Capítulo 13 #2
—Creo que, cuando empieza el estribillo después de la segunda estrofa, podrías empezar el verso susurrado y luego ya repetirlo con más fuerza y subir también la música —propone Raquel, que vuelve también a mirarme con el cuidado y la amabilidad de cuando la canción aún no existía.
Me señala la parte de la letra a la que se refiere y Rodrigo busca en el ordenador el archivo que reproducir: Raquel ha grabado algunas versiones caseras de su voz con la música para hacerse a la idea de cómo podría quedar—. ¿Qué te parece?
—Sí…, suena bien. Me gusta.
Sus miradas permanecen sobre mí apenas unos segundos antes de buscarse entre ellos.
—¿Tú tienes alguna idea? Puedes proponer los cambios que quieras; va a ser tu canción. —Las palabras que Rodrigo ha elegido se repiten en mi mente. «Va a ser». Exacto: porque aún no lo es. Ya no—. Y lo mismo con la nueva que te traemos.
Ah, claro, que no lo he dicho: también se han encargado de hacer algunos esbozos de canciones. Según me han comentado antes, han pensado en un posible concepto —como lo del amor en esta que tenemos abierta— y han escrito unos versos sobre él.
—Todo esto es provisional, Ruki —añade Raquel.
Pues esta es la situación, supongo. Ellos, unos auténticos cielos conmigo, ayudándome a involucrarme dentro de lo pisado que tenemos el acelerador…, y yo que no sé qué decir. En parte, porque no creo que haya nada que pueda mejorar la situación. Es la pescadilla que se muerde la cola.
A ellos se les nota que no entienden nada.
Ya no de que de pronto todo sean prisas en producir una canción que poder sacar, aun a costa de reducir mi parte de implicación en su proceso creativo, sino que tampoco comprenden qué ha pasado para este cambio en mí ahora. Con lo bien que fue la última vez, ¿no?
Pensarían que ya se había terminado el bloqueo. Quizá no sea solo un bloqueo.
Dios, lo odio, no me gusta estar pensando esto. No, lo que pasa es que no quiero trabajar así, no que no pueda. Puedo hacerlo, joder, el otro día lo hice; no puedo permitirme pensar que fue un golpe de suerte.
No lo fue. No lo fue. NO LO FUE.
—Ruki… ¿Te encuentras bien?
La pregunta me lleva al conductor de esta mañana. Me animó mucho la conversación que tuvimos después, aunque pueda parecer una tontería. Un momento… ¿No fueron esas también las palabras que pronunció Andrés la primera noche, lo primero que me dijo? Si no fueron las mismas, debieron ser parecidas.
Andrés. Me da tanta paz que forme parte de mi vida.
Saber que está ahí, que no puede hacer nada por mí, pero que su presencia ya me parece hacer lo suficiente por mí.
Hacer mucho. Por su apoyo, por su confianza, por su aliento.
Me acompaña, y eso, de alguna manera, ya me consigue fuerzas renovadas.
También las chicas, ser consciente de que se preocupan por mí.
Seguro que Andrés me diría que aprovechase esta sesión de estudio, que la pelease para aportar a la canción mi música.
Mis amigas también lo dirían; Daniela incluso me animaría a ponerme farruca, a montar algún tipo de pollo que no acabase hasta que recuperara el tiempo sobre la canción que me han quitado.
Mis compositores no dicen nada más, continúan mirándome en silencio. Pero yo noto que algo hace clic en mi cabeza. Porque no hace falta que ellos estén aquí conmigo para que yo sepa que lo están, y les doy la razón en mi mente. Y las gracias.
Le quito el capuchón al bolígrafo con el que estaba jugando hasta hace un momento y me estiro sobre la mesa para alcanzar la letra impresa llena de garabatos que Raquel aún sostiene. Ella debe ver algo en mí, porque noto cómo también algo brilla en sus ojos ante mi movimiento.
Sigo sintiendo que ya da igual, que todo está perdido, pero no quiero que sea así. Quiero aferrarme un poco más, como una niña en una rabieta que quiere ganar. Porque dicen que soy una niña, pero quizá no tiene por qué ser malo.
Raquel y Rodrigo han puesto toda su atención sobre mí cuando la punta de mi boli casi roza el folio…
tanto que los tres nos asustamos cuando Vero irrumpe en el estudio visiblemente alterada.
Tanto que la puerta golpea contra la pared.
Tanto que se me cae el bolígrafo y no desvío la mirada hacia él. Ninguno lo hace.
—Aún nos queda un rato, ¿no? —pregunta Rodrigo a la vez que revisa la hora sin dejar de fruncir el ceño. Lamenta la interrupción.
—Sí, es pronto. —Raquel la lamenta incluso más, pues su voz tiene cierto deje de desesperación.
Yo soy la única que no dice nada y, aunque tuviera pensado hacerlo, tampoco es como si mi representante me diese tiempo a ello: los ignora y viene directa hacia mí, móvil en mano y desbloqueado, pues el brillo proveniente de la pantalla se refleja en su traje.
Y ese mismo brillo no tarda en estar frente a mi rostro, lo que me obliga tanto a entrecerrar los ojos como a alejarme un poco del dispositivo si quiero ver lo que, presupongo, Vero está mostrándome.
No tardo en entender la palidez de su rostro, lo acelerado de su respiración bajo la americana y su nulo respeto al horario que ella misma me había agendado.
El titular tiene dieciséis palabras: «EXCLUSIVA | Ruki de Girl-lies: novio anónimo y tentada a dejar la música. Fotos en el interior».