As It It’s Your Last Capítulo 14
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Capítulo 14

Ruki, quien fuera parte de Girl-lies hasta su separación hace un año, podría haberse planteado abandonar la música, siguiendo así la estela de Sol, la cara más divertida de la exitosa banda de chicas.

Aunque, en palabras de la propia artista, sería su nuevo novio quien le ha devuelto la ilusión de continuar con su carrera.

Hasta ahora han trascendido pocos datos de él, pues es un chico anónimo.

Tan solo que se llama Andrés García y la cantante podría estar escribiéndole una canción, con la que se presupone que comenzaría su andadura en solitario.

Según fuentes cercanas a la artista, fue hablándole de la composición de este tema a su mánager, Verónica Lazar, cuando Ruki le confesó haber llegado a dudar de su continuidad en el panorama musical y que es su novio el responsable de renovar sus «ganas de seguir luchando por esto».

Supuestamente, la joven cantante no estaría del todo cómoda en la industria, ni con la proyección de su imagen en redes sociales.

Parece ser que las apariencias engañan y Ruki no sentía su vida tan idílica como podía verse desde fuera. Al menos, la llegada de su nuevo novio ha traído de vuelta el sol a la tormenta que arrastraba a la cantante.

Vero está completamente desquiciada frente a mí y camina sin parar por la sala, la misma a la que me arrastró antes. Supongo que es irónico que hace no tanto rato yo jugase aquí a asegurarle que nadie se enteraría de nada.

Nunca me han gustado demasiado las ironías.

—¿Cómo coño se han enterado de todo esto? —exclama mi representante sin dejar de hacer aspavientos con las manos y con la mandíbula desencajada. Yo tampoco puedo comprender de dónde narices sale toda esta información, ya no lo de Andrés, sino… todo lo demás—. ¿Y las fotos?

Ah, sí, yo también me he quedado blanca al ver las imágenes que acompañan la noticia.

Porque ninguna es comprometida, pero es que no he tardado en reconocer mi propio portal en esa foto cuya descripción es «el supuesto novio de Ruki saliendo del edificio en el que se ubica el piso de la artista».

Aunque no es esa la que más me preocupa.

La que hace saltar todas mis alarmas es esa otra en la que, justo al lado de Andrés, hay una niña pequeña agarrada de su mano.

Tiene la cara pixelada y no la conozco en persona, pero sé que es María.

De la misma manera, el medio de comunicación la presupone su hermana y lo tilda a él de «responsable», pues a su espalda ambos dejan atrás la fachada de una academia de verano.

—Todo el mundo sabe que eso de fuentes cercanas al artista es puta mierda, vaya deontología periodística —sigue maldiciendo Vero, que estampa su teléfono móvil contra la mesa donde minutos antes también ha lanzado su carpeta—. Deontología periodística, mis huevos.

Mi representante se mesa el pelo una y otra vez mientras pone todos sus esfuerzos en calmar su respiración.

Yo solo aparto la mirada de ella cuando veo que la pantalla de mi smartphone , al lado del suyo, vuelve a iluminarse.

Creo que es la octava vez que Andrés me llama en cinco minutos, pero Vero no me permite descolgar.

Ahora sí que no puedo hablar.

—¿Te habrán hackeado el teléfono? —piensa en voz alta Vero, con sus ojos fijos también sobre mi móvil—.

Como a Daniela. Quizá no fueran fans; los fans lo habrían sacado al momento, no habrían esperado.

Dejar cocer las cosas es cosa de periodistas…

Porque es que es como la otra vez. —Mi teléfono continúa sonando, pero Vero alcanza el suyo y, por la fijación con que lo mira, supongo que está leyendo el artículo de nuevo—.

Lo han llamado «exclusiva» en el titular, pero luego dicen que todo viene de aquí.

—Su manicura perfecta me señala un vídeo de redes sociales enlazado en el cuerpo de la noticia.

Lo hemos visto antes juntas y en él un creador de contenido sobre cotilleos de celebrities con apenas unos miles de seguidores da los mismos cuatro datos que el artículo—.

Pero es que tiene poquísimo alcance; cuando se publicó la noticia, aún no era viral.

Y se publicó… nada, es que ni una hora de diferencia entre uno y otro.

Las dos nos miramos a los ojos en silencio.

Huele mal, huele fatal. La otra vez también nació en las redes sociales y saltó a los medios, pero aquí parece evidente que hay algún tipo de relación entre ambos soportes, no solo una cobertura profesional de lo dicho en los entornos de fans.

¿Un chivatazo del grande para lavarse las manos con la responsabilidad en el pequeño?

En realidad, ni siquiera tienen nada; podría pasar por solo un rumor, pero hemos visto que ya se está hablando de ello en todas partes. Y poco importan los «supuestos» si eso no acalla las habladurías.

—¿Con quién has hablado de Andrés por teléfono?

—Solo con las chicas.

—¿Seguro?

—¿Con quién si no, Vero? No tengo a nadie más.

—¿Y de nuestra conversación?

—Solo con Andrés, y fue en persona.

—¿Seguro?

