Capítulo 14 #2
Entro en X, pero cierro la pestaña al segundo al ver mi nombre en los trending topics .
Porque habrá cientos, miles de «Andrés García» a lo largo y ancho del país, pero es que también me ha dado tiempo a ver «Ruki», «Girl-lies» y hasta «Verónica Lazar» en las palabras en tendencia de esta maldita red social.
Y lo peor es que, pese a todo, además de estar preocupado por mi familia, solo puedo pensar en Olivia.
Supongo que es lo que tiene ser un chico enamorado, o tener un mínimo de empatía, que en internet es algo que igual debería practicarse más.
El caso es que necesito hablar con ella.
Necesito escuchar su voz, mirarla a los ojos, abrazarla muy fuerte…
, necesito estar para ella. Recordarle que la quiero.
Ha pasado lo que ella más temía…, y ya he visto reacciones horribles.
Porque ya no quiero estar ahí y leer más, pero mi reacción automática a la noticia fue acceder a todas las redes sociales, y las críticas no se han hecho esperar; nunca lo hacen.
Que si cómo puede hablar así de la industria cuando se lo ha dado todo.
Que si es una mentirosa que contribuye a la superficialidad del mundo celebrity mostrando una vida idílica cuando en realidad todo es una mierda.
Que si qué es eso de que «ese chico» le ha devuelto la ilusión y no sus propios fans, que llevan meses esperando por ella.
Incluso he llegado a leer cosas sobre mí, sobre «ese chico».
Como que «vaya braguetazo» he pegado, teniendo en cuenta que, incluso en el supuesto de que ella dejase la música, continuaría manteniendo un dineral en su bolsillo.
O que quizá por eso mismo yo le he «dado ilusión» para continuar, porque quiero motivarla a seguir con la idea de poder sacar rédito también.
Me afecta, claro que me afecta, sería una tontería intentar negarlo.
Pero tengo la conciencia tranquila con mis sentimientos por Olivia, de la misma manera que sé el tipo de persona que es ella.
No podría importarme menos lo que digan cuatro pringados como yo de cualquiera de los dos…
, lo que me preocupa es que sé que es algo que sí le importa a Olivia.
Y no solo es que le importe a ella, sino que a la industria también le importa la opinión de los demás sobre sus estrellas. No quiero que dejen a Olivia apagarse ahora que parecía empezar a dejar atrás el eclipse.
He sentido este día como algo eterno al mismo tiempo que como un mal sueño. Una pesadilla. Pero parece que todo por fin llega a su fin con el coche particular de Vero, con su marido al volante, conduciendo hacia mi casa después de que haya venido a por nosotras. Bueno, todo no.
Todo va a costar un poco que se solucione.
El coche está en completo silencio, pero mi cabeza no.
En los asientos de atrás, permanezco completamente sola y callada.
Y, en realidad, así me siento: sola y callada.
Porque, en cuanto en la discográfica hemos dado nuestra versión de los hechos —que si todo era real, que si Vero lo sabía pero desde hacía muy poco, dónde se dio esa conversación que se había trasladado a los medios de comunicación; en plural, porque otro gran número de diarios y portales web no habían tardado en hacerse eco de la noticia enlazando como fuente al primero, claro—, la empresa musical tuvo bien claros dos caminos a seguir: en primer lugar, contactar con la empresa de movilidad en busca de responsables, y, en segundo lugar…
, pedirme a mí cautela. Y todos sabemos que esa palabra es un eufemismo de silencio hasta nuevo aviso.
Mañana a primera hora tenemos que regresar e imagino que será entonces cuando se tomen decisiones de verdad sobre cómo actuar.
Miro por la ventanilla con las lágrimas corriendo por mis mejillas. Siento que Vero me observa a través del retrovisor, pero me da igual si es con pena o enfado. Nada me importa. Yo sigo en la conversación en la discográfica.
Tras muchas horas y llamadas, todo apunta a que debieron ponerse en contacto con Unknown Car y con sus conductores para ver si alguno quería dar información sobre Ruki, pues uno de ellos —el que me ha llevado al estudio esta misma mañana— le ha confesado a la empresa haber recibido ese tipo de petición y, aunque no había cedido, suponía que alguien sí podría haberlo hecho.
«Por eso sabía que algo me pasaba y no era un berrinche puntual: los medios solo se interesan cuando algo va mal», pensé cuando aquella revelación nos fue trasladada a nosotros.
Asimismo, Unknown Car también le ha confesado a la discográfica que en realidad los vehículos no están bien insonorizados desde hace meses, pero que los conductores firman acuerdos de confidencialidad para con los viajeros, por lo que se asegurarán de «tomar fuertes medidas» después de «lo ocurrido».
Y, con ello, le han rogado a la discográfica que esta no las tome contra la empresa.
