Capítulo 12 #2
Prácticamente salto a la cama y escondo la cabeza en la almohada. Ahogo un grito de frustración y saco el móvil. Escribo a Olivia, pero pasan los minutos y no me responde. Joder, me estoy agobiando aún más.
No sé si me quedo dormido mordiéndome las cutículas o me muerdo las cutículas hasta quedarme dormido. El caso es que en algún punto cierro los ojos y desaparezco…, hasta que noto movimiento a mi lado y regreso.
Es María, que intentaba acurrucarse a mi lado con todo el cuidado que podía reunir —es decir, ninguno— para no despertarme. Su mirada encuentra la mía mientras yo me froto la cara y bostezo.
—¿Qué haces aquí? —susurro, y no tardo en sentir la boca pastosa.
—¿Estás enfadado conmigo?
Su voz es tan aguda como siempre, pero la emplea en un tono mucho más bajo del habitual. Le acaricio el pelo con los dedos y la atraigo hacia mí para envolverla con los brazos. Ella se hace una bola contra mi pecho.
—Claro que no —murmuro contra su frente, que beso varias veces. Sonrío cuando María contiene un resoplido: siempre se queja de que la bese si llevo un par de días sin afeitarme. La aprieto más contra mí—. Hoy te aguantas.
—Eres tonto —se queja, pero también me abraza con más fuerza.
Río y, al mismo tiempo, aprovechando que no me ve, lloro en silencio de lo mucho que la quiero. Juntos, nos quedamos dormidos.
Y no sé cuánto tiempo pasamos así, pero sí sé que yo sí consigo salir de mi cuarto sin que ella se entere. Cazadora en mano, camino hacia el salón, donde veo a mi madre con la misma revista de antes. Como si nada hubiera pasado.
Pero ha pasado.
—Voy a salir, he quedado.
Por eso mismo, porque ha pasado, veo cómo ella hace el amago de preguntar algo, pero al final no pronuncia palabra más allá de un «pásalo bien».
Se lo agradezco porque no podría contarle la verdad —fuese cual fuese la pregunta—, y me jode precisamente por ser consciente de que no puedo contarle la verdad.
Pedaleo hasta la casa de Olivia y no dejo de pensar en la cara de mi madre al contarle lo de Marcos, en el susurro de María queriendo saber si estaba enfadado y en la curiosidad que imagino ya en la mirada de mi padre cuando vuelva esta noche.
Porque para entonces ya lo sabrá. Porque mi madre se lo habrá contado. Porque nos contamos las cosas.
Quizá todo eso es lo que ayuda a que, cuando Olivia me abre la puerta, la imagen que encuentro en ella me haga sentir tan culpable.
Está destrozada. El pelo le cae de cualquier manera por la cara, tiene los ojos rojos, ojeras y la mirada triste.
Ni siquiera le doy importancia a que, en lugar de un pijama, lleve parte de lo que presupongo que sería su ropa de ayer: solo una camiseta de una marca que me comentó el otro día que quería aparecer en alguna story que compartiese desde el estudio.
Sin rastro de vaqueros o, al menos, calcetines. Nada más.
Y yo solo puedo abrazarla una vez que cierra la puerta, rodeando su cintura y dejando que llore en mi hombro.
Nunca, jamás en la vida, había tenido delante a una chica en bragas…
y no podría generarme más tristeza ese hecho en sí.
Esa dejadez y desencanto que la abraza incluso más fuerte de lo que yo lo hago.
Me siento culpable porque yo podré haber discutido con mi madre —y ni siquiera ha sido una discusión—, pero ella ha estado a punto de mandarlo todo a la mierda. De que todo se le fuera a la mierda, mejor dicho.
Cuando yo mismo sirvo para ambos un vaso de refresco de naranja, me regaño mentalmente por pensar en ello. Porque serán niveles distintos, pero lo mío también es importante. Al menos, lo es para mí. Pero lo dejo a un lado y me fuerzo a estar por ella.
—Lo han acelerado todo —dice Olivia solo después de que le bese varias veces la frente y de haber probado ella varias veces su refresco—.
