ninguna manera; tampoco mi padre, que le dedica un escueto saludo cuando pasamos por delante de la cocina.

Apenas he cerrado la puerta de mi cuarto cuando lo suelta. Como si yo aún necesitase que lo soltara, ya ves tú…

—Todos estamos muy preocupados por ti, Andrés.

—Ya me imagino —mascullo al mismo tiempo que me dejo caer en la cama.

Marcos alza una ceja y camina hasta mi escritorio, en el que se apoya. Cruza los brazos y me siento como si fuera un niño pequeño a punto de recibir una bronca.