As It It’s Your Last Capítulo 11
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Capítulo 11

Vuelvo a estar nerviosa; no sé decir si más o menos que cuando era Andrés a quien tenía enfrente.

Le pregunté a Vero ayer cuándo volvería al estudio y se lo tomó como un elevado grado de interés en componer por mi parte, así que en menos de quince minutos consiguió que hoy pudiera volver a reunirme con Raquel Monte y Rodrigo Frías.

La última y única vez que nos vimos no sacamos nada en claro, pero ahora tengo una libreta con unas cuantas frases que escribí estrujando mi corazón.

Aunque eso no termina de tranquilizarme.

Ambos artistas me miran con sendas sonrisas en la boca, como si estuvieran dándome el tiempo necesario para procesar dónde estoy y cuál es nuestro objetivo.

Eso me hace recordar que no he subido ninguna foto.

Cuando Vero me contó que sería de nuevo con ellos con quien estaría hoy, dijo también algo como: «Así, si subes algo, podrán teorizar con que hayáis retomado lo de aquella vez…

o que funcionasteis tan bien que estáis trabajando en más».

Supongo que puede esperar. Que lo que piensen otros puede esperar.

—¿Puedo deciros de qué quiero hablar y a partir de ahí dar con algo? —sugiero de repente, aferrándome a mi libreta y apretando los pies contra el suelo debajo de la mesa—. Aunque traigo algo escrito, pero me parece una mierda.

Es mentira, porque a mí sí que me gusta. Pero prefiero no dármelas de nada por si creen que no sirve para nada. Prefiero dejar claro que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

—Claro, eso está genial. Podemos hablar un rato, que nos cuentes…, seguro que mola lo que quieres contar con la canción —me anima Raquel, que juega con un bolígrafo en sus dedos y casi siento el sonido que produce el movimiento.

—Pues… quiero hablar del amor. O sea, sí que está muy manido y eso, que es típico, pero… Al final no hay nada más universal, ¿no?

—Tal cual, empatizamos todos muy rápido, aunque es verdad que precisamente por eso se ha escrito mucho de amor.

—Rodrigo me da la razón, pero su tono afable ayuda a que no me desmotive la segunda parte—.

Pero es que hay infinitas formas de escribir de amor; ese es el motivo de que parezca que no se agota.

¿Desde qué punto de vista quieres hacerlo tú?

—¿Cuál es la historia detrás? —añade Raquel.

Vale, esto me asusta un poco. Ya no por hablar de mis sentimientos, sino por tener que hablar de Andrés.

¿Hasta qué punto puedo hablarles de él, qué parte de nosotros puedo compartir?

La canción que he escrito no es nada que tenga que ocultar; añadí muchos detalles de nuestra relación, pero de los que no necesito tener que esconder, de los que no harían elevar una ceja a nadie.

Nadie entendería de ella cómo nos conocimos, quiénes somos, cuál es nuestra vida.

¿Cómo camuflo frente a ellos lo genérico para poder hablar de lo específico? ¿Cómo camuflo frente a ellos que quiero escribir una canción de amor porque estoy enamorada?

—Había pensado en que sea… como si le hablase a esa persona. En plan a un amor imaginario —empiezo a inventarme, intentando alejar de mí la imagen de Andrés que se proyecta en mi cerebro por estar pensando en no pensar en él—. Un amor no correspondido, por ejemplo. O que lleva un tiempo lejos y…

—Desarrolla una idea —me propone Rodrigo—. Coge una y háblanos de ella. Sin presión, esto es un juego, inventa.

Yo sigo hablando mientras ellos toman nota de todo lo que voy diciendo; de cómo, sobre la marcha, voy inventando una ficción a base de retazos de imaginación y películas que he visto.

Pero, a medida que añado más y más datos en mi relato de amor, cada vez me gusta menos la idea.

Y cada vez estoy más incómoda, porque ya no la siento mía.

Porque podría ser interesante explorar esto, contar la historia de otros, una historia que yo maneje a mi gusto para transmitir un mensaje que me parezca chulo…, pero no es esto lo que quiero hacer. No ahora, al menos.

Me remuevo inquieta en mi silla, aún sin dejar de hablar, pero creo que eso no impide que Raquel se dé cuenta.

—¿Por qué no nos enseñas lo que traes ya escrito? Como nos hemos puesto a profundizar en la idea, no le hemos echado un vistazo a eso.

—Bueno, lo que había escrito no se parece en nada a esto, en realidad —confieso y casi me siento como una niña a la que han pillado en una mentira. Pero también poniendo a ambos sobre aviso de lo diferentes que son ambas versiones.

Sin embargo, ellos le quitan importancia. Creo que me molesta un poco lo mucho que termina quitándole importancia todo el mundo a detalles de los que yo he hecho un mundo.

Les tiendo la libreta y tanto Raquel como Rodrigo se asoman a ella con genuina curiosidad.

