As It It’s Your Last Capítulo 12
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Capítulo 12

¿No es como una sensación horrible cada vez que tienes que buscar en Google si una palabra se escribe así o asá porque siempre siempre SIEMPRE se te olvida?

Me gusta pensar que, si llevo bien Ingeniería Informática, debe ser porque no soy del todo tonto, pero en momentos así lo pongo en duda.

¿Cómo coño no voy a poder memorizar si ermita lleva o no «h»?

Bueno, es un mal ejemplo porque una vez leí por qué no lleva «h», aunque le pegue muchísimo. Me estoy yendo por las ramas.

Es que no consigo concentrarme. Mi madre está leyendo una revista aquí al lado, en el sofá, y yo corrijo un cuaderno de verano de María sentado en la mesa del salón. O eso intento, parece ser, porque soy incapaz de comprender los enunciados y de decidirme con sus respuestas.

—¿Ya se te ha olvidado la ortografía de Primaria?

—La voz de mi madre rompe el silencio que nos rodeaba y me doy cuenta de que está mirándome, aunque no estoy seguro de cuánto tiempo lleva haciéndolo; al parecer, lo suficiente como para darse cuenta de que hace unos minutos que no avanzo con el boli rojo.

Me encantaría reírle la gracia; en serio, es básicamente mi humor. Pero es que tengo la cabeza en otra parte hasta para eso.

Soy incapaz de concentrarme en cualquier cosa porque no dejo de pensar en que Olivia me llamó llorando ayer por la tarde.

Si no estaba en medio de un ataque de ansiedad, estaba en el borde, asomada al precipicio.

Y yo no pude ir a ayudarla porque no podía contárselo a mis padres y huir del plan de tarde familiar en el que estábamos; suficiente que su llamada me pilló en la toalla con ellos tres yendo a por un helado y no en la piscina con la mocosa jugando a las aguadillas.

Y lo peor es que, en realidad, podría ser aún peor. Porque no es solo que pueda sentirme culpable o inútil, es que lo que me ronda es el porqué. Olivia me contó que Vero lo sabe. Y Olivia estaba rota por haberla decepcionado.

Me costó sacar las fuerzas para intentar convencerla de que eso no era así, teniendo en cuenta que yo estaba acojonado también…

, pero ella de pronto me confesó que lo peor era que, aun estando aterrada y triste, en parte sentía calma.

El mundo no había acabado, el cielo no se había abierto y Vero ni siquiera le había dicho que tuviera que romper conmigo.

Pero ella sí que había antepuesto el compartir su miedo y su rabia con Vero a dejarse a sí misma de lado con tal de pedir perdón y dejarse solucionar. Porque no había nada que solucionar, porque no había hecho nada malo.

—Es que estoy un poco espeso —le confieso a medias a mi madre pasándome una mano por los ojos… y terminando con la cutícula del dedo índice entre los dientes.

—Ay, no hagas eso —me regaña, como lleva haciendo los últimos veinte años sin éxito alguno—. ¿Dónde tienes la cabeza últimamente?

Su mirada es inquisitiva y me dice mucho más que su tono suave. No pregunta por preguntar: piensa de manera genuina que me pasa algo y no es nada del momento, es premeditado. Es algo que ha pensado antes de hoy.

Ignoro el pinchazo en el pecho —y su regañina— y solo me encojo de hombros.

—Sin más, como siempre. Como este verano voy más a mi aire por no estar de monitor, pues…

no sé. Hace calor y me voy dejando llevar.

Solo estoy espeso porque esto —levanto el cuaderno de verano de María— es un coñazo.

Y encima hace calor. Oye, yo me aburría rápido de estas historias, ¿no?

¿Cuánto crees que le durará a María la motivación de hacer los ejercicios?

—Estás saliendo más que otras veces —dice mi madre, ignorando todas y cada una de mis palabras. Creo que es algo que entenderé cuando tenga hijos. Lo de elaborar todo un discurso previo e ir con él hasta el final fingiendo que nadie me habla de vuelta, digo—. ¿Siempre que sales es con los chicos?

—Claro, no tengo más amigos —replico con tanta simpleza como diversión en mi voz. En el instituto, mi padre solía mencionar que igual era buena idea apuntarme a alguna extraescolar o así para que ampliase mi círculo; que conste que los dos adoran a mi grupo, pero cierto es que es limitado.

Ella continúa mirándome con ese deje de sospecha en sus ojos azules. Sí, mi madre tiene los ojos azules y yo he tenido que conformarme con el color marrón estándar.

—¿Has conocido a alguna chica? ¿O a algún chico? —Hago una mueca, esperando que sea suficiente para que corte de una vez, pero parece que mi diversión no la sacia—. ¿Todo bien con Marcos? Hace mucho que no pasa por casa.

Golpe bajo. Golpe bajísimo.

En mi casa siempre hemos hablado, por lo que mi cuelgue con Marcos es un poco el elefante rosa en la habitación: todos saben de su existencia, pero no es un tema recurrente.

No es un tema en general, solo alguna mención rápida o un breve chascarrillo por el bien de la comedia familiar.

