As It It’s Your Last Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

No lo puedo decir, pero tampoco necesito darle muchas más vueltas.

Soy consciente de mi contexto, siempre lo he sido; después de todo, llevo años en él.

Por eso sé de lo que se me permite hablar y de qué manera.

Quizá por eso he estado tan empeñada todo el tiempo en querer cantar mis historias: porque es la única forma de compartir lo que quiera.

Qué curioso es cuando un único detalle desbloquea algo que teníamos escondido durante tanto tiempo, ¿verdad?

Cómo algo puede hacernos clic y que de pronto todo tenga sentido aun habiendo estado ahí todo el tiempo.

Y qué curioso que sea justo en un momento en el que no puedo compartir este descubrimiento. Qué irónico, más bien.

Quiero cantar sobre Andrés porque quiero hablar de Andrés. Porque no quiero callarlo, pero tampoco quiero contarlo todo de él. Porque quiero decidir qué contar sobre nosotros y la música me permite hacerlo. Elegir hablar o callar; al final, todo en mi vida parece ir de eso.

—Entonces, ¿hoy sales contenta? —me pregunta Vero cuando nos quedamos a solas, ya cobijadas en uno de nuestros frecuentes Unknown Car ; su mirada está en su carpeta, donde revisa algo, pero su voz me abraza gracias al tono cálido que ha utilizado.

No me pregunta por cumplir.

—Mucho, la verdad —le cuento, que no confieso, pues salta a la vista—. Creo que tenemos una canción. Una idea y buena parte de la letra, al menos.

—Eso está genial, Olivia. —Vero me sonríe, ahora sí con sus ojos en los míos—. Sí que se ha dado bien la cosa esta vez…

—¡Es que mira! —Me giro hacia ella con todo el cuerpo, aunque sin dejar de jugar con mi teléfono, pasándomelo de una mano a otra, como si con ese pequeño gesto pudiese contener toda la marea verborreica que empiezo a sentir en mi garganta—.

Tuve una idea el otro día, ¿vale? Quería escribir algo de amor, estuve escribiendo de amor.

Pero no estaba muy convencida y se la enseñé a las chicas.

—La cara de Vero denota su sorpresa, y no puedo evitar pensar en cómo sería si no hubiera sacado a Andrés de la ecuación.

Supongo que la palabra sorpresa se quedaría bastante corta—.

Estuvimos jugando con la letra, probando a ver cómo quedaba con diferentes acordes con la guitarra…

¡Fue increíble! Y hoy, ¡a Raquel y Rodrigo les ha gustado bastante la idea!

Hemos estado probando otra vez, también hemos grabado algunas versiones…

¡Mira, te enseño alguna de las que hicimos nosotras y luego de ahora!

Con ellos no las he escuchado, pero así notas conmigo el cambio.

Presa del entusiasmo y bajo la mirada tan atenta como dulce de Vero, desbloqueo mi teléfono para correr a WhatsApp a por alguno de los audios que grabé con ellas; creo que cuando llegue a casa los subiré al archivo en la nube en el que también hemos alojado los de hoy con el ordenador del estudio.

Nosotras hicimos un montón de versiones, así que elijo una a boleo. Porque la que nos pareció «la buena» es la última, pero, si es un poquillo peor, quizá mole incluso más el cambio con los arreglos hechos con Raquel y Rodrigo.

Sonrío al oírme canturrear las dos primeras palabras del verso y detenerme para reír.

—Venga, venga, déjate de historias y canta, tontaelculo. —Es la voz de Daniela, y Vero también esboza una sonrisa al oírla—. Venga, y si eso luego se la enseñas a Andrés, que le va a encantar.

Veo la alerta en mi mánager en su forma de fruncir el ceño y yo me quedo completamente rígida intentando decidir si detener la grabación o no, si eso haría más cantoso que el comentario de mi amiga sí tiene importancia.

En el audio, canto y se me nota la sonrisa, pero ahora ha desaparecido de mi rostro.

Y también del de Vero.

—Olivia —pronuncia mi nombre de manera tan tajante que hasta contengo la respiración, como si eso fuese a hacerme pasar desapercibida—. ¿Quién es Andrés?

La pregunta cae sobre mis hombros como una jarra de agua fría. Pero no me muevo.

—¿Y por qué le va a encantar una canción de amor tuya?

Las lágrimas caen por mis mejillas sin que pueda controlarlas. Pero no me muevo.

—¿Por qué de pronto estás haciendo una canción de amor?

La ternura desaparece del todo de la voz antes casi orgullosa de Vero. Pero no me muevo.

He sido tan tonta.

Asegurándole a Andrés siempre que nadie se enteraría. Como si el detalle más tonto no fuese a delatarnos en cualquier momento. Como si no se supiera siempre todo. Como si yo fuera especial.

Creo que Vero va a insistir, pero entonces me seco las mejillas con los dedos y me recompongo. Porque siempre he sabido contener mis sentimientos y decir lo que otros quieren oír; siempre ha sido mi especialidad.

—Andrés es mi novio. Es un chico al que conocí…

, bueno, da igual. Lo quiero. Mucho, de verdad.

Es un chico majísimo, te encantaría. Me ha ayudado un montón, yo…

Sé lo que me vas a decir, sé lo que me dijiste.

Sé que no debería haber… —Resoplo y apoyo la cabeza en el asiento con desgana; soy incapaz de mirarla a la cara.