Debo decir que el director se rio bastante alto ante esto: «Pretenden que cargue solo con el muerto el currito de turno.
Claro que la ha cagado, pero una irregularidad así no se la pienso pasar por alto».
—De todas formas, debe haber algo más —apostilló Vero a sus palabras.
Y era lógico sospechar de algo más. Sería mucha casualidad que los medios se hubiesen puesto a investigar mi entorno porque sí, tenía que haber algún tipo de sospecha antes.
Por supuesto, el juicio sobre mí no se hizo esperar:
—Alguna falta de cuidado —soltó, sin anestesia y con sus ojos en los míos—. Porque esto es, ante todo, una irresponsabilidad.
Vero salió en mi defensa enseguida, pero debo reconocer que eso me irritó.
Quería defenderme a mí misma. Porque, además, no era algo de lo que debiera tener que defenderme.
Yo no he hecho nada malo, más allá de saltarme una «recomendación» de la discográfica.
Una recomendación que forma parte de mi vida personal.
—Ruki no ha tenido por qué cometer ningún error propiamente dicho, ni siquiera yo lo había notado, y paso más horas al día con ella que en mi propia casa —dijo mi representante a la vez que se sacaba del bolsillo mi teléfono móvil; no, aún no me lo había devuelto.
Me doy cuenta ahora, recordándolo, de lo mucho que me escuece, hasta en esta situación, ser Ruki—.
Lo habló con sus compañeras de Girl-lies por WhatsApp, que fue también de donde sacaron los mensajes privados de Dani con Mili hace meses.
Quizá ha sido el mismo hackeo que a Dani; puede que aún la tuvieran fichada o que ella no fuera la única hackeada.
—Sea como fuere, la culpa ha sido tuya.
La insistencia del director de la discográfica se me clava aún en alguna parte del cerebro, como si verdaderamente me hubiese apuñalado con sus palabras hirientes. Porque a aquella acusación le sumó mi «inocencia» a la hora de meterme «en algo así en un momento como este». Y entonces lo dijo.
Una vez más:
—Eres una niña.
«Una niña». Resonó más en mi mente entonces que en este momento. Porque estaba harta de que me llamaran así cuando yo hacía todo para que no fuese cierto. Creo que escuché un clic en mi cabeza.
Que, de alguna forma, algo se desencadenó.
—No había sido una niña hasta ahora… —se me escapó en un susurro que yo misma interrumpí.
Y fue un susurro tan bajo que dos pares de ojos se posaron con aún más fuerza sobre mí, como si con eso quisieran preguntarme qué diantres había dicho.
Siempre callada, siempre hablando en voz baja.
Entonces, llegó la explosión.
—Esto es una puta mierda —espeté sin contenerme un mínimo ni en las formas del mensaje ni en el tono—.
Llevo meses jodida. Meses aceptando convertirme de pronto en una seudoinfluencer y aguantando que absolutamente todo el mundo me diga lo que espera o no de mí y opine sobre lo que hago o dejo de hacer.
Sí, soy cantante. No es que quiera serlo, lo soy y lo he demostrado mil veces.
Pero también soy una puta persona que echa de menos tener una vida normal sin que estén pendientes de todo.
Sin tener que estar yo pendiente de todo lo que digo o hago.
—Di una palmada en el aire que hizo al director de la discográfica fruncir el ceño aún más—.
Supongo que siento mucho —forcé voz de niña pequeña en las dos últimas palabras— haber conocido a una persona que me hace feliz; no recordaba que la gente deja de tener sentimientos cuando suena en la radio y sale en la tele.
—Así funciona esto. —Fue toda la respuesta del hombre a mis palabras cargadas de furia. Las suyas, por contra, eran todo temple. Qué pena que las niñas no tengan miedo a montar numeritos—. Nosotros no hacemos las normas del juego.
—Pero no lo hacéis más fácil.
Les acusé —también a Vero, aunque ahora me arrepiento un poco de eso— de complicarlo todo aún más por no dar la cara por nosotros, por no intentar echarnos una mano a los artistas más allá de para poder hacer dinero a nuestra costa.
Eso le irritó. Eso le hizo subir el volumen.
Y las voces que intercambiamos sí que las recuerdo a la perfección a la vez que quiero olvidarlas.
Porque las niñas somos unas lloronas y no lo evita tener público.
El automóvil se detiene y siento un pinchazo en el pecho cuando, por un segundo, tengo el impulso de buscar mi tarjeta de crédito. Pero esta vez no hay una mampara biselada entre mi asiento y los delanteros.
—No se ve a nadie merodeando por el portal —asegura Vero, como si no pudiese ver que ya es lo bastante tarde como para que las calles estén oscuras y vacías. Yo también me siento un poco así: oscura y vacía—. Puedes bajar del coche cuando quieras.