Porque una cosa es tener confianza con tus padres como para que salir del armario no sea un drama —ni siquiera una conversación propiamente dicha— o que sepan que te gusta tu mejor amigo, el que casi vive en tu habitación desde los doce.

Y otra es que necesiten estar al día de todos los detalles.

Declararte y que te rechacen no lo llamaría yo un detalle, pero da la suficiente vergüenza como para retrasarlo un tiempo, y se ha ido transformando en meses. No estoy orgulloso, debo decir.

Menos aún desde que tengo más secretos que odio tener que guardar.

—Qué va, qué va, como siempre. —Le quito importancia con la mano antes de añadir—: Se ha echado novio.

Veo cómo no tarda en formarse en el rostro de mi madre una mirada de lástima. Me limito a repetir el mismo gesto.

—No pasa nada, todo bien.

¿Ves? A eso me refería. Vuelve el pinchazo en mi pecho y no se va esa sombra en los ojos de mi madre. Porque me encantaría poder decirle la verdad.

Me encantaría poder contarle que yo también tengo novia.

Hablarle de Olivia. A mi madre le encantaría Olivia.

Llevo días pensándolo, pero ahora odio que piense que estoy despistado porque tengo el corazón roto…

cuando la realidad es que lo que me tiene así es precisamente sentirlo lleno, pero no poder compartirlo.

Esto lo he hablado con Olivia alguna vez al contarnos sobre nuestras familias y sus dinámicas, dejando fuera que me hace un poco de daño el tener que ocultársela a ellos.

Yo siempre he sido muy abierto con mi familia dentro de la discreción que puede generar mi timidez ante según qué cosas.

En casa siempre hemos hablado de cómo nos sentimos, valoramos el compartir lo que nos pasa para poder apoyarnos entre nosotros y somos una piña de sinceridad.

Quizá por eso yo también me abrí a Olivia cuando ella se abrió a mí: porque necesitaba hablar con alguien de lo de Marcos, porque está en mi naturaleza sacar las cosas y no me estaba permitiendo hacerlo.

Porque hablar lo había arruinado todo; si me hubiera callado con Marcos, seguiría hablando con él cada día.

Pero eso nunca fue así antes con mis padres.

Y me gustaría que volviera a ser como entonces; tampoco tuvo nada de malo lo que pasó con Marcos, fue paranoia mía darle tanta importancia; la vergüenza y hablarlo con Olivia, me hizo verlo más claro.

Sobre todo… que son mis padres joder. Que todo ha ido siempre rodado con ellos, que siempre me han animado a todo, a que no había necesidad de guardar secretos, a que podía contar con mi familia siempre…

, y ahora no puedo darles LA noticia del siglo.

Salvado por la campana, los pasos acelerados de María llegan desde su cuarto hasta aquí, delatando que su siesta ha terminado.

Aunque no mucho tiempo dura la calma.

—¿Tengo tío? —grita subiéndose encima de mí a lo bruto—. Estáis hablando de novios.

—No estamos…

—Cariño, si Andrés tuviera novio, no sería tu tío —me interrumpe divertida mi madre—. Tío es el hermano de tus padres.

—Entonces, ¿qué es mío tu novio? —insiste la canija que, ya acomodada en mi regazo, da saltitos.

Esto no me gusta.

—No tengo novio, María.

—¿Y por qué no?

Me quito a mi hermana de encima, que se queja cuando sus pies tocan el suelo e intenta encaramarse a mis piernas cuando me levanto también. Protesta porque no puede, y yo la ignoro. No me gusta que mi madre no nos mire divertida, como siempre hace.

Sé que sigue pensando en lo de Marcos y creerá que esto no me parece gracioso porque me afecta. Y no tiene nada que ver con eso.

Dios, sería increíble poder bromear sobre Olivia con María. A María le encantaría Olivia incluso más que a mi madre. Se pondría a dar grititos por toda la casa y querría convertirse en su mejor amiga, que Olivia le presentase al resto de Girl-lies y demostrarles cómo se sabe todas sus canciones.

«¡Y cuando salieron estas no había nacido, me quedaban tres meses dentro de mi mamá!», les diría, abrazada con orgullo a su disco de Mentiras de chicas , su primer álbum.

Me estoy agobiando. Y en realidad tiene poco que ver con que María no deje de parlotear sobre mi vida amorosa.

—Pues la hermana de mi amiga Laura ya ha tenido tr…

—No me importa la hermana de tu amiguita, María —le espeto, y soy consciente también de cómo mi voz ha sonado cabreada.

—Andrés… —Me reprocha con la mirada mi madre. Y no me gusta. No me gusta no decir nada, que no me entiendan y no poder explicárselo.

—¡Dejadme en paz! —grito y, aunque no la empujo, María da un salto hacia atrás como si lo hubiera hecho. Las dos me miran sorprendidas y yo finjo que no me doy cuenta de que me tiemblan las manos—. ¡No entendéis nada, y tampoco os importa!

Me largo a mi habitación y cierro la puerta de un portazo. No sé si es más de película adolescente eso o el echarme a llorar sin haber soltado aún el pomo. De la rabia, porque enseguida me siento culpable.

Yo no guardo secretos. No me enfado. Y, sobre todo, no grito para que la gente se calle cuando no puedo hablar, porque siempre he hablado.