Pero no he hecho nada malo. No es justo.

La miro, me enfrento a su ceño fruncido, a la decepción en la mueca de sus labios, al blanco de sus nudillos apretando su carpeta—.

No es nadie, Vero. No es famoso y es una persona cero problemática, un chico normal.

Nadie tiene por qué enterarse. Nadie va a enterarse.

Mi representante se tapa la cara con las manos unos segundos, resopla con fuerza y me mira de nuevo. Está cabreadísima, no hace falta ni conocerla para darse cuenta de eso.

—¡Esto no es lo que habíamos hablado! Te dejé muy claro que…

—Guarda silencio, y estoy segura de que es para contenerse; es tan profesional que no se permite perder las formas ni en un momento como este.

Verónica Perfección Lazar. Perdón, estoy muy nerviosa.

Si pudiera, abriría la puerta del Unknown Car y me tiraría al asfalto en marcha—.

Al menos podrías habérmelo contado. ¡Al menos!

Para estar prevenida, estar atenta, alerta…

Era mejor que al menos yo lo supiera que jugar a ser una niña que hace las cosas a escondidas y…

—¡No soy una niña! —Estoy harta de que todo el mundo diga lo mismo.

Cuando actúo y cuando no lo hago. Soy una niña que no toma sus propias decisiones, pero también soy una niña cuando tomo la única decisión que me ha hecho feliz en los últimos meses.

Una chispa de enojo y orgullo se prende en mi pecho—.

¡Y te recuerdo que tú no eres mi madre, Verónica!

No sé si le duele más mi rabia, que con mi observación la aleje o el haber dicho su nombre completo por primera vez en años. Pero una sombra de dolor atraviesa su rostro y, por un momento, siento cómo se empequeñece.

Quizá me envalentona ver cómo hasta alguien como ella puede hacerse pequeña o simplemente… estoy muy cansada. Quizá unas veces eliges hablar o callar y otras solo lo haces sin que nada más importe.

—Tú no eres mi madre y al final del día soy yo la que lidia con toda la mierda que conlleva este mundo —espeto.

Tardo unos segundos en darme cuenta de que las lágrimas han vuelto a mis mejillas, que, por cierto, siento ardiendo tanto como el malestar que me sacude el pecho—.

Soy yo la que llega a casa sola, la que llora en casa sola, la que sola lee toda la mierda que le dicen y de la que no se libra ni en casa porque está en todas partes cuando coge el móvil.

Porque todo el mundo tiene algo que decir y yo no puedo.

Porque soy yo la que siempre está feliz, aunque esté de puta pena.

—Los ojos de Vero están húmedos y pienso en que nunca la he visto llorar.

Pero en mi espejo sí he visto lágrimas—.

Y por fin… por fin he encontrado a alguien que me hace feliz en medio de todo lo malo que tengo en este momento…

por culpa de la música. Alguien que me ha devuelto la ilusión y las ganas de seguir luchando por esto.

—¿Qué insinúas, Olivia?

Ahora, mi representante parece muerta de miedo, lejos de toda esa rabia que la ha inundado al principio. Porque se ha dado cuenta y yo también lo he hecho.

—Sí, estaba empezando a…, con muchísimo miedo, te lo juro…

—Esbozo una sonrisa triste—. Estaba empezando a pensar en la posibilidad de dejarlo todo.

Me aterraba… Bueno, me aterra. Intentaba no hacerlo, no pensarlo.

Pero… es que es muy difícil, Vero. —La voz se me quiebra, y mi representante acoge mis manos con las suyas, algo que me recuerda tanto a Andrés que me quiero morir.

No por no tenerlo aquí o algo parecido, sino por pensar en que todo podría haber sido más sencillo si alguien se hubiera acercado a mí así antes; aunque reconozco mi parte de culpa en tampoco haber dejado que nadie lo hiciera—.

Me encanta la música, pero es muy difícil lidiar con lo demás.

Y no estaba consiguiendo hacer música, y eso lo estaba volviendo todo aún más difícil…

No puedo hablar más, porque ahora ya no lloro: sollozo.

Vero me abraza. Me aprieta contra sí y creo sentir un beso en el pelo, pero estoy muy ocupada intentando calmar mi respiración.

Mi representante me susurra consuelo con un tono que me recuerda al de mi madre cuando me despertaba en mitad de la noche por una pesadilla.

Sí, a veces me siento en una pesadilla, y sí, a veces creo que necesito a mi madre.

—Por favor, mantenlo todo en secreto. —Los labios de Vero me hacen cosquillas en la oreja cuando me habla directamente al oído, sin dejar aún de acariciar mi espalda—.

Al menos hasta septiembre, hasta que saquemos una canción.

—Me aprieto más contra su pecho, asustada por la mención al final del verano, aunque con menos miedo que en otras ocasiones por pensar que aún es posible tener algo mío para entonces—.

Ya veremos cómo lo gestionamos cuando llegue el momento, pero que por ahora no lo sepa nadie.

Vero se separa de mí muy poco, lo suficiente como para que yo sea capaz de contener las ganas de lanzarme de nuevo hacia ella. Me sonríe con una mezcla de pena, lástima y cariño y besa mi frente. Vuelve a abrazarme y yo me aferro a ella.

Cuando llegamos a mi casa, Vero sube conmigo, llora conmigo unos minutos más y, también conmigo, apaga el wifi para alejarme de internet hasta, al menos, el día siguiente.