Capítulo 13
Normalmente, prefiero utilizar las escaleras antes que el ascensor —por eso de que puedo escuchar si alguien más entra o sale y acelerar o reducir el paso para no cruzarnos—, así que no me supone ningún esfuerzo extra el bajar estos familiares escalones con la vista fija en la pantalla de mi teléfono móvil.
Lo he ignorado bastante los últimos días, por lo que se me empiezan a acumular los mensajes sin contestar.
Por ejemplo, el grupo con las chicas tiene varias notificaciones pendientes en las que tampoco ahora pienso fijarme.
No les he contado aún nada de lo de que Vero se ha enterado de todo. Estoy acojonada con la posibilidad de dar un nuevo paso en falso y me he callado hasta lo de que a Raquel y Rodrigo les gustó mi canción. En general, he guardado mucho silencio desde ese día.
Tampoco he respondido todavía a Andrés, a pesar de que le he leído mientras desayunaba.
Y le sigo leyendo, una y otra vez, ahora desde el Unknown Car .
Su mensaje entró en mi teléfono móvil a primera hora de la mañana, conmigo entre las sábanas, y venía a ser algo tan sencillo como un «¿qué tal? » y desearme un buen día.
Pero también me contaba, como si quisiera justificar los dígitos que acompañaban a su texto, que no podía dormir. Yo no puedo parar de leer, una y otra vez, esa frase.
Porque es la prueba fehaciente de que todo ya está salpicando a Andrés para mal, de que mi mundo ya está haciéndole daño como hasta ahora solo me lo hacía a mí.
Quizá es egoísta tenerlo a mi lado. Quizá debería estar con alguien como él, alguien como lo que era Marcos, un amigo con sus mismos gustos.
Yo nunca fui buena estudiante, jamás he probado esos juegos que tanto le gustan a él. Él, que va en su bici a todas partes cuando quiere, libre, mientras yo me muevo conducida por otros para no llamar la atención.
Solo cuando dejo de leer —una y otra vez— su mensaje es cuando me doy cuenta de que estoy llorando a mares, de que las lágrimas me ruedan por las mejillas.
Me lamo los labios y saben a sal. Se me escapa un sollozo…
y luego otro. Es injusto. Muy injusto. ¿Y si desapareciera?
¿Cambiaría algo que hiciera como Luisa? Pero yo quiero cantar. Solo quiero cantar.
Cantar y, con ello, volver a hacer conectar a la gente con mi voz, con nuestros sentimientos compartidos, conmigo.
Es injusto que poder hacer eso implique toda esta mierda.
Porque, sí, la atención que recibo es signo de que importo, de que soy relevante, de que hay quien se interesa por mí.
Pero ¿hasta qué punto eso puede condicionar toda mi vida?
El automóvil se detiene en un semáforo en rojo y miro por la ventana.
Aun con lágrimas en los ojos, soy capaz de distinguir que estoy a punto de llegar al estudio.
Dios, no. Joder. Con ayuda de la cámara interior del móvil, me limpio la cara, llena de humedad y con evidentes signos de haber estado llorando por aquí y por allá.
Hurgo en mi bolso y no paro hasta encontrar una máscara de pestañas, que me pongo a toda prisa gracias a la práctica acumulada, sin que importe estar ya en movimiento.
—Gracias, hostia —mascullo con desesperación cuando doy también con algo incluso mejor: colorete. Me lo aplico directamente con los dedos en cantidades industriales para disimular que tengo las mejillas rojas por el esfuerzo de los sollozos.
En tiempo récord, parezco preparada para una nueva sesión de composición. De hecho, apenas he devuelto el maquillaje al fondo del bolso y he sacado mi tarjeta de crédito cuando el coche se para de nuevo. Y esta vez de manera definitiva.
Tomo aire y pulso la pantalla del datáfono para confirmar mi método de pago. Por supuesto, no es para esto para lo que necesito respirar.
Aunque se me corta la respiración antes de lo que podría esperar: solo he dado un par de pasos lejos del vehículo cuando escucho, a mi espalda, que alguien me llama. Cuando me giro, me encuentro con la ventanilla del conductor bajada y al hombre al volante mirándome.
—¿Te encuentras bien?
Me quedo… ¿Confusa? ¿Descolocada? No lo entiendo. O sea, ¿qué?
—Sí, sí…, claro —respondo al instante con un suave cabeceo, aunque reconozco que sin la típica sonrisa hasta los ojos que emplearía en otras circunstancias. Todavía no entiendo muy bien esta circunstancia —. Perdone, pero…
—Estabas llorando.
El señor, que rondará los cincuenta y tantos, me mira tan atento como serio y su voz es tan firme como cálida. Me quedo en blanco. Y los ojos se me llenan de lágrimas, pero intento retenerlas quedándome callada y pestañeando a toda prisa.
Soy débil cuando alguien me pregunta si estoy bien o me da un abrazo muy fuerte. No sé cómo explicarlo, pero me siento como si eso fuese exactamente lo que acaba de ocurrir.
—Mira, no sé qué te pasa ni me quiero yo meter en tus asuntos, claro está…
—continúa hablando el conductor con ese mismo tono amable que ha utilizado también antes.