Y, mientras él tacha lo que había escrito en sus propios folios y comienza a tomar nuevas anotaciones sin dejar de leer mis versos, ella pronuncia algunos en voz alta varias veces.

Imagino que es para hacerse a la idea de cómo suenan, pero eso no mejora la temperatura de mis mejillas.

Siento que mi canción, mis sentimientos, yo…

soy las respuestas de un examen que están corrigiendo.

Solo espero que no abunde el color rojo.

—Pues creo que lo primero es felicitarte —dice, después de lo que me parece una eternidad, Rodrigo Frías, con un brillo en los ojos que me hace saber que, si bien antes pude pensar que había adoptado un papel más cercano a la amistad que al profesional, ahora es un compositor el que me mira.

—Además de verdad: aquí tienes unas cuantas ideas bastante chulas.

—La mirada de Raquel Monte también se tiñe del fulgor de quien se dedica al arte.

Y no sé si este renovado entusiasmo me calma más que me impone; mis hombros están tensos—.

Creo que se pueden salvar algunas frases tal cual y otras sí que llevan a imágenes potentes, aunque puedan necesitar un retoque.

Retiro lo dicho: me calma. Me calma muchísimo.

Escuchar no solo que lo que he escrito, que algo que ha nacido de mí, les parece interesante, sino también que está bien, que funciona, retira un peso enorme de mi espalda, de mi mente y de mi corazón.

Siento que podría chillar y llorar a partes iguales.

—Vale, pues… ¿por dónde empezamos?

No sé si le asombra más mi sugerencia o si ha sido mayor la sorpresa por mis letras.

Probamos a modificar algunos versos, pero también a añadir otros y, sobre todo, a incorporar en ellos diferentes estilos musicales, a intentar dar con el género que sintamos que pide la canción. El que a mí me guste.

Esta parte es más difícil porque, aunque yo me siento más motivada que nunca ahora mismo, les reconozco tanto a ellos como a mí misma que no tengo ni idea de qué quiero hacer en ese aspecto.

Que no sé cuál es el género que quiero hacer, ni tampoco cómo debería saber ver qué género le va mejor a cada tema musical.

Así que estoy abierta a probarla con diferentes bases de prueba que han traído preparadas en su ordenador solo para intentar encaminarla a algún lugar.

Y lo cierto es que me lo paso bien cantándola, acomodándola a diferentes ritmos, a distintas sensaciones.

Cantándola. ¿Me había parado a pensar en cuánto tiempo llevaba sin cantar en serio?

Ni me he detenido a dudar antes de, simplemente, hacerlo.

—Creo que para mí es lo de menos —confieso después de que mi canción de amor haya sido pop comercial, una balada intensa, el pop rock de Girl-lies y también algo un poco más indie —.

El tipo de canción, digo. Lo que más me importa es que las letras sean mías, que hablen de mí; no me preocupa tanto el estilo.

No sé, igual me gustaría probar distintas cosas; en el grupo siempre eran temas parecidos en ese sentido.

Y siempre que yo hable en ellas tendrán mi identidad, ¿no? Serán parte de mí.

—Por supuesto —dice Rodrigo.

—Pienso lo mismo —contesta Raquel casi al mismo tiempo.

Sus sonrisas son ahora muy distintas a las que tenían cuando entré, también a las del otro día. En este momento soy consciente de que ellos también estaban nerviosos, de que también les preocupaba el bloqueo que teníamos delante. Y ahora los tres estamos cómodos.

Estoy cómoda. Por fin. Tengo claro qué me preocupa, qué no, qué quiero conseguir. Y lo quiero, lo quiero de verdad. Sigo teniendo miedo y vergüenza…, pero quiero que eso me importe menos. Quiero confiarles a mis fans mis sentimientos igual que ellos confían en mí para regalarles música.

Quiero que mi música y mis sentimientos sean lo mismo. Que mi música y yo seamos lo mismo.

Cuando Vero nos interrumpe al abrir la puerta del estudio, el ambiente es muy distinto a la última vez que vino a decirnos que el tiempo se había acabado, y creo que ella misma lo nota por cómo nos mira, por cómo se fija en mi manera de sonreír.

—¿Por qué quieres cantar esta canción, Ruki? —me pregunta Rodrigo con voz tranquila mientras yo termino de recoger mis cosas ya de pie—. ¿Por qué ahora te nace escribir sobre esto?

Los nervios vuelven a mí solo con pensar… en que no sé qué contestar. En que no puedo contestar. Balbuceo, con la mirada de mi mánager sobre los tres.

—No tienes por qué saberlo ahora. Precisamente deberías pensar en ello para descubrirlo.

—Pensar en qué te mueve a contar esto con tu música —añade entonces Raquel—, en qué te impulsa a esos versos. Quizá te ayuda a terminar de rematar la letra. O a que sepamos qué género encajaría mejor con lo que quieres transmitir.

Esa idea se queda revoloteando por mi mente unos segundos. ¿Por qué quiero hablar de Andrés en mi música? Quizá… porque quiero hablar de Andrés. En general.