Mi representante se gira hacia mí y busca mis ojos. Los suyos también están enrojecidos y nunca le había visto tan mal aspecto en general, con la americana arrugada de la cantidad de veces que se la ha quitado y puesto de cualquier manera.
—Estoy aquí para lo que necesites, ¿vale? Lo estoy de verdad. —Se muerde inconscientemente el labio inferior y resopla—. Tú misma lo dijiste: no durará mucho.
Lo recuerdo, recuerdo cuando admití en voz alta lo volátil que es la memoria de los medios de comunicación y de la sociedad en general. Pero eso tampoco impide que salga del vehículo sin pronunciar aún palabra alguna.
Y, cuando entro en casa, ignoro todos los mensajes que aparecen frente a mí al desbloquear mi teléfono móvil nada más cerrar la puerta. Voy directamente a mis contactos y marco a Andrés…, que apenas tarda unos segundos en aceptar mi llamada.
—¡Dios, Olivia, menos mal! —Aunque sus palabras parezcan de alivio, siento en su voz la misma desesperación que yo también he sentido a lo largo del día; no ahora, que me siento extrañamente tranquila desde que salí de la discográfica.
Quizá tranquila no sea la palabra. A lo mejor es más bien algo como…
paralizada. No pienso en nada, no siento nada—. ¿Cómo estás?
Claro. Eso es muy Andrés. Él, ante todo, frente a cualquier situación, priorizaría hacerme justo esa pregunta. Pero no tengo respuesta.
—¿Tú cómo estás?
No insiste cuando evito su pregunta. Solo deja unos segundos de silencio y se aclara la garganta en un carraspeo muy ronco; pienso, sin remedio, en lo malo que es eso para la voz como instrumento.
—Bueno…, me ha pillado todo por sorpresa, pero…, bien, sí. Yo estoy bien, creo. O sea, es… raro, pero sí. Mis padres están un poco nerviosos, no te lo niego. Aunque… —Más silencio. Entonces le noto sonreír—. A mis padres les gustaría conocerte.
A eso tampoco respondo.
Su silencio es un poco más largo esta vez, pero acaba terminándolo igual que el anterior.
—Aunque igual mejor… —Vuelve a carraspear, con más fuerza si cabe, y, por cómo suena su voz cuando sigue hablando, estoy segura de que está con algún dedo ya metido en la boca—.
Igual ahora deberíamos darnos un pequeño espacio.
Esperar a que se asiente todo un poco, ¿no?
—Me paso una mano por la cara porque, a pesar de todo, a pesar de la inseguridad, de que le tiemble la voz…
, también siento ese tono esperanzador que tiene siempre conmigo—.
Yo… estoy un poco asustado. O sea…, me cuesta un poco entender por qué de pronto todo el país puede saber dónde estudia mi hermana o puede…
no sé. Pero… yo quiero estar para ti, ¿vale? Aún no tanto contigo, pero sí para ti.
Es precioso. Andrés lo es.
Pero yo no digo nada.
No. Digo. Nada.
—¿Olivia?
— Esto es mi problema, Andrés, lo que yo elegí. Supongo. Así que… es mejor acabar con esto y que no te… salpique aún más. A ti y a los tuyos. No es justo para ti.
—Pero, Olivia, yo te elegí a ti. Y quiero seguir eligiéndote.
—¿Sabes? Puedes elegir a la industria, pero esta también tiene que elegirte a ti.
—Me muerdo el labio y llego a sentir el sabor metálico de la sangre empapándome la lengua.
Pero no me escuece, o, al menos, hay cosas que me escuecen más—.
Yo no quiero elegirte, Andrés. Bueno, mejor dicho, sí quiero elegirte, pero no puedo. Y esto es lo mejor para ti.
—Olivia, creo que estás…
—Gracias por todo, Andrés.
—Olivia…
Pero es demasiado tarde. Porque yo ya he colgado. Me siento tan cobarde.
Y al mismo tiempo valiente. Creo que hay que ser valiente para no ser egoísta, para saber cuándo arramplar con todo no te afecta solo a ti.
Lloro. Lloro tanto que Profiterol corre hacia mí y se acurruca en mi pecho; me cuesta recordar cuándo he llegado hasta mi cama durante la conversación telefónica.
El peso de mi gato sobre mí me corta la respiración unos segundos, pero no me impide seguir llorando.
Quizá esto es lo mejor, lo más cómodo. Tenerme a mí misma y a Profiterol.
Sin embargo, por un momento, hago el amago de hablarle a Profiterol…
, pero me detengo a mí misma cuando pienso que no va a responderme, y ahora mismo me resulta doloroso escucharme hablar en voz alta y que solo haya silencio.
Otro clic quizá, puede ser, pero me encuentro a mí misma abriendo mi libreta.
Y en ella lo vuelco todo. Lo que le diría a Profiterol, a Andrés, a la industria… y lo que nunca me he dicho a mí misma.