Al mismo tiempo, saca una mano por la ventanilla y me ofrece un caramelo; lo acepto, pues yo también me he dado cuenta de cómo ha sonado mi voz al hablar después de forzar la garganta con mi llanto—.
Pero imagino por dónde irán los tiros. —Sus ojos se alejan de mí y, tan solo durante unos segundos, se fijan en la localización detrás de mí, cuya puerta yo estaba a punto de cruzar—. Es difícil, ¿no? Ser artista.
Artista. Esbozo una pequeña sonrisa, más triste que feliz, y asiento.
—Sí que lo es —reconozco, pasándome una mano por la nariz.
—Pero si lloras es que te importa. —Había empezado a jugar con el caramelo dentro de mi boca, algo así como cuando Andrés se muerde las uñas, pero me detengo en cuanto el hombre dice eso—. Eso, o que igual ahí no es.
De alguna forma, me recuerda a Andrés. A Andrés preocupándose por mí sin conocerme de nada. Pero también a Andrés sugiriéndome qué tan malo sería hacer como Luisa, preguntándome por qué esto es importante para mí.
Muerdo el caramelo con fuerza.
—Es más bien lo primero, sí.
Algo debe cambiar en mi mirada, porque el conductor sonríe.
—Entonces seguro que solo es un mal día. —Asiente y yo le imito porque siento que es una despedida—. Ojalá mejore.
—Igualmente —respondo por inercia justo antes de que la ventanilla vuelva a subir.
Apenas un gesto con la mano después por parte de ambos, me quedo sola en la acera. Y sigo sorprendida por esta breve conversación, pero sus palabras se repiten en mi cabeza. Un mal día. En realidad, son muchos días; están siendo muchos días. Pero…
Pero puede ser solo eso, días, una mala racha. Tiene que serlo. Necesito que lo sea.
Cierro los ojos, tomo aire de la misma manera que hace unos minutos y, ahora sí, entro en el estudio.
Para mi desgracia, la extraña calma que me ha producido mi último pensamiento dura poco, pues Vero no tarda ni medio minuto en abordarme. Me conduce hasta una sala vacía en la que nunca había estado, pero que está frente a mi estudio, y se cruza de brazos nada más cerrar la puerta.
—Llegas tarde. Por poco, pero tarde —admite ella misma con ese ceño fruncido que siempre decoraba su rostro cuando alguna de las cinco Girl-lies hacía alguna chiquillada durante nuestra gira debut.
A menudo me hace sentir así de nuevo, como si tuviera otra vez trece años y solo hiciera cuatro meses desde que escuché mi voz por primera vez en la radio—.
Espero que no tenga nada que ver con, bueno, ya sabes…
Mi mánager relaja los brazos solo para unir las dos manos frente a mí, casi como si fuese a ponerse a rezar.
—Por favor, te lo pido, te lo imploro, Olivia: ten muchísimo cuidado. Extrema toda precaución con él.
—Vero, no va a pasar nada —le aseguro en un susurro incluso más bajo que el suyo—, de verdad, nadie va a enterarse. Soy la primera interesada en que no se sepa. Puedes decir en la discográfica que estén tranquilos.
—No, no, no: en la discográfica no saben nada. Esto es un secreto entre tú y yo. —Da fuerza a su mensaje señalándonos a ambas varias veces—. No he querido darle más bola y que te lo puedan recriminar formalmente o…
Pero no la escucho. Porque no sé si piensa que debería agradecérselo, pero desde luego no lo hago. Lo que siento es cómo se me revuelve el estómago y se me cierra la garganta.
Me siento traicionada.
—¿Ha sido idea tuya lo de adelantar las canciones prefabricadas, lo de que trabajen en mis canciones sin mí para acabar antes? ¿No ha sido una imposición desde arriba?
Vero se lleva las manos a la cara y se aprieta el puente de la nariz.
—Mira, Olivia…, yo solo quiero ayudarte. Protegerte. Nos jugamos mucho y, cuanto más tardemos, más riesgos, más… todo. Ahora mismo es mejor para todos que…
Soy incapaz de enfadarme. O, mejor dicho, soy incapaz de exteriorizar mi enfado. ¿Ayudarme? ¿Protegerme? ¿Cómo va a protegerme algo que me duele tanto?
Paso por el lado de Vero sin mirarla a los ojos.
—No pierdo más tiempo, entonces.
Supongo que este debería ser el momento en el que yo más me esforzase en darlo todo de mí.
El momento en el que debería implicarme al máximo en la creación de la canción, el momento en el que debería aprovechar para aportar todas las ideas posibles para que mi música tenga la mayor impronta posible de mí. Pero no lo hago.
De nuevo, sentada frente a Raquel Monte y Rodrigo Frías, me cierro.
Estoy bloqueada, porque ya no importa. Es catastrofista y ahora sí que no podría negar que me estoy portando como una niña, pero es que mi mente solo es capaz de pensar que el par de arreglos musicales que estos dos compositores me enseñan no tienen nada de mí.
Que suenan genial, me encanta cómo quedarían con la letra que hicimos… , pero me duele no haber aportado nada.
Y que aun así suene de esta manera tan chula. O quizá sea precisamente por eso: porque no he tenido nada que ver. Porque esto no es lo mío.