Vero chasquea la lengua cuando mi teléfono móvil vuelve a sonar y se lanza sobre él para ponerlo en modo avión.

Para comprobar no sé exactamente el qué —pero entiendo que su desesperación la lleve a buscar algún tipo de respuesta—, mi mánager entra en WhatsApp justo después.

Echa un vistazo a mis conversaciones abiertas y entra en el grupo con las chicas.

Solo ve en él stickers , mensajes sin importancia… y los audios de la canción. Pero, aunque la mencionen por encima, no hay nada sobre ella en ese contenido. La conexión mental de Vero con los audios y una idea va por otro lado.

—Hablamos de todo esto en el Unknown Car , cuando me enseñaste la canción.

Me hablaste de la canción, te equivocaste enseñándomela y me lo contaste todo.

Lo de Andrés y que habías llegado a pensar en mandarlo todo a la mierda.

Fue en el Unknown Car . —Vero, una vez más, regresa a la noticia y me señala el breve par de veces en el que hay comillas, en el que se supone que están citando mis palabras—. Me dijiste esto, ¿verdad?

No consigo que mi cerebro vaya a la velocidad a la que parece que va el suyo, porque continúo demasiado en shock con todo, pero atisbos de esa conversación consiguen llegar hasta mí de nuevo.

—Sí…, creo. —Me pican los ojos, y sé que es porque el estrés empieza a desbordarme—. Pero no puede ser…

Entonces, un recuerdo más potente me golpea. Y más reciente.

—Esta mañana… esta mañana me ha pasado una cosa. —Vero se gira hacia mí como si su vida dependiera de ello y yo siento que la fuerza abandona mis piernas. Pero se lo cuento.

Que lloré en el Unknown Car .

Y que el conductor lo sabía.

—«Viajes privados», mis cojones —recuerda Vero en voz alta el eslogan que tanta seguridad parecía darme hasta hacía unos segundos—.

Voy a salir a llamar a esa puta empresa ya mismo.

Y a quien coño haga falta. Sus putos muertos.

—Nunca había visto a Vero así, pero sé que es ella porque sí la reconozco en la eficiencia con la que recoge su carpeta y todo el contenido que se le había escapado de esta al perder, literalmente, los papeles—.

Joder, es que en realidad es una mierda; con lo de Daniela al menos tenían los mensajes, y aquí no hay nada.

—Ya casi alcanza la puerta—. Podríamos negarlo todo y quedarnos tan a gusto, no tienen nada.

Pero ¡¿cómo coño se han enterado?!, ¡¡eso es lo que yo quiero saber! !

Vero ya no maldice más, pero, si lo hiciera, yo tampoco me enteraría, porque lo del Unknown Car sigue rondándome por la cabeza.

Los he usado durante años creyéndolos seguros, he tomado uno ¡con Andrés!

Pienso en decírselo a Vero, en que todo pudiese empezar ahí, pero algo más fuerte me frena: el pensar en que ojalá, por favor, el conductor de esas veces no fuera el mismo que el de esta mañana. Que él no tenga nada que ver.

Puede que parezca una tontería pensar en eso en un momento como este; quizá lo sea. Pero no quiero que el hombre que me ayudó esta mañana sea tan de mentira como la insonorización y tintado del vehículo.

Pero, cuando Vero está a punto de salir, es su teléfono el que suena.

Hace una mueca cuando ve quién la reclama y me lo enseña.

—Anda, mira, el mandamás. —Eso me acojona aún más, en especial cuando mi representante vuelve a cerrar la puerta y me da un momento—. Recoge tú también, que nos vamos a la discográfica. A la sede central.

Estoy completamente desquiciado. Llevo estándolo como una hora y pico, pero, ahora que no puedo llamar a Olivia porque me sale como «no disponible», es mi teléfono el que no para de sonar.

Mensajes de amigos, notificaciones de Instagram de solicitudes de amistad que no paran de llegar, mis padres intentando contactarme.

Y yo solo he sido capaz de ponerlo en modo avión, meterlo debajo de la almohada y continuar con la vista fija en la pantalla del ordenador.

Aún no he cerrado el artículo de las narices.

Lo miro y remiro en bucle, como si con eso fuese a hacerlo desaparecer.

Como si eso eliminase esas fotografías que tengo delante.

Soy su protagonista. Somos , María y yo.

Al menos han tenido la decencia de taparle la cara a mi hermana, pero se ve su colegio. Se ve su puto colegio.

¿Y si cuando vaya a llevarla o recogerla a las extraescolares de verano es como en las películas y hay paparazis? ¿Y si nos siguen a casa? Ahora todo el mundo sabe cuál es el colegio de mi hermana. ¿Y si la reconocen a pesar de los píxeles sobre la imagen?

Además, si con los pocos datos que han sacado sobre mí hay personas que han podido encontrarme en Instagram, no tardarán tampoco mucho en hacerlo en Facebook, donde tengo agregada a toda mi familia…

y donde sé que mi padre sí que comparte fotos en las que sale María.

Joder, siempre le he dicho que es peligroso.

Creo que no puedo respirar. No, no puedo respirar.