Para sacar música cuanto antes y no correr el riesgo mucho más tiempo, para que enseguida lleguemos al punto en el que nosotros podamos dar más igual.
—Su tono de voz es tan bajo que me inclino hacia ella para escucharla bien—.
Vero me ha programado una semana intensiva de composición…
en la que está incluido que los compositores con los que he estado trabajando, Raquel y Rodrigo, ya estén trabajando por su cuenta para adelantar material que luego cerraremos juntos en el estudio.
Para que yo trabaje ya sobre algo y no al revés.
—O sea, que te están colando lo de la música prefabricada.
—Algo así…, pero con mayor implicación mía de la que se preveía si esto pasaba en septiembre, en la situación normal.
Esa es la teoría, vaya. —Bebe de nuevo y yo desvío la mirada a mi vaso, en silencio, porque no sé ni qué decir.
Este es el verdadero motivo por el que Olivia está así, no es solo que nos hayan pillado, es que ya está sufriendo la primera consecuencia: ahora que estaba consiguiendo algo, ahora que estaba aprendiendo y sintiéndose cómoda con la música, toca regresar a lo que ella había temido desde el principio, de lo que había querido huir—.
Al menos ya tenemos una canción avanzada y sí es mía, que con el lío de ayer no te lo conté, pero les gustó mucho lo que hice el otro día por mi cuenta…
, aunque ahora estarán ellos por la suya haciendo diferentes arreglos musicales.
Supongo que me prepararán una maqueta con distintas versiones y yo tendré que cantar las voces para la que más me guste y dar alguna idea más.
Ah, tampoco te lo dije, pero ayer canté en el estudio y me lo pasé muy bien. Fue divertido.
Siento un pinchazo en el pecho y algo se rompe dentro de mí. Esto es horrible. Una puta mierda. Ya es septiembre, aunque en realidad solo queden semanas para que comience agosto.
Y lo peor para mí es… que sé que no puedo decir nada. Que no puedo decir nada que la consuele, que no hay palabras que la vayan a calmar porque no podemos hacer nada contra esta decisión. Tampoco ayuda, de alguna manera, saberme responsable.
¿Cómo algo tan pequeño como yo puede haber hecho esto, causar algo tan grande?
Sin bufido que le preceda, Profiterol se sube de un salto al sofá y se acurruca entre los dos… y nos lame las manos por igual cuando se las dejamos cerca.
—He discutido con mi madre —le confieso solo un buen rato después, con los dos en silencio agasajando a un gato que claramente es mucho más feliz que nosotros hoy.
No sé si lo hago solo para distraerla, para llevar a Olivia a otro lugar, o si está relacionado con el hecho de que no me gusten los secretos; quizá sean ambas—.
Bueno, más bien le he gritado. Y a mi hermana también.
Sin embargo, lo que sí que me callo es cómo me siento al respecto.
Solo le digo que me estaban preguntando por mis habituales salidas y por Marcos y que me he agobiado.
Pero noto que tampoco hace falta que lo haga: igual que yo sé leer entre sus líneas, Olivia ha aprendido a leer entre las mías, y veo en sus ojos la culpa que he sentido en los míos.
Vuelven a temblarme las manos y, como antes, lo ignoro para tomar las suyas entre las mías y apretarlas. Y acariciarlas, y besarlas. Profiterol reclama sus cuidados con un gruñido y yo le imito.
Olivia sonríe, pero ni nosotros ni mis dedos son suficientes para borrar nada. Igual que mi propia presencia aquí hoy:
—Igual es mejor que te marches ya y pases tiempo con tu familia.
Sé lo que valora ella el núcleo familiar que yo sí tengo, sé lo que se preocupa por mí igual que yo por ella y sé que no puedo hacer nada. Me duele no poder hacerlo.
Aunque, cuando la abrazo en la puerta, pega sus labios a mi oreja y dice:
—Gracias por venir, siempre me hace sentir mejor estar contigo. Te quiero.
Mi mirada se nubla y mi abrazo se hace más fuerte.
—Yo también te quiero, Olivia.
La beso y, cuando me marcho, tengo la extraña sensación de sentirla más lejos y más cerca